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Las buenas solteronas de villa Yalta; el Dr Wedekind

In document Canetti, Elias - La Lengua Absuelta (página 141-150)

El origen del nombre Yalta me era desconocido, pero me sonaba familiar, tenía algo de turco. La casa estaba en las afueras, en Tiefenbrunnen, muy cerca del lago, separada del mismo sólo por una calle y la línea del ferrocarril; quedaba un poco elevada en un jardín lleno de árboles. Al final de una pequeña cuesta se llegaba a la parte izquierda de la casa; cuatro altos álamos flanqueaban cada una de sus cuatro esquinas, tan pegados a la casa que daban la impresión de que la sostuvieran. Aligeraban la pesadez del robusto conjunto, eran visibles desde muy lejos en el lago, y señalaban la ubicación de la villa.

El jardín delantero estaba amparado de la calle por yedra y árboles perennes; allí siempre había lugares para esconderse. Más cerca de la casa había un poderoso tejo, de anchas ramas, como a medida para trepar: se estaba arriba en un abrir y cerrar de ojos.

Detrás de la casa, unos escalones de piedra conducían a una vieja pista de tenis; estaba descuidada, su suelo era rugoso y desigual, servía para todo menos para el tenis, y se usaba para todo tipo de actividades públicas. El manzano que había junto a los escalones de piedra era un milagro de fecundidad; tan cargado de manzanas estaba cuando llegué, que necesitaba varios puntales. Si uno subía corriendo los escalones, las manzanas caían al suelo. A la izquierda, una casa contigua, con los muros revestidos de enrejados, estaba alquilada por un violoncelista y su mujer; se le podía oír ensayar desde la pista de tenis.

En realidad el huerto comenzaba detrás del tenis. Era rico y productivo, pero comparado con el fructífero manzano, que por su situación saltaba a la vista, pasaba desapercibido.

De la cuesta se entraba a la casa por una gran sala, descolorida y sobria como un aula vacía. Ante una larga mesa solían estar sentadas algunas chicas ocupadas con sus tareas o escribiendo cartas. Durante mucho tiempo Villa Yalta había sido un pensionado para señoritas. Hacía poco que se había convertido en una simple pensión; los inquilinos seguían siendo chicas de todos los confines del mundo, que no estudiaban en, la casa. Frecuentaban otras instituciones, en el exterior, pero comían juntas y eran vigiladas por señoras.

El alargado comedor de la planta baja siempre olía a moho y no era menos frío que la sala. Yo dormía en un diminuto desván del segundo piso; era estrecho y estaba escasamente amueblado. Por entre los árboles del jardín podía ver el lago.

La estación de Tiefenbrunnen estaba cerca; desde Seefeldstrasse, donde estaba la casa, una pasarela cruzaba por encima de las vías y llevaba a la estación. En determinadas épocas del año, el sol salía cuando yo estaba sobre la pasarela; aunque fuera tarde y llevara prisa, nunca dejaba de detenerme y rendirle homenaje al sol. Después me precipitaba por los escalones de madera hasta la estación, me

metía en el tren de un salto y viajaba hasta Stadelhofen, la parada próxima, por el túnel. Subía corriendo por Rämistrasse hasta la escuela cantonal; pero me paraba si había algo que ver, y siempre llegaba tarde a la escuela.

El camino de vuelta lo hacía a pie, por Zollikerstrasse, acompañado generalmente por un compañero que también vivía en Tiefenbrunnen. Solíamos enfrascarnos en profundas conversaciones; cuando llegábamos, me daba pena tener que separarnos. Nunca le hablaba de las mujeres y de las muchachas con las que vivía, pues temía que me despreciara por tanta femineidad.

