En aquellos tiempos «libertad» se convirtió en una palabra importante. Lo que los griegos habían sembrado, germinó. Desde que perdí al profesor que nos había donado a los griegos, se fue consolidando en mí la singular estructura que emergía de Grecia y Suiza. En esto, las montañas jugaron un papel importante. Nunca pensaba en los griegos sin ver montañas y, curiosamente, eran las mismas montañas que a diario tenía ante mis ojos. Según la atmósfera, se las veía lejanas o cercanas; era una alegría cuando no estaban cubiertas, se hablaba y se cantaba sobre ellas, eran el objeto de un culto. Lo más hermoso era verlas rodeadas de un mar de niebla desde el monte Ütli, a poca distancia; entonces las cumbres se convertían en islas, resplandecientes, casi palpables, ofreciéndose allí para ser veneradas en cada pico. Tenían nombres y se las nombraba, algunos de ellos sonaban lapidarios y no significaban otra cosa que el mismo nombre, como Tödi; otros, como Jungfrau (Virgen) y el Mönch (Monje), significaban demasiado; yo hubiera preferido una palabra nueva y única para cada montaña, imposible de aplicar a ninguna otra cosa. No había dos que tuvieran la misma altura. Su roca era dura, era imposible que pudieran modificarse. Yo tenía una idea muy fuerte de esta inalterabilidad. Me las imaginaba intocables; sentía un malestar si se hablaba de su conquista y cuando planeaba escalarlas me invadía el sentimiento de algo prohibido.
A cambio de ello, tanto mayor era la vida en los alrededores de los lagos, donde habían ocurrido las cosas más emocionantes; yo hubiera deseado que estos lagos fueran como el mar griego; todos se fusionaron en uno solo cuando viví muy
cerca del lago de Zurich. No era que las cosas cambiaran, cada paraje tenía su significado y mantenía su peculiaridad, calas, pendientes, árboles, casas; pero en mi sueño todo ello era «el lago», todo lo que ocurría a uno de ellos, pertenecía también a los otros, la Confederación Helvética, nacida a partir de un juramento, era para mí una confederación de lagos. Cuando supe acerca de las construcciones lacustres, descubiertas aquí y allá, me preocupó la idea de que sus habitantes no hubieran sabido nada unos de otros. A aquella distancia de sus semejantes, sin contacto, era realmente indiferentes dónde vivían, sólo necesitaban una pequeña superficie de agua, que podía estar en cualquier parte; nunca se sabría quiénes eran; por muchos que fueran los fragmentos, las puntas de flechas y huesos que se encontraban de ellos —no eran suizos.
Esto era la historia para mí: la confederación de los lagos, no había ninguna historia previa, y si ésta llegó hasta mí es sólo porque antes había tenido acceso a su verdadera prehistoria, los griegos. Lo que había entre ambas contaba poco; recelaba de los romanos; los caballeros de Walter Scott, que me parecían sus descendientes, muñecos articulados hechos de armaduras, me aburrían; sólo se volvían interesantes cuando los derrotaban los campesinos.
En aquella época de encantamiento con los lagos, cayó en mis manos Los últimos días de Hutten, y no me sorprende que aquella obra, una de las primeras de Conrad Ferdinand Meyer, me afectara tan certeramente. Hutten era un caballero, es cierto, pero también era un poeta, descrito como alguien que luchó contra los falsos poderes. Estaba enfermo, desterrado, abandonado por todos, vivía solo, por la gracia de Zwingli, en Ufenau. Los hechos de su rebeldía afloraban a su memoria, y aunque se sentía con fuerza su ardor, no era posible olvidar su situación ahora en Ufenau. El autor había velado por que siempre se viera a Hutten luchando contra algún poder superior; se había suprimido así eso que tanto irritaba en los caballeros: el que hasta los más valerosos se sintieran más fuertes por su armadura.
Me entusiasmó la visita de Loyola a la isla, un Loyola desconocido por todos, hasta por Hutten mismo: un peregrino a quien acoge en su pequeña choza durante una tormenta, al que extiende su propia manta y su propio abrigo para que duerma.
Por la noche Hutten se despierta por el estallido de un trueno, y percibe, a la luz del rayo, al peregrino que flagela su espalda ensangrentada; al mismo tiempo oye las palabras con que Loyola se ofrece al servicio de María. A la mañana siguiente, el lugar del peregrino está vacío y Hutten comprende, ahora que ha llegado su hora, que quien se le mostró era su peor enemigo. Esta confrontación con su antagonista, al final de una vida, esta inconciencia de ser espiado sin saber por quién, la percepción profunda de la futilidad de la propia lucha, pues el verdadero enemigo aparece sólo ahora, y la ulterior reacción cuando es demasiado tarde —«¡Si sólo hubiera matado al español!»— ¿cómo hubiera podido no presentir yo que precisamente aquí, en plena fantasía poética, es donde me encontraba más cerca de la «realidad»?
