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A La decisión: ¿autocrática, programada o concertada?

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UNTOSPRELIMINARES

La decisión está detrás de todo el proceso de administración, son casi sinónimos. En efecto, la decisión influye en la vida de las organizaciones, es el momento en que se manifiesta la concepción que se tiene de la empresa y de sus componentes. En el momento de la toma de decisiones se expresan con más claridad la natura- leza de las relaciones que existen en la organización, la manera en que los roles se representan y los estatus que se tienen, cómo se percibe al empleado y su aporta- ción a la empresa.

En función de los niveles y los puestos a los cuales se les otorga la capacidad y el derecho de decidir, se condiciona la manera de estructurar la organización, su grado de centralización, su modo de comunicación y, por tanto, su “clima” humano y social.

Se trata desde aquí de comprender bien que, más que cualquier otro elemen- to del proceso de administración, la decisión no puede considerarse un simple asunto de procedimiento que conlleva únicamente problemas técnicos, es decir, que implica el conocimiento y uso de las herramientas adecuadas para llegar a “la” mejor acción.

Por una suerte de costumbre introducida desde hace casi dos siglos, se asocia a las personas que tienen por función pensar como las únicas que pueden —y deben— decidir. Se sistematizó esta costumbre con F. Taylor, quien recomendaba como condición para un trabajo eficaz, establecer una clara división entre el traba- jo de pensar y concebir, por una parte, y el de ejecutar, por la otra. Se observan en seguida las consecuencias de tal actitud: una zanja se abre entre dirigentes y diri- gidos y en el seno de la organización, todos aquellos que ejecutan son apartados o se retiran del campo de la iniciativa y no participan en el esfuerzo de reflexión.

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La decisión y la organización de la empresa 85

La decisión ha tomado una gran importancia porque confiere a la persona que la toma una imagen de prestigio y de potencia, pero también porque es el acto de administración (o el acto, en general) por el cual uno se compromete, se ma- nifiesta y transforma su voluntad en acción visible y concreta, pero que conlleva consecuencias también visibles y concretas. Se obtiene gloria de la paternidad de tales actos —sobre todo cuando conducen a una apreciación pública, a una noto- riedad, a una publicidad mediática— incluso a una especie de vedetismo, como sucede en nuestros días cuando muchos directivos son tratados en los medios como verdaderos héroes nacionales e internacionales, no obstante los tráficos, las mentiras, las falsificaciones de cuentas, las evasiones fiscales que alimentan los noticiarios desde los años 2001-2002, cuyos casos más famosos son Enron, Nortel, Vivendi, AOL, Parmalat, Hollinger, etc. La tentación es grande cuando se tiene el poder de apoderarse del crédito de las decisiones, por eso se convierte en objeto de deseo y da lugar a luchas internas algunas veces intensas.

También se puede concebir la decisión como una cuestión de información. Se requiere generar la información necesaria para formular un problema, una hipóte- sis o un diagnóstico. Se requiere asimismo encaminar, registrar, conservar y depu- rar esta información y, por último, transcribirla, cribarla, tratarla, transformarla en acciones por emprender y comunicarla.

La decisión es en conclusión un problema de movilización de un conjunto de personas alrededor de un acto que se cumple por la realización de actos parciales, separados y complementarios. Pero esta movilización no puede hacerse —y se hace cada vez menos— por el simple mandato, por una imposición unilateral de voluntad de otras voluntades.

Desde este preámbulo puede verse que la decisión implica varios problemas de órdenes diferentes: el mecanismo de racionalidad y el conocimiento previo que supone; el análisis de las situaciones; las relaciones con los otros niveles, el conflicto de intereses y las luchas por el poder; las capacidades para tratar datos esparcidos y transformarlos en decisión; la transformación de esta decisión en actos aceptados y movilizados por otros y, últimamente, la intervención de lo irra- cional como la parte de la intuición, de los valores y las creencias.

Es difícil elegir qué partes abordar sobre el tema de la decisión. Es tan abundante la literatura que es posible escribir cientos de páginas al respecto. Puede verse cómo desde los tiempos más remotos se han tomado decisiones y su proceso ha evolucio- nado conforme a la época, las ideologías y los sistemas sociales (Sfez, 1976 y 1984; Boisvert y Dery, 1980). Es posible también hacer una gran repertorio para considerar las maneras en que deberían ser tomadas las decisiones (Taylor, 1947; Fayol, 1979; Simon, 1977; Mintzberg, 2004) o las maneras en que se interpretan, en el plano conductual, los diferentes modos de decisión (Simon, 1973 y 1976; Argyris, 1973; Simon y March, 1958; Porter, 1995a; Porter 1995b; Hafsi, Toulouse et al., 2000). Será posible también elaborar una tabla general con modelos descriptivos que dicen como han sido tomadas las decisiones en tal o cual situación, y qué modelos teóricos se pueden elaborar a partir de ellos (Allison, 1971; Jacquemin, 1967; Cyert y March, 1970; Mintzberg et al., 1976b; Mintzberg, 2004). En último lugar, se podría catalogar los modos decisionales según las diferentes facetas del proceso de decisión: político, administrativo, racional, intuitivo, sociológico, etc. (Crozier y Friedberg, 1977; Cro- zier, 1983; Sfez, 1976; Lindblom, 1959 y 1976; Axelrod, 1976).

El trabajo anterior sería muy útil, pero en lo que concierne a esta obra y en el presente marco introductorio, se concentrará la atención en examinar lo que se

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denomina el proceso de decisión “simple” y calificado de “racional”, sus definiciones, sus principios, sus variantes y los principales elementos del debate que los rodea.

Se hará un recorrido por los puntos sobre los cuales todo el mundo concuerda en cuanto a la decisión, además se resaltarán las zonas de sombra y las grandes interrogantes que surgen respecto del tema.

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