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Alice Asriel

In document Canetti, Elias - La Lengua Absuelta (página 89-93)

La amiga más interesante de mi madre era Alice Asriel. Su familia era de Belgrado. Ahora, sin embargo, parecía una típica vienesa por su modo de hablar, su estilo, por las cosas de que se ocupaba y por todas y cada una de sus reacciones. Era una mujer menuda, la más pequeña de las amigas de mi madre, ninguna de las cuales era muy alta. Tenía inquietudes intelectuales y una manera irónica de hablar con mi madre de cosas que yo no entendía. Estaba inmersa en la literatura vienesa de la época y no tenía la inclinación de mi madre por lo universal. Hablaba de Bahr y de Schnitzler de forma ligera, voluble, nunca obstinadamente. Estaba abierta a todas las influencias: quienquiera que le hablara podía impresionarla con sólo tratar temas relacionados con esta esfera. Lo que no pertenecía a la literatura del momento apenas le interesaba. Tenían que ser hombres de los que aprendiera lo importante. Apreciaba sobre todo a los hombres que sabían hablar, la conversación era su vida, la discusión y los puntos de vista contrastados. Lo que más le gustaba era presenciar discusiones entre intelectuales de diferentes opiniones. Era vienesa aunque más no fuera porque siempre sabía, sin gran esfuerzo, todo lo que ocurría en el mundo intelectual. Pero también encontraba gran placer en hablar de la gente, de sus historias de amor, de sus enredos y de sus divorcios; para ella todo lo que tuviera que ver con el amor estaba permitido, nunca condenaba a nadie, como mi madre, y la contradecía cuando ésta lo hacía; siempre tenía a mano una explicación para los enredos más complicados. Cuanto hiciera la gente le parecía natural. Tal como ella veía la vida, así la vida la trataba, como si un genio maligno se hubiese encargado de hacerle a ella todo lo que ella aceptaba en los demás. Le encantaba reunir a la gente, especialmente si eran de sexos diferentes, para ver qué sucedía entre ellos, porque para ella el cambio de pareja constituía la máxima felicidad; y lo que deseaba para sí misma lo apetecía también para los demás, era como si quisiera experimentarlo primero en sus prójimos.

Ella jugó un papel en mi vida y lo que acabo de decir de ella está basado en contactos posteriores. En 1915, cuando la conocí, me sorprendió lo poco que le afectaba la guerra. En mi presencia no la mencionó ni una vez, pero no como mi madre, por ejemplo, que la silenciaba porque la odiaba con todas sus fuerzas y callaba ante mí para no causarme problemas en la escuela. Alice no sabía qué hacer con la guerra; puesto que no conocía el odio y admitía cualquier postura — como admitía a cualquier persona— no podía entusiasmarse por la guerra y, haciendo un rodeo, la dejaba de lado.

En aquel entonces, cuando nos visitaba en la calle JosefGall, estaba casada con un primo suyo que también provenía de Belgrado y que, como ella, se había hecho vienés. Herr Asriel era un hombre pequeño, de ojos legañosos, conocido por su falta de habilidad en las cosas prácticas de la vida. De negocios sabía lo suficiente como para haber perdido todo su dinero, incluida la dote de su mujer. Vivían con sus hijos en un apartamento burgués cuando él intentó por última vez poner los pies en el suelo. Se enamoró de la criada, una muchacha bonita, sencilla y complaciente que se sentía muy honrada por la atención de su señor. Se entendían, sus mentes corrían paralelas, pero en contraposición a él, era atrayente y estable y lo que su versátil mujer no le dio, lo halló en la chica: apoyo y lealtad incondicional. Fue su amante durante mucho tiempo, antes de que él abandonase a

su familia. Alice, a quien todo le parecía permisible, nunca se lo reprochó; hubiera podido seguir viviendo sin pestañear en aquel ménage-á-trois; yo mismo le había oído decir a mi madre que ella le permitía todo, absolutamente todo. Lo único que él tenía que hacer era ser feliz, con ella no lo era, no había nada. Él carecía de talento para las conversaciones literarias; cuando se hablaba de libros le venía migraña. Todo estaba bien siempre que no tuviera delante a los participantes de estas conversaciones ni tuviera que plegarse a ellas. Alice había desistido de hablarle de ellas, sus continuas migrañas le daban mucha lástima. Tampoco le guardaba rencor por su rápido y progresivo empobrecimiento. «No es un hombre de negocios», le decía a mi madre, “¿acaso todos tienen que ser comerciantes?». Cuando se tocaba el tema de la criada, a quien mi madre condenaba con dureza, Alice tenía siempre una palabra cálida de comprensión para ambos: «Fíjate qué cariñosa es ella; con ella él no se avergüenza de haberlo perdido todo. Ante mí se siente culpable».

«Y es culpable», atajaba, mi madre, “¿cómo se puede ser tan débil? Ni es hombre ni es nada. No debería haberse casado».

