EL LEGADO DE LA GRECIA ANTIGUA
EL BLOG DE XAM 2-2 Sócrates: El primer moderno
ILUSTRACIÓN Y EUDAIMONÍA: SÓCRATES
HIST
ORIA DE LA PSICOLOGÍA
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Atenas y un soldado admirado, Sócrates, al igual que Jesús, procedía de un entorno modesto, era hijo de un cantero y osó desafiar los valo- res vigentes, tanto la sed de poder y gloria de los aristócratas como el amor al dinero de los comerciantes. En su declaración ante el jurado que le condenó, Sócrates dijo: «No hago más que persuadiros, tanto a jóvenes como a ancianos, de que no os ocupéis del cuerpo ni del dinero tanto como de la excelencia del alma» (Apología, 30a). Para la antigua clase aristocrática de Atenas, y posteriormente para Friedrich Nietzsche y los neopaganos alemanes del cambio de siglo, algu- nos de los cuales apoyaron a ese líder decisivo que fue Hitler, Sócrates y Jesús eran maestros perversos que nublaban la mente con principios morales altruistas a los fuertes por naturaleza y que ataban sus manos con los grilletes de las leyes aprobadas por los débiles.
Parece pues que Sócrates era un hombre pe- ligroso, pero, ¿qué enseñaba? En cierto sentido, nada. Sócrates era un filósofo moral que no mos- traba interés alguno por la física y que, aunque los atenienses así lo creyeran, no era un sofista que cobrara por sus enseñanzas. Había emprendido su propia búsqueda distinta de la naturaleza, de la verdadera virtud y del bien, aunque aseguraba desconocer en qué consistían. Durante sus leccio- nes, interrogaba meticulosamente a uno o varios jóvenes acerca de algún tema relacionado con la virtud: ¿Qué es la justicia? ¿Qué es la belleza? ¿Y el valor? ¿Y el bien? Los interlocutores de Sócrates ofrecían definiciones convencionales que él desmantelaba con preguntas inteligentes y perspicaces. Por ejemplo, en Gorgias, Calicles define la justicia como «la ley de los fuertes», dejando entrever en su respuesta su origen aris- tocrático y su formación sofista. Sin embargo, el ataque de Sócrates a las creencias de Calicles es tan devastador que éste, en vez de abandonarlas, simplemente huye. Aquellos que no huían y per- manecían con Sócrates llegaban a compartir su estado intelectual de aporía o ignorancia ilustrada. Con Sócrates se veían obligados a reconocer que ignoraban qué es realmente la justicia, o cualquier otra virtud sobre la que discutieran, pero se daban cuenta de que se encontraban en una posición mejor, ya que habían sido desengañados de sus creencias, tan convencionales como erróneas. Sócrates temía que, habiendo adquirido todo un imperio y debido a la desmedida hýbris (soberbia) que esto había engendrado en los atenienses, se hubieran apartado del camino del autodominio o sofrosýne. Consideraba que su misión era acabar
con esa arrogancia imperialista y restaurar el tradicional autocontrol griego.
Aunque Sócrates no enseñaba ninguna doc- trina concreta, su enfoque filosófico contenía varias innovaciones importantes. La primera era su búsqueda de la naturaleza de las virtudes en general y de la virtud en sí misma. Todos sabemos intuitivamente que tanto devolver un lápiz como establecer una democracia son acciones justas, pero lo que tienen en común, lo que es la justicia como tal, no está tan claro. Tanto una puesta de sol como una sinfonía de Mozart son bellas, pero lo que comparten, la belleza en sí, sigue sin des- cubrirse. Sócrates elevó estas dudas a un plano superior. La justicia, la belleza, el honor, etc., son todos buenos, pero lo que tienen en común, qué es el bien en sí mismo, sigue siendo una cuestión escurridiza. En el terreno de la filosofía moral, Sócrates empezó a intentar comprender el significado y la naturaleza de conceptos humanos abstractos tales como justicia y belleza. Platón y Aristóteles ampliarían esta búsqueda de Sócrates desde la ética hasta abarcar todo el abanico de conceptos humanos en cada área, creando así el ámbito denominado epistemología –la búsqueda de la verdad en sí misma–, que ha constituido uno de los intereses principales de la filosofía y la psicología cognitiva posteriores.
El método de Sócrates, un tipo especial de diálogo denominado élenchos, era igualmente innovador. Sócrates creía que todos y cada uno de los seres humanos están en posesión de la verdad moral, aun cuando ni ellos mismos lo sepan. Sócrates se calificaba a sí mismo de «comadrona» del conocimiento de la virtud, ya que en vez de enseñárselo a las personas, conseguía extraerlo de ellas mediante preguntas. Así, por ejemplo, recurría a casos concretos para atacar las ideas falsas sobre la virtud. Un joven describía el valor, al estilo de la Edad del Bronce, como la lucha con honor y sin miedo contra los enemigos y Sócrates contraatacaba, describiendo la respuesta como «la carga de la brigada ligera»: valiente pero estúpida, que lleva la muerte y la derrota a la propia familia, los seguidores y los compatriotas. Planteando ese tipo de preguntas y problemas conseguía debilitar e incluso, para quienes permanecían a su lado, eliminar los prejuicios para alcanzar el estado de aporía. Sin embargo, precisamente porque todos podemos emitir intuitivamente juicios correctos acerca del bien y del mal, aún cuando no sepamos explicarlos, Sócrates asumía que poseemos el conocimiento latente de la virtud. Podemos des- cubrir este conocimiento y llegar así a ser más
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en un conocimiento consciente y explícito. En algunos aspectos, el élenchos socrático es el origen de la psicoterapia. Los psicoterapeutas coinciden con Sócrates en que hemos aprendido falsas creencias que nos enferman, pero que también poseemos una verdad oculta y liberadora, que podemos encontrar a través del diálogo con un guía personal.
