EL LEGADO DE LA GRECIA ANTIGUA
EL HELENISMO Y EL IMPERIO
Alejandro Magno, discípulo de Aristóteles, cambió el mundo occidental. Fracasó en su intento de establecer un imperio universal que hiciera llegar la cultura grie- ga a las tierras que conquistó, pero su ambición se vio cumplida posteriormente gracias a la visión más práctica de los romanos, que consiguieron unificar su imperio mediante vías de comunicación y una lengua y una burocracia comunes (Heather, 2006). La vida de las pequeñas póleis democráticas fue destruida y reemplazada por el gran imperio multiétnico que era Roma. El arraigo en pequeñas comunidades locales comenzó a ser sustituido por la idea universal de ciudadanía romana. Un estoico romano dijo una vez que todo romano era ciudadano de dos ciudades: su lugar de nacimiento y Roma, el centro del mundo conocido. La idea de un imperio universal de la razón, basado en la confianza mutua más que en el altruismo genético, que abrazara a la vez que trascendiera las divisiones étnicas y locales, ejerció una poderosa influencia sobre los modernizadores de la Ilustración y sobre los fundadores de la república en Estados Unidos (Madden, 2008).
La consecuencia inmediata de la muerte de Alejan- dro fue un periodo de intensos y alarmantes cambios sociales conocido como periodo Helenístico, que se suele fechar desde su muerte hasta la conquista final de Egipto por Octavio, el futuro emperador Augusto, en el año 31 a. C. Hasta la llegada de la pax romana, el Mediterráneo oriental estuvo sumido en el caos. El imperio de Alejandro no se sostenía, ya que sus generales convertían los territorios que él pretendía integrar en un único imperio en reinos personales que gobernaban como dioses, y tanto ellos como sus herederos luchaban entre sí en guerras incesantes.
Tras perder su adorada pólis, los hombres y mujeres del mundo helenístico abandonaron la vida pública y se refugiaron en el placer del hogar y de la vida privada. Los estoicos, que rechazaban la idea homérica de la fama y la política clásica griega, decían algo que un griego de antaño jamás habría podido decir, que no había nada en la vida «comparable a la convivencia de un hombre y su esposa» (citado por Barnes, 1986, p. 373). Desde el punto de vista social, quienes realmente se beneficiaron de los cambios de la Era Helenística fueron las mujeres, ya que la concepción del matrimonio como un contrato para engendrar herederos fue reemplazada por ideas del amor y de la relación duradera de la pareja. El cínico Crates se casó por amor y vivió una vida de plena igualdad con su esposa Hiparquia, en el seno de lo
que denominaron su «matrimonio canino». Para sor- presa de los griegos tradicionalistas, ¡hasta salían a cenar juntos! (Green, 1990).
Desde el punto de vista de la psicología, las incertidumbres de la época helenística eran más alarmantes. El tradicional temor griego a la Týche se intensificó debido a las penalidades de la vida provocadas por las guerras y los enfrentamientos entre los reyes. El dramaturgo más importante de la época, Menandro, escribió: «Dejad de preocuparos acerca de la inteligencia humana... Es la inteligencia de la fortuna la que gobierna el mundo... La previsión humana es pura palabrería, un simple balbuceo» (citado por P. Green, 1990, p. 55). Los helenísticos se refugiaron en sus hogares, pero también en el interior de su alma, buscando en ella amparo ante las miserias del mundo. Los más laicos buscaban la libertad en la filosofía y los más religiosos, en las creencias tradicionales o en las nuevas religiones exóticas que llegaban de Oriente. A medio camino estaba la religión filosófica que era el Neoplatonismo. LAS FILOSOFÍAS TERAPÉUTICAS
DE LA FELICIDAD
En este mundo de cambios y perturbaciones, las personas buscaban la manera de liberarse y alcanzar una forma de felicidad que los griegos denominaban ataraxia. Los griegos clásicos habían buscado la feli- cidad de la eudaimonía, la buena vida o la realización del ser humano. Los griegos helenísticos y los roma- nos que les sucedieron rebajaron sus expectativas y se conformaron con la ataraxia, una felicidad que podían controlar ellos mismos. Como ya hemos visto, la eudaimonía griega dependía de la suerte de cada cual, incluida la de vivir en circunstancias favorables. Cuando la Týche era desfavorable, como lo fue du- rante las Guerras de los Diádocos para establecer la sucesión de Alejandro, la eudaimonía quedaba fuera del alcance. Lo que sí se podía conseguir era la capacidad de apaciguar la propia alma, conseguir el autodominio para así, alcanzar la liberación personal de los problemas, independientemente de lo que la fortuna pudiera acarrear.
