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2. El marco institucional: la intervención pública

3.6. Conclusiones

Para identificar a los grupos demográficos más desfavorecidos en el mercado de trabajo, basta fijarse en la edad y en el sexo. Desde el punto de vista de la actividad, el empleo y el paro, la edad es impor- tante porque marca dos momentos cruciales de la relación laboral:

la búsqueda del primer empleo por parte de los jóvenes y la transi- ción a la jubilación por parte de los trabajadores de más edad. En

ambas vertientes de la biografía laboral, los trabajadores tienen que superar las reticencias de la demanda de trabajo. Estas reticencias se deben al hecho de que el coste laboral, se estima relativamente más elevado en esas dos etapas de la vida del trabajador. Las razones de ese coste laboral relativo más elevado residen en la falta de expe- riencia entre los jóvenes y en la posible caída de la productividad entre los trabajadores de más edad. Por su parte, el sexo es una ca- racterística desgraciadamente muy relevante para explicar las dife- rencias en actividad, empleo y paro. Como se ha mostrado, las mu- jeres sufren tasas de actividad aún relativamente bajas y tasas de paro bastante más elevadas que las de los varones.

Cuando nos fijamos en las diferencias en los salarios, las muje- res aparecen como las más perjudicadas. Como se ha comproba- do, existen grandes diferencias en los salarios percibidos por las mujeres frente a los salarios percibidos por los hombres. Aunque estas diferencias se explican en parte por las diferencias en capital humano, en su mayoría son debidas a lo que podríamos llamar dis- criminación sexual.El problema está, por tanto, en el lado de la de- manda, es decir, se debe a la actitud de los empleadores. En parte, esa actitud negativa hacia el empleo de la mujer se debe a la llama- da discriminación estadística,la creencia de que las mujeres son tra- bajadores menos atractivos que los varones. Pero la raíz del proble- ma está en la distribución de las responsabilidades familiares. Esto significa que, en cierta medida, los problemas de la mujer en el mercado de trabajo no tienen su origen aquí, sino en el ámbito del hogar. Como se va a explicar en el capítulo 5, ayudar a la mu- jer a compatibilizar trabajo y familia es el gran reto de la política pública.

Así pues, las preguntas de cuántos y quiénes son los grupos des- favorecidos han sido en parte respondidas en este capítulo. Tam- bién se han indicado algunos aspectos que ayudan a responder a la pregunta de por qué son grupos desfavorecidos. A lo largo de los próximos cinco capítulos se van a explicar con más detalle las cau- sas y consecuencias de las desventajas sufridas por amplios colectivos demográficos, teniendo en cuenta que el enfoque se basa en la edad y el sexo. Lógicamente, cuando esas dos características se com- binan con otras como la educación, el lugar de residencia, la fase del ciclo económico, etc., las desventajas se amplían o se reducen.

En concreto, una de las tesis ya planteadas y que se defiende a lo lar- go del resto del libro es que la educación es la clave para superar las desventajas en el mercado de trabajo. Se trata de la educación en- tendida en un sentido amplio, es decir, como la capacidad para aprender más que lo que se aprende en sí mismo, un medio más que un fin.

4.1. Introducción

La falta de experiencia es un obstáculo para los trabajadores que in- gresan por primera vez en la población activa. Obviamente, sólo una vez conseguido el primer empleo es posible superar el proble- ma con el que se encuentran los jóvenes para integrarse en el mun- do del trabajo. Cuando el desempleo es elevado, los trabajadores sin experiencia laboral tienen que competir con otros que han perdido su empleo. A éstos el haber trabajado antes les confiere una ventaja en la búsqueda de trabajo. Entre otras razones, esa ventaja se deriva del hecho de conocer mejor el mercado y de las preferencias de los empleadores por contratar a trabajadores que ya poseen experien- cia laboral. Asimismo, el no poseer los estudios adecuados o la for- mación requerida dilata la transición del sistema educativo a la inte- gración plena al mercado de trabajo.