Trudi Gladosch, la brasileña, hacía seis años que vivía en Yalta; era pianista, iba al conservatorio y era como si perteneciera a la casa. Era difícil entrar sin oírla ensayar. Su habitación estaba en la planta superior y ensayaba por lo menos seis horas diarias, a veces más. Uno estaba tan acostumbrado a oírla que cuando no tocaba, se echaban de menos sus notas. En invierno se arropaba con muchos pullovers, sentía un frío tremendo. Soportaba mal aquel clima al que nunca terminaba de acostumbrarse. Nunca había vacaciones para ella; Río de Janeiro, donde vivían sus padres, estaba demasiado lejos y en seis años nunca había vuelto a su casa. Echaba de menos, pero sólo el sol. Nunca hablaba de sus padres, a lo sumo los mencionaba si recibía carta de casa y esto era poco frecuente, una o dos veces al año. El apellido Bladosch era checo, su padre era un bohemio no hacía mucho emigrado a Brasil; ella había nacido en este último país. Trudi tenía voz aguda, un poco ronca; nos encantaba hablar, no había nada de que no habláramos. Tenía una forma de alterarse que me encantaba. Compartíamos muchos nobles ideales, y en nuestro desprecio por todo tipo de venalidad éramos, con alma y vida, una sola persona; pero yo estaba convencido de saber más que ella, aunque me llevaba cinco años de edad. Cuando ella, que por así decir venía de un país salvaje, defendía la causa del sentimiento contra la del conocimiento, yo defendía la necesidad del conocimiento también, que a ella le parecía corrompido y nocivo, e irremisiblemente terminábamos tirándonos de los pelos. Llegábamos a pelearnos de verdad; yo trataba de doblegarla con las manos, manteniendo los brazos estirados sin dejarla acercarse demasiado pues, particularmente durante estas discusiones, despedía un fuerte olor que me era insoportable. Quizás ella no tuviera la menor idea de lo mal que olía y se explicase aquella forma tan incorpórea de pelearnos por el respeto que me infundían sus años. En verano solía ponerse lo que llamaba su vestido Mérida, una camisa de escote redondo que dejaba ver sus pechos cuando se agachaba —cosa que percibí en seguida aunque no significó nada para mí; sólo cuando noté que tenía un gigantesco forúnculo en el pecho sentí una pena terrible, como si fuera leprosa y proscripta. Proscripta sí que lo era, pues hacía dos años que su familia no pagaba la pensión, siempre dándole largas a Fräulein Mina hasta el año siguiente. Trudi sentía que comía el pan de la caridad y por esta razón tenía una relación especialmente íntima con César, un viejo San Bernardo que no hacía más que dormir y oler mal. Con cierta turbación, pronto me di cuenta de que Trudi y César olían igual. Pero éramos amigos, y ella me gustaba porque podíamos conversar de cualquier cosa. En realidad ambos éramos importantes en la casa, Trudi por sus eternos ensayos y sus seis años de estancia, y yo por ser el recién llegado y la única presencia masculina. De los pupilos, ella era la mayor, yo el más joven; ella conocía a las señoras de la casa desde todos sus ángulos, yo sólo desde los mejores. Odiaba la hipocresía y no se mordía la lengua delante de las señoras. Sin embargo no era mala ni insidiosa ni resentida; era un ser bueno y algo entrometido, como nacido para ser relegado y menospreciado —destino al que sus

padres la habían acostumbrado desde el principio— y naturalmente, cosa que me ofendió profundamente cuando me enteré, enamorada sin ser correspondida. Peter Speiser, a quien ella había conocido en el Conservatorio, mucho mejor pianista que ella y que se comportaba como un consciente y acabado virtuoso del piano, también iba a la escuela cantonal; estaba en una clase paralela a la mía y fue la primera persona de que hablamos Trudi y yo. Yo era muy ingenuo para darme cuenta de por qué Trudi gustaba tanto hablar de él, y seis meses más tarde, cuando leí por casualidad el borrador de una carta de ella a él, se me cayó la venda de los ojos. La obligué a hablar y me confesó que lo amaba desesperadamente.

Durante ese tiempo yo había tomado a Trudi como un hecho, una posesión por la que no tenía que esforzarme demasiado, ahí estaba, sencillamente me pertenecía, la palabra «pertenecer» aún tenía un significado completamente inofensivo para mí. Su confesión me reveló que no me pertenecía. Era como si la hubiera perdido, y adquirió para mí la importancia de una cosa perdida. Me dije que la despreciaba; porque su modo de contarme cómo intentaba interesar a Peter me parecía lamentable. Sólo pensaba en someterse, su instinto era el de una esclava. Quería ser pisoteada por él, se ponía —en su carta— a sus pies. Para él, soberbio y orgulloso, era fácil no tenerla en cuenta. No la veía a sus pies y, si la pisoteaba, se trataba de un accidente del que ni se daba cuenta. A su modo también ella tenía su orgullo; cuidaba sus sentimientos, como valoraba siempre y tomaba en serio todo sentimiento. Propugnaba la independencia de sentimientos, ese era su patriotismo; no compartía el mío por Suiza, por la escuela, por la casa en que vivíamos. Para ella este patriotismo era inmaduro; Peter era más importante que toda Suiza. De sus colegas músicos (tenían el mismo maestro) Peter era el mejor, su carrera estaba asegurada, sus padres le daban todo lo que necesitaba, era un ser mimado que vestía bien, tenía una melena de artista y una boca enorme con la que sabía hablar fuerte sin parecer artificial; pero además era amigo de todos, ya afable para su edad, sin pasar por alto a nadie pues cualquiera era idóneo para aplaudir; y sin embargo no tragaba el apasionado aplauso de Trudi. Cuando se percató de los sentimientos de ella —Trudi le escribió muchas cartas de amor que nunca le mandó y que, por negligencia, olvidaba destruir, hasta que finalmente le envió una, que había pasado en limpio— no le volvió a hablar y sólo la saludaba fríamente, de lejos. Fue en aquella época (Trudi se lamentaba de su desgracia, era verano y llevaba su vestido Mérida) que, al inclinarse para demostrar la medida de su sumisión a Peter, pude ver el gigantesco forúnculo en su pecho, lo que inflamó mi compasión por ella.