«Pero él no se quería casar. Nos casaron nuestros padres para que el dinero quedase en familia. Yo era demasiado joven y él apocado y tímido. Demasiado tímido como para mirar a una mujer a la cara. ¿Sabes una cosa? Tuve que obligarlo a que me mirara a los ojos, y eso después de llevar un tiempo casados.»

“¿Y qué hizo con el dinero?»

«Absolutamente nada. Simplemente lo perdió. ¿Tan importante es el dinero? ¿Acaso no se puede perder? ¿Acaso te caen mejor tus parientes ricos? Son monstruos. ¡Compáralos con él!»

«Siempre le tienes que defender. Creo que todavía te gusta.»

«Me da lástima y creo que por fin ha encontrado la felicidad. Ella lo considera un gran señor. Se arrodilla ante él. Ya llevan bastante tiempo juntos y ¿sabes? le besa la mano y todavía le dice "señor". Cada día limpia toda la casa; en realidad no hay nada que limpiar. ¡Está todo tan limpio! Pero ella limpia y limpia y me pregunta si deseo algo más. "Descanse un poco Marie", le digo, "ya es suficiente". Pero para ella nunca es suficiente y cuando no están juntos ella se dedica a limpiar.»

“¡Qué desvergüenza! No entiendo cómo es que no la has echado ya. Conmigo se hubiera tenido que largar inmediatamente, al primer instante.»

«Pero ¿y él? No puedo hacerle una cosa así. ¿Tengo derecho a destrozarles la felicidad?»

En realidad yo no debería haber escuchado estas conversaciones. Cuando Alice y sus tres hijos venían a casa yo jugaba con los niños mientras que ella y mi madre tomaban el té. Entonces Alice entraba en tema, mi madre estaba llena de curiosidad por los últimos acontecimientos, y ninguna de las dos, viéndome jugar con los niños de Alice, podía imaginar que seguía atentamente todo lo que decían. Después, cuando mi madre me hizo discretas alusiones a que las cosas no iban demasiado bien entre los Asriel, yo fui lo suficientemente astuto como para no dejar entrever que a mí no se me había escapado el menor detalle. Pero no tenía ni idea de qué era lo que, el señor Asriel hacía realmente con la criada. Todo lo que escuchaba lo interpretaba literalmente, por eso pensaba que simplemente les gustaba estar juntos y no sospechaba que pudiera haber nada detrás. Era sin embargo consciente de que esos detalles que había captado no debería de haberlos

escuchado; ni una sola vez di a entender lo que sabía. También creo que quería atisbar a mi madre desde otro ángulo, y cada conversación suya me resultaba enormemente valiosa y no me la quería perder.

Alice no compadecía a sus hijos por tener que vivir en un clima tan poco común. El mayor, Walter, era retrasado. Tenía la misma legañosidad de su padre y su misma nariz puntiaguda, inclinándose como él un poco hacia un lado al andar. Podía articular frases cortas pero nunca más de una por vez. No esperaba réplica a sus frases pero entendía todo lo que se le decía. Era pertinazmente dócil, hacía lo que se le ordenaba, pero dejaba pasar un momento antes de hacerlo, con lo que parecía que no hubiera entendido. Entonces, de pronto, lo hacía: había comprendido. No creaba mayores dificultades, aunque se decía que a veces le sobrevenían ataques de rabia; nunca se sabía cuándo ocurrirían; se tranquilizaba en seguida pero no se podía arriesgar a dejarlo solo. Hans, su hermano, era un muchacho inteligente y daba gusto jugar con él a «citas». Nuni, la más joven, jugaba con nosotros, aunque todavía aquellos refranes no podían significar nada para ella. Hans y yo nos entregábamos al juego. Nos arrojábamos las citas de memoria, las conocíamos al dedillo, y cuando uno las comenzaba, el otro tenía que finalizarlas sin dilación. Ninguno de los dos llegamos nunca a terminar una frase. Era cuestión de honor intervenir y finalizarla. «El lugar... ¡donde pisa un hombre bueno queda consagrado!»

«Dios ayuda... ¡a quien por Dios se deja ayudar!» «Una noble... ¡persona atrae a las personas nobles!» Este era verdaderamente nuestro juego. Nunca hubo ganador en esta contienda, y se fue creando de esta forma una amistad basada en el respeto mutuo. Sólo habiendo terminado de jugar a «citas» comenzábamos otros juegos. Hans estaba presente cuando su madre hablaba con admiración de los buenos conocedores de la literatura y se había acostumbrado a hablar con tanta rapidez como ella. Él sabía cómo ocuparse de su hermano; era el único que intuía sus ataques de rabia, y tanto se entregaba y tanto cuidado ponía que a veces conseguía impedir un acceso. «Es más vivo que yo», decía la señora Asriel en su presencia. No tenía secretos para con sus hijos, era uno de sus principios, y cuando mi madre la amonestaba: «Lo vuelves pretencioso, no debes alabarlo de esta forma», ella le respondía: “¿Por qué no he de hacerlo? Ya tiene bastante con su padre y con todo lo demás», con lo que se refería a su hermano retrasado. Lo que pensaba de este hijo no lo decía, no era tan abierta como para hablar de ello; pero la consideración que tenía con Walter se nutría de su orgullo por Hans.