Consciente de la desigualdad de oportunidades según se posea o no experiencia laboral, la política de empleo está llamada a interve- nir abaratando el coste para la empresa de contratar a trabajadores recién llegados al mercado de trabajo. Idealmente, la política de empleo debe proporcionar incentivos para que la primera expe- riencia laboral se complemente con formación que supla la caren- cia de cualificaciones o complemente los estudios adquiridos en el sistema educativo. El grado en que la política de empleo es eficaz en su propósito de hacer más atractivos a los trabajadores jóvenes en general y a los que no tienen experiencia en particular, sigue siendo un asunto altamente debatido. Unos países han sido más afortuna- dos que otros a la hora de diseñar y aplicar políticas de empleo para los jóvenes.

Además de las medidas dirigidas a mejorar la demanda de em- pleo, todo esfuerzo que suponga una mayor coordinación entre el

la inserción laboral

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sistema educativo y el mercado de trabajo contribuye a facilitar la in- serción laboral. En este sentido, a menudo se mira a Alemania como un ejemplo sobresaliente de mecanismos efectivos de inser- ción laboral. Alemania destaca entre los demás países industrializa- dos por haber conseguido un sistema de formación profesional que facilita la transición del sistema educativo al empleo. Al combinar el estudio con la práctica en la empresa, el sistema dual alemán permite que el trabajador adquiera cierta experiencia laboral antes de enfren- tarse a la obligación de buscar un primer empleo a tiempo completo.

Independientemente de sus defectos y dificultades para trasplantarse a otros países, el sistema alemán sirve para extraer lecciones útiles.

Una lección fundamental es que un cierto solapamiento entre las actividades educativas y laborales repercute positivamente sobre la transición del sistema educativo al trabajo. De esta manera, es como se da la transición sin traumas. Por hacerse más lenta, la transición es más eficaz en conseguir su objetivo de reducir la tasa de desem- pleo entre los jóvenes que se incorporan por primera vez al merca- do de trabajo. Es evidente que una de las virtudes del sistema dual alemán es que permite compensar o suplir la desventaja que supo- ne para los jóvenes la falta de experiencia laboral.

En este capítulo se estudian, en primer lugar, la evolución re- ciente del paro juvenil en España y las medidas dirigidas a mejorar el empleo de los jóvenes y su igualdad de oportunidades. Posterior- mente, se analizan algunos hechos relativos a la inserción laboral. Al observarse que la proporción de parados que no han trabajado nunca se ha incrementado en los últimos años, se consideran posi- bles explicaciones de este hecho. Con tal fin se comentan ciertos cambios legislativos en la política de fomento del empleo, y se ofre- cen algunos resultados obtenidos del estudio de la duración del paro y de las probabilidades de salida del mismo entre los jóvenes, distinguiendo entre hombres y mujeres.

4.2. Evolución del desempleo juvenil en España

El gráfico 4.1 muestra la tasa de desempleo de hombres y mujeres según cuatro grupos de edad: 16-19, 20-24, 25-29 y 30-34 años. Para ambos sexos se aprecia claramente la influencia del ciclo económico.

Los años 1985 y 1994 marcan los máximos niveles de paro en Es- paña. La diferencia fundamental entre ambos años es que en 1985 se llegó al máximo desempleo después de un aumento prolongado, mientras que el punto de máximo paro en 1994 se alcanzó en un periodo de tiempo mucho más corto. Entre los jóvenes, ambas crisis situaron las tasas de desempleo en cuotas muy similares. Tam- bién se puede comprobar que las tasas de desempleo de los jóvenes con edades de 16 a 19 años, tanto varones como mujeres, se han incrementado relativamente más que las de los otros grupos de la

GRÁFICO 4.1: Tasas de paro juvenil

Fuente:Encuesta de Población Activa (EPA).

población activa. De hecho, el gráfico muestra cómo las variaciones de las tasas de paro son más pronunciadas entre los más jóvenes.

