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Encogimiento de la demanda efectiva, pauperización global y multicrisis estructurales

A nadie escapa que el subtítulo anterior quiere decir: baja tendencial y exponen- cial de la demanda global efectiva y, por tanto, inmersión en una espiral autoali-

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mentada de pauperización que toca incluso los países denominados avanzados. Es muy evidente que la necesidad de despedir trabajadores, o bien, de deslocalizar la producción hacia regiones con salarios más bajos, buscando asegurar una mínima “productividad” del capital para los inversionistas, termina produciendo una re- ducción de la demanda efectiva global al no haber personas con dinero suficiente para comprar.

El círculo vicioso es infernal y penoso en su inexorable expansión: combinar estrategias para ahorrar salarios y deslocalizar se traduce en cancelar un puesto en un lugar para generarlo en otra parte, exponencialmente de menor valor, menos calificado, menos exigente, menos protegido. No es difícil comprender que, en consecuencia, el poder adquisitivo de los mercados mundiales de bienes y servicios se reduce dramáticamente, al mismo tiempo que los ingredientes indispensables de la productividad del capital retroceden, en primer lugar el factor trabajo que cada vez se valora menos la necesidad de formarlo, reciclarlo, calificarlo, por el hecho que todo ello se considera un costo por reducir. Lo anterior ha hecho declarar hace poco al presidente de la Ford —afirmación que pronto recibió la adhesión de sus colegas— que la lógica maximalista de los accionistas del capital financiero mata a la industria automotriz estadounidense al no dejarle prácticamente medios para capacitar a la mano de obra, volverla más innovadora y hacer más eficaz la inves- tigación y el desarrollo.6

Pero se olvida que sin expansión del asalariado y sin continuidad en el esfuerzo de calificación de la mano de obra, el mundo de las empresas globalizadas “arroja gasolina al fuego” por dos vías: eliminando progresivamente la demanda sobre los mercados y disminuyendo la capacidad de la mano de obra (convertida a nivel internacional en intercambiable y desechable, según los caprichos de corto plazo de los inversionistas) de asegurar un mínimo sostenible de productividad.

Una mano de obra globalizada puesta a competir de manera salvaje consigo misma y usada en principio según los criterios y las exigencias de “flexibilidad”, de precariedad, de especialización neotayloriana, de subvaloración, de la inseguridad absoluta de un día a otro, de estrés y de sobrecarga continua, no puede en ningún caso ser una mano de obra inmersa en la motivación, el entusiasmo y la productividad. Y es ante todo esto que sirven las innumerables posibilidades de “deslocalizaciones” que facilita la globalización: el empleo irá adonde los trabajadores estén dispuestos a soportar más tratamientos inhumanos, donde hay menos sindicatos, menos protec- ción, menos obligación de capacitar a los empleados y donde los Estados son menos vigilantes tanto del tratamiento de la mano de obra (al permitir el trabajo de niños, entre otras cosas) como la explotación de la naturaleza. El “factor capital” no parece ya tener necesidad de algún pacto con el “factor trabajo”.

Esto es precisamente lo que sentía el expresidente francés Jacques Chirac, cuan- do declaró a principios de 2004 sentirse “muy preocupado de ver a Francia desa- rrollarse sin fábricas ni talleres”. Como un signo de los tiempos, en 2008 los can- didatos a la presidencia estadounidense competían con declaraciones denunciando los “efectos perversos” del Tratado de Libre Comercio con Canadá y México (TLCAN),

prometiendo cada uno “revisar”, incluso “denunciar”, dicho tratado considerando los daños causados en particular a la mano de obra estadounidense. Hay motivo para la

6 Dicho sea de paso, los tres gigantes de la producción automotriz estadounidense (General Motors, Chrysler y Ford), al ser rebasados por la empresa Toyota, han pedido de manera ofi cial al gobierno una inyección de fondos públicos de varios miles de millones de dólares, para evitar el cierre, solicitud atendida por el presidente Obama y que se tradujo en, prácticamente, la nacionalización de General Motors.

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inquietud, pues las empresas, no sólo se fusionan y concentran para despedir gente, sino porque quieren ser productores sin obreros, ni talleres ni fábricas (como lo ha declarado de manera tajante el director de la gran empresa Alcatel).