Era un nuevo tipo de filósofo que ejercía como médico quien ofrecía las recetas para alcanzar la ataraxia. Si el médico que ejercía de filósofo, repre- sentado por figuras como Alcmeón, Empédocles y Aristóteles, marcaba el inicio de la historia de la psicología como ciencia, el filósofo que actúa como médico inaugura la historia de la psicología como psicoterapia. Las escuelas helenísticas de filosofía abren sus puertas para crear y enseñar una terapia del alma (Nussbaum, 1994). Sus filosofías también tocaban temas religiosos: ¿Existen los dioses? ¿Existe una vida después de la muerte? ¿Cómo puedo salvarme? Al plantear estas preguntas en el
ca pítulo 3: LA ANTIGÜED AD: DEL 323 A. C. AL 1000 D . C. 69 plano personal y filosófico, las filosofías helenísticas
restaron importancia a la veneración de los cultos, allanando el camino de una religión de redención personal, el cristianismo (Lane Fox, 1986).
EL EPICUREÍSMO
El epicureísmo, fundado por Epicuro (341-270 a. C.), fue una de las filosofías terapéuticas helenísticas de mayor influencia. Epicuro habló por todas las escue- las cuando afirmó: «Todo argumento filosófico que no alivie terapéuticamente el sufrimiento humano está vacío. Puesto que, al igual que todo arte de la medicina es inútil si no ayuda a despojar al cuerpo de sus enfermedades, toda filosofía es inútil si no ayuda a eliminar el sufrimiento del alma» (citado por Nussbaum, 1994, p. 13). Y también cuando definió el placer, ataraxia, como «la ausencia de dolor en el cuerpo y de preocupación en el alma» (citado por Saunders, 1966, p. 51). El epicureísmo se conoce también como la filosofía del jardín, porque parte de la receta de Epicuro para alcanzar la ataraxia consiste en apartarse literalmente del mundo para llevar una vida tranquila de filosofía y amistad. Epicuro ense- ñaba que la felicidad puede encontrarse evitando las pasiones intensas, incluidos los altibajos del amor erótico, llevando una vida sencilla y evitando la dependencia de otras personas o del mundo. Por tanto, para él, «el mayor bien es la prudencia» (cita- do por Saunders, 1966, p. 52), no la areté, ya fuera alcanzada mediante la gloria en la batalla o en el servicio político a la pólis.
Para aplacar el miedo a la muerte, Epicuro acep- taba el atomismo y afirmaba que no existía el alma ni, por tanto, la posibilidad de sufrir después de la muerte. El epicureísmo también era, en cierto modo, un culto, ya que los seguidores de esa filosofía se referían a Epicuro como a su «líder», debían prometer acatamiento de todas sus enseñanzas y comportar- se en todo momento «como si Epicuro los estuviera viendo» (citado por Green, 1990, p. 620). El éxito de su Jardín también tenía algo que ver con su riqueza, las donaciones que financiaban su movimiento y los esclavos que le servían a él y a los suyos.