Esto significa que durante la crisis del empleo los jóvenes sufren re- lativamente más que los adultos y en las fases expansivas del ciclo económico los jóvenes se benefician relativamente más que los otros grupos de la población.

Sin embargo, si comparamos las tasas de paro del año 1991 —má- ximo punto del ciclo expansivo— con las de 2003, se puede compro- bar que la tasa de paro de los jóvenes de 16 a 19 años no se ha acerca- do tanto a la de los otros grupos en el último año indicado; es decir, para este grupo de la población, la mejora relativa ha sido menor en esta fase expansiva de la economía que en la anterior. Esto se observa tanto entre los hombres como entre las mujeres. Además, si compara- mos las tasas de paro de 1999 y de 2003, se puede afirmar que la re- ducción de la tasa se ha desacelerado considerablemente en todos los colectivos. Otra indicación de los problemas que parecen tener los más jóvenes (16-19 años) es que su tasa de desempleo en 2003 es, de hecho, mayor que la que tenían en 1991. Por su parte, los otros gru- pos han alcanzado ya una tasa más baja que la que llegaron a tener en 1991; esto es especialmente claro entre los varones de 20-24 años.

Finalmente, nótese cómo la tasa de paro de los más jóvenes (16-19 años) se mantuvo relativamente elevada en los primeros años de la recupe- ración económica, entre 1994 y 1997. Hasta 1998 no se aprecia un descenso significativo del paro más joven, tanto entre los varones como entre las mujeres.

Para entender mejor la evolución de las tasas relativas de desem- pleo de los más jóvenes, hay que tener en cuenta que el peso de la población activa juvenil se ha reducido sustancialmente en los últi- mos años, en parte debido a la reducción de la tasa de natalidad, pero, sobre todo, como consecuencia del retraso progresivo de la edad de incorporación al mercado de trabajo. El que los jóvenes pa- sen ahora más tiempo en el sistema educativo significa que aportan mucho más capital humano a la economía en su conjunto. Esto, en combinación con una decreciente presión de la oferta de trabajo ju- venil, debería haber reducido las dificultades de los jóvenes para en- contrar trabajo. Los datos no parecen apoyar esta predicción. El que en el año 1994, de máximo desempleo, la tasa de paro juvenil fuera tan alta como diez años antes hace pensar que el mercado de trabajo

se endureció para los jóvenes. Esta comparación es razonable por- que ambos entornos temporales son fases bajas del ciclo. Pero, si comparamos dos fases altas del ciclo como son 1991 y 2003, la con- clusión es la misma: con bastante menos jóvenes en el mercado de trabajo y dado que los que están tienen mayor nivel educativo, la mejora en el paro juvenil tendría que haber sido mucho más nota- ble. Sólo la evolución de la tasa de paro del grupo de 20-24 años pa- rece dar ciertos motivos para un diagnóstico más optimista.

Para profundizar en este asunto se obtienen las tasas de paro te- niendo en cuenta el nivel educativo. Está claro que la incorporación al mercado de trabajo más tardía y con mejor equipamiento educativo de los jóvenes es un hecho. La pregunta que surge inmediatamente es si el mercado ha absorbido adecuadamente ese aumento de capital hu- mano, es decir, sin empeorar la situación laboral de los jóvenes con más estudios frente a los que tienen menos, pero tienen más experiencia.

Para responder a esta pregunta se ha elaborado el cuadro 4.1, para hombres y para mujeres. En él se muestran las tasas de desempleo de los grupos de edad 16-19, 20-24, 25-29 y 30-34 años según tres niveles educativos: primario, secundario y universitario. El grupo de 30-34 años se incluye como término de comparación. Para mantener la pers- pectiva temporal, se presentan las tasas de paro para varios años.

A fin de interpretar correctamente la información que propor- ciona este cuadro y poder hacer comparaciones entre los distintos grupos de edad, hay que tener en cuenta varios puntos importantes.

