aparente incoherencia con que actúan esos intangibles dispensadores de la buena y mala suerte. ¿Por qué hemos de asistir, al propio tiempo, al triunfo insolente de es píritus limitados, sujetos a mezquinos apetitos, y a la angustiosa tortura de seres deliciosos, en quienes todas las sensibilidades y todas las noblezas parecían aliadas con la más exquisita sutilidad? ¿No habrá en ello sino la apariencia de otras causalidades? ¿O será sólo ex presión del fatal encadenamiento de los hechos, so metidos a nuestros sentidos? Cuando cualquier desven turado se pasa la vida gimiendo bajo el peso de cual quier dolencia legada por sus ascendientes, ¿debemos limitar nuestras reflexiones a la ley fisiológica de la herencia? Cuando una catástrofe conmueve y arruina el edificio elevado mediante años enteros de trabajo, sume a la joven viuda en una inconsolable amargura, dispersa a los hijos y los confina a las más repulsivas promiscuidades, ¿acaso el accidente inicial habrá de limitar nuestro impulso hacia el conocimiento de otros más inquietantes porqués? Si un momento de inatención nos ha conducido a lo irreparable, ¿no buscaremos un motivo que nos dé la clave de semejante desproporción?
En una de nuestras obras insistimos sobre esta in teresantísima cuestión. Aquí sólo diremos que la suer te está en relación directa con la voluntad de cada uno; pues si bien es cierto que nadie puede jactarse de poder captar plenamente ese voluble elemento, no lo es menos que cada uno de nosotros posee medios que permiten sustraerse a la hipotética entidad adversaria y deter
minar por sí mismo los favores cuyo disfrute le rehúsa la fortuna.
No nos ha sido posible descubrir la menor relación entre la suerte y el mérito personal, tal como éste ge neralmente se entiende, pero, en cambio, la experien cia nos ha demostrado que el desarrollo de la indivi dualidad psíquica — en la forma que en esta obra se indica —, poco a poco va apartando a la persona de aquel elemento adverso, hado o fatalidad, que parecía consubstancial con ella. A medida que la voluntad va siendo más firme, ejerce mayor influencia sobre las múltiples causas que originan acontecimientos. El ser humano llega entonces a convertirse en un factor cons ciente de su propio destino. En lo sucesivo ya no se ve zarandeado como un frágil esquife en el océano de la vida: su juicio constituye un gobernalle preciso que el individuo se esfuerza en sostener con toda la energía de su habituada voluntad.
Los partidarios fanáticos de la' voluntad pretenden que el hombre depende exclusivamente de sí mismo. En cambio, los fatalistas proclaman que todos estamos sujetos a una ineluctable predestinación. A nuestro en tender, esta última existe; pero, desde el momento en que el individuo tiene conciencia de su existencia y com bate sus elementos desfavorables la modifica en la me dida del esfuerzo desarrollado en este sentido.
En efecto: nadie podría negar que la habituación de la voluntad permite al individuo:
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organismo y poder actuar sobre sus funciones por medio
de la autosugestión;
Regularizar en sí mismo la impresionabilidad, la emotividad, el sentimentalismo, la impulsividad, la ima ginación, la memoria y las demás manifestaciones sub conscientes, y situarlas bajo la dirección de la idea reflexiva, esto es, del juicio;
Poder anular, en caso preciso, las influencias del medio ambiente, de la colectividad, etc., con el fin de conservar completa libertad de pensamiento y de acción;
Ejercer en torno suyo y sobre las personas con quie nes, eventualmente, tenga relación, una influencia que predisponga a dichas personas en su favor, obtenien do así un máximo de consideración y de valoración de las facultades, aptitudes o competencias que el indivi duo posea;
Saber inspirar en el ambiente en que vive sentimien tos e ideas susceptibles de orientar útilmente a las per sonas por las que él se interese;
Reunir la mayor suma posible de elementos de éxi to y de resistencia contra la adversidad;
Realizar un progreso continuo, acrecer el alcance y el vigor de sus facultades y realzar la envergadura de su inteligencia y de sus medios de acción.
