PRIMERA SEMANA
3ª ORACIÓN: EL PECADO DE LA IGLESIA PUEBLO DE DIOS.
TEXTO: Jn 4: la samaritana.
1. Tomamos aquí no tanto el pecado del mundo, sino el de los creyentes, el pecado de la Iglesia en cuanto Pueblo de Dios. En la Escritura, el pecado del pueblo de Israel es idolatría y prostitución. Uno contra la fe, otro contra el amor. Por ejemplo:
Ez 16: Dios se enamora de la humanidad, pero ésta se prostituye.
Jer 2, 1-13: aquel amor de la juventud puesto en otros ídolos (2); cisternas agrietadas en lugar de la fuente de agua viva (13).
2. Fe y amor son retomados por el evangelio de Juan. En el diálogo con la mujer de Samaría, Jesús quiere rescatarla de sus idolatrías e infidelidades. Para ello entabla una conversación que empieza con el tema de dónde adorar, si en aquel monte o en este otro… y termina en la pregunta por el marido.
3. Si la Iglesia, Esposa de Cristo, fuese esa mujer samaritana (9), Jesús trataría de
convencernos de la importancia de acompañarnos y sostenernos en la fe unos a otros, aprendiendo a releer la vida juntos y a posibilitar que cada uno pueda compartir el agua de su experiencia; posiblemente manifestaría su curiosidad por saber por dónde encauzamos el agua de nuestro torrente afectivo y si la opción por Él va dando a nuestras energías
9 Aquí hago una adaptación a la ponencia (una parte) que Dolores Alexandre,
profundas la orientación apostólica que tuvo en la existencia de Jesús. Y a lo mejor hasta se atrevería a preguntarnos los nombres de nuestros maridos, de esas realidades con las que pactamos y que nos apartan de nuestro Centro:
el marido de la "necedad desinformada y conformista" que nos hace creer que la situación del mundo no tiene remedio ("son las leyes de una economía de mercado...", "es el precio a pagar por el avance tecnológico...") y que lo más sensato que podemos hacer es acomodarnos a lo que hay.
el "marido neoliberal y consumista" que nos arrastra hacia un engañoso modo de ser "como todo el mundo", nos crea necesidades crecientes de confort y consigue que nos parezca lo normal estar situados en un cómodo centro, alejados de cualquier riesgo y camuflando como "prudencia" la resistencia a todo lo que amenace desinstalarnos. A fuerza de vivir así, la "chispa de locura" que movilizó nuestras vidas hacia el seguimiento de Jesús se apaga, nuestra mirada se enturbia y los lugares de abajo (el mundo de los pobres) que estamos llamados a frecuentar, terminan por sernos invisibles.
el "marido individualista" que nos ciega las fuentes de la alteridad, nos seduce con la facilidad de una vida trivial y distraída en la que no nos alcanzan el dolor de los otros, la gravedad de la presencia de Dios o el recuerdo peligroso de su Evangelio.
el "marido pseudoterapeuta" que impone el psicologismo como explicación última de todo, sospecha siempre de nuestros deseos, les niega sistemáticamente un origen trascendente y nos instala en un nivel de positivismo hermético: todo tiene una razón en el más acá de nuestra psyche y el resto son proyecciones ilusorias. Y con eso nos niega la posibilidad de que nuestra libertad sea estirada más allá de nosotros mismos.
el "marido secularista" que nos aleja del pozo, del encuentro profundo con el Señor y de la experiencia mística, nos hace vivir solamente desde imperativos éticos, "seculariza" nuestro corazón y nos incapacita para expresar la experiencia espiritual. De ahí nace ese "despalabramiento" para lo sublime, ese pavor ante el misterio y el símbolo, esas liturgias fosilizadas y ese activismo apostólico donde no hay tiempo ni espacio para una oración jugosa, silenciosa, "ociosa" y constante. el "marido espiritualista" que nos impulsa a seguir levantando santuarios y a escapar hacia los montes de nuevas sacralizaciones y restauracionismos con rasgos de new age vaporoso, sin relación con lo tangible de la vida real y cotidiana.
el "marido idolátrico" que nos hace dar culto a los medios y a los instrumentos, a las instituciones, los ritos y las leyes, haciendo cada vez más difícil esa adoración que el Padre busca de nosotros y que no tiene nada que ver con el "retorno" a lo religioso.
el "marido de los mil quehaceres" que esconde dentro el viejo dinamismo de buscar la justificación por las obras, nos configura como dadores más que como receptores y convierte los fracasos apostólicos o la vejez en verdaderos traumas, porque en esos momentos el trabajo pierde su pretensión de absoluto.(10)
(2) Con lenguaje de S.Juan de la Cruz, reconocer las "menudencias que nos reparten la voluntad" (Subida Libro I, Cap 10,1) o el "hilo delgado que tiene asido al pájaro" (Subida, Libro I, Cap. 11,4). Y nuestra experiencia de un Dios que "no consiente a otra cosa morar consigo en uno"(Subida, Libro I, Cap. 5,8), poniendo nombre a los mil ajetreos que nos distraen, a las prisas que nos anestesian, a las ocultas adquisiciones que nos satisfacen, a las pequeñas seguridades que nos tranquilizan. Pero como no siempre vamos a estar serios y trascendentes, podemos
recordar el cuento de "Los siete cabritos" de nuestra infancia en el que, cuando llamaba a su puerta el lobo
diciendo: “Abridme hijitos míos, que soy vuestra mamá”, ellos contestaban: “Enseñanos la patita...” Y el perverso lobo se la untaba de harina para engañarlos.