Si esto quiere decir algo es —una vez más— que la economía tiende a “financia- rizarse” y globalizarse bajo la rueda del neoliberalismo y por ello las empresas, sobre todo las grandes, desean cada vez más convertirse en simples tenedoras de valores o

holdings, buscando sobre todo un modo de producción nómada donde las fábricas y

los lugares concretos de producción, sean redes virtuales de subcontratistas provisio- nales y sustituibles con facilidad. No obstante, como muestran los casos de Enron, Vivendi, Parmalat, Norburg, Nortel, etc., de manera en gran medida inquietante, el rostro que adopta el capitalismo financiero cuando se globaliza, es el de una pura y simple máquina de producir dinero por el dinero mismo que le quita al inventor sus méritos y al pequeño ahorrador (trabajadores, jubilados y otros clientes) sus excedentes, con la ayuda de lo que cínicamente se denomina la contabilidad creativa. Una de las consecuencias más graves de la globalización neoliberal es la separación de lo económico de lo social y político, así las leyes del mercado libre y todopoderoso se imponen a las naciones, a los pueblos y a las fronteras, incluso degeneran en la especulación casi mafiosa, sin preocuparse de los medios median- te los cuales se logra aumentar sin cesar la remuneración de las acciones. En su libro La globalización y sus descontentos, Stiglitz devela las prácticas descaradas de creación de utilidades ficticias de ciertas empresas, de las cuales Enron demostró ser la número uno.

La cuestión que interesa aquí no es seguir la pista de las operaciones financie- ras contables fraudulentas (falsos pedidos, entregas ficticias, empresas fantasmas rodeadas de filiales inexistentes, etc.), sino más bien, comprender por qué surgen este tipo de empresas, por qué son más numerosas en el capitalismo financiero que en el industrial. No es difícil comprender que, cuando el capital degrada los factores mismos que le permiten existir y hacer utilidades, se ve orillada —porque hay límites a los despidos y a las ventajas de no respetar al ambiente— a simple- mente inventar transacciones y ventas, a declarar utilidades ficticias, etc., y terminan pagando los costos de estas prácticas los fondos públicos y los menos favorecidos.

La regla del juego no es satisfacer a los clientes ni producir para una demanda real y para la satisfacción de necesidades, sino buscar más utilidades por acción. La enorme burbuja financiera del sector de nuevas tecnologías (los denominados

e-business) de la década de 1990 y su explosión al inicio de la de 2000, y más

tarde la manipulación de las tasas de interés en los mercados financieros, son la medida de la amplitud con la cual las más grandes firmas de la economía globali- zada comenzaron a especular sobre las desregulaciones (ser el primero en entrar en el sector que viene de ser desregulado, lograr el máximo aumento posible de los valores bursátiles, vender en la parte más elevada de la curva del precio y dejar como huella a miles de desempleados y a los accionistas menores arruinados) y sobre la credibilidad eufórica que ha acompañado la exuberancia irracional de los años locos de 1990.

La globalización neoliberal y sus abortos terribles, “nueva economía” o “eco- nomía virtual”, han colocado en el mercado mundial montañas de dinero artificial sin equivalente en la economía real (empleos, productos o servicios, utilidades concretas), que evidentemente, sólo impulsan una maquinaria económica —trans- formada en casino mundial— incontrolable y más destructiva que benéfica. Lo anterior testimonia, una verdadera y alucinante herejía económica: el “crecimiento

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sin empleo” como se puede constatar con los aumentos en los índices bursátiles, del PNB, etc., acompañados de recesión o de retrocesos en el empleo en Estados

Unidos, Francia, etc., así como millones de pequeños accionistas arruinados, un sinnúmero de desempleados estructurales en los países desarrollados e incontables trabajadores precarizados, subpagados en los países no desarrollados, motivo por el cual no se puede alimentar ni procurar los empleos necesarios en un sano equilibrio oferta/demanda-efectiva/crecimiento óptimo.

¡Ahora es difícil defender el argumento de que la crisis proviene de los denomi- nados países “emergentes” como China, India, Brasil, Rusia que “falsifican el sano juego económico occidental” (antaño esas mismas acusaciones se usaban contra Japón y Corea del Sur), mediante el dumping, “ventas por debajo de los costos”, explotación de la mano de obra sobre todo niños y campesinos! En el caso de China a menudo se le reprocha: la “succión” de materias primas y la sedicente “compe- tencia desleal”, por la hiperexplotación de la mano de obra, sumisa y maltratada, adicional a la multicitada explotación de los derechos humanos. Así, se quiere hacer creer a todo precio que es el apetito y el crecimiento feroz de estos países (en energía y materias primas) los que agravan la inflación, la pobreza, el desempleo y la contaminación en el mundo.

Pocos saben que Estados Unidos concentra más de 30% de la producción mundial de petróleo (alrededor de 28 millones de barriles diarios, a la vez que producen ocho o nueve) mientras que China únicamente tiene 15%, por ahora, es cierto. De forma adicional, poco se dice de que Estados Unidos es uno de los países que más carbón usa para la producción de electricidad y que por ello es un gran contribuyente al calentamiento global y la polución, equivalente a la extrac- ción del petróleo de la provincia de Alberta, Canadá (yacimiento tan vasto como la península de La Florida), incluyendo la arena y demás minerales. Si se quiere hacer una comparación un tanto absurda, habría que decir que si calculamos la tasa de contaminación por habitante considerando el número de habitantes, los modos de producción y de consumo, los chinos deben “contaminar” nuestro planeta alrededor de ¡un millón de veces menos que los estadounidenses!