Fräulein Mina se escribía con una «n», y no tenía nada que ver, como ella decía, con Minna von Barnhelm. Su nombre completo era Hermine Herder. Era la jefa de ese trébol de cuatro hojas que dirigía la pensión, y era la única de las cuatro que tenía una profesión de origen, de la que se pavoneaba bastante: era pintora. Su cabeza, un tanto demasiado redonda, estaba profundamente enraizada entre los hombros de su corto cuerpo; se apoyaba tan directamente que era como si jamás hubiera habido cuello, accesorio superfluo; y era muy grande, demasiado grande para el cuerpo. La cara estaba surcada de innumerables y diminutas arterias rojas que se concentraban en las mejillas. Tenía sesenta y cinco años pero no se la veía gastada y si alguien le hacía un cumplido por la frescura de su espíritu, respondía que la pintura la había conservado joven. Hablaba lenta y claramente, tal como caminaba; siempre vestida de oscuro, sus faldas llegaban al suelo, y sus pasos se percibían bajo las faldas sólo cuando subía al segundo piso, al «cubículo», su taller,

en donde se retiraba a pintar. No pintaba más que flores, a las que llamaba sus niños. Había empezado ilustrando libros de botánica; conocía las peculiaridades de las flores y disfrutaba de la confianza de los botánicos, que la requerían para ilustrar sus obras. Hablaba de ellos como de buenos amigos; había dos nombres que mencionaba con frecuencia: los profesores Schröter y Schellenberg. La obra más conocida de Schröter era La flora de los Alpes. El profesor Schellenberg todavía venía de visita en mi época, y solía traer algún liquen interesante o un musgo que, como si fuese una verdadera clase, explicaba detalladamente a Fräulein Herder en alemán literario (no suizo).

Su estilo sereno debía tener mucho que ver con la pintura. En cuanto empecé a caerle un poquito bien me invitó a su «cubículo» y me dejó mirar cómo pintaba. Me quedé estupefacto ante la lentitud, la solemnidad y la dignidad con que lo hacía. Ya el olor que había hacía del taller un lugar especial, como ningún otro; en cuanto entraba me ponía a olfatear pero, como todo allí, también el olfatear era deliberado. Nada más coger el pincel se ponía a informar sobre lo que hacía: «Y ahora cojo un poco de blanco, apenas muy poquito. Así es, necesito blanco porque aquí no puedo poner otra cosa, sencillamente tengo que poner blanco». Entonces volvía a repetir el nombre del color tanto como podía, y en realidad todo lo que decía se reducía a esto. Entre medio, repetía el nombre de las flores que iba pintando y siempre eran las denominaciones botánicas. Como pintaba cada especie por separado, muy meticulosamente (eso es lo que había hecho siempre para los libros de botánica) uno aprendía, junto con los colores, los nombres de las flores en latín. Fuera de esto no decía nada, ni del medio ambiente, ni de la estructura, ni de las funciones de la planta; todo lo que aprendíamos de nuestro profesor de historia natural, todo lo que para, nosotros era nuevo y sorprendente y que teníamos que dibujar en nuestro cuaderno, ella lo omitía, por lo que las visitas al «cubículo» tenían algo de un ritual hecho de olor a trementina, de los colores puros de la paleta y de los nombres en latín de las flores. Para Fräulein Mina había algo venerable y sagrado en aquel ejercicio, y una vez me confesó, en un momento muy solemne, que ella era en realidad una virgen vestal; por eso nunca se había casado; quien dedica su vida al arte, dijo, tiene que renunciar a la felicidad de los comunes mortales.

Fräulein Mina tenía un temperamento pacífico, nunca hacía daño a nadie; esto se debía a las flores. Tenía una buena opinión de sí misma; sobre su tumba quería una sola frase: «Fue buena».