EL CINISMO
De entre todas las filosofías de la felicidad que surgieron, la más controvertida fue el cinismo. El epicureísmo era en parte una filosofía y en parte un modo de vida, mientras que el cinismo era sólo un modo de vida. Los cínicos eran los hippies del hele- nismo. Los defensores del epicureísmo se apartaban físicamente del mundo, mientras que los cínicos permanecían en el mundo pero sin formar parte de él. Creían que debían vivir de la manera más natural posible, rechazando de plano todo tipo de convención social y mostrando su desprecio por cualquier opinión
que los demás pudieran tener, es decir, eran parti- darios de la physis y no de la nómos. El cínico más famoso fue Diógenes (400-325 a. C.), que llevaba con orgullo el apodo de «el Perro», porque vivía como los perros, ajeno a toda convención social. Orinaba y defecaba en público como los perros. En una oca- sión le descubrieron masturbándose en el mercado y se limitó a comentar que ojalá el hambre pudiera saciarse con la misma facilidad. Platón le apelaba «el Sócrates loco». Diógenes se proclamó a sí mismo ciudadano del mundo y afirmaba que el mayor bien era la libertad de expresión. Si había alguna filosofía terapéutica en el cinismo, se asemejaba al consejo de Epicuro de rechazar la sociedad, controlar las emociones y evitar el exceso de placer. Antístenes dijo: «Preferiría estar loco a experimentar el placer» (citado por Vlastos, 1991, p. 208).
EL ESCEPTICISMO
La escuela del escepticismo, fundada por Pirrón de Elis (360-210 a. C.), era de carácter más filosófico que el epicureísmo y el cinismo. Los escépticos organizaron las escuelas filosóficas entres tipos, en función de la actitud que mantenían hacia la habilidad de los seres humanos para conocer la verdad: dogmáticos, académicos y escépticos. Entre los dogmáticos, que afirmaban conocer qué era la verdad, se encontraban los platónicos, los aristotélicos y los estoicos. Los estoicos, descritos por los escépticos como «fanfa- rrones engreídos» eran sus principales enemigos. Los académicos eran herederos de la Academia de
La iglesia anglosajona de Escombe. Una de las más antiguas
de Inglaterra que sigue en uso como iglesia anglicana. Constituye un símbolo perfecto del giro radical que experimentó la historia de Occidente con la caída del Imperio Romano. Muchas de las piedras de esta iglesia formaban parte de una cercana fortificación romana. Para los anglosajones, los romanos no eran más que un recuerdo prácticamente borrado y utilizaron, literalmente, los restos del pasado para crear un nuevo modo de vida (Foto de Thomas Hardy Leahey).
HIST
ORIA DE LA PSICOLOGÍA
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Platón, mantenían que los seres humanos no pue- den conocer la verdad en absoluto, pero buscaban modestamente la aporía o ignorancia ilustrada de Sócrates. Escépticos como Sexto Empírico (ca. 200 d. C.), principal cronista de esta escuela, «mantenían una búsqueda permanente» de la verdad (citado por Saunders, 1966, p. 152).
Un aspecto del escepticismo que resulta inte- resante para la psicología es que su rechazo de las afirmaciones dogmáticas incluye la apelación a las diferencias individuales. Como empiristas, los escépticos rechazaban las Ideas de Platón en favor de un conocimiento basado en las Apariencias. Sin embargo, elaboraron la observación de los sofistas acerca de que la apariencia de las cosas depende de las circunstancias inmediatas de observación, del estado físico, de las distintas personalidades de los observadores y de las diferencias culturales entre ellos. Además, los escépticos observaron las diferencias en habilidades sensoriales entre los animales y los seres humanos. Así, comentaron la amplia superioridad de los perros en lo que respecta a audición y olfato. Por todo ello, consideraban que la posibilidad de alcanzar la Verdad mediante la ob- servación del mundo era cuestionable, aunque los escépticos no llegaron a la conclusión de que fuera inalcanzable, como afirmaban los académicos.