El lago donde se hallaba la isla de Ufenau se extendía hasta mí; Meyer había vivido en Kilchberg, en la otra orilla. Yo me sentía encerrado en aquella larga narración poética, el paisaje se iluminaba en mí a través de su autor. Dos meros versos ilustran de la manera más simple hasta qué punto había llegado en mi comprensión de los hombres: «No soy una ingeniosa obra de ficción, soy un
hombre con todas sus contradicciones». El contraste entre libro y persona, entre lo que se hace a sabiendas y lo que es dado por la naturaleza, entre la comprensibilidad de un libro y la incomprensibilidad del ser humano me había empezado a atormentar. Había experimentado la hostilidad donde no la esperaba, una hostilidad impuesta desde afuera, que no nacía en emociones propias, cuyas raíces yo no comprendía y sobre las cuales reflexionaba mucho. Sin solución, acepté provisoriamente la de enfocar al hombre como una contradicción. Me aferré ávidamente a esta idea y citaba la frase de Meyer una y otra vez, hasta que fue destrozada, en un aniquilador ataque de furia, por mi madre.
Pero antes tuve más de un año en que mi madre me dejó estar. Seguí a Meyer a la Noche de San Bartolomé y la guerra de los Treinta Años. Con él encontré a Dante en persona, y la imagen del poeta, hablando de su destierro, quedó impresa en mi mente. En mis caminatas fui conociendo los valles de Bündner; dos veranos seguidos, mis primeros en Suiza, había estado en el Monte Heinzen, en Domleschg, «el monte más bello de Europa», como lo llamaba el duque de Rohan. Cerca de allí, en el castillo de Rietberg, pude ver una mancha de sangre relacionada con Jürg Jenatsch, que no me impresionó mucho. Pero ahora, leyendo acerca de él, me sentía conocedor de sus huellas. Encontré a Vittoria Colonna, esposa de Pescara, santificada por Miguel Ángel; llegué hasta Ferrara, qué terrible, qué siniestra aquella Italia de la que no había oído más que descripciones idílicas. Siempre había hechos emocionantes, que descollaban por su «significado» en mi ambiente cotidiano. No veía el disfraz, sólo la variedad de tiempos y escenarios. Los disfraces no llegaban a cubrir nada; puesto que el final era siempre sombrío, lo aceptaba como la verdad.
En mi insaciable y furiosa sed de aprender, de aquellos años, creía que lo que me cautivaba en Meyer era aquella variada animación de la historia. Pensaba seriamente que por él estaba aprendiendo algo. No tenía dudas, me entregaba voluntariamente a sus descripciones, no imaginaba lo que había detrás, todo estaba abierto, pasaban tantas cosas... ¿qué podía esconderse detrás que fuera significativo y digno de mención, comparado con tanta riqueza?
Hoy, cuando ya no soporto la historia estructurada y sólo voy en busca de las fuentes, relatos ingenuos o reflexiones sólidas, pienso que era otra cosa lo que me impresionaba hondamente en Meyer: una sensación de cosechas, de árboles cargados de frutos, de «nada es suficiente», y la melancolía de sus poemas lacustres. Uno de ellos comenzaba con los siguientes versos:
«Apagado se extingue el sofocante día estival Sordo y triste suena mi golpe de remo.
. . . Lejos el cielo, tan cerca el abismo. Estrellas, ¿por qué no estáis ya aquí? Una voz querida, tan querida, me llama Incesante desde el sepulcro de agua.»
No sabía de quién era aquella voz, pero sentía que era la voz de un muerto, alguien querido, y las llamadas desde el agua me emocionaron como si hubiera sido mi padre que llamaba. En estos últimos años de Zurich no pensaba mucho en él, por lo que su regreso desde el poema me pareció, tanto más inesperado, tanto más misterioso. Era como si se hubiese escondido en él porque yo tanto amaba ese lago.
Entonces todavía no sabía nada sobre la vida de Meyer, ni sobre el suicidio de su madre, que se arrojó al lago. Nunca, de haberlo sabido, se me habría ocurrido que era la voz de mi padre la que oía cuando al anochecer yo mismo remaba sobre el lago. Casi nunca remaba a solas, y únicamente cuando lo hacía recitaba para mí esos versos, los interrumpía y me ponía a escuchar: para estos versos deseaba estar solo en el lago; nadie supo nada de aquel poema y de lo mucho que significaba para mí.
