2. Marco teórico

2.1. Conflictos escolares en secundaria

2.1.2. Diferentes tipos de agresión

2.1.2.1. Afectación psicológica en las víctimas

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o gestuales. El daño producido por ambos tipos de violencia, a pesar de que puedan existir lesiones físicas, impacta más a nivel psicológico, afectando negativamente los procesos de subjetivación y construcción de la identidad (Mejía-Hernández y Weiss, 2011).

Este tipo de acciones generan consecuencias negativas en los estudiantes, las cuales pueden marcar significativamente su vida y su destino. Las experiencias vividas en los primeros años de los niños, son determinantes para la vida de los futuros adultos. Razón por la cual es importante vigilar, acompañar y valorar las experiencias de los estudiantes al interior de las instituciones educativas y velar porque este tipo de manifestaciones violentas no se desarrollen en ambientes paralelos a los procesos educativos, como la convivencia en la calle, o inclusive al interior del seno familiar (Nashiki, 2013).

Puede afirmarse que todo ello, contribuirá a la formación de ciudadanos útiles para sus comunidades. Asimismo, es la base para la consolidación de individuos felices, tolerantes, con alta autoestima y confianza, valientes y perseverantes, capaces de luchar pos sus sueños, y ante todo, líderes capaces de trabajar en equipo y con buena

comunicación.

El desarrollo de la personalidad está relacionado no solamente con las actitudes que se inculcan desde niños (en el seno familiar), sino con el ejercicio de las mismas, así como con los aciertos y frustraciones sufridas en la escuela y con sus

condicionamientos. Es por ello que la violencia genera efectos negativos en el desarrollo de la personalidad, inhibiendo la adecuada madurez de los estudiantes y anulando su

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potencial. Esto puede dejar secuelas permanentes en la personalidad adulta (Nashiki, 2013).

Por otro lado, una niñez provista de una adecuada educación emocional, entendida como la posibilidad de educar a las personas en el manejo y control de sus emociones, fomentando con ello una buena comunicación intrapersonal e interpersonal, facilita la resolución pacífica de conflictos, disminuye la impulsividad y la violencia, fomentando un excelente ambiente en las relaciones interpersonales (Oros, Richaud y Manucci, 2011). Esto se logra a través de un sistema de una educación emocional, que permita el enriquecimiento intelectual y emocional de los alumnos (Salmurri, 2004).

Por otra parte, en los fenómenos de violencia escolar no sólo la víctima requiere de ayuda, también el agresor necesita de atención especial, pues ellos no conocen otra forma de interacción con los demás. El desconocer esta necesidad de acompañamiento significa que este tipo de conductas se practiquen cada vez con mayor intensidad y se repitan como estrategia de acción en otras instituciones en donde el agresor ingrese, tendiendo seriamente a convertirse en una actitud antisocial, que puede trascender las fronteras de la delincuencia (Nashiki, 2013).

El agresor aprende que la violencia es una forma de conseguir sus objetivos, esto es un acercamiento a conductas delictivas, y busca el fortalecimiento de su conducta como un reconocimiento social (Kumpulainen, 1998). Asimismo, se le convierte en obsesión el mantenerse vigente y no ser superado por otros, las actitudes intimidatorias que les han sido útiles se convierten en un recurso y también en una motivación de lucha, por lo que tienen que estar demostrando continuamente su fortaleza (Nashiki, 2013).

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Del mismo modo, el agresor acosa a sus víctimas, buscando un argumento para salir del anonimato de la escuela y encontrar un reconocimiento a partir de la forma violenta de imponerse, o en su defecto como una forma de mostrar su inconformismo y llamar la atención (Nashiki, 2013).

Al respecto, es preciso enfatizar la responsabilidad que tienen los docentes de identificar este tipo de comportamientos, canalizando las distintas necesidades que presentan los agresores hacia conductas positivas vinculadas con los propósitos pedagógicos de la clase, es decir, el docente debe convertir el liderazgo negativo que presentan los agresores en un liderazgo que responda a los intereses de todo el curso y para beneficiar a todos los integrantes del grupo.

Por otro lado, en los agresores se presentan cuadros de depresión, ansiedad y trastorno por déficit de atención, además de desarrollar una personalidad antisocial en la edad adulta. En algunos casos se presentan comportamientos de inseguridad, rechazo a la escuela y el abuso de sustancias (Kumpulainen, 1998). Asimismo, los adolescentes que son víctimas de acoso escolar, son más propensos a presentar síntomas

psicosomáticos como ansiedad y depresión, una baja autoestima, soledad, aislamiento, baja concentración y baja adaptación escolar. Ello, muchas veces se manifiesta con miedo a ir a la escuela y en el caso de las jóvenes se han observado trastornos alimenticios como la anorexia o bulimia (Kumpulainen, 1998).

Cuando se presentan estudiantes que son agresores y víctimas a la vez, se presenta un riesgo más alto de padecer esos trastornos psicosomáticos. En los hombres se

presentan más perturbaciones de conducta, exteriorizadas entre otros, con problemas de hiperactividad. En el caso de las mujeres, interiorizan más los problemas con cuadros de

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depresión. La víctima de acoso escolar presenta fracaso y dificultades escolares,

ansiedad anticipatoria, fobia a la escuela, desarrollo de una personalidad, insegura, baja autoestima, indefensión aprendida, cuadros depresivos (Kumpulainen, 1998).

Por otro lado, en los espectadores que también son considerados agresores pasivos, se genera un aprendizaje negativo, respecto a su comportamiento de indiferencia frente a situaciones injustas, es decir, una observación y refuerzo de modelos inadecuados de victimización, falta de sensibilidad ante el sufrimiento de los demás. En ocasiones el espectador se siente indefenso y en desventaja, por ello se solidariza con el agresor.

Por todo lo anterior, puede afirmarse que el docente debe asumir un rol activo en la atención del acoso escolar que se presenta entre los alumnos de secundaria.

Asimismo, las autoridades administrativas y directivas deben capacitar a sus maestros para tener una intervención eficaz, pues esa es su responsabilidad institucional. La participación de todos los actores del proceso educativo, evitará afectaciones

psicológicas graves en víctimas y agresores. De igual manera, se impediría la formación de futuros delincuentes.

De lo contrario, al no existir políticas claras y programas de capacitación

adecuados, los niveles de confrontación y desacuerdos que se presenten entre directores, docentes y estudiantes, evidenciarán que éstos desconocen sus propias capacidades para el manejo y resolución de conflictos escolares. Eso aumentará la incertidumbre de las víctimas y el silencio de la comunidad estudiantil ante la presencia de eventos de acoso escolar.

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In document Fortalecimiento de la competencia docente para el manejo de conflictos escolares que se presentan entre los alumnos de secundaria, mediante un curso impartido en Moodle (página 46-51)