A pesar de que avanzaron en la epistemología empírica, el objetivo y la motivación de los escépticos eran iguales a los de las demás filosofías de la felici- dad helenísticas: «Afirmamos que la causa originaria del escepticismo es la esperanza de lograr tranqui- lidad» (Sexto Empírico, citado por Saunders, 1966, p. 154). Contrariamente a la propuesta dogmática, la epistemología escéptica sugería que nunca se ha de creer que se está en posesión de la Verdad. En vez de ello, los escépticos evitaban juzgar «qué se considera por naturaleza bueno o malo», a la vez que procuraban no «perseguir nada con ahínco». Al hacer- lo, literalmente «ellos eran la quietud», como si por azar, lograran quedar en suspenso y permanecieran «imperturbables» frente a lo que pudiera sucederles (Sexto Empírico, citado por Saunders, 1966, p. 158). EL ESTOICISMO
La filosofía terapéutica de mayor influencia fue el estoicismo, cuyo fundador, Zenón de Citio (333–262 a. C.), impartía sus enseñanzas en la columnata decorada, o Stoa, en Atenas. El estoicismo era una filosofía general genuina, que fue desarrollada pos- teriormente durante siglos por griegos y romanos. Su atractivo era considerable, por lo que alcanzó a todas las clases sociales. Entre sus adeptos había desde un esclavo (Epicteto, 50-138 d. C.) hasta un emperador (Marco Aurelio, 121-180 d. C.), y era la filosofía de la clase dirigente romana. Además de
la filosofía, los estoicos se ocupaban también de la ciencia y lograron enormes avances en el campo de la lógica.
Su principal contribución fue el desarrollo de los conceptos de proposición y lógica proposicional. Los filósofos anteriores habían concebido el conocimien- to en términos de imágenes mentales. Las Ideas de Platón y las esencias almacenadas en la mente pasiva de Aristóteles eran imágenes idealizadas de objetos, despojadas de todo rasgo que no definiera su Idea o esencia. Por ello, la Idea o la esencia de un gato era la imagen de un gato, que no poseía ni color ni tamaño, ni siquiera una cola concreta (los gatos de la especie Manx no tienen cola). Todas estas características varían de un ejemplar a otro y por tanto, no definen la Idea o esencia de un gato. En sentido psicológico, para Platón y Aristóteles, los contenidos de la mente eran todos imágenes, ya fueran particulares si representaban los objetos conocidos concretos, o genéricas si representaban las Ideas y las esencias ideales. Los estoicos dieron un giro radical al definir las representaciones lingüís- ticamente como proposiciones. Una proposición es una afirmación que puede ser verdadera o falsa. Las proposiciones pueden versar sobre ejemplares, como en el caso de «Ginger [uno de nuestros gatos] está sobre el felpudo», o constituir afirmaciones sobre conocimiento universal, como en el caso de «Si una criatura es un gato, entonces come carne». De esta manera, el razonamiento lógico se convirtió en una cuestión de combinar adecuadamente conjuntos de proposiciones, de acuerdo con reglas lógicas, y generar así nuevas proposiciones. Por ejemplo, si me dicen «Si una criatura es un gato, entonces come carne» y «Ginger es un gato», puedo inferir que «Ginger come carne».
El desarrollo del concepto de razonamiento pro- posicional tuvo una enorme importancia a largo plazo para la lógica, la computación y la psicología cognitiva. Si concebimos el conocimiento como imágenes, es difícil pensar sobre conceptos abstrac- tos, tales como la Verdad o el Bien. Podemos crear una imagen que, más o menos, combine todos los gatos que hemos visto en un retrato genérico de un gato, pero pensar en una imagen de la Justicia que incluya saldar una deuda, escribir una constitución y ayudar a los necesitados es más difícil, cuando no imposible. Alejarse de las imágenes permite además pensar sobre el razonamiento como un conjunto de reglas carentes de contenido concreto. Así, si me dicen «Si p, entonces q» y «p es verdadero», puedo inferir que «q es verdadero». No importa si p y q son gatos, carnes, perros, planetas, personas, virtudes, dinero o, simplemente, letras, porque si las reglas se aplican correctamente, siempre se alcanzará una conclusión válida, como sucedía en el ejemplo
ca pítulo 3: LA ANTIGÜED AD: DEL 323 A. C. AL 1000 D . C. 71 anterior, que formulaba la regla de inferencia modus
ponendo ponens. De esta manera el pensamiento puede concebirse como un conjunto de herramientas adaptable a cualquier tipo de idea y no sólo a las que se deriven de nuestra experiencia directa.
