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LA ERA DE LA ADAPTACIÓN EVOLUTIVA

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EL LEGADO DE LA GRECIA ANTIGUA

LA ERA DE LA ADAPTACIÓN EVOLUTIVA

¿Cuándo comienza la historia? Tradicionalmente, los eruditos establecen diferencias entre la historia, que se basa en registros escritos del pensamiento y el comportamiento humanos, y la prehistoria, que em- plea el registro arqueológico para iluminar el pasado. Sin embargo, esta distinción ya no se sostiene. En primer lugar, porque actualmente las investigaciones de arqueólogos y biólogos evolucionistas han inva- dido el territorio de los historiadores y, a veces, han cuestionado las ideas tradicionales sobre el pasado (Renfrew, 2007). Por ejemplo, los historiadores solían pensar que en los siglos posteriores a la caída del Im- perio Romano, Europa había sido invadida por oleadas sucesivas de pueblos, cada uno de los cuales había desplazado y remplazado a los habitantes previos de diferentes regiones, hasta llegar a la formación última de las naciones europeas modernas. Los descubrimientos arqueológicos han mostrado que estas migraciones masivas propuestas nunca tuvieron lugar y que el cambio cultural, y no la limpieza étnica, constituyó el motor principal del devenir histórico en la Antigüedad Tardía (Heather, 2010).

Más importante, sobre todo para la historia de la psicología, es la obviedad aparente de que los seres humanos hacen historia y que la evolución ha moldeado la naturaleza humana mucho antes de que existieran la educación y por supuesto, la historia escrita. Por ello, como dijo el fundador de la psicología, Wilhelm Wundt, la historia es una expresión de la naturaleza humana y los historiadores en consecuencia tienen que atender a lo que los psicólogos evolucionistas denominan la Era de la Adaptación Evolutiva (Buss, 2011; Cosmides y Tooby, 1992). De esta manera pondrán en práctica lo que Smail (2008) califica como Historia Profunda. Hay que destacar que en la actualidad se acepta que la adaptación evolutiva más importante de Homo Sapiens no fue corporal, es decir, no fue adoptar la postura erguida ni la destreza manual precisa que posibilitó el uso de herramientas, sino psicológica y consistió en desarrollar la psicología popular (Capítulo 1). Los seres humanos somos una especie tan intensamente social (Buss, 2011), que la supervivencia individual depende tanto de la cooperación, porque los perso- najes solitarios no son buenos cazadores, como de la competencia, porque el éxito reproductivo depende de ser más perspicaz que los competidores humanos. A lo largo de la evolución, resultó adaptativo poder com- prender lo que otras personas pensaban y planeaban, así como poder engañarles, o engañarse a uno mismo, siempre que resultara útil. La psicología popular pa- rece por tanto constituir un rasgo innato de la mente humana (Gangestad y Simpson, 2007). La capacidad para pensar acerca de los estados mentales de otras

personas se convirtió entonces de forma natural en objeto del pensamiento reflexivo, de la filosofía y de la ciencia, lo cual dio lugar a la disciplina psicológica. EL PASADO ES UN PAÍS DIFERENTE

Hace algunos años, visité el British Museum en Lon- dres. Cuando aún era estudiante, me había costado decidir entre la arqueología o la psicología, optando finalmente por estudiar esta última, pero estaba ansioso por visitar el famoso museo para descubrir los valiosos tesoros del pasado que conserva. Entre los más extraordinarios se encuentran los mármoles Elgin del Partenón, que reciben su nombre de Lord Elgin, inglés amante de la cultura helénica que los llevó a Inglaterra para su conservación. Los mármoles Elgin son grandes placas de piedra esculpida que formaban parte del friso decorativo del frontón del Partenón, templo que se erigía en la Acrópolis de Atenas. En el museo disfrutan, tal y como merecen, de una sala enorme dedicada exclusivamente a ellos, donde se han colocado en las paredes de forma que los visitantes capten al menos en parte lo que debió de ser la experiencia original de contemplarlos. Son magníficas obras de arte, pero me decepcionó su descripción en las placas informativas del museo. Estas hacían referencia a los aspectos puramente formales y propiedades estéticas de los relieves, indicando por ejemplo, cómo las figuras de uno de ellos eran un reflejo simétrico de las del relieve colocado en la pared opuesta. No hacían mención alguna al significado de las figuras, ni a lo que los humanos, dioses y animales hacían. Al principio creí que este enfoque formal se debía simplemente a que en Europa la arqueología se desarrolló como rama de la historia del arte y, por tanto, se centra en la apreciación estética, mientras que en Estados Unidos la arqueología evolucionó como una rama de la antropología y concede mayor importancia a la interpretación cultural. El enfoque con que se trataban otras obras del museo confirmó mi hipótesis.

