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El hombre marcado

In document Canetti, Elias - La Lengua Absuelta (página 174-176)

Después de cenar todos juntos en una larga mesa que había en la planta baja de la casa, me escapaba al huerto. Este se hallaba algo apartado de la casa, separado de los propios terrenos de Yalta por una valla; sólo íbamos allí en grupo durante la cosecha; el resto del año, el huerto era un sitio olvidado. Un terraplén lo escondía de los ojos de los huéspedes; nadie suponía que uno pudiera estar allí, a nadie se le hubiera ocurrido venir a buscar a nadie, hasta las voces de la casa llegaban tan apagadas que uno podía desentenderse. En cuanto uno se escabullía por la abertura de la tapia, se veía solo ante el crepúsculo y abierto a cualquier experiencia muda. Era bueno sentarse junto al cerezo, sobre una pequeña elevación del césped. Desde este lugar se tenía una espléndida vista del lago y se podían seguir los constantes cambios del agua.

Una noche de verano apareció un barco iluminado; se movía con tanta lentitud que pensé que estaba parado. Lo miré como si nunca hubiera visto un barco, era el único, fuera de él nada. A su lado, el crepúsculo y la oscuridad creciente. El barco brillaba, completamente iluminado, y sus luces formaban su propia constelación. Se reconocía que estaba en el agua por la tranquilidad indolora con que se deslizaba. Su silencio se extendía como una expectativa. Brilló durante largo tiempo, sin titilar, y tomó posesión de mí como si yo hubiera venido al huerto únicamente para verlo. Nunca lo había visto antes, pero lo reconocí. Desapareció en

el pleno esplendor de sus luces. Entré en la casa y no hablé con nadie, ¿de qué hubiera podido hablar?

Noche tras noche volví al huerto esperando que viniera, el barco. No me arriesgué a confiar en el tiempo; vacilaba a supeditarlo a las agujas del reloj. Estaba seguro de que volvería. Pero cambió su horario y no reapareció, no se repitió, quedó como un milagro inofensivo.

Entre los profesores, una figura siniestra era Jules Vodier, que durante algún tiempo tuvimos en francés. Ya antes de que llegara me había llamado la atención: iba a todas partes, con sombrero, lo llevaba hasta en los corredores de la escuela, y lucía una sonrisa rígida y sombría. Hubiera querido saber quién era, pero no me atrevía a interrogar a nadie acerca de él. Su rostro carecía de color, parecía prematuramente envejecido, nunca le vi hablar con otro profesor. Daba la impresión de que siempre estaba solo, no por orgullo ni desprecio sino en una medrosa lejanía, como si no oyera ni viera nada a su alrededor, como si siempre estuviera en algún lugar remoto. Yo le llamé «la máscara», pero guardé el apodo para mí hasta que un día apareció en nuestra clase, con el sombrero puesto, como profesor nuestro de francés. Hablaba —siempre sonriente— en voz baja, rápidamente y con acento francés, sin mirar a nadie a la cara, como si aparentemente prestara oído atento a algo distante. Andaba nerviosamente arriba y abajo, y el sombrero le daba aspecto de querer irse al momento. Se colocó tras la cátedra, se quitó el sombrero, volvió a adelantarse y se plantó ante la clase. Tenía un profundo agujero en lo alto de la frente, que antes cubría el sombrero. Ahora sabíamos por qué lo llevaba siempre, por qué no le gustaba quitárselo.

Este agujero despertó el interés de la clase y pronto averiguamos quién era Vodier y qué el agujero. Él nada supo de nuestras investigaciones, pero estaba marcado, y como ya no escondía el agujero de su frente, debía suponer que conocíamos su pasado. Hacía muchos años, había acompañado a una clase con otro profesor en una excursión a la montaña. Una avalancha cayó y los cubrió a todos. Nueve alumnos y el otro profesor perecieron al instante, al resto los desenterraron vivos, el profesor Vodier con una grave herida en la frente; se dudó de que sobreviviera. Quizás confunda cifras en mi recuerdo, pero sin duda se trató de la mayor desgracia que afectó jamás al colegio.

Vodier siguió viviendo, enseñando en el mismo colegio, con esa señal de Caín en su frente. ¿Cómo hubiera podido enfrentar el problema de la responsabilidad? El sombrero, que le protegía de las miradas curiosas, no le protegía de sí mismo. Nunca se lo quitaba por mucho tiempo; pronto lo recogía de la cátedra, se lo volvía a poner y proseguía su camino de hombre acosado. Sus frases didácticas nacían como separadas de él, como si las pronunciara otro en su lugar, su sonrisa era su espanto, éste era él. Yo pensaba en él, soñaba con él, y escuchaba, como él, la avalancha que se acercaba. No duró mucho como profesor nuestro, y me sentí aliviado cuando nos dejó. Creo que cambiaba de clase a menudo. Quizás no soportara pasar mucho tiempo con los mismos alumnos, quizás pronto se le transformaran en víctimas. Alguna vez me crucé con él en los pasillos del colegio, le saludé cauteloso, él no me notó, no notaba a nadie. En clase no se hablaba de él, era el único profesor que nadie imitaba. Le olvidé y nunca volví a pensar en él; sólo el barco iluminado volvió a traerme su imagen.

In document Canetti, Elias - La Lengua Absuelta (página 174-176)