Este tenía la cabeza estrecha y alargada y, al contrario de su hermano, se mantenía especialmente erguido. Guando daba alguna explicación la subrayaba apuntando con el dedo, y también me señalaba a mí cuando contradecía mi opinión, cosa que yo temía un poco pues cuando levantaba el dedo siempre tenía razón. Era tan precoz que hasta tenía dificultades con los chicos de su edad. Pero no era insolente y cuando su padre decía alguna tontería (raramente en mi presencia, pues yo le veía muy espaciadamente), él callaba y se retraía como si desapareciese. Así me di cuenta de que se avergonzaba de su padre, lo supe sin que él dijera una sola palabra al respecto; tal vez precisamente por esto. Su hermanita Nuni era completamente diferente; adoraba a su padre y repetía todo lo que decía. «Trivial, bien, dice mi padre», intercalaba abruptamente ella cuando por algo se enfadaba, «pero tan trivial». Estas eran sus citas, se afirmaba en ellas, y especialmente cuando jugábamos a «citas», ella sentía la obligación de sacarlas a

relucir. Eran las únicas citas que no completábamos, a pesar de saberlas tan bien de memoria como las de los poetas. A Nuni se la dejaba hablar hasta que acabara, y a cualquiera que oyera le hubieran sorprendido mucho los dichos de Herr Asriel en medio de los truncados versos de los poetas. Frente a su madre mantenía una reserva especial de la que difícilmente salía; evidentemente estaba acostumbrada a desaprobar muchas cosas, una niña crítica pero reprimida para quien sólo contaba su único e idolátrico amor por su padre.

Cuando Frau Asriel y sus niños venían a casa, para mí era una doble fiesta. Me gustaba Hans y su actitud pedante, que me obligaba a prestar constantemente atención; aparentemente el juego me absorbía, para evitarme la desgracia de que me señalara con la punta de su dedo. A veces lograba colocarle en algún aprieto, por ejemplo en cuestiones de geografía, en cuyo caso él luchaba tenazmente hasta el final, no cedía jamás; nuestra discusión sobre cuál era la isla más grande de la tierra no se llegó a resolver nunca. Para él Groenlandia estaba fuera de todo concurso: ¿Cómo conocer su tamaño, con tanto hielo? En vez de apuntarme a mí con el dedo, señalaba el mapa y decía triunfalmente: “¿Dónde termina Groenlandia?». Para mí la cosa era más complicada pues tenía que inventarme excusas para ir al comedor, donde mi madre y Frau Asriel tomaban el té. Buscaba algo en la biblioteca que nos ayudara a resolver nuestra discusión, y buscaba mucho rato para escuchar lo más posible de la conversación de las dos amigas. Mi madre conocía bien la intensidad de las polémicas entre Hans y yo, y yo llegaba corriendo tan decidido a la biblioteca, hojeaba con tanto interés un libro, o bien otro, y daba tan evidentes muestras de enojo cuando aparentemente no encontraba lo que buscaba, y cuando por fin lo hallaba, soltaba un suspiro tan largo que no me reprendía jamás. ¡Cómo hubiera podido sospechar que yo estaba absorto en algo muy diferente y que espiaba su conversación!

Así fui siguiendo todas las fases de esa historia matrimonial hasta llegar a las últimas: «Se quiere ir», dijo Frau Asriel. «Quiere vivir con ella.»

«Pero si no ha hecho otra cosa durante todo este tiempo», decía mi madre, «ahora encima os abandona».

«Él dice que no puede seguir así, por los niños. Y tiene razón porque Walter ha notado algo, los ha espiado. Los otros dos no se han enterado todavía.»

«Eso es lo que tú crees», decía mi madre, «los niños se dan cuenta de todo.» Y mientras, yo escuchaba tratando de pasar desapercibido.

“¿Y cómo van a vivir?»

«Quiere poner una tienda de bicicletas con ella. Siempre le han gustado las bicicletas. Vivir en una tienda de bicicletas fue su sueño de niño. ¡Ella le entiende tan bien! Le anima a que haga realidad su sueño. Tendrá que hacerlo todo pues sobre ella recaerá todo el trabajo. Yo no podría hacerlo. Esto es lo que llamo yo verdadero amor.»

“¿Y todavía la admiras?» Yo me esfumé y cuando volví a mis amigos, Nuni estaba recitando una de sus frases: «Los hombres malos no tienen ninguna canción, dice mi padre».

Estaba sobrecogido por lo que acababa de escuchar, no podía decir nada, y esta vez era consciente de que lo que callaba les tocaba a ambos muy de cerca. No abrí el libro que había cogido de la biblioteca para rebatir a Hans, y le di la razón a él

In document Canetti, Elias - La Lengua Absuelta (página 89-93)