Por otra parte, se nos hace creer que las empresas chinas bajan radicalmente costos y precios gracias a la “explotación salvaje de la mano de obra”. Pero quién está enterado de que dichas “conductas” les son impuestas por las multinacionales occidentales (como Wal-Mart, Power Corporation, que concentran 35% de Wall- Mart China y Mattel, respectivamente), el director general de esta última, se excusó frente al pueblo y gobierno chinos, por haber presionado a los proveedores de ju- guetes a bajar los costos a tal grado, que terminaron por usar la pintura de plomo; volviendo tóxicos ciertos juguetes que provocaron el rechazo de los estadounidenses y el suicidio del propietario de una empresa fabricante.

Si la mano de obra en China es tan maltratada y explotada como se quiere hacer creer (en realidad, no obstante los bajos salarios, la situación económica y la calidad de vida de muchos, incluso de los campesinos, mejora continuamente) es por los precios bajos que nosotros, los mejor dotados, les queremos pagar y que se ven obligados a tomar. Según un reporte reciente de Oxfam, de cada 100 dólares estadounidenses de comercio internacional, sólo tres le quedan a los países en vías de desarrollo, incluyendo China, la diferencia se embolsa a las grandes empresas y una pléyade de intermediarios. ¿Luego, entonces, quién explota a los niños y a los trabajadores chinos? ¿Quién se aprovecha de su situación? ¿Quién hace “una competencia desleal y salvaje” a los productores occidentales?

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Desde otro ángulo, sobre todo después de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008 y los espectaculares desempeños de los chinos (antes y después), se ha in- tentado por toda clase de medios de transmitir una imagen negativa, por decir lo menos, de China. Comenzando por los famosos “derechos humanos” y la limitada libertad de expresión de que tanto se ha hecho alarde; sin embargo, un reporte de Amnistía Internacional ha puesto en el mismo rango en materia de derechos humanos a ¡Cuba, China y a Estados Unidos! ¿Quién le reclama a Estados Unidos? ¿Quién se ha referido a este asunto? Es evidente que no se trata de hacer una espe- cie de ranking de monstruosidades entre países, sino más que se intenta poner fin a la propaganda disfrazada de “información”, en particular y masivamente desde el 11 de septiembre 2001.

La globalización neoliberal, su ideología económica y su gestión a la esta- dounidense, que quisieran “abrir” todo el planeta en el modelo híperconsumidor maximalista han conducido, con más rapidez de lo que imaginaban ciertos especialistas,7 a “crisis” que, sin duda, se revelan no sólo como de carácter estruc-

tural, sino también, irreversibles y fatales, al menos para una buena parte de la humanidad (sino es que para la mayoría). Una de las crisis simultáneas que hoy se viven son las de petróleo y energía, no obstante, haciendo a un lado a los alarmistas, las “autoridades competentes”, los políticos, economistas, expertos de todo tipo, periodistas, medios y público en general, no han tomado la gravedad de la crisis en su justa medida. Desde los primeros sobresaltos de los precios del petróleo en 2003 y 2004 varios “expertos” ya se referían a “ondas especulativas” momentáneas previendo un “reajuste de los mercados” hacia la normalidad, es decir, de precios “estabilizados” alrededor de 60 a 70 dólares estadounidenses por barril. ¿Cómo se pueden hacer tales aseveraciones cuando se sabe que casi todo lo que usamos cada día, desde nuestra ropa hasta la pintura, pasando por los cosméticos y las medici- nas, sin mencionar las computadoras y otras máquinas, implica el uso de petróleo y sus derivados? ¿Cómo se considera esto en lo que se enseña en las facultades de economía y escuelas de negocios? ¿Se continuarán enseñando las materias usuales como si no hubiera crisis energética estructural? ¿La indiferencia revela ignorancia, evitar ver la situación de frente, o más bien una criminal fuga puramente ideológica?

A título indicativo se hace un breve resumen de la situación en la materia destacando algunos hechos clave.8 Se ha alcanzado el pico en cuanto al petróleo y

se asiste al decrecimiento de la producción. Se queman más barriles de petróleo de los que se extraen, en una relación de cuatro por uno (se usan cuatro barriles y sólo se produce uno, la diferencia es tomada de reservas). Sólo el automóvil ha usado en un siglo de existencia, más de la mitad de las reservas de petróleo, que a la naturaleza le ha tomado millones de años producir. ¡Los “descubrimientos” ya han tocado su máximo posible: ya no surgirán más petróleo ni gas adicionales a los que están en explotación, esto es, ya no surgirá “mágicamente” —de una especie de

terra incognita— ningún yacimiento de magnitud similar a los conocidos.

