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El prado de Neuwaldegg

In document Canetti, Elias - La Lengua Absuelta (página 93-95)

En cuanto Fanny se fue llegó Paula, completamente opuesta: alta y delgada, agraciada, muy discreta para ser vienesa y sin embargo alegre. Le hubiera gustado reír continuamente, pero como en su trabajo esto no le parecía lo más indicado, daba la impresión de que le sobraba siempre alguna sonrisa. Sonreía cuando hablaba, sonreía cuando callaba y yo me