A comienzos del siglo XX, los psicólogos des- cubrieron que las personas no siempre razonan con imágenes (véase el capítulo 7). Después de la Segunda Guerra Mundial, se inauguró la disciplina de la inteligencia artificial cuando Herbert Simon y Allen Newell (economistas y psicólogos) concibieron los ordenadores como razonadores proposicionales y no sólo como magníficas calculadoras numéricas. A continuación afirmaron que también las personas somos razonadores proposicionales, dando lugar así a la principal teoría en psicología cognitiva hasta nuestros días: la concepción de la mente como un sistema simbólico.
Como terapia del alma, el estoicismo enseñaba dos aspectos interrelacionados: el determinismo absoluto y la extirpación total de las emociones. Los estoicos consideraban que todo aquello que nos ocurre en la vida está predeterminado. En palabras del político y escritor romano Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.), «La evolución del tiempo es como desenrollar un cable; no crea nada nuevo, pero despliega los acon- tecimientos en el orden en que sucedieron» (citado por Saunders, 1966, p. 102). Sin embargo, podemos controlar nuestra vida mental, por lo que la infelicidad que nos causa la desgracia es culpa nuestra y puede corregirse a través de las enseñanzas del estoicismo. También deben evitarse los sentimientos positivos intensos, ya que pueden conducir a sobrevalorar las cosas y las personas y, por tanto, a la posible infelicidad de perderlas. Los siguientes extractos del Enquiridion, o Manual, de Epicteto permiten hacerse una idea del planteamiento estoicista:
V
A los hombres no les perturban las cosas que les ocurren, sino las opiniones sobre ellas [los estoicos consideraban las emociones como opiniones]. Por ejemplo, la muerte no es algo terrible, puesto que si lo fuera así se lo habría parecido a Sócrates; lo terrible es la opinión de que la muerte es terrible. Así, cuando suframos impedimentos o algo nos perturbe, no culpemos a los demás por ello sino a nosotros mismos, esto es, a nuestras propias opiniones; el culparse a uno mismo es propio de quien ha iniciado su educación; el no culpar a otro ni a uno mismo es propio de aquel cuya educación se ha completado.
XLIV
Estos razonamientos no son coherentes: Yo soy más rico que tú, por lo tanto soy mejor que tú; yo soy más elocuente que tú, por lo tanto soy mejor que tú. Estos otros son bastante más coherentes: Yo soy más rico que tú, por lo tanto poseo más cosas que tú; yo soy más elocuente que tú, por lo tanto mi discurso es superior al tuyo. Porque tú no eres ni posesiones ni discurso.
LII
Para cualquier cosa (circunstancia) debemos tener en cuenta las siguientes máximas:
Guíame, oh Zeus, y tú, Destino, Por el camino que ordenas seguir: Estoy listo para seguirlo.
Aunque no quiera, seré desgraciado y aun así lo seguiré. Quien tan noblemente cede a la necesidad,
Será considerado sabio y conocedor de lo divino.
Los estoicos reconocían la dificultad de perfeccio- nar el camino hacia la ataraxia, a la vez que afirmaban que sólo Dios era perfecto, por ello su objetivo era convertirse en «alguien que ha completado su ins- trucción». Como este objetivo consiste en avanzar permanentemente, nunca es posible alcanzarlo por completo. De ahí que se considere que todos los seres humanos son, en parte al menos, malvados, por mucho que hayan avanzado en su instrucción. El estoicismo describe a los Hombres Sabios que debemos aspirar a ser de la siguiente manera: «Los Hombres Sabios nunca opinan, nunca se lamentan, nunca se equivocan, nunca cambian de opinión» (Cicerón, citado por Saunders, 1966, p. 61).
En el párrafo XLIV podemos ver cómo los estoicos rechazan el antiguo concepto griego de areté de la élite. Ni la grandeza en riquezas (la virtud de reyes y aristócratas en la Edad de Bronce), ni la grandeza en