Al querer tocar el tema de la agresión que sufren las mujeres por su pareja, siempre resulta necesario recordar que esta temática se encuentra inmersa dentro de otra mayor, cual es, la de las relaciones en desigualdad entre mujeres y hombres.
Tal vez quienes creemos firmemente que tales desigualdades no sólo existen sino que constituyen un obstáculo a vencer en procura de relaciones más justas, solidarias, y humanas entre hombres y mujeres, a veces se nos olvida que no todas las personas creen en la existencia de una asimetría por razón del género, pero afortunadamente existen los borradores de los escritos que nos permiten corregir esos errores y las buenas amistades que nos las hacen ver.
Ser mujer y ser hombre en esta sociedad costarricense, no sólo implica diferencia, sino que conlleva una evaluación que establece un menor valor para aquellas personas que se identifiquen con la primera de dichas categorías y mayor para quienes puedan ser reconocidos como pertenecientes a la segunda.
Las diferencias entre hombres y mujeres son parte de la riqueza con la que se pueden retroalimentar las relaciones entre ambos géneros, pero la misma no ha sido considerada en este sentido sino como la justificación para que los seres humanos sean clasificados según valoraciones que atribuyen mayores méritos a las características masculinas.
Mujeres y hombres no son iguales, cuáles son en realidad esas diferencias es una cuestión que las
ciencias tanto sociales como médicas se dedican a estudiar día a día, pero algo de lo que sí podemos estar seguras y seguros es que dichas diferencias son recíprocas, es decir que no sólo las mujeres son distintas a los hombres, también los hombres son distintos a las mujeres
Esto que puede parecer una perogrullada mayor, en realidad no lo es, al detenernos a reflexionar nos percataremos de que en sociedades como la nuestra, latinoamericana, de corte occidental, el modelo de ser humano es el hombre, como género, no como especie. Veamos incluso que debo aclarar esto último, debido a que en nuestras sociedades el término hombre se utiliza para identificar a todas las personas que habitamos en este planeta aún cuando la otra mitad de dicha población esté constituida por seres a las que se denomina de modo completamente diverso: mujeres.
Nuestra sociedad al tener al hombre, varón, masculino como modelo de lo humano, se constituye en androcéntrica, que es decir en un grupo que hace girar sus valoraciones en torno al eje del género HOMBRE. Ello implica que las diferencias que presentan ambos géneros en sus características tanto
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físicas como socialmente aprendidas, sean consideradas de menor valor en tanto se alejen del género preferido, es decir en tanto no se identifiquen con el género masculino.
Así las mentadas diferencias entre mujeres y hombres vienen a constituir una justificación para establecer una valoración inferior para las primeras frente a los segundos, en lugar de reconocer que en nuestras recíprocas diferencias constituimos la riqueza de la raza humana, se atribuye así un menor valor al ser mujer por el hecho de que sus características se alejan del modelo de lo humano, que es el
hombre.
La diferente valoración de los seres humanos, según que seamos mujeres o sean hombres, es el resultado de una construcción de la realidad social en que educación, cultura, literatura, las llamadas ciencias exactas y las sociales -con su peligroso sesgo de supuesta neutralidad-, en fin todo lo que nos rodea y es fruto del pensamiento humano, se ve atravesado por una categoría de valoración en que se identifica las características biológicas con las características o capacidades sociales.
Esta identificación de las características biológicas con las sociales es peligrosa dado que:
"... racionaliza las relaciones asimétricas entre los géneros, presentando la dominación/opresión como una relación natural y válida para toda reproducción social".1
haciendo ver como "natural", que es decir establecido por la naturaleza o la “normalidad". Lo que en realidad es una construcción social, obra de milenios y milenios de civilización occidental, al igual que en otras civilizaciones como la africana, la árabe o las de los países de Oriente.
Esta categoría que identifica características físicas con biológicas y que a partir de ello genera roles estáticos para ambos géneros, es llamada sistema sexo-género con dominación masculina, dado que lo primero, el sexo:
"...diferencia biológica entre el macho y la hembra".2
es tomado como el género, que son aquellos datos socialmente aprendidos que nos permiten
identificamos e identificar a las personas como pertenecientes a uno u otro sexo y que condicionan de ese modo nuestras relaciones con las otras personas.
Este sistema sexo-género con dominación masculina establece entonces qué es ser MUJER y qué es ser H0MBRE, pero además moldea, configura, designa los valores, actitudes a partir de los cuales se establecen las relaciones entre dichas personas.
Recordemos que este sistema sexo-género tiene un énfasis, la dominación masculina, no es por tanto la confusión a la que hemos aludido gratuita, es la forma en que se justifica que sean los H0MBRES quienes deban llevar la conducción de la cosa pública, de las finanzas, del automóvil si sólo hay uno, en fin de lo que es público e importante mientras que las MUJERES seamos socialmente consideradas como adscritas a lo doméstico, lo de la casa, lo no público.
La dominación masculina dentro de la sociedad se patentiza en las relaciones personales que establecen mujeres y hombres, ya sea como parejas o en relaciones de trabajo, dando como resultado relaciones plenamente injustas, de poder de los segundos sobre las primeras que derivan en formas particulares de agresión de los hombres sobre las mujeres. Por ejemplo en el trabajo con el hasta hace poco silenciado acoso sexual o en las relaciones íntimas con la agresión sobre las mujeres por su pareja.
Esta dominación masculina tiene una de sus expresiones extremas, por lo brutal, lo constante y las relaciones entre quienes se produce, en la agresión física y psicológica a que son sometidas un gran número de mujeres por parte de sus esposos, convivientes, novios o ex-parejas, la violencia es utilizada como un medio para que el hombre recuerde a la mujer que es su pareja o que lo fue, que su vida no la conduce ella, que su manera de comportarse socialmente tiene unos cánones determinados y que él se encargará de que los cumpla -dado incluso que es el principal beneficiado con ello- o que en todo caso su voluntad debe ser la guía para las actuaciones de ella.
Esa utilización de la violencia por parte de algunos hombres3 y en contra de sus parejas, constituye parte de los poderes atribuidos a ellos y que no sólo no le son atribuidos a las mujeres, sino que incluso las desapropian de la conducción de su propia vida, las desapoderan de su existencia misma para entregar en manos de los hombres que son o fueron su pareja un poder de designación sobre su
vida, sobre la forma de conducirla, sobre su calidad o incluso sobre su posibilidad de seguir viviendo.
La forma en que esta violencia es atribuida a los hombres en contra de las mujeres, como un mecanismo más dentro de los poderes masculinos es cuestión a estudiar dentro de las diferentes fuentes que informan y conforman la ideología social, dentro de las cuales tiene lugar primordial el derecho.