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ENTENDER LA HISTORIA LA HISTORIA DE LA CIENCIA

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ENTENDER LA HISTORIA LA HISTORIA DE LA CIENCIA

El problema más general a la hora de escribir historia, especialmente historia científica, es la tensión entre razones y causas en la explicación de las acciones humanas. Imagine la investigación de un asesinato. Lo primero que determina la policía es la causa de la muerte, es decir, hay que averiguar qué proceso físico (por ejemplo, la ingestión de arsénico) produjo la muerte de la víctima. A continuación, los investi- gadores deben determinar las razones de la muerte de la víctima. Pueden descubrir que el marido de la víctima tenía una aventura con su secretaria, que había contratado un seguro de vida para su mujer y

ca pítulo 1: CIENCIA, HIST ORIA Y PSICOLOGÍA 21 que había comprado dos billetes de avión a Río, lo

cual sugiere que el marido mató a su mujer para irse a vivir lujosamente con su amante. Cualquier aconte- cimiento histórico podría explicarse de una de estas dos maneras, o de ambas a la vez: como una serie de causas físicas o como una serie de razones. En nuestro ejemplo, la serie de causas físicas consiste en: poner arsénico en el café, su ingestión por la víctima y sus efectos sobre el sistema nervioso. La serie de razones, de actos racionales ejecutados con intención y previsión, consiste en: comprar arsénico, ponerlo en la bebida de la víctima elegida, buscar una coartada y planear la huida.

La tensión entre las explicaciones causales y racionales de la acción humana aparece cuando no está claro cuánta fuerza explicativa puede atribuirse a cada una de ellas. Hasta ahora, en nuestro ejem- plo, el relato causal es relativamente trivial, ya que conocemos la causa de la muerte y la determinación de la culpabilidad parece clara. Sin embargo, las consideraciones causales pueden formar parte de nuestras evaluaciones de la conducta de los demás. El presidente Ronald Reagan fue tiroteado y herido durante su primer mandato por el joven John Hinckley. No había ninguna duda de que Hinckley disparó la bala y por tanto, formaba parte de la causa de la herida de Reagan, pero existían serias dudas de que el acto de Hinckley pudiera explicarse racionalmente. La razón que dio para su ataque al presidente fue la de conseguir el amor de la actriz Jodie Foster, pero esta explicación parece extraña, por supuesto más extraña que asesinar a la propia esposa para escaparse con la amante. Además, los psiquiatras declararon que Hinckley era un psicótico y que las pruebas mediante escáner mostraban un funciona- miento cerebral patológico. Tomadas en conjunto, estas evidencias convencieron al jurado de que los disparos de Hinckley no obedecían a ninguna razón, sino sólo a causas relacionadas con su cerebro en- fermo. Así, no fue declarado culpable, porque donde no existen razones no puede haber culpabilidad. En casos como el de Hinckley, observamos el punto álgido de la tensión entre la explicación racional y la causal. Queremos condenar a un criminal probado, pero sa- bemos que sólo podemos dirigir nuestra indignación moral hacia alguien que elige actuar de una forma particular cuando él o ella podría haber actuado de otro modo. Reconocemos que una persona con una patología cerebral no puede elegir lo que hace y por ello, no merece que se le culpe de nada.

De hecho, la tensión entre razones y causas surge en la explicación de cualquier acción humana. Que César cruzara el Rubicón puede describirse como un movimiento político astuto o como el resultado de sus ambiciones megalomaníacas de gobernar el mundo (A. K. Goldsworthy, 2008). Podemos elegir prepararnos

para estudiar medicina porque deseamos ayudar a la gente, o ganar dinero, o por una necesidad neurótica inconsciente de demostrar que somos tan buenos como nuestro hermano mayor.

En la historia de la ciencia, la tensión entre razones y causas es perenne. Como hemos visto, la ciencia se presenta a menudo como una empresa idealmente racional. Se asume que las teorías científicas son propuestas, contrastadas, aceptadas o rechazadas ex- clusivamente sobre la base de argumentos racionales. Sin embargo, como ha quedado más que demostrado por Kuhn y otros autores, resulta imposible eximir a los científicos de las fuerzas causales que toman parte en la determinación de la conducta humana. Los científi- cos ansían fama, fortuna y amor tanto como cualquier persona, y pueden preferir una u otra hipótesis, o una línea de investigación entre muchas, bien por causas personales internas o por causas sociológicas externas que no puedan defenderse racionalmente o que incluso sean completamente inconscientes. Los historiadores, incluidos los de la ciencia, deben considerar en todos los casos ambas, razones y causas, y ponderar tanto los méritos racionales de una idea científica como las causas que podrían haber contribuido a proponerla, así como a aceptarla o rechazarla.