Posteriormente descubrí que, en realidad, la expli- cación era mucho más sencilla, ya que nadie conoce realmente el significado de los mármoles del Parte- nón. Tradicionalmente se creía que representaban la Procesión de las Panateneas, un gran desfile hacia el Partenón que organizaban una vez al año los líderes y ciudadanos de Atenas para honrar a la diosa de su ciudad, Atenea. Sin embargo, sigue sin existir una interpretación más precisa (Biers, 1987) y algunos estudiosos creen que los relieves conmemoran el legendario heroísmo de una madre que sacrificó a sus dos hijas para conseguir una victoria militar para Atenas. Si hubiera dado a luz a dos varones, habrían muerto en la batalla, por lo que entregó a sus dos hijas (Adler, 1995). Es realmente sorprendente que el significado de estos relieves sea, en cierto modo,

ca pítulo 2: EL LEGADO DE LA GRECIA ANTIGU A 33 un misterio, ya que no son especialmente antiguos.

El Partenón, cuyas ruinas vemos actualmente, se construyó en el máximo apogeo de la «era de gloria de Grecia», durante el liderazgo de Pericles (495-429 a. C.) y bajo la dirección del gran escultor Fidias (500- 432 a. C.), para reemplazar las estructuras que habían sido destruidas por los invasores persas. Entonces los griegos empezaban a inventar la filosofía, la ciencia y la historia, pero aun así no tenemos constancia de ninguna interpretación del friso del Partenón. Habitualmente no se pone por escrito aquello que un pueblo da por sentado.

Mi experiencia con los relieves del Partenón es una lección importante para empezar nuestro reco- rrido histórico. La tarea de cualquier historiador es hablar del pasado para sacar a la luz pensamientos y hechos de los pueblos de épocas anteriores, para ver el mundo tal y como ellos lo veían. Pero, como dice el título del libro de Foster (1988), The Past is Another Country [El pasado es un país diferente]. A menudo, nuestro estudio del pasado es impreciso, ya que muchos detalles de la cotidianidad de los pueblos se han perdido para siempre. Intentaremos pensar como si fuéramos griegos o mandarines alemanes del siglo XIX, enriqueciéndonos así personalmente igual que cuando viajamos. El esfuerzo que requiere la búsqueda del conocimiento histórico merece la pena, pero nunca se alcanzará la meta del conocimiento completo del pasado. Nadie conoce el verdadero significado de los relieves del Partenón.

Desde el punto de vista de la historia intelectual, otra razón por la que el pasado es misterioso es que los escritores premodernos, es decir, aproximadamen- te hasta la Revolución Científica, no siempre escribían para desvelar sus ideas, como hace actualmente la

mayoría. De hecho, muchos escribían de forma oscura, enmascarando doctrinas secretas -esotéricas- median- te palabras conocidas -exotéricas-, con el objetivo de engañar al público, a la vez que se daban pistas a los verdaderos conocedores acerca de las creencias reales (Kennedy, 2010; Strauss, 1988). Había varios motivos para escribir en estilo esotérico-exotérico (Meltzer, 2007). Muchos maestros de la antigüedad, como el propio Sócrates, renegaban de la escritura por completo, ya que creían que la sabiduría no podía enseñarse abiertamente, sino que tenía que surgir a partir de un diálogo personal con un maestro que planteara retos. Filósofos posteriores, incluido Platón, escribieron, pero intentaron hacer que la experiencia de sus lectores se pareciera a un diálogo, al obligarles a profundizar en el significado del texto.

Más importante para el desarrollo de la ciencia social, incluso para la psicología, fue una forma de elitismo. Platón y muchos otros pensadores sociales creyeron que había pocas personas capaces de com- prender la verdad del mundo, de la naturaleza humana y de cómo las sociedades tendrían que organizarse y funcionar. Esta creencia tuvo varias consecuencias. En primer lugar, condujo al miedo a la persecución, ya que las personas corrientes podrían escandalizarse si se cuestionan las creencias establecidas y podrían responder con agresividad a los críticos. Platón vio cómo su querido Sócrates era juzgado y condenado por la democracia griega, acusado de corromper a la juventud. De hecho, es posible argumentar que el cargo era cierto, porque el filósofo quería apartar a sus discípulos de las creencias convencionales. En segundo lugar, a los filósofos podría preocuparles que, si sus ideas se divulgaban ampliamente, podrían llegar a desestabilizar la sociedad existente. En el siglo XVII, cuando Descartes puso todo en duda con el fin de encontrar una verdad estable, decidió no atacar las creencias convencionales en público. En el siglo XVIII, Kant limitó el uso de la razón a la esfera privada, afirmando que profesores y prelados tenían el deber de impartir las verdades convencionales en público. En tiempos modernos, los antropólogos no cuestionan los principios tradicionales de las culturas que estudian por miedo a destruirlas.

Un último aspecto del elitismo entró en juego en las ciencias sociales del siglo XX, cuando éstas comenzaron a convertirse en la base de las políticas públicas. Como se señala en el Capítulo 1 y se explo- rará más pormenorizadamente en el Capítulo 14, las personas constituyen un objeto de estudio científico radicalmente distinto a los objetos físicos. Lo que los científicos creen y publican acerca de los átomos y los planetas no afecta al funcionamiento de átomos y planetas. ¿Es adecuado que se comparta el conoci- miento social científico con el público en general? La mayoría de los científicos sociales cree que sí y por

El Partenón. Es una de las construcciones más famosas del mundo.

