Capítulo II: Marco teórico
2.2 Teoría de la competitividad
2.2.7 Productividad y competitividad
Los intentos por explicar los fundamentos de la competitividad han generado cierto consenso entre los investigadores y expertos, en el sentido de considerar que la productividad es la base de competitividad y de la prosperidad de las empresas, regiones y países. En esta dirección, Krugman (1999) sostiene que la competitividad es prácticamente lo mismo que la productividad y nada tendría que ver con competencia internacional, y es que la competencia internacional no hace cerrar países como si fueran negocios. Hay poderosas fuerzas de equilibrio que normalmente
aseguran que cualquier país pueda seguir vendiendo una gama de productos en los mercados mundiales y pueda en promedio equilibrar su comercio a largo plazo, aun si su productividad, tecnología y calidad de sus productos son inferiores a los otros países. Porter (1991) confirma que, el único concepto significativo de la competitividad es la productividad nacional.
La productividad se define como la relación entre la producción de bienes y las cantidades de insumos utilizados. Nos indica cuántos productos generan los insumos utilizados en una actividad económica. Esta medida es un índice que relaciona lo producido por un sistema (salidas o productos) y los recursos utilizados para generarlo (entradas o insumos). Permite ver cómo ha cambiado esa relación entre productos e insumos a través del tiempo, es decir, si se ha vuelto más eficiente o no la transformación de los insumos en productos (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, 2003).
Por otro lado, se considera que el bajo crecimiento de la productividad es la causa principal del deficiente crecimiento económico de América Latina y que el logro de una productividad más alta debe colocarse en el centro del debate económico actual, lo que significa encontrar mejores formas de emplear con más eficiencia la mano de obra, el capital físico y el capital humano que existen en la región, lo que no solo significa promover la innovación y la adopción tecnológica, sino también disponer de otras fuentes de crecimiento adicionales mediante mejoras de sus políticas educativas o regulatorias, de comercio exterior, créditos, impuestos, protección social, asistencia a la pequeña empresa, innovación y fomento industrial (Banco Interamericano de Desarrollo - BID, 2010).
Por esta razón, el aporte más importante que la gerencia necesita hacer en el siglo XXI es elevar la productividad del trabajo del conocimiento, porque el activo más valioso de una institución serán los empleados que trabajen con el conocimiento y la productividad de estos (Drucker, 1999).
Existe evidencia de que en la medida que mejora la productividad aumenta el ingreso de los trabajadores y al mismo tiempo se mantiene una inflación baja en el largo plazo, y si la alta productividad va acompañada de una política de distribución social efectiva, constituye el medio más eficaz para combatir la pobreza. También existe una fuerte correlación entre la productividad y el nivel de desempleo, es decir,
mientras más productiva es una empresa, más ahorra para nuevas inversiones y, por ende, resulta creer que la mejora de la productividad lleva al desempleo, particularmente en el largo plazo (Prokopenko, 1998). Esto significa que la mejora de la productividad permite disminuir los costos de producción, lo que finalmente se refleja en el margen de rentabilidad de la empresa y debe incidir en su crecimiento y en la mejora de las condiciones y remuneraciones de sus trabajadores.
Se debe tener presente que, en un mundo cada vez más globalizado y competitivo el aumento de la productividad y de la competitividad es una cuestión central del desarrollo y constituye uno de los objetivos estratégicos de la política de desarrollo local. Desde un punto de vista teórico, a las economías locales se les plantea el problema de cómo incidir en la función de oferta por medio de un incremento de la producción y del empleo. En una economía abierta el problema es complejo, ya que la competitividad en los mercados no es solo una cuestión de productividad y de precios, sino que hay que considerar también aquellos factores que permiten que los productos locales penetren en los mercados y, sobre todo, permanezcan en ellos. La competitividad está relacionada, en gran medida, con la calidad, el diseño, la comercialización, las fechas de entrega, la continuidad de la oferta y el servicio posventa. Por ello la política de desarrollo local se propone mejorar la eficiencia de los sistemas de producción, la calidad de los productos y el acceso a los mercados (CEPAL, 2001).
Por ende, queda establecido que la competitividad se sustenta en la productividad, esto es, en la incorporación de progreso técnico y organizativo en la actividad productiva, lo cual depende esencialmente de la gestión empresarial, la infraestructura tecnológica disponible, las competencias de los recursos humanos y las relaciones laborales y el nivel de vinculación existente entre el sistema de educación y capacitación y, el sistema productivo y empresarial, así como de la constante innovación tecnológica, productiva y organizativa Alburquerque (2004) y, la innovación de los métodos y las herramientas de gestión, que dependen fundamentalmente del capital humano.
Sin embargo, existe en muchos casos una visión economicista que fomenta políticas dirigidas a competir casi exclusivamente en los diferentes mercados externos, dejando en un plano extremadamente marginal a los esfuerzos que permiten a las
unidades productivas de las diferentes zonas del país ser competitivas en los mercados internos. Esta forma de ver la competitividad es parcial y carece de realismo porque oculta el hecho de que no todas las unidades productivas pueden ingresar a los mercados externos y que además los consumidores nacionales deben también favorecerse de una producción local mejorada en calidad, precios y oportunidades (PNUD, 2005).
Asimismo, el PNUD (2005) señala que, debemos tener mucho cuidado con la peligrosa contradicción entre productividad y empleo, ya que las tecnologías más sofisticadas eliminan o abaratan el empleo porque hay abundante disponibilidad de mano de obra (generalmente poco calificada) o simplemente porque el capital es más barato que el trabajo y, por lo tanto, su utilización intensiva permite producir a menores costos y ganar mercados. Al aceptar estas premisas se está aceptando implícitamente la dinámica de la concentración y el privilegio, cuyo horizonte sería la detentación de la riqueza en muy pocas manos coexistiendo con una extendida pobreza, excluida de los procesos productivos y en la antesala del conflicto social.
Finalmente, el reto es gestionar el incremento de la productividad total de los factores (PTF), lo que significa hacer más con lo mismo, es decir, desarrollar la capacidad de la economía de generar más valor con la misma disponibilidad de capital y trabajo.
Esto se debe reflejar en una mejora sostenida de la competitividad y de la calidad de vida de la población.