Tradicionalmente, la historia de la ciencia ha tendido a sobrestimar las razones, dando lugar a una historia liberal y al presentismo. Otras ramas de la historia comparten también estos defectos, que resultan particularmente tentadores para los histo- riadores de la ciencia. Una explicación liberal ve la historia como una serie de pasos progresivos que conducen a nuestro estado actual de conocimientos. Una historia liberal de la ciencia asume que la ciencia de hoy es esencialmente correcta, o al menos que es superior a la del pasado, y la narra en términos de cómo unos científicos brillantes descubrieron la verdad que hoy conocemos. En una explicación liberal, se condena el error como una aberración de la razón y se ignora o se califica de locos a aquellos científicos cuyas ideas no se ajustan a nuestro saber actual.

Los científicos se sienten cómodos con la historia liberal y por eso es la que siempre se encuentra en los libros de texto científicos. La historia liberal es, sin embargo, un cuento de hadas y está siendo sus- tituida paulatinamente por una historia de la ciencia más adecuada, al menos entre los historiadores profesionales. Lamentablemente, algunos científicos profesionales creen que una historia de la ciencia adecuada socava las normas de su disciplina y por tanto es peligrosa, porque muestra a los científicos como seres humanos y, en ocasiones, a la ciencia sometida a las influencias irracionales de causas personales y sociales. He escrito este libro con el espíritu de la nueva historia de la ciencia y confío, junto con el historiador de la física Stephen Brush

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(1974), en que en vez de perjudicar a la ciencia, la buena historia ayudará a los científicos jóvenes a liberarse del dogma liberal y positivista, haciéndoles más receptivos a ideas poco habituales e incluso radicales. Una revisión histórica a gran escala del tipo que estoy escribiendo debe ser presentista hasta cierto punto, es decir, debe preocuparse por cómo la psicología ha llegado a ser como es. No porque piense, como harían los historiadores liberales, que la psicología de hoy es la mejor, sino porque deseo utilizar la historia para comprender las condiciones actuales de la psicología. Como veremos, la psicología podría haber tomado otros caminos diferentes a los que tomó, pero explorar lo que habría pasado entonces está más allá del alcance de este libro.

Una dimensión importante en la historia de la cien- cia es la del internalismo–externalismo. Las historias liberales de la ciencia son generalmente internas, ya que la consideran como una disciplina independiente que resuelve problemas bien definidos mediante el uso racional del método científico, que no se ve afectada por ninguno de los cambios sociales que estén ocurriendo al mismo tiempo. Puede escribirse una historia interna de la ciencia con pocas referen- cias a reyes y presidentes, guerras y revoluciones, economía o estructuras sociales. La historia reciente de la ciencia reconoce que los científicos, aunque lo deseen, no pueden verse libres de las influencias de la sociedad y del cambio social. La ciencia es una institución social con metas y necesidades propias contenida en una sociedad más amplia, y los cientí- ficos son seres humanos socializados dentro de una cultura concreta, que se esfuerzan por conseguir el éxito dentro de un marco social específico. Por tanto, la historia reciente de la ciencia es de orientación externa y considera que está dentro de un contexto social más amplio del cual forma parte y en el cual actúa. La presente edición de este libro es más ex- terna que sus predecesoras, pues me he esforzado más por colocar a la psicología en el seno de unas pautas sociales e históricas más amplias.

Un antiguo debate histórico vinculado al de razo- nes frente a causas, historia liberal frente a nueva historia de la ciencia e historia interna frente a historia externa, es el que enfrenta a aquellos que ven a los Grandes Hombres como los creadores de la historia (Perspectiva del Gran Hombre), y aquellos que contem- plan la historia como el resultado de grandes fuerzas impersonales fuera del control humano. Esta última perspectiva de la historia, la del Zeitgeist (en alemán, «el espíritu de los tiempos»), a veces presenta a las personas como poco más que marionetas.

El escritor inglés Thomas Carlyle (1795-1881) realizó una exposición elocuente de la perspectiva del Gran Hombre:

La Historia Universal, tal y como yo la veo, es la historia de lo que el hombre ha logrado en este mundo, es en definitiva la historia de los Grandes Hombres que han trabajado en él. Estos grandes hombres fueron los líderes de los demás; los modeladores, los modelos y los creadores, en un sentido amplio, de todo lo que la masa general de hombres imaginó o consiguió hacer. Todo lo realizado y que perdura en el mundo no es otra cosa que el resultado material externo, la realización práctica y la materialización de los Pensamientos concebidos por los Grandes Hombres enviados a este mundo. Podría considerarse con justicia que el alma de la historia del mundo fue la historia de estos hombres (1841/1966, p. 1).