Sócrates también creía que nada que no poda- mos explicar y de lo que no seamos conscientes merece denominarse conocimiento o verdad. Una persona puede hacer lo correcto de manera infalible en todas las circunstancias pero, para Sócrates, no es realmente virtuosa a menos que pueda justificar de forma explícita y racional sus actos. En su búsqueda de la virtud, Sócrates exigía algo más que buen comportamiento o intuiciones acertadas acerca del bien y del mal; exigía una teoría de la virtud (el término griego theoría sig- nifica contemplación). En el diálogo El Banquete, Diotima, profetisa semidivina y supuesta maestra de Sócrates, le dice: «¿No sabes que la opinión correcta sin la capacidad de explicarla no es co- nocimiento? ¿Cómo podría ser conocimiento algo inexplicable? [...] La opinión correcta [...] está a medio camino entre la sabiduría y la ignorancia» (202a).
La exigencia de Sócrates de que el conoci- miento fuera una teoría que pudiera explicitarse y defenderse, tras ser adoptada por Platón, se convirtió en el objetivo común de la filosofía occidental frente a otras dos formas de pensa- miento. La primera corresponde a las religiones dogmáticas que no permiten que la razón natural cuestione o ponga en duda la revelación divina. El islam, después del siglo XIII, abandonó la filoso- fía naturalista y la ciencia precisamente por ese motivo. De manera similar, en China tampoco era posible el desarrollo científico debido al control ideológico absoluto por parte de sus emperadores, designados por la divinidad, y sus burócratas, los mandarines confucianos (véase el Capítulo 8). La otra corriente de pensamiento está integrada por las tradiciones que valoran la intuición por encima de la lógica, como el budismo o el romanticismo occidental (véase el Capítulo 6). En la psicología actual, existe un movimiento interesado por la cog- nición corpórea que valora menos el conocimiento explícito y verbal y más el conocimiento intuitivo del mundo que empleamos para interactuar en la práctica con él (Ratcliffe, 2007).
Por último, como parte de su indagación de la virtud, Sócrates planteó importantes preguntas
sobre la motivación humana. En toda filosofía moral resulta esencial aportar razones por las que se deba hacer el bien y explicar por qué, con tanta frecuencia, se hace el mal.
El primer problema –por qué las personas deben ser virtuosas– nunca planteó dificultades a los filósofos griegos ni a los romanos porque ambos suponían, sin discusión, que la virtud y la eudaimonía estaban estrechamente unidas, si es que no eran lo mismo. La traducción más habitual de eudaimonía es «felicidad», pero en realidad este término significaba algo más que la consecución del placer, aunque el placer formara parte de su significado. Significaba vivir bien o prosperar. Al igual que todos los griegos, Sócrates suponía que el fin adecuado de la vida era la eudaimonía, y creía que ser virtuoso la garantizaba. Así, tanto él como los demás griegos asumían que, debido a que todos buscamos la felicidad, la eudaimonía, todos buscamos instintivamente la virtud, por lo que no es necesario encontrar razones especiales para hacer el bien. En El Banquete, Platón dice (205a): «por la posesión de las cosas buenas, los felices son felices, y ya no es preciso preguntar además: ¿Para qué quiere ser feliz el que quiere serlo?, sino que parece que la respuesta tiene aquí su final». La casi total identificación entre felicidad y virtud que hacían los griegos difería en gran medida de la de los sistemas éticos poste- riores, incluido el cristianismo, que nos insta a ser éticos pero nos advierte de que perseguir la virtud a menudo conlleva sufrimiento en vez de felicidad. Los griegos clásicos también diferían de los estoicos (véanse secciones posteriores) y de los cristianos al limitar la preocupación moral a la felicidad individual y quizá a la felicidad de la pólis. La preocupación por otros seres huma- nos, simplemente porque son seres humanos, no formaba parte del concepto clásico de virtud (MacIntyre, 1981).
Los filósofos éticos griegos y romanos no tenían ninguna dificultad en explicar por qué buscar la virtud, por lo que optaban por concentrarse en por qué a veces se elige el mal. Si virtud y felicidad son prácticamente lo mismo, la existencia del mal comportamiento, que hace infeliz a la persona, parece realmente difícil de explicar. Las personas quieren ser felices y por tanto, debieran actuar siempre de manera correcta. Sócrates proponía una respuesta puramente intelectual al problema del mal y mantenía que se actúa mal sólo cuando se desconoce el bien. Una persona sedienta no bebería veneno conscientemente, pero podría hacerlo si
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LAS GRANDES FILOSOFÍAS CLÁSICAS