Además, en la inmensa mayoría de los seres, suer te y fatalidad suelen manifestarse en el curso de la exis tencia de una manera equivalente, sobre poco más o menos; y en cuanto interviene el esfuerzo personal, tenaz y con cierta continuidad, no tarda la balanza en inclinarse del lado favorable.
6 . La s p r u e b a s, l a a d v e r s i d a d Y EL INFORTUNIO
Aníe la adversidad se pueden adoptar dos actitu des, igualmente fatales: la resignación pasiva o la cie ga rebelión; ambas paralizan por igual la acción de la voluntad. Toda existencia, por favorecida que sea, sufre sus horas de tormento, y muy raros son los seres a quienes la vida no reserva numerosos períodos abru madores. En presencia de cualquier eventualidad aflic tiva, importa, ante todo, conservar la serenidad, con centrarse uno a i sí mismo y examinar los hechos sin desfigurarlos lo más mínimo. El desarrollo psíquico evita siempre un gran número de calamidades, y abri gamos la firme convicción de que, en cierto grado, las impide radicalmente. En el momento de producirse cual quiera de esas calamidades, la lucidez espiritual, la rec titud de juicio y el espíritu de lucha reducen al mínimo el efecto maligno y, si hay lugar a ello, diminan siste máticamente sus causas.
Lo mismo que un general sigue atentamente las pe ripecias de la batalla, dispuesto a replicar, según sus conocimientos estratégicos, a las ventajas momentáneas del enemigo, cada uno de nosotros, llegado el momen to del peligro, debemos movilizar nuestras facultades, hacerlas maniobrar hábilmente, absorbernos en cuerpo y alma en el esfuerzo que debemos realizar y no acep tar jamás el fracaso definitivo; debemos acoger los desea-
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labros con una leve sonrisa, sin perder nunca de vista que existe la posibilidad de reaccionar y que, en el juego de las fuerzas, favorables o contrarias, constitui mos un elemento de extraordinario valor.
Indudablemente, hay desgracias que implican lo irre parable. Y estas desgracias no pueden ser conjuradas más que con una actitud preventiva. La mayor parte de ese-; infortunios vienen determinados ñor la in a c c ió n , el abandono, la ignorancia o la flaqueza moral.
El hábito de meditar por las mañanas, antes de co menzar la jornada, puede ser considerado como una medida de vigilancia, toda vez que, mientras se realiza dicha meditación, una multitud de asociaciones de ideas, de reflexiones, de reminiscencias, acuden a iluminar el espíritu y le dan una especie de presciencia respecto de los posibles peligros, y provechosas inspiraciones acer ca del modo de evitarlos. Poniendo seriamente en prác tica la inteligencia, la voluntad y la actividad, se pue de tener la seguridad de vencer las diversas dificultades que se pueden encontrar; y esto tanto más rápidamen te cuanto mejor se sepa aplicar exclusivamente toda la tensión mental sobre un solo y determinado obje tivo.
La persona que sufre pasivamente los reveses de la suerte, que no alimenta en su espíritu la esperanza y la intención de días mejores y que, en una palabra, se abandona a su destino, no debe esperar que éste se modifique. Es menester no confundir la calma con la indiferencia o con la indolencia. Esta última se insi núa a veces, por espacio de algunas horas o de algu
nos días, en el alma de los seres más intrépidos, pero éstos logran vencerla rápidamente.
Por debajo de la impasibilidad exterior y en cone xión con la serenidad activa, debe circular una volición continua, nacida en las más profundas reconditeces de la conciencia, que anime al individuo que se debate contra el antagonismo o la aflicción. Inversamente, el apresuramiento febril tampoco es aotividad. De nada sirve crispar los puños, contraer los músculos, agitarse vanamente y dispersar la energía en diversas direccio nes a la vez; ninguna utilidad reporta ceder a los im pulsos emocionales. Cuanto más grave sea el caso, tan to más se imjpone conservar la serenidad y la presencia de ánimo.
Sin retrasarse a temer las diferentes eventualidades enojosas que puedan sobrevenimos, debemos conside rar cuán grande sería nuestra satisfacción si, en caso de producirse cualquiera de esas circunstancias adversas, nos hallásemos en posesión de una sólida voluntad, uni da a una impasibilidad imperturbable; y añadamos este motivo a todos aquellos a los cuales habremos de acu dir diariamente en busca del impulso necesario para per severar en el camino de la energía.