La historia de los Grandes Hombres resulta emo- cionante porque nos habla de la lucha y el triunfo individuales. En la ciencia, la historia de los Grandes Hombres es la de la investigación y la teorización de científicos brillantes que descubren los secretos de la naturaleza. Las épocas posteriores reverencian a los Grandes Hombres por sus logros, por eso su historia es habitualmente liberal e interna, ya que acentúa precisamente la racionalidad y el éxito, concediendo menos importancia a las causas sociales y culturales del pensamiento y la acción humanos.

El filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770–1831) planteó por primera vez la perspectiva opuesta:

Sólo el propio estudio de la historia del mundo puede mostrar que éste ha avanzado racionalmente, que representa el curso necesariamente racional del Espíritu del Mundo, cuya naturaleza realmente es siempre una y la misma, aunque se despliega en el curso del mundo... La historia del mundo prosigue hacia el reino del Espíritu... El Espíritu, y el curso de su desarrollo, es la sustancia de la historia (1837/1953, p. 12).

La perspectiva de la historia del Zeitgeist tiende a ignorar las acciones de los seres humanos por- que cree que las personas viven vidas predirigidas, controladas por fuerzas ocultas que funcionan por sí mismas a lo largo del proceso histórico. En la formulación original de Hegel, la fuerza oculta era el Espíritu Absoluto (identificado en muchas ocasiones con Dios) que se desarrolla a lo largo de la historia humana. El Espíritu hegeliano ha pasado de moda, pero las historias de acuerdo con el Zeitgeist per- manecen. Karl Marx, discípulo de Hegel, materializó el Espíritu de Hegel en la economía y consideró la historia humana como el desarrollo de los modos de producción económica. El modelo kuhniano de historia científica es un modelo Zeitgeist, porque plantea una entidad, el paradigma, que controla la investigación y la teorización de los científicos en activo.

Debido a su énfasis sobre lo inevitable del progreso, desde las perspectivas de Hegel o Marx la concepción histórica del Zeitgeist es «liberaloide». Hegel y Marx contemplaron una historia humana dirigida hacia algún final último, ya fuera éste la realización definitiva del

ca pítulo 1: CIENCIA, HIST ORIA Y PSICOLOGÍA 23 Espíritu o de Dios, el logro último del socialismo, o

el orden económico perfecto, y ambos consideraron el desarrollo histórico como un proceso racional. Sin embargo, su historia no es interna, ya que sitúa la determinación de la historia fuera de las acciones de los hombres y las mujeres. La contribución de Hegel y Marx fue la de inventar el punto de vista externo, dirigiendo la atención de los historiadores hacia los contextos más amplios en que trabajan las personas, descubriendo que el contexto de la acción moldea la propia acción en formas casi inapreciables por los propios protagonistas de la historia. Desde esta pers- pectiva amplia, el punto de vista externo proporciona una comprensión mayor de la historia. No obstante, al contrario de lo que creían Hegel y Marx, la historia no tiene una dirección perceptible. La historia del mundo, o la de la psicología, podría haber sido diferente. Los seres humanos luchamos en una semioscuridad de causas personales y sociales, no actuamos como marionetas guiadas por fuerzas impersonales. LA HISTORIOGRAFÍA DE LA PSICOLOGÍA

Se denomina historiografía a la historia y la metodo- logía del ámbito de la historia. La historiografía de la ciencia, una parte de la cual es la historia de la psicología, ha atravesado dos fases (Brush, 1974). En la primera, desde el siglo XIX hasta la década de 1950, los propios científicos, por lo general los más veteranos que ya no estaban en activo en la vanguar- dia de la investigación, escribieron la historia de la ciencia. Esto no resulta sorprendente, ya que una de las principales dificultades para hacer historia de la ciencia consiste en ser capaz de comprender los detalles de la teoría y la investigación científicas para poder narrarlas. Sin embargo, desde comienzos de la década de 1950 y cobrando ímpetu la década de 1960, a medida que esta disciplina se fue profesio- nalizando, surgió una «nueva» historia de la ciencia. Hombres y mujeres formados como historiadores, que en muchos casos tenían un pasado científico, se hicieron cargo de la historia de la ciencia; así por ejemplo, Thomas S. Kuhn había sido químico.

