Mi madre pasó buena parte de estos dos años en Arosa, en el Waldsanatorium. Yo la veía —tal como se lo decía en mis cartas— suspendida a gran altura por encima de Zurich y cada vez que pensaba en ella automáticamente miraba hacia arriba. Mis hermanos estaban en el Lago Lemán, en Lausana; así, después de la pequeña vivienda apiñada de Scheuchzerstrasse, la familia se dispersó bastante, formando un triángulo: Arosa-Zurich-Lausana. Es cierto que nos carteábamos continuamente diciéndonos (por lo menos en lo que a mí respecta) todo. Pero la mayor parte del tiempo yo era independiente y el lugar de ellos fue ocupado por cosas nuevas. En cuanto a las normas de la vida diaria, en lugar de mi madre estaba el comité —así podía llamárselo— de las cuatro damas. Nunca hubiera soñado con ponerlas en su lugar, pero era efectivamente a ellas a quienes yo pedía permiso para salir o para cualquier otra cosa. Era mucho más libre que antes; conocían mi tipo de demandas y no me negaban nada. Sólo cuando fue demasiado, cuando tres días seguidos asistí a conferencias, Fräulein Mina se puso seria y tímidamente me dijo que no. Pero eso no ocurría casi nunca, ni había tantas conferencias que me fueran accesibles. Casi siempre yo prefería tener tiempo libre en casa, ya que después de cada conferencia, cualquiera fuera el tema, había mucho que leer. Todo lo que se trataba irradiaba ondas de cosas nuevas que se expandían en todas direcciones.
Sentía cada nueva experiencia físicamente, como una dilatación corporal. Esto se debía al hecho de que no hubiera ningún vínculo entre lo que yo ya sabía y lo nuevo. Algo, separado del resto, venía a posarse donde antes no había nada. Repentinamente se abría una puerta en un lugar insospechado, y uno se encontraba un paisaje con luz propia, en donde todo tenía un nuevo nombre, un paisaje que se extendía más y más, hasta el infinito. Uno se movía atónito para aquí, para allí, a su antojo, y era como si nunca hubiera estado en otro sitio. En esa época la palabra «científico» se hizo mágica para mí. No significaba, como más tarde, restringirse, conquistar un derecho renunciando a todo lo demás; todo lo contrario, significaba dilatación, liberación de límites y fronteras; eran verdaderamente nuevos paisajes, poblados de otra manera y no eran imaginarios, como en los cuentos de hadas, una vez mencionado su nombre, no se los podía cuestionar. Ya tenía mis dificultades con aquellas historias mucho más viejas a las que me aferraba como si de ellas dependiera la vida. Producían risa, no podía contarlas, por ejemplo, delante de mis compañeros; para algunos de ellos ya habían perdido todo significado, ser adulto estribaba en burlarse de ellas. Yo me quedé con todas, ampliándolas más y utilizándolas como puntos de partida de otras nuevas que yo mismo me contaba. Sin embargo no me tentaba menos el campo del saber. Me inventé nuevas asignaturas en la escuela, para las que encontré nombres tan raros que nunca me atreví a pronunciarlos y que, incluso después, mantuve en secreto. Pero algo no me satisfacía en estas historias, sólo me servían a mí, a nadie le significaban nada y seguramente me daba cuenta, al tejerlas, de que no podía añadirles nada que yo ya no supiera. Aquella nostalgia por lo nuevo no se saciaba realmente en ellas, lo nuevo había que buscarlo allí donde existiera independientemente de uno; y esa era la función, entonces, de «las ciencias».
Por otra parte, con mi cambio de vida se fueron liberando fuerzas que habían estado atadas durante mucho tiempo. Ya no custodiaba a mi madre como en Viena y en Scheuchzerstrasse. Quizás también esto había sido motivo de sus periódicas enfermedades. Lo admitiéramos o no, mientras vivimos juntos éramos responsables el uno del otro. No sólo sabía cada uno lo que el otro hacía sino que percibía sus pensamientos y lo que daba a este entendimiento consistencia y felicidad era también su tiranía. Ahora esta custodia se había reducido a las cartas, en las que, con un poco de astucia, uno podía esconderse fácilmente. En todo caso, ella no me lo contaba todo: sólo informes sobre su enfermedad, que yo creía y en los que yo entraba. Sólo en sus visitas me contaba algo de la gente que había conocido, en sus cartas apenas hablaba de ello. Hizo bien, pues en cuanto me enteraba de la existencia de algún personaje en el sanatorio, me abalanzaba con todas mis fuerzas y lo hacía pedazos. Vivía entre mucha gente nueva, algunos le significaban algo intelectualmente; eran personas maduras y enfermas, en general mayores que ella, pero coherentes y fascinantes precisamente por su particular forma de holganza. En su compañía ella se sentía realmente enferma, y se permitía esa clase de auto-auscultación tan especial que antes, por nosotros, se había vedado. Y así, también ella se veía libre de nosotros, como yo de ella y de mis hermanos; y nuestra energía individual se desarrolló de manera independiente.