En primer lugar, que al comparar grupos de la misma edad y distin- tos niveles educativos hay que tener en cuenta su experiencia labo- ral, que se puede medir como el tiempo transcurrido desde la fina- lización de los estudios hasta la actualidad. En segundo lugar, que detrás de la tasa de paro está la decisión sobre los estudios seguidos y la duración de los mismos. Por qué unos jóvenes acceden a los es- tudios superiores y otros no resulta difícil de dirimir (véase más ade- lante). Finalmente, hay que tener en cuenta que muchos jóvenes compatibilizan el seguimiento de algún tipo de estudios con el em- pleo o la búsqueda de trabajo. Éstas son algunas de las dificultades con las que nos enfrentamos a la hora de analizar el mercado de tra- bajo juvenil, lo que hace más complicado obtener conclusiones cla- ras y definitivas sobre el tema que nos interesa: la igualdad de opor- tunidades.

Algunos de los resultados que se derivan del cuadro 4.1 se pue- den sistematizar de la siguiente manera: entre los varones, se comparan el grupo de 16-19 años con estudios primarios y el grupo de 20-24 años con estudios secundarios —la diferencia de edad es para tener en cuenta, en cierta medida, el momento de entrada al mercado de trabajo—. Se observa claramente una tasa de paro más elevada para el primer grupo en todos los años. Similar diferencia se observa, con niveles absolutos más elevados, entre las mujeres. Asi- mismo, conviene resaltar que la diferencia en la tasa de paro entre los indicados grupos se incrementó de 1987 a 2003. La misma pau- ta se obtiene cuando se comparan los jóvenes con estudios prima- rios y los que tienen estudios secundarios, dejando una diferencia de edad de cinco años entre los primeros y los segundos. Esto pue-

Hombres

Primarios Secundarios Universitarios

16-19 20-24 25-29 30-34 16-19 20-24 25-29 30-34 16-19 20-24 25-29 30-34

1987 40,21 33,18 25,08 14,53 37,21 30,83 18,14 8,40 27,51 23,37 8,87 1991 24,34 28,89 20,09 13,65 20,63 20,64 13,81 8,13 26,18 16,59 5,07 1995 44,04 34,98 28,58 26,45 35,54 30,74 22,22 14,96 36,77 28,30 11,91 1999 28,93 22,02 18,00 15,57 28,59 18,40 12,65 8,39 25,73 17,43 8,29 2003 32,75 18,39 11,98 12,94 27,59 15,85 9,15 7,88 15,89 11,71 5,07 CUADRO 4.1:Tasa de paro según nivel de estudios y grupos de edad

Fuente:Encuesta de Población Activa (EPA).

Mujeres

Primarios Secundarios Universitarios

16-19 20-24 25-29 30-34 16-19 20-24 25-29 30-34 16-19 20-24 25-29 30-34

1987 53,60 41,38 30,88 25,75 54,89 47,28 30,78 19,82 53,29 32,29 16,84 1991 44,91 37,84 36,10 26,48 39,27 35,81 29,21 23,86 34,25 24,68 12,20 1995 57,20 52,31 47,66 37,04 54,93 44,31 35,55 32,63 52,08 34,74 18,14 1999 52,78 32,37 36,07 32,75 45,56 33,64 26,08 23,81 38,51 26,03 13,73 2003 52,01 32,96 32,50 27,55 40,06 23,24 20,30 19,01 22,58 15,34 9,86

de interpretarse como uno de los efectos positivos de la educación sobre las condiciones en las que se produce la integración en el mercado de trabajo. Sin embargo, la educación no parece acelerar sustancialmente esa integración, como se pone de manifiesto al comparar las tasas de paro de grupos con la misma edad pero dife- rentes niveles educativos.