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7. Co n c e b ir e n id e a l is t a y r e a l iz a r EN REALISTA
«Mirad a lo alto» — recomienda Andrew Cama- gie a los empleados jóvenes que desean triunfar. Y aña de: «No daría ni un céntimo del dependiente que no se considere ya asociado al jefe de cualquier importante es tablecimiento. No os contentéis ni por un solo instante con la idea de que sois el principal empleado de la casa, contramaestre o administrador general de cualquier ne gocio, por importante que éste sea. Cada uno debe de cirse: «Mi lugar está en la cumbre.» Sed soberanos en
vuestros ensueños. Haced voto de esperar esta situa
ción conservando una reputación sin tacha, y no ha gáis ningún otro voto que pueda distraer vuestra aten ción.» (El imperio de los negocios.)
En efecto, al combinarse su plan general de vida, cada uno debe mirar hacia las cumbres; ello resulta indispensable para poder alcanzar el lugar más elevado posible. Pero esto no implica un sentimiento de sufi ciencia ni ese vagabundeo de la imaginación que se en trega a estériles quimeras, vagabundeo al que tanto gustan de entregarse los contemplativos, ávidos de apar tarse de la realidad. «Mirad a lo alto», pero, al mismo tiempo, daos cuenta de las aptitudes que os será pre ciso reunir sucesivamente para llegar a realizar dichas aspiraciones. Determinaos a adquirir las dotes necesa rias y a poneros en las condiciones precisas para ello.
Todo hombre podría realizar muchas más cosas de las que realiza si no restringiese su ideal al probable futuro que le prepara su estado presente. Estimulado de continuo por una noble ambición, el esfuerzo, el tra bajo y la resistencia a las tentaciones disolventes se efec túan con la ayuda de un poderoso reconfortante.
Saber compaginar la objetivación mental del ma yor de los triunfos con un positivismo preciso en el dominio de los hechos, es una de las más seguras cuali dades que se pueden poseer para condicionar venta josamente el destino. Es menester, dice un sabio pro verbio, «caminar puestos los ojos en el cielo y los pies sobre la tierra»; es decir, que no se debe perder nunca de vista el pleno de las realidades en el curso de nuestras acciones, pero sí orientamos hacia las cimas en esos momentos de meditación que tan provechosa mente disponen a la acción.
Ambición no significa necesariamente deseo inmo derado de riquezas o de honores; un estudiante de Me dicina, enamorado de su profesión, se considerará igual al más eminente de sus profesores; el artesano manten drá su pensamiento en el deseo de producir con perfec ción y rapidez sin iguales; el joven dependiente de una casa de comercio se considerará igual a tal o cual perito en la materia y alimentará el deseo de conocer, en sus más minuciosos detalles, todas las cosas que con dicha materia se relacionen, etc.
En todos los terrenos halla el mismo principio su aplicación.
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cualquier insuficiencia, lo primero que tendrán que hacer es vencer el obstáculo de semejante estado. Evitarán lamentarse y se aplicarán a seguir con la mayor exac titud las indicaciones consignadas en los capítulos I, II y III. Pronto habrán conquistado el pleno equilibrio psíquico de que carecían.
Una de las mayores fuentes de satisfacción de. que puede disfrutar el hombre es la de poseer una compe tencia superior a la medida corriente, bien en su pro fesión, si ejerce alguna, bien en cualquier otra actividad de su elección, en el caso de que la fortuna le favorezca. Ahora bien, sólo una aplicación prolongada por espacio de años enteros dará los conocimientos y el dominio indispensables para llegar a poseer a fondo un arte cual quiera. Hasta en la más humilde de las profesiones, cuando en ella se logra sobresalir, se adquiere una es pecie de soberanía independientemente del provecho ma terial que reporte. Todos los individuos que hemos co nocido en determinado nivel social y cuyas respectivas capacidades profesionales excedían de los límites co rrientes, se sentían henchidos de optimismo y de sere nidad. ¿Qué puede haber más deseable que esa segu ridad, ese valor, esa ciencia profunda que permite un máximo de utilidad social, que asegura la consideración, atrae hacia sí a un círculo selecto de personas y procu ra, generalmente, por añadidura, una vida amplia y fácil?