El gigantesco yacimiento del Mar del Norte, así como lo que se pudiera encon- trar en grandes profundidades marinas o incluso en el Polo Norte, sólo permitirá

7 Por ejemplo en el célebre Industrial Dinamics de Jay W. Forrester (Nueva York: Productivity Press, 1961), o bien, en el primer reporte del Club de Roma titulado Alto al Crecimiento, la evolución anticipada de la economía mundial con base en los modos de producción de la década de 1960 dejaba ver una fuerte catástrofe planetaria alrededor de 2017.

8 Para ello se hace referencia a las siguientes fuentes: un documento reciente de Y. Billon y A. Pitten, Petrole le debut de la fi n (Zarafa Films et TV5 monde, 2008) así como R. Heinberg, The Party’s Over, Oil, War and the Fate of industrial Societies, Gabriola Island, New Society Publishers, 2003; G. Lafrance, La boulimie energetique, suicide de la humanité?, Quebec: Mul- timondes, 2002; E. Laurent, La Face Cachee du Petrole, París: Plon, 2006.

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una especie de respiro de cuatro años. Por otra parte, el pico de la producción de la Cuenca de Mar del Norte se logró desde 1999. Resultado, entre otras causas, de la privatización salvaje de la explotación desencadenada bajo Margaret Tatcher, en la que se confundió la “extracción máxima” para maximizar utilidades con “efica- cia económica”. Por tanto, el problema es que cuanto más rápido se extraiga, más rápido se produce y más rápido se gasta la energía disponible. ¡He aquí a partir de este ejemplo cómo lo “privado” se vuelve no sólo ineficaz, sino destructor!

La era del petróleo de extracción “fácil” como el de Arabia Saudita o el de Irak ha terminado. La única opción, entonces, es la extracción de petróleo no tradicio- nal, siempre más difícil y más costosa (arenas bituminosas, yacimientos marinos a gran profundidad, Polo Norte, etc.). De todas maneras, los dos tipos combina- dos, según los escenarios más realistas, entrarán en decrecimiento a más tardar en 2010. Vale la pena imaginar las consecuencias —inminentes, una vez más— del declive acelerado, inevitable e irreversible del petróleo si consideramos que casi 80% —vale la pena repetirlo—, de lo que usamos cada día proviene de una mane- ra u otra del petróleo y, además, que la “polivalencia” de sus usos es simplemente irremplazable, ni por el gas ni por el carbón o la biomasa.

Otro componente de la mundialización actual, que también está entre aque- llos que han alcanzado los niveles más alarmantes y graves del planeta, es el de la crisis alimentaria. Para nadie es raro que esté directamente ligada con la energética, porque sin petróleo —del cual se acaba de dar un panorama—, la agricultura que- daría paralizada. Desde hace algún tiempo las alzas del precio del petróleo combi- nadas con las especulaciones del mercado de materias primas, sobre todo los ce- reales y los productos alimenticios, elevan los precios de los alimentos de manera espectacular y vertiginosa, sobre todo para los más pobres (los cuales son, hay que recordarlo, más de tres mil millones de personas). ¿Qué africano, que debe “vivir” con menos de un dólar por día en promedio, puede, a partir de ese momento, procurarse trigo, arroz o maíz, cuyo precio por kilo rebasa varias veces su ingreso cotidiano? ¿Cómo se va a alimentar correctamente? ¿Cómo repercutirá todo esto sobre la salud pública, la educación, las migraciones por todos los medios hacia los países más ricos, los conflictos entre etnias y entre países, las hambrunas, las epidemias, etcétera?

Si a lo anterior se agrega el frenesí de la carrera por los biocombustibles y los biocarburantes, la consecuencia —como lo han dicho varias personas, entre ellas René Dumont y Dominique Strauss-Kahn (director del FMI)— estamos a muy poco

de cometer un crimen contra la humanidad, pues estamos llenando el tanque de gasolina del automóvil de los ricos con el contenido del plato de comida de los pobres. Si se toma el caso del etanol producido a partir del maíz: se requieren 200 kilos de este grano para producir un litro de etanol, mientras que los mismos 200 kilos de maíz pueden alimentar a una persona durante un año y, por otra par- te, un litro de etanol permite a un automóvil mediano recorrer pocos kilómetros. En otro ejemplo, se requieren cuatro mil litros de agua, más las mejores tierras, pesticidas, fertilizantes, etc., para producir los 200 kilos de maíz o su equivalente litro de etanol.

A las crisis del cambio climático y de la ecología ya preocupantes, hay que añadir las crisis financieras, en especial, las de 2007 y 2008, estas últimas co-

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