La historia de la psicología experimentó el mismo tipo de cambio, aunque un poco más tarde y de una forma todavía incompleta. La obra clásica de la histo- ria de la psicología «antigua» es la magistral History of Experimental Psychology [Historia de la Psicología Experimental] de Edwin G. Boring, publicada por primera vez en 1929 y con una edición revisada en 1950. Boring era psicólogo, discípulo del introspec- cionista E. B. Titchener, y la psicología que conoció estaba siendo reemplazada por el conductismo y por el auge de la psicología aplicada. Así, aunque Boring no estaba en absoluto retirado, escribió su Historia como una justificación liberal e interna de su tradi- ción (O’Donnel, 1979). El libro de Boring fue durante

décadas el texto habitual, pero desde mediados de la década de 1960, la nueva historia profesional de la psicología comenzó a reemplazar a la antigua. En 1965 apareció una revista especializada, Journal of the History of the Behavioral Sciences [Revista de Historia de las Ciencias del Comportamiento], y la American Psychological Association [Asociación Es- tadounidense de Psicología] aprobó la creación de la Sección 26, dedicada a la historia de la psicología. En 1967 comenzó el primer programa de doctorado en historia de la psicología, en la Universidad de New Hampshire, bajo la dirección de Robert I. Wat- son, fundador de la revista mencionada (Furomoto, 1989; Watson, 1975). El desarrollo de la «nueva historia de la psicología» fue acumulando avances durante las décadas de 1970 y 1980, hasta que, en 1988, Laurel Furomoto la declaró completamente madura y exigió su incorporación a los planes de estudios de psicología. Debemos hacer notar que el cambio ha sido incompleto. Aunque el texto que usted tiene en las manos es uno de los pocos que ha recibido influencias de la nueva historia de la psicología (Furomoto, 1989), yo soy un psicólogo sin formación en historia. No obstante, en la actualidad, los historiadores de la psicología constituyen una especialización en auge, en que se aplica el cono- cimiento histórico para explicar los conflictos y las normas de la psicología (Vaughn-Blount, Rutherford, Baker y Johnson, 2009).

Hay muchas más cuestiones implicadas en el cambio de la antigua a la nueva historia de la ciencia, y de la psicología, que el hecho de quién sea quien la escriba. Este cambio coincide con un movimiento de largo alcance dentro de la historiografía que va de la «antigua historia» a la «nueva historia» (Furomoto, 1989; Himmelfarb, 1987; Lovett, 2006). La «antigua historia» era una «historia desde arriba», ante todo política, diplomática y militar, centrada sobre grandes personajes y acontecimientos importantes. Tenía una forma narrativa y contaba historias legibles acerca de naciones, hombres y mujeres, escritas frecuente- mente para un público que tenía una cultura general, no sólo para otros historiadores. La «nueva historia» es una historia desde abajo, que intenta describir, incluso recrear en palabras, las vidas íntimas de la masa anónima de personas omitidas en la antigua historia. Como ha indicado Peter Stearns, «[los nuevos historiadores] habremos triunfado cuando todos reconozcan que la historia de la menarquía es tan importante como la de la monarquía» (citado en Himmelfarb, 1987, p. 13). Su forma es más ana- lítica que narrativa, e incorpora a menudo técnicas estadísticas y de análisis tomadas de la sociología, la psicología y otras ciencias sociales.

Furumoto (1989) describe la nueva historia de la psicología del siguiente modo:

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La nueva historia tiende a ser crítica en vez de ceremonial, contextual en vez de una simple historia de ideas, y más comprehensiva, yendo más allá del estudio de los «grandes hombres». La nueva historia utiliza fuentes primarias y documentos de archivo en vez de depender de fuentes secundarias, que pueden llevar a la transmisión de anécdotas y mitos de una generación de autores de libros de texto a la siguiente. Finalmente, la nueva historia trata de entrar en el pensamiento de una época para ver las cuestiones tal y como aparecieron en ese momento, en vez de buscar los antecedentes de las ideas actuales o escribir la historia hacia atrás a partir del contexto actual del ámbito en cuestión (p. 16).

No obstante, excepto por su llamada a ser más comprehensivos al escribir la historia, la descripción de Furumoto de la nueva historia de la psicología real- mente también describe la buena historia tradicional.

¿Dónde se sitúa el presente libro dentro del espectro que va de la vieja a la nueva historia? Es verdad que la nueva historia me ha influido y que la he utilizado para escribir este texto, que sin embargo no pertenece completamente a ella. Siento la mayor afinidad con la historia tradicional de las ideas y generalmente no he intentado descubrir las causas del desarrollo de la psicología en la biografía de los psicólogos. Creo que la historia forma parte de las humanidades, no de la ciencia, y que cuando los historiadores se apoyan en las ciencias sociales lo están haciendo sobre cimientos muy débiles. Estoy de acuerdo con Matthew Arnold cuando dice que las

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