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ZURICH – SCHEUCHZERSTRASSE 1916-

In document Canetti, Elias - La Lengua Absuelta (página 105-108)

El juramento

En Zurich, en el segundo piso de Scheuchzerstrasse 68, alquilamos dos habitaciones a una vieja señorita que vivía de inquilinos.

Tenía una cara grande y huesuda y se llamaba Helene Vogler. Le gustaba pronunciar su nombre, y aun cuando ya la conocíamos bien, a los niños nos repetía a menudo cómo se llamaba. Siempre agregaba que era de buena familia y que su padre había sido director de orquesta. Tenía hermanos; uno de ellos, muy pobre y que no tenía qué comer, venía a limpiarle la casa. Era un hombre enjuto y silencioso, mayor que ella, a quien, para nuestra sorpresa, le dejaba hacer las tareas domésticas. Le veíamos arrodillado en el suelo o manejando el encerador, importante instrumento con el que terminamos familiarizándonos, y los pisos de parquet relucían tanto que podíamos vernos reflejados. Fräulein Vogler no se sentía menos orgullosa de su parquet que de su nombre. Continuamente daba órdenes a su hermano pobre, que a menudo tenía que interrumpir lo que había comenzado porque a ella se le ocurría algo más importante. Siempre estaba pensando en lo que aún podría darle para hacer y vivía con la preocupación de que hubiera olvidado alguna cosa fundamental. Él lo ejecutaba todo tal como ella disponía, jamás dejaba escapar una palabra de protesta. Nosotros compartíamos la opinión de mi madre: era poco digno que un hombre, sobre todo de su edad, se ocupara del trabajo doméstico. «Cuando lo veo», decía sacudiendo la cabeza, «preferiría hacerlo yo misma. ¡Un hombre tan mayor!».

Sin embargo, una vez que hizo una alusión al tema, Fräulein Vogler se indignó. «Él tiene la culpa. Todo lo hizo mal en la vida. Ahora su propia hermana tiene que avergonzarse de él.» No le pagaba, pero le daba de comer cuando terminaba de trabajar. Él aparecía una vez a la semana y Fráulein Vogler decía: «Come una vez por semana». Tampoco para ella eran fáciles las cosas, agregaba, y por eso tenía que alquilar habitaciones. Ciertamente, su vida no era fácil, pero tenía otro hermano, del que se sentía orgullosa. Era director de música, como su padre. Cuando venía a Zurich se alojaba en el Hotel Krone, en el Limmatquai. Ella se sentía muy honrada con sus visitas, a menudo pasaba mucho tiempo sin venir, pero ella leía su nombre en los periódicos y sabía que le iban bien las cosas. Una vez, al volver de la escuela, me recibió sonrojada y me dijo: «Está aquí mi hermano, el director de orquesta». Este comía, tranquilo y a sus anchas, en la mesa de la cocina y se le veía tan bien alimentado como encogido a su hermano; le había preparado un hígado especial con fritura de patatas; también él comía solo, mientras Fráulein Vogler le servía. El hermano pobre, si decía algo, sólo murmuraba; el regalado director tampoco hablaba mucho, pero lo que decía se oía claro y preciso; era muy consciente del honor que le hacía a su hermana con su vista y no se quedaba mucho. Se levantaba en cuanto acababa de comer, a los niños nos saludaba imperceptiblemente, se despedía concisamente de su hermana y abandonaba la casa.

Ella era buena persona aunque tenía sus manías. Vigilaba sus muebles con ojos de lince. A lo largo del día nos repetía continuamente en su suizo-alemán y en tono lastimero: “¡No me rayéis las sillas!». Cuando salía, lo cual era poco frecuente, repetíamos a coro su advertencia, pero teníamos mucho cuidado con sus sillas ya que en cuanto volvía comprobaba minuciosamente si tenían algún nuevo rasguño.

Tenía una debilidad por los artistas y con gran satisfacción nos explicó que antes de nosotros, en las mismas habitaciones, había vivido un escritor danés con su mujer y su hijo. Se llamaba Aage Madelung —pronunciaba este nombre con el mismo énfasis que el suyo propio. Solía escribir en el balcón que daba a Scheuchzerstrasse y desde allí arriba había observado el ir y venir en la calle: había tomado nota de cada persona y luego le había preguntado por cada uno. Supo más de la gente en una semana que ella en los muchos años que llevaba viviendo allí. También le había regalado una novela, Zirkus Mensch, con una dedicatoria, pero lamentablemente ella no la había entendido. Lástima que no hubiera conocido a Herr Aage Madelung de joven, su capacidad intelectual había sido tanto mejor entonces.

