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EL IMPULSO RELIGIOSO

In document Historia de La Psicologia - Desconocido (página 92-94)

EL LEGADO DE LA GRECIA ANTIGUA

EL IMPULSO RELIGIOSO

Las filosofías terapéuticas de la felicidad ofrecían un posible camino para enfrentarse con un mundo confuso y cambiante. Como hemos visto, todas ellas proponen un cierto grado de desconexión del mundo contrario a la tradición de la pólis. Los epicúreos se apartaban del mundo físicamente, los cínicos esca- paban del mundo social del nómos, los escépticos, de todo tipo de creencia firme y los estoicos se ne- gaban a permitir que los problemas del mundo les afectaran. Otra manera de enfrentarse a un mundo problemático era alejarse de él y sustituirlo por otro más puro y trascendente. A medida que se fue mul- tiplicando el número de filosofías de la felicidad en el mundo helenístico, surgieron también múltiples formas nuevas de religión.

EL MILAGRO GRIEGO A LA INVERSA

Los historiadores hablan del «milagro griego» para referirse al estudio de la naturaleza, la persona y la sociedad mediante la razón en vez de hacerlo a través de la revelación. Hemos seguido este milagro en la historia de la psicología desde Alc- meón hasta Aristóteles. Sin embargo, en el periodo helenístico, la fe en la filosofía y en la ciencia se tambaleaba y fueron muchos los que sustituyeron la razón por misteriosas revelaciones como fuente de la verdad.

El gnosticismo y el hermetismo. Una muestra de la búsqueda de revelaciones esotéricas es el movi- miento que surgió en el seno del cristianismo (Pagels, 1979) y del judaísmo (Colish, 1997) denominado gnosticismo. En griego, gnósis significa conocimiento,

pero no el conocimiento de la filosofía natural, sino un conocimiento de enseñanzas o interpretaciones secretas de textos sagrados. Los cristianos gnós- ticos, por ejemplo, creían en la existencia de más evangelios aparte de los cuatro reconocidos por la Iglesia Católica. Aseguraban que estos evangelios gnósticos, como el de Tomás, contenían verdades más importantes que las que aparecían en los Evangelios sinópticos. Éstas se mantenían en el más absoluto secreto y los maestros del gnosticismo se las re- velaban a sus discípulos a lo largo de una serie de etapas en que les iban iniciando en lo que afirmaban ser los verdaderos secretos de Cristo, desconocidos –y peligrosos– para los creyentes convencionales. Otro ejemplo del milagro griego a la inversa fue el hermetismo (Eamon, 1994). Los seguidores del hermetismo creían que los antiguos egipcios habían desvelado todos los secretos del universo y que éstos habían sido transcritos por una figura divina a la que llamaban Hermes Trismegisto (Hermes, un dios griego, «tres veces grande»). Posteriormente se descubrió que los documentos del hermetismo no se habían escrito en la época del antiguo Egipto, sino en los primeros siglos después de Cristo.

El gnosticismo y el hermetismo son síntomas de una profunda pérdida de confianza en la cultura griega. El pueblo helenístico ya no se limitaba a explorar la naturaleza mediante la razón y la observación, sino que recurría a revelaciones supuestamente divinas y de autoridades de la antigüedad a quienes, se creía, les habían sido revelados grandes secretos. La filosofía occidental no recuperaría la confianza en sí misma hasta aproximadamente el año 1000 d. C.

El neoplatonismo. Como hemos visto, la filo- sofía platónica se apoyaba en la existencia de otro mundo y durante el periodo helenístico, a medida que la Academia de Platón se volvía hacia el es- cepticismo, esa creencia dio lugar a la filosofía del neoplatonismo, cuyo representante más conocido fue el griego, nacido en Egipto, Plotino (204-270 d. C.). Plotino desarrolló completamente el aspecto místico del platonismo, llegando casi a convertir esa filosofía en una religión. Describió el universo como una jerarquía, cuyo primer escalón era un Dios supremo e incognoscible denominado el Uno. De el Uno «emana» un Dios cognoscible denomina- do Inteligencia, que gobierna el reino de las Ideas de Platón. De la Inteligencia emanan una serie de criaturas, también divinas, hasta que se llega a los seres humanos, cuya alma divina está atrapada en cuerpos materiales perecederos. El mundo físico es una copia impura e imperfecta del reino divino.