Vivíamos cerca del lago y solíamos ir a remar; justo enfrente estaba Kilchberg. Una vez remamos hasta allí, para visitar la tumba de Conrad Ferdinand Meyer, que en aquella época era mi poeta favorito. Me impresionó la simpleza de la inscripción en la piedra de la tumba. Allí no había ningún «poeta», nadie se afligía, no era inolvidable para nadie, allí sólo decía: «Aquí yace Conrad Ferdinand Meyer 1825-1898». Comprendí que cualquier palabra hubiera sencillamente desmerecido su nombre y por primera vez fui consciente de que lo importante es el nombre, que sólo el nombre queda, y que todo lo restante palidece a su lado. Al regreso no me tocaba remar; no proferí ni una palabra, la quietud de la inscripción se me había contagiado; pero de repente comprendí que no era yo el único que pensaba en la tumba pues Fräulein Mina dijo: «Yo sólo deseo una frase en mi tumba: "Fue buena"». En ese instante Fräulein Mina me disgustó mucho, pues sentí que el poeta cuya tumba habíamos visitado no significaba nada para ella,

Frecuentemente hablaba de Italia, un país que conocía muy bien. Años atrás había sido preceptor a en casa de los condes Rasponi y la contessina, su ex- alumna, la invitaba una vez cada dos años a su casa, en Rocca di Sant'Arcangelo, cerca de Rimini. Los Rasponi eran gente culta a la que frecuentaban visitas interesantes; Fräulein Mina había tenido oportunidad de conocerlas en el transcurso de los años. Pero Fräulein Mina encontraba siempre algún fallo en la gente realmente famosa. Prefería a los artistas sencillos que florecían en secreto, tal vez pensara en sí misma. Era notable que no sólo ella, sino también Fräulein Rosy y las demás damas de la casa, aceptaran a cualquier poeta con tal de que hubiera publicado algo. Si en una serie de conferencias presentaban a algún poeta de la media o joven generación suiza, al menos Fräulein Rosy más competente en literatura que en pintura, asistía puntual y regularmente; al día siguiente, en la sala, nos hacía un detallado informe sobre las singularidades del personaje. Las mujeres tomaban muy en serio al poeta, y aun si no entendían sus poemas, siempre algo les caía bien en sus modales, su timidez al inclinarse o su confusión si se equivocaba. Muy otra era la actitud ante quienes eran la comidilla. A estos los veían con ojos muy distintos, muy críticos, miraban mal cualquier rasgo que contrastara con los propios de ellas.

En tiempos en que la casa era un pensionado para señoritas, no hacía tantos años, las señoras solían invitar a poetas para que leyeran algunas de sus obras ante las muchachas. Carl Spitteler vino de Lucerna y se sintió a gusto entre las chicas. Le encantaba jugar al ajedrez y escogió como adversaria a Lalka, una búlgara, excelente jugadora. Y allí, sentado en la sala, aquel hombre de más de setenta años, apoyaba la cabeza en la mano, mirando a la muchacha, y decía lentamente, no cada vez que ella jugaba pero sí más a menudo de lo correcto: «Es bonita y es inteligente». Casi no había hablado con las señoras ni se había ocupado de ellas; ellas lo habían considerado descortés o quizás hombre lacónico, pero él simplemente estaba sentado ante Lalka, la miraba y repetía una y otra vez: '«Es bonita y es inteligente». No se lo pasaron por alto, lo contaban con indignación cada vez mayor.

Entre las cuatro había una que sí era buena, aunque jamás lo hubiera afirmado ella misma. No pintaba, tampoco iba nunca a conferencias, lo que más le gustaba era trabajar en el jardín. Allí se la encontraba cuando el tiempo lo permitía; siempre tenía una palabra amable, pero una palabra y no toda una lección; no recuerdo haberle oído nunca el nombre de una flor en latín, aunque durante el día siempre se ocupaba de plantas. Frau Sigrist era la hermana mayor de Fraülein Mina, y a sus sesenta y ocho años se la veía verdaderamente mayor. Tenía la cara muy curtida y muy arrugada; era viuda y tenía una hija, la hija era Fraülein Rosy, que siempre había sido maestra y que, en contraposición a su madre, nunca paraba de hablar.

A uno nunca le venía en mente que una era la hija y la otra la madre; se sabía, pero no encajaba en la imagen cotidiana que se tenía de ambas. Esas cuatro mujeres formaban una unidad que nadie asociaba con un hombre. A uno no se le ocurría que hubieran tenido padre, era como si hubieran venido al mundo sin padres. Frau Sigrist era la más maternal de las cuatro y también la más tolerante; nunca la oí caer en un prejuicio ni condenar a nadie, pero tampoco formular exigencias de madre. Nunca le escuché decir «mi hija»; si Trudi no me lo hubiera dicho, jamás me hubiera dado cuenta. Es así que el lado maternal estaba muy

inhibido entre las cuatro, era como si no estuviera permitido, como si fuera algo más bien indecente. Frau Sigrist era la más calma de las cuatro; nunca se ponía en primer plano, nunca dictaba instrucciones ni daba órdenes; a lo sumo se le oía

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