Erigido durante el mandato de Pericles, en tiempos de Sócrates y Platón, es un claro exponente de la confianza de una civilización imperial en su momento de mayor hegemonía. Fue en Grecia donde se inició la historia del pensamiento secular en la civilización occidental. El origen de la psicología reside en la máxima griega «conócete a ti mismo». (Cortesía de la Biblioteca del Congreso de EE.UU.).

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ello, escribe numerosos libros, tanto sobre políticas públicas como de autoayuda, en que se divulgan sus descubrimientos. Sin embargo, otros han mantenido la actitud que expresara Platón en La República. Éste sostenía que el conocimiento general de la naturale- za humana podría destruir a la sociedad, porque al

exponer los métodos de los científicos, perjudicaría su habilidad para controlar a las personas por su propio bien (Thaler y Sunstein, 2008).

Todo ello hace que la historia de la filosofía, la ciencia y la psicología sea mucho más compleja que lo que ya señalan la escasez de registros y la

Cuando se contempla la vida humana desde fuera como hago yo, es interesante reflexionar sobre este aspecto: los seres humanos han evo- lucionado en el entorno de las sabanas de hierba de África central del este en pequeños grupos sociales independientes, pero desde entonces han vivido en distintos ambientes y estructuras sociales. ¿Qué tipo de ajuste se produce entre la naturaleza humana evolucionada y los ambientes humanos posteriores? A veces queda claro que se produce poco ajuste. Cuando los seres humanos evolucionaron, la comida era escasa y por tanto, se adaptaron a comer siempre que había alimento disponible. Ahora que la comida está siempre dis- ponible, comen continuamente y hay una epidemia de obesidad. En psicología, filósofos como Colin McGinn (2000) proponen que la mente humana ha evolucionado para resolver sólo cierto tipo de problemas y que comprenderse a si mismos, no es uno de ellos. Tendrán que llegar los alienígenas para entender las mentes humanas.

Por otra parte, el estilo de vida emergente del úl- timo modernismo o postmodernismo, como prefieran denominarlo, se parece en muchos aspectos a la vida de la Era de la Adaptación Evolutiva (EAA). Por supuesto, los primeros Homo Sapiens no contaban con iPads ni BlackBerries, por lo que cuando hablo de parecido, me refiero a la estructura social. Durante la EAA, las personas vivían en grupos pequeños, en los que probablemente se copulaba con cierta promiscuidad y se establecían relaciones a corto plazo entre padre y madre para cuidar de los bebés indefensos. El grupo se desplazaba para aprovechar las oportunidades de alimento y seguridad disponi- bles, cargando tan sólo con unas pocas herramientas, ya que a menudo fabricaban las necesarias in situ, a medida que la tarea lo demanda. La agricultura cambió el panorama. Las personas se asentaron para recolectar y acumular capital, sobre todo tie- rras, que podían transmitirse a los herederos. Por ello, los nexos a corto plazo entre padre y madre se transformaron en una monogamia a largo plazo, en que a los hombres les preocupaba especialmente el adulterio de las mujeres. Se supone que las mujeres

atenienses tenían que permanecer confinadas en el hogar y que los esclavos eran quienes salían a hacer los recados. Ya no se podían desplazar como hacían antiguamente, sino que tenían que permanecer en el lugar que se cultivaba. Entonces construisteis casas y otros edificios. Las estructuras sociales formales surgieron para resolver disputas y, a medida que los grupos grandes comenzaron a enfrentarse en conflictos, los estados fueron haciéndose más grandes y poderosos. Aparecieron las religiones organizadas.

En la actualidad, los seres humanos que son agricultores no constituyen más que una peque- ña fracción. Cada vez son más los trabajadores que van de un empleo a otro, desplazándose sin equipaje. Como dijo uno de los personajes de la serie televisiva CSI: New York, «Un teléfono ya no es un teléfono, es toda tu vida» (Out of the sky, October 22, 2010). Es posible transportar grandes bibliotecas en un Kindle o un iPad, y la red www (World Wide Web) de Internet es accesible desde los ordenadores portátiles. Ya no es necesario vivir siempre en el mismo sitio porque, como les sucedía a quienes fabricaban herramientas de piedra en el pasado, podéis descargaros aplica- ciones a medida que las tareas entre manos lo demandan. Ya no se valora tanto llegar virgen al matrimonio y se espera haber tenido una media docena de parejas sexuales al alcanzar la mitad de la vida. Divorciarse es sencillo, tanto como coger el móvil y el portátil y marcharse; no como en la era de la agricultura, cuando una esposa insatisfecha no podía simplemente coger su parte de tierra y marcharse. En la EAA, el trabajo de las mujeres consistía en recolectar alimentos y el de los hombres, en cazar. En la era de la agricultura, las mujeres pasaron a depender de los hombres para llevar la carga pesada de la agricultura y la guerra. En la actualidad, el trabajo rara vez implica levantar pesos, ni siquiera en la mayoría de los ejércitos, y las mujeres han vuelto a ser indepen- dientes. Quizá, como los teóricos evolucionistas afirman, la naturaleza humana está preadaptada para el estilo de vida postmoderno.

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