Si comparamos las tasas de paro de los jóvenes de 20-24 años con estudios secundarios y de los jóvenes de 25-29 años con estudios uni- versitarios, se comprueba que sus tasas de paro se han ido aproxi- mando y alejando en el tiempo: en 1987 había una diferencia de ocho puntos a favor de los segundos, mientras que en 1999 las tasas eran muy parecidas (en torno al 18%) y en 2003 la diferencia era de cuatro puntos. Entre las mujeres, se observa una pauta similar, pero menos pronunciada: las diferencias en las tasas de paro de los indi- cados grupos de edad y estudio entre las mujeres era de unos diez puntos porcentuales en 1987 y sigue siendo todavía una diferencia positiva, aunque menor, en 2003, de ocho puntos porcentuales.

Esto se puede interpretar como una cierta pérdida de la ventaja re- lativa de los jóvenes con estudios superiores, lo cual puede relacio- narse con el notable aumento de su oferta (INE, 1999)12.

Si ahora comparamos los grupos de 25-29 y de 30-34 años según distintos niveles educativos, en 1991 y 2003, los dos años más altos de los respectivos ciclos con los datos utilizados, se obtienen resulta- dos interesantes. Entre los varones con niveles educativos de Prima- ria o Secundaria, se observa una mejora relativa en el tiempo por parte del grupo más joven. Lo mismo sucede entre las mujeres. Sin embargo, para el nivel de estudios universitarios no ocurre exacta- mente lo mismo. Tanto entre los hombres como entre las mujeres, la diferencia absoluta y la relativa en las tasas de paro eran más elevadas en 1991 que en 1999 en ambos grupos de edad, pero al comparar 1999 y 2003 se observa que la tendencia de mejora ha desaparecido.

Otro resultado que se puede destacar del cuadro 4.1 es la gran diferencia entre las tasas de paro de las mujeres y las de los hombres

12En el curso 1986-1987 había unos novecientos mil alumnos matriculados en la en- señanza superior en España; diez años más tarde esa cifra era 1,54 millones aproxima- damente, casi el doble. El aumento de mujeres universitarias ha sido relativamente más intenso que el de varones.

en el grupo de 30-34 años con estudios secundarios. Por ejemplo, en 2003 las respectivas tasas eran el 19,01% entre las mujeres y el 7,88%

entre los hombres. Ésta es una diferencia enorme que por supuesto reincide sobre las desventajas de las mujeres en el mercado de tra- bajo (véase el capítulo siguiente).

4.3. Del sistema educativo al mundo del trabajo:

¿qué puede hacer la política de empleo?

Como se ha indicado, el alto desempleo de los jóvenes se debe en buena medida a las dificultades para incorporarse por primera vez al empleo. Si encontrar el primer puesto de trabajo es una tarea di- fícil en general, lo es más cuando la tasa de paro de la economía al- canza niveles muy elevados. La dificultad principal estriba en la fal- ta de experiencia. La experiencia laboral permite al individuo formarse en el mundo del trabajo de manera amplia, adquiriendo destrezas en las tareas de la producción, disciplina en el cumpli- miento de las obligaciones laborales, espíritu de cooperación para el trabajo en equipo, etcétera.

La existencia de un capital humano inicial debería aumentar las probabilidades de encontrar un empleo en el que el trabajador pue- da ejercitar y aumentar sus conocimientos y habilidades. Es un he- cho comprobado que hay una relación estrecha entre el capital hu- mano con el que el trabajador entra al mercado de trabajo y sus posibilidades de avance profesional en términos de salarios y otros aspectos de la relación laboral. Cuando se posee bajo nivel de estu- dios y de capital humano general, indudablemente se endurecen las condiciones para conseguir un primer empleo. Frente a una vacan- te, el empleador cuenta con menos elementos para hacerse una buena idea de la productividad del candidato con menos credencia- les académicas. Por consiguiente, a igualdad de estudios, cabe espe- rar que en la mayoría de los casos el empresario tienda a contratar a los trabajadores con más experiencia.

La razón fundamental por la que las empresas valoran la expe- riencia es que es una garantía de que el trabajador posee una cierta familiaridad con el mundo del trabajo y, en algunos casos, de que ha realizado ya tareas similares a las que le esperan en el nuevo