No le quise ocultar nada de las maravillas recién conquistadas. Le daba lujo de detalles acerca de cada conferencia que había escuchado y que me había inspirado algo. Así llegó a oír de temas que nunca la habían interesado, por ejemplo de los bosquimanos del Kalahari, de la fauna de África oriental, de la isla de Jamaica; pero también de la historia de la arquitectura de Zurich o del problema del libre albedrío. El arte del Renacimiento italiano —eso era aceptable, se preparaba a viajar en primavera a Florencia y le envié instrucciones precisas sobre lo que forzosamente tenía que ver. Le avergonzaba su inexperiencia en el terreno de las bellas artes, y no tenía reparos en que se la instruyera de vez en cuando. Pero desdeñaba mis informes sobre pueblos primitivos, y peor aun los de historia natural. Ella me escondía, por prudencia, tantas cosas, que suponía que yo hacía lo mismo. Estaba firmemente convencida de que tras aquellos larguísimos informes que tanto la aburrían, yo le escondía las cosas personales que me tenían ocupado. Siempre me pedía que le diera verdaderas noticias sobre mi vida en lugar de la «filogenia de la espinaca» como ella burlonamente llamaba a todo lo que sonara a científico. Que yo me considerara escritor lo aceptaba de buena gana y nunca puso en solfa los proyectos de obras y poemas que yo le presenté, ni tampoco una obra de teatro completa que le dediqué y le envié. Las dudas que pudieron asaltarla sobre el valor de esta chapuza nunca fueron enunciadas; siendo yo el autor, su juicio era inseguro. Pero rechazaba despiadadamente todo lo que sonara a «científico», ni siquiera por carta quería saber nada de esto que, según ella, nada tenía que ver conmigo y sólo eran intentos para despistarla.
Aquí se sembraron las primeras semillas de nuestros ulteriores distanciamientos. Cuando esa curiosidad intelectual que ella tanto había atizado en mí tomó un giro que le resultó extraño, empezó a poner en duda mi autenticidad y mi carácter, temiendo que saliera a mi abuelo, que para ella era un taimado comediante: su enemigo más irreconciliable.
Pero esto fue un proceso lento, necesitó su tiempo. Tuve que escuchar bastantes conferencias como para que los informes que le enviaba, y sus efectos,
se acumularan en ella. Para Navidad de 1919, tres meses después de mi llegada a Yalta, estaba bajo la impresión de la obra de teatro que yo le había dedicado, Junius Brutus. Desde principios de octubre, noche tras noche, había estado escribiendo esta obra en el aula trasera, arreglada para que yo estudiara. Cada día, después de cenar, trabajaba hasta las 9, a veces hasta más tarde. Ya había hecho mis deberes y si engañaba a alguien era a «Die Fräulein Herder». No tenían la menor idea de que trabajara dos horas diarias en una obra dramática para mi madre. Este era un secreto, nadie lo debía saber.
Junius Brutus, que había derrocado a los Tarquinios fue el primer cónsul de la República romana. Tan en serio tomaba las leyes, que condenó a muerte e hizo ejecutar a sus hijos por haber participado en una conspiración contra la República romana. La historia la saqué de Livio y me produjo una impresión indeleble, pues estaba convencido de que mi padre, en el lugar de Brutus, habría perdonado a sus hijos. Y sin embargo, su propio padre había sido capaz de maldecirlo por desobediencia. En los años siguientes, yo había sido testigo de cómo el abuelo no había logrado reponerse de aquella maldición, cosa que mi madre le había reprochado amargamente. En Livio no había mucho sobre el tema, sólo un pequeño trozo. Le inventé una mujer a Brutus, que lucha contra él por la vida de sus hijos; pero no consigue nada. Sus hijos son ejecutados y ella, en su desesperación, se arroja al Tíber desde un peñasco. El drama termina con la apoteosis de la madre. Las últimas palabras —en boca de Brutus, que se entera de su muerte— son: «¡Maldito el padre que asesina a sus propios hijos!».
Era un doble homenaje a mi madre. Yo era consciente sólo de uno, y tanto me dominó durante los meses en que preparaba el borrador que pensé que ella sanaría de alegría. Porque su enfermedad era un misterio, los médicos no sabían muy bien qué tenía; no era pues sorprendente que tratara de ayudarla con estos recursos. En cuanto al segundo homenaje, no fui consciente de su existencia: la última frase de mi obra era una condena del abuelo, que según buena parte de la familia y sobre todo mi madre, había matado a su hijo con su maldición. De esta forma, en la lucha entre el abuelo y mi madre, que yo había presenciado en Viena, me colocaba resueltamente de su parte. Puede que ella intuyera también este oculto mensaje; nunca hablamos de ello y por tanto no puedo asegurarlo.
Es posible que haya habido jóvenes escritores que hayan revelado su talento a los catorce años. Categóricamente, no fui uno de ellos. La obra era deplorable; estaba escrita en versos yámbicos para los que no hay palabras, torpes, desiguales y presuntuosos, no precisamente influenciados por Schiller sino totalmente determinados por él, de manera que el conjunto era ridículo, rezumaba moralidad y nobleza por todos los poros, verborreico y superficial como si hubiera pasado por seis pares de manos, cada par menos dotado que el precedente, con lo que el tema original quedaba irreconocible. No es aconsejable que un niño camine solemnemente con indumentaria de adulto; jamás habría mencionado esta chapuza si no hubiera revelado algo que en el fondo es genuino: el precoz horror ante la pena de muerte y ante su orden de ejecución. La conexión entre una orden y una sentencia de muerte, cuya naturaleza, claro está, es distinta de la que entonces yo podía suponer, me ha ocupado a lo largo de muchas décadas y no me ha abandonado hasta el día de hoy.