Plotino pretendía desviar la atención de sus se- guidores desde las tentaciones de la carne hacia el mundo espiritual de la verdad, el bien y la belleza del reino de las Ideas. En su obra Enéadas, Plotino

ca pítulo 3: LA ANTIGÜED AD: DEL 323 A. C. AL 1000 D . C. 73 escribió: «Elevémonos al modelo... del que deriva el

mundo [físico]. [...] Sobre él reina la Inteligencia pura y una increíble sabiduría. [...] Allí, todo es eterno e inmutable... [y] permanece en estado de felicidad». La última frase refleja el paso de la filosofía plató- nica a la visión extática de los místicos religiosos. Al igual que el estoicismo, el neoplatonismo ayudó a dar forma al pensamiento cristiano y a allanar el camino de su llegada. Fue a través del neoplatonismo como la filosofía de Platón llegó a dominar en la alta Edad Media.

La tendencia del neoplatonismo a convertirse en una religión puede verse claramente reflejada en la vida de Hypatia de Alejandría (355-415 d. C.), una de las poquísimas mujeres filósofas y científicas anteriores a la era moderna (Dzielka, 1995). Hypatia destacó por sus obras sobre matemáticas y astro- nomía, que no se han conservado. Sin embargo, su mayor influencia y el motivo por el que alcanzó la fama fueron sus enseñanzas del neoplatonismo a numerosos y ávidos discípulos. De hecho, concebía sus trabajos científicos como una vía de acceso a los secretos del neoplatonismo, ya que considera- ba que la astronomía es «una ciencia que abre las puertas a la inefable teología» (citado por Dzielka, p. 54), y que las matemáticas son el fruto del casi divino Pitágoras. Como era habitual en los maestros del neoplatonismo, Hypatia era contemplada como una figura divina y sagrada. Al ser mujer, se exalta- ba especialmente su estatus sagrado debido a su virginidad y su renuncia absoluta al placer sexual. Además, algo también típico de los neoplatónicos –así como de los gnósticos y herméticos–, es que intentó reservar los secretos divinos de la filosofía para una élite enaltecida y purificada, una aristo- cracia con acceso exclusivo a la «compañía de la dama bendita» (citado por Dzielka, 1995, p. 60). Como neoplatónica, concebía la filosofía como un misterio religioso y pretendía guiar a sus discípulos para ayudarles a encontrar en sí mismos «el fruto luminoso de la razón»), un «ojo interior» que les lle- varía finalmente a alcanzar la extática «fusión con el Uno» de Plotino (citado por Dzielka, 1995, pp. 48-49). Los vínculos entre el neoplatonismo y el cristianismo quedan claramente reflejados en la vida y enseñanzas de Hypatia. Era virgen y llevaba, por tanto, la vida que recomendaban San Pablo y San Jerónimo a las mujeres. Además, dos de sus discípulos llegaron a ser obispos de la Iglesia cristiana. Sin embargo, el obispo de Alejandría, Cirilo, molesto por su influencia política sobre el gobernador cristiano de Alejandría, la calificó de bruja alegando que enseñaba astrología (su astronomía) e hizo que la ejecutaran sus verdugos personales. Su asesinato ha conseguido que, incluso en la actualidad, se le siga considerando mártir del libre pensamiento (Dzielka, 1995).

Siglos después, Friedrich Nietzsche afirmó que el cristianismo era el platonismo del pueblo, porque ofrecía a la mayoría lo que los elitistas filósofos helenísticos habían ofrecido a una reducida élite. Devaluaba la búsqueda del poder, el honor y la fama y convertía la ciudadanía en algo menos importante que la purificación privada del alma. San Pablo, en su Carta a los Tesalonicenses, insta a los cristianos a «encontrar el honor en el silencio... y en [la preocupa- ción por] los asuntos privados» (Rahe, 1994, p. 206). El cristianismo, la religión y la filosofía helenísticas derrocaron a la antigua areté griega.

También se derrumbaron las ideas griegas acer- ca del placer sexual. Los griegos se entregaban al placer sexual siempre y cuando no fuera en exceso. Pero como ya hemos visto, existía una visión alter- nativa, más ascética, de los placeres de la carne iniciada por Pitágoras y desarrollada por Platón y los neoplatónicos. Platón y los neoplatónicos menos- preciaban el cuerpo, que consideraban una tumba, y pretendían liberar el alma de sus impuros deseos corporales. San Pablo, que recibió una educación clásica, introdujo esta actitud en el cristianismo. Así, en su Carta a los Gálatas, escribió: «Los deseos de la carne son contrarios a los del espíritu y los deseos del espíritu son contrarios a los de la carne» (Garrison, 2000, p. 251).