Permanecimos con Fräulein Vogler dos o tres meses, mientras mi madre buscaba una vivienda más grande. La abuela Arditti y su hija Ernestine, una hermana mayor de mi madre, vivían a pocos minutos de nosotros, en Ottikerstrasse. Cada noche, una vez los niños acostados, venían de visita. Una noche en que vi desde mi cama el resplandor de la luz del salón, les escuché a las tres una conversación en ladino; sonaban bastante violentas, y mi madre muy agitada. Me levanté, me acerqué a la puerta y miré por la cerradura: allí estaban sentadas la abuela y la tía Ernestine. Trataban de convencer de algo a mi madre, la tía en especial. Le aconsejaban algo que debía ser lo mejor para ella, pero mi madre no quería saber nada de ello. Yo no terminaba de entender lo que decían, pero una inquietud me alertaba que podría tratarse de lo que yo más temía y que creía haber evitado desde que habíamos llegado a Suiza. Cuando mi madre, alzando la voz dijo: “¡Ma no lo quiero casar!», supe que mi miedo no me había

engañado. Abrí la puerta y de repente me planté en pijama en medio de las mujeres: “¡Yo no quiero!», grité colérico vuelto hacia la abuela, «¡yo no quiero!». Me abalancé sobre mi madre y la abracé con tanta fuerza que ella —muy suavemente— me dijo: «Me haces daño». Pero no la solté. La abuela a quien siempre había conocido como persona dulce y débil, de quien jamás había escuchado una palabra fuerte, dijo furiosa: “¿Por qué no estás durmiendo? ¿No te da vergüenza estar escuchando detrás de la puerta?».

“¡No, no me avergüenzo! ¡Queréis engatusar a mi madre! ¡No me duermo, no! ¡Ya sé lo que queréis! ¡No me dormiré nunca!»

La tía, la principal culpable, que había azuzado obstinadamente a mi madre, calló mirándome centelleante. Mi madre me dijo con cariño: «Has venido a protegerme. Eres mi caballero. Ahora díselo a ellas educadamente», y dirigiéndose a las dos-dijo: “¡Él no quiere. Y yo tampoco quiero!».

No me moví hasta que las dos enemigas se levantaron y se fueron, Pero no conseguí tranquilizarme, e iba repitiendo en tono amenazante: «Si vuelven no iré nunca más a dormir. Me quedaré despierto toda la noche para que no las dejes entrar. ¡Si te casas me tiro por el balcón!». Era una amenaza terrible y la decía en serio. Sé con absoluta certeza que lo habría hecho.

Aquella noche mi madre no consiguió calmarme. No volví a la cama y ninguno de los dos durmió. Intentó distraerme contándome historias. La tía había sido muy infeliz en su matrimonio y se había separado muy pronto de su marido. Él había sufrido una horrible enfermedad que había degenerado en la locura. Había venido alguna vez a visitarnos a Viena. Un acompañante lo traía hasta la calle Josef-Gall: «Son dulces para los niños», decía a mi madre entregándole una gran bolsa de bombones. Guando quería hablar con nosotros miraba siempre hacia otra parte, sus ojos desmesuradamente abiertos estaban fijos en la puerta. Tenía voz de falsete y sonaba como el rebuzno de un asno. Sus visitas eran muy cortas; su acompañante lo tomaba del brazo y lo conducía primero hasta el recibidor y después fuera de casa.

«No quiere que yo sea tan desdichada como ella. Tiene buena intención. No sabe hacerlo mejor.»

“¡Por eso quiere que tú también te cases y seas desdichada! ¡Ella se ha separado de su marido y tú debes casarte!» Esta última palabra era como una puñalada y cada vez sentía hundirse la daga más y más profundamente dentro de mí. No había sido una idea muy afortunada contarme aquella historia, pero ninguna otra hubiera podido tranquilizarme, tampoco, aunque mi madre lo intentó muchas veces. Finalmente juró que nunca más les permitiría hablar de ello y si no desistían dejaría de verlas. Pero no bastó con que lo jurara, tuvo que jurarlo una y otra vez. Solamente cuando por fin juró por la memoria de mi padre, algo se aflojó en mí y empecé a creerle,

In document Canetti, Elias - La Lengua Absuelta (página 105-108)