Si algunos geniales inventores mueren en la miseria, ello es debido a que carecen de uno de los elementos requeridos para hacerse valer: generalmente, del sentido
de la realidad en el mundo de los negocios. Con frecuen cia, cualquier jefe de fábrica gana diez veces más que un sabio de primer orden: el valor del uno ha sabido adaptarse a un plan utilitario, en tanto que el del otro, absorbido por sus ideales, se ha negado a tal adaptación. Pero no por ello este último ha dejado de saborear las satisfacciones de índole moral, inseparables de una alta competencia.
Cuando se «mira a lq alto», importa mucho no omi tir detalle alguno; y el inventor de que hablamos de bería ambicionar, no solamente su propio descubrimien to o invención, sino también las cualidades o condi ciones de lucha y de influencia personal mediante las cuales difundiría el fruto de sus investigaciones.
Desde todos los puntos de vista, la cultura psíquica y el desarrollo de la personalidad aparecen, según se ve, como medio y complemento indispensables de toda otra educación. Hay centenares de licenciados en cien cias que vegetan estérilmente; sus conocimientos apa recen inutilizados; la ciencia que han adquirido pacien temente se extinguirá con ellos, sin haberles proporcio nado la menor compensación, por la sencilla razón de que carecen de ésa «energía de carácter» que abre todas las puertas, fuerza la indiferencia, decide del concurso ajeno y obtiene el equivalente de lo que otorga. Nos in clinamos con simpatía, e incluso con respeto, ante esas víctimas de su propia falta de voluntad, y las citamos a título de ejemplo para mostrar al lector que el propio valor intrínseco viene obligado a adquirir las cualidades
que realzan el mérito y le conquistan tras noble lucha el lugar a que tiene derecho.
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8. E g o t i s m o y a l t r u i s m o
Si el egoísmo consiste en sacrificar implacablemente a los demás cuantas veces el individuo lo juzga necesa rio para obtener cualquier satisfacción, el egotismo, a su vez, constituye un estado que se caracteriza por la determinación del sujeto a extender su personali dad. El egoísmo procede siempre de cierta flaqueza; en cambio, el egotismo constituye una fuerza. Es egotista quien se siente firmemente decidido a no dejarse im poner por los demás en nada que pueda ser contrario a su salud, a sus facultades, a su triunfo o a su influencia personal. Pero se manifestará egoísta si pretende que nadie se beneficie sino él de las ventajas que le aseguren los principios del egotismo.
No ha habido ningún hombre que haya logrado triunfar por sí solo, si, por espacio de cierto tiempo, no ha concentrado toda su atención sobre sí mismo y sobre la finalidad perseguida. «Nada ha podido con trariar su propósito — dice Roudés —, ninguna crítica ha logrado paralizar su gesto. Orillando todo obstácu lo, por medio de habilidad o de dinero, insensible la mirada a las bellezas del sendero, sordo a todo senti mentalismo, ha caminado sin cesar, con paso seguro
y voluntario, hacia la victoria que anhelaba, hacia la superioridad que ambicionaba.»
No significa ello que nuestro ejemplo haya destruido en él toda sensibilidad, sino que, en lugar de malgas tarla en mil inútiles incidencias, la ha reservado celosa mente para prodigarla en d momento oportuno. El egotismo no suprime el altruismo, sino que, al contra rio, lo regula. El adepto de la voluntad se impondrá gustosamente un esfuerzo suplementario para obligar a un amigo a venir en ayuda de cualquier infortunio; pero, en cambio, se negará a todo gesto que pueda paralizar su acción o perturbar la realización de sus planes.
Cada uno debe dar en relación con lo que posee. Moralmente, la persona cuya energía no es en verdad suficiente para sostener su propio ánimo y mantener la calma de sus nervios en medio de grandes dificulta des, debe rehuir el trato de los seres deprimidos y, por el contrario,' buscar el de los fuertes y audaces, el de los cerebros robustos. De no hacerlo así — y sin prove cho para nadie —, no tardará en experimentar una depresión de la que puede derivarse un gran desaliento. La medida en que cada individuo puede ser útil a sus semejantes debe ser materialmente prevista y satisfecha, pero nunca sobrepasada.