Los cultos mistéricos. La religión también ofrecía un camino hacia la ataraxia y, en ocasiones, hacia algo más intenso y extático. Ya había habido en la antigua Grecia algunos cultos mistéricos extáticos, de los que el más destacado era el de los misterios de Eleusis (Burkert, 1987). Sin embargo, el goteo de nuevas religiones místicas y extáticas, que empeza- ron a llegar al mundo griego en tiempos de Platón, se convirtió en una auténtica riada durante las eras helenística y romana. Las antiguas religiones paganas subsistieron durante siglos hasta bien entrada la era cristiana, pero fueron muchos los que desviaron su mirada hacia uno o varios de los cultos mistéricos que surgieron en Oriente Próximo, especialmente en la península de Anatolia (la actual Turquía), Irán y Egipto. Se denominaban cultos mistéricos por la palabra griega mystéria, que significa «rito especial» y hacía referencia a los ritos secretos que nunca se revelaban a personas ajenas al culto. Los recién iniciados debían pasar por esos ritos para llegar a ser miembros (mýstai) del culto. Fueron famosos tres de estos cultos mistéricos: el de la Magna Mater (Gran Madre), el de Isis y el de Mitra (Artz, 1980; Burkert, 1987).

El culto de la Magna Mater llegó por primera vez a Occidente desde Asia Menor alrededor del año 600 a. C. Este culto se basaba en el mito de que la Magna Mater, la fuente de la vida, llevada por los celos, se enfureció a causa de la infidelidad de su

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amante, Attis, el dios de la vegetación, y le dio muer- te, lo castró y lo enterró al pie de un pino. Entonces lloró su muerte e hizo que volviera a la vida. Las estaciones nos recuerdan su historia: la vegetación se va apagando en otoño, muere en invierno y regresa en primavera, momento en el que tenían lugar las grandes ceremonias del culto de la Magna Mater. Había bailes, cantos y música. Los aspirantes al sacerdocio se castraban ellos mismos con la ayuda de piedras, en conmemoración de Attis y para ofrecer su fertilidad a la Gran Madre. Por último, se cavaba un foso al que descendían los iniciados vestidos con ropajes blancos. Sobre ellos se sacrificaba un toro. Los iniciados salían del foso cubiertos de sangre, «nacidos de nuevo» al culto de la Magna Mater.

Isis, igual que la Magna Mater, era una deidad femenina. Era una diosa egipcia hermana de Osiris, el dios principal del panteón egipcio, que proporcionó a los hombres el arte y las leyes y que murió y resucitó con la ayuda de Isis. El culto de Isis incluía ciclos de rituales diarios, semanales y anuales, entre ellos el bautismo con agua bendita, encender velas y quemar incienso, y majestuosas procesiones. Además, los templos permanecían abiertos para que los adeptos al culto pudieran entrar a orar. Los cultos mistéricos desempeñaban una función terapéutica similar a la de las filosofías helenísticas. Así lo acredita el he- cho de que en ocasiones se hiciera referencia a los seguidores de Isis como therapeútai. Estos cultos ofrecían la «ocasión de romper con los caminos áridos y cerrados de la existencia predecible», especialmente a las mujeres de la antigüedad, a través de «puertas que conducen a un secreto... que proporciona la experiencia de un gran ritmo en que la resonancia de la psique individual podía integrarse a través de un asombroso episodio de sympatheia» con lo divino (Burkert, 1987, p. 114).

Isis resultaba atractiva especialmente para las mujeres, mientras que el mitraísmo quedaba reservado para los hombres, arraigando especialmente entre los soldados romanos, que lo transmitieron por todo el mundo romano. Mitra, procedente de Persia, era un dios de la luz y enemigo del mal, nacido de una virgen. Se le representaba a caballo y dando muerte a un toro, lo cual simbolizaba la necesidad de que el poder incontrolado de la naturaleza fuera controlado por el hombre. Mitra nació un 25 de diciembre y se le dedicaba el primer día de la semana. Se bautizaba a los devotos con agua o, posteriormente, con sangre en una ceremonia heredada del culto de la Magna Mater en que se sacrificaba un toro. Se identificaban con él celebrando una comida sagrada con pan y vino e intentaban llevar, a imitación de Mitra, una vida de moralidad y virtud. Hacia el siglo IV después de Cristo, los cultos mistéricos tendieron a converger en una única religión monoteísta que fue el cristianismo,

que se basaba en el nacimiento y la resurrección, el pecado y la redención, aunque con un carácter más público que mistérico (Artz, 1980; Lane Fox, 1986, Pagels, 1979).

LOS COMIENZOS DEL PENSAMIENTO CRISTIANO

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