Su melancolía me poseyó, un sentimiento totalmente nuevo que me unía al lago, una melancolía que me inundaba cuando la atmósfera no era sofocante y pesada, que goteaba de las palabras mismas del poema. Sentía que esta melancolía arrastraba al poeta al lago, y aunque mi melancolía era simplemente adoptada, yo también sentía la tentación y esperaba impaciente las primeras estrellas. Las saludaba, de acuerdo con mi edad, no con alivio sino con júbilo. El impulso de vincularme a ellas, inalcanzables e intocables, empezó en aquel tiempo, creo, acrecentándose hasta convertirse en una religión astral en los años siguientes. Me parecían demasiado lejanas para adjudicarles alguna influencia sobre mi vida, me volví hacia ellas simplemente para verlas, sentía miedo cuando se apartaban de mí, y me sentía fuerte si reaparecían allí donde podía aguardarlas. De ellas no esperaba más que la regularidad de su regreso, en el mismo lugar, y su relación consistente con sus hermanas, con las que formaban constelaciones de nombres maravillosos.
La colecta
De la ciudad, sólo conocía entonces las partes que daban al lago y el camino de ida y vuelta al colegio. Había estado en pocos lugares públicos, en la sala de conciertos, en el museo, en el teatro y, muy rara vez, en la universidad para escuchar alguna conferencia. Las conferencias sobre etnología tenían lugar en una de las casas gremiales junto al Limmat. Para mí, el resto del casco viejo se reducía a las librerías, donde hojeaba los subsiguientes libros «científicos» del programa del colegio. Luego en las cercanías de la estación, estaban los hoteles donde se hospedaban los parientes cuando venían a Zurich. Scheuchzerstrasse, en Oberstrass, donde habíamos vivido tres años, cayó casi en el olvido; no ofrecía mucho, quedaba bastante lejos del lago y cuando alguna vez pensaba en ella, era como si hubiera vivido en otra ciudad.
De algunos barrios sólo conocía los nombres, y cedía sin resistencia a los prejuicios que los envolvían; no tenía idea de cómo eran sus gentes, cómo se movían o se comportaban los unos con los otros. Todo lo distante me atraía, todo lo
que quedaba a menos de media hora de camino y en la dirección no deseada era como la otra cara de la luna, invisible e inexistente. Uno se imagina que se está abriendo al mundo y lo paga con la ceguera para lo cercano. Es incomprensible la soberbia con que decide qué es o no lo importante para uno. Todas las líneas de la experiencia están preestablecidas sin que uno se dé cuenta; todo lo que no se llega a captar con letras pasa desapercibido y ese feroz apetito llamado afán de conocimientos no se percata de lo que se le escapa.
Una sola vez descubrí lo que estaba pasando por alto; penetré en aquellos barrios que hasta entonces sólo conocía de oídas. La ocasión fue una colecta con fines benéficos y se solicitó gente para colaborar. A cada voluntario se le asignaba una «señorita» del colegio privado como dama de compañía. La mía era mayor y más alta que yo, lo que no parecía importarle. Ella llevaba la caja de la colecta, yo las grandes tabletas de chocolate que debíamos vender. Me miraba desde arriba con ojos dulces y tenía una manera inteligente de hablar. Llevaba una falda plisada, blanca, que parecía muy elegante; nunca había visto este tipo de falda tan de cerca y vi que también los demás se fijaban en ella.
La colecta empezó mal. Pululaban las parejas que colectaban. Los paseantes preguntaban el precio y daban media vuelta indignados. No éramos baratos; en una hora habíamos vendido una sola tableta. Mi compañera se sentía ofendida, pero no se daba por vencida. Pensaba que teníamos que probar las casas y las fondas, lo mejor sería ir a Aussersihl. Era un barrio obrero, yo nunca había estado allí y me pareció absurdo que esperara que la gente pobre diera lo que hasta ahora nos habían negado los ricos. Ella no estaba de acuerdo y lo razonó sin accesos sentimentales: «Ellos no ahorran», dijo, «lo gastan todo en seguida. Lo mejor son las tabernas, allí se gastan todo en bebidas».
Nos pusimos en camino en la dirección indicada. De vez en cuando entrábamos en una casa y llamábamos a cada puerta. Los inquilinos eran todavía profesionales de clase media. En la puerta de una vivienda del segundo piso, un letrero decía «Director de Banco». Llamamos. Nos abrió un señor de exuberante cara roja y bigote emotivo. Se mostró desconfiado y jovial a la vez, y lo primero que nos preguntó fue si éramos suizos. Yo me callé la boca, pero la chica respondió con mayor amabilidad, incluyéndome en su respuesta pero sin decir en realidad nada falso. Al señor le gustaba examinarla; le preguntó por la profesión de su padre, que fuera médico era apropiado al objetivo de nuestra colecta. No se interesó por la profesión de mi padre, se concentró en la chica, que sabía hablar con modales inteligentes, sin insistir demasiado en la caja de la colecta, manteniéndola a la altura apropiada, cuidándose de no agitarla ya que estaba casi vacía. Pasó bastante rato hasta que la sonrisa en la cara del señor se transformó en una complaciente risita; tomó entonces la tableta de chocolate, la sopesó por si era demasiado liviana, y finalmente echó la moneda en la caja diciendo: «Es para una buena obra. Chocolate, tenemos suficiente». No obstante se quedó con la tableta y nos despidió, convencido de su buena acción. Cuando cerró la puerta nos quedamos aturdidos de tanta bondad y bajamos tambaleantes al primer piso. Allí llamamos sin mirar el letrero de la puerta. Esta se abrió y ante nosotros apareció, rubicundo y colérico, el mismo señor de arriba: “¡Qué pasa, otra vez! ¡Qué desfachatez!». Señalando con su dedo doblemente grueso el letrero, prosiguió: “¡No sabéis leer! ¡Fuera de aquí o llamo a la policía! ¿Queréis que os confisque la caja?». Nos dio un portazo en las narices y nos largamos angustiados. Debía haber
una escalera interior entre los dos pisos. Quién hubiera podido saberlo. En el éxtasis de la fortuna no nos habíamos fijado en ningún nombre.
Mi compañera tenía bastante con las viviendas y dijo «Ahora vamos a las tabernas». Desanimados, seguimos caminando un buen trecho hasta llegar a Aussersihl propiamente dicho. En una esquina vimos un gran local; la chica ni siquiera me pidió que pasara delante, y entró tranquilamente en la fonda. Una sofocante atmósfera de tabaco nos llegó como una ola. El local estaba repleto, todas las mesas ocupadas por obreros de todas las edades, reconocibles por sus gorras, sentados ante sus vasos; se oía hablar mucho en italiano. La chica serpenteó impávida entre las mesas, no había ni una mujer a la que dirigirse, pero esto sólo parecía aumentar su seguridad. Sostenía la caja cerca de la cara de los hombres, cosa que le resultaba fácil pues estaban sentados. Me apresuré a seguirla para estar listo con las tabletas de chocolate, pero pronto comprendí lo poco importantes que eran. Lo importante era la muchacha, y más importante aún su falda plisada que en aquel oscuro lugar brillaba más. Todos miraban la falda, todos estaban embobados; un chico, que parecía tímido, cogió un pliegue de la falda y con admiración lo dejó resbalar lentamente entre sus dedos. Era como si su gesto fuera sólo por el fino género y no por la chica. No sonreía, la miraba solemnemente, la chica se detuvo ante él; entonces él dijo «bellissima», y ella aceptó el elogio, por la falda plisada. El chico ya tenía la moneda en la mano, la echó en la caja como si nada y ni siquiera pidió la tableta de chocolate, que le tendí unos instantes después. Sin prestarle atención la colocó a su lado sobre la mesa, avergonzándose de aceptar algo por un donativo. Entretanto la chica ya se había alejado un poco y el próximo era un hombre de cabello gris. Le sonrió amistosamente, sacó sin preguntar su dinero, arrojó todas las monedas que tenía encima de la mesa, buscó una pieza de dos francos, y escondiéndola un poco con los dedos, la echó rápidamente en la caja. Después, imperiosamente, me hizo señas, me arrancó la tableta de las manos y se la entregó a la chica en un gesto amplio y preciso. Dijo que le pertenecía a ella, era para ella, se la tenía que quedar, y añadió que aquella tableta no era para vender.
Así empezó y así siguió, quienquiera que tuviera dinero le entregaba algo, pero ahora se quedaban con las tabletas. Los que no tenían dinero se disculpaban, había una cálida cortesía, el ruido de las mesas disminuía no bien la chica se acercaba. Yo había temido que hubiera palabras insolentes y en su lugar sólo hubo miradas de admiración y de vez en cuando una exclamación de asombro. Sentí que yo era totalmente superfluo, pero no me importaba; estimulado por la veneración de aquellos hombres encontré bella a mi compañera. Cuando salimos del local, sacudió la caja y la sopesó: estaba llena a más de la mitad. Una o dos fondas así y adentro ya no cabría nada más. Ella era perfectamente consciente del homenaje que se le había rendido, pero tenía su lado práctico y no olvidó ni por un momento el asunto que estaba en juego.