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y llegará un momento en que, no solamente no te produ­ cirá trastorno alguno la nueva dificultad que surja, des­ de el instante en que le ataques automáticamente, sino que llegará a constituir para ti un elemento satisfacto­ rio cuya desaparición te desagradará (1).»

4. Al g u n a s c u a l id a d e s i n d is p e n s a b l e s

La primera de todas las cualidades voluntarias es la energía. La segunda es la contención de ésta, su re­ partición juiciosa y serena, libre de todo desgaste in­ útil, sin restricción en el esfuerzo deliberado, siempre mesurado, sereno y uniforme. La energía aumenta por sí misma mediante:

1.° La observación de las reglas anteriormente in­ dicadas, en relación con la acumulación de fuerza ner­ viosa.

2.° Por medio de la habituación o entrenamiento. 3.° Por la comprobación de los excelentes resulta­ dos que produce.

La costumbre de reprimir la expansividad, de exa­ minar seriamente la oportunidad de cuantas'decisiones se sienta uno inclinado a adoptan permite la retención continua de la impulsividad dentro de la vida activa y de los negocios.

Una vez precisadas las líneas generales del plan de

(1) D e la ob ra M éto d o científico m oderno de M agnetis­

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modificación del propio deslino, y cuando se ha deter­ minado ya suficientemente el objetivo particular de cada etapa, es conveniente, sin perder nunca de vista el plan general ni la finalidad suprema de éste, aplicarse a realizar únicamente todo cuanto haya sido previsto para la primera etapa. Por la mañana, al despertarse, tras de algunos minutos empleados en recobrar la con­ ciencia de la orientación asignada a la propia vida, acude al pensamiento el propósito de meditar breves mo­ mentos acerca de los problemas en curso de resolución, tratando de darse cuenta del punto en que la acción quedó suspendida el día anterior. Seguidamente, el pen­ samiento estará completamente ocupado por las obli­ gaciones de la jornada. Recomendamos al lector que procure representarse — como en una especie de cine­ matógrafo mental — los sucesos que se desarrollarán en el curso de las doce horas que van a sucederse; que haga por verse a sí mismo actuando a través de estos hechos de conformidad con las directivas más adecua­ das, dominando toda flaqueza, logrando vencer todas las dificultadas, obteniendo la pasividad de unos y el concurso de otros, etc.

Si consideramos la jomada de trabajo como una pie­ dra que, agregada a otras muchas semejantes, hace avan­ zar la edificación del plan que hay el propósito de des­ arrollar, la jornada aparecerá atractiva y fecunda. Toda esa meditación inicial apenas si requiere un cuarto de hora. Su importancia exige que no se la sacrifique a la negligencia de un despertar tardío o a la fantasía de la

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imaginación, casi siempre errabunda al salir del mundo de los sueños.

Para aquel que ha tomado la determinación de des­ arrollar su poder personal y de poner en acción las fuerzas ciegas — pero dóciles — del destino, los mil movimientos característicos de una jomada de trabajo le parecen otros tantos ejercicios destinados a agudizar sus facultades. Al vestirse, cultivará la costumbre de los movimientos y gestos suaves y rápidos; se aplicará a completar su tocado en el menor tiempo posible, aun­ que sin descuidar detalle alguno. Emprenderá su tarea atenta, metódica, firmemente, y no dejará de utilizar las incitaciones contrarias como otras tantas oca­ siones de dominar sus impulsos. En sus relaciones o trato con las personas que le rodeen, clientes, colegas, etc., aplicará siempre la mirada fija central, la palabra positiva y los principios de persuasión, mientras se estu­ dia para elegir y combinar correctamente sin largueza ni inutilidades los vocablos de que se servirá. Cuando se le presente alguna dificultad, concentrará en ella toda su atención, sin perder la serenidad, y seguidamente, decidirá el modo de resolver el obstáculo, atacándolo en el acto. En los momentos de apresuramiento, cuan­ do su voluntad esté solicitada al mismo tiempo por di­ ferentes puntos de vista u ocupaciones, procurará es­ tablecer mentalmente el orden en que le parezca prefe­ rible actuar; y, siempre sereno — lo que no le impedirá, ciertamente, hacer muchas cosas en poco tiempo —, se aplicará a cada una de esas ocupaciones, pasando in­

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mediatamente a la siguiente en cuanto la anterior haya sido tratada a fondo.

E n su obra El hombre que triunfa, Sylvain Roudés ha precisado en unas cuantas líneas certeras las con­ diciones necesarias para el trabajo: «Considerad — ha escrito — tedas las facetas del trabajo que os ocupe. No tratéis de ocultaros las dificultades que ofrezca y ved si os es posible vencerlas.» «Cuando os apliquéis a cualquier tarea, no penséis más que en lo que hagáis; no tengáis más idea que ésa en la cabeza, y que ella sea vuestra única preocupación. El cerebro rige los múscu­ los y si tenéis muchas ideas en el espíritu, dispersa­ réis la fuerza nerviosa en diversas direcciones, en lugar de concentrarla en una sola. Y sufriréis distracciones.» «Las diferentes partes del trabajo que realicéis deben tener para vosotros un interés análogo, y debéis rea­ lizar unas y otras con el mismo cuidado.» «No hay ningún trabajo que sea inferior; hasta la más humilde de las tareas exige una parte de atención que jamás debe serle rehusada. Si se analiza, si se comprende bien un primer trabajo, el siguiente será aún mejor comprendi­ do, ya habituados por la observación y la ejecución anteriores. Y, de esta suerte, la labor de mañana se be­ neficiará de la experiencia adquirida en la tarea de la víspera» (1).

Insistimos en que, para poder tener en cuenta estos excelentes principios, es indispensable cierta reserva de energía. Pues en el preciso momento en que el tedio, la

(1) Legouvé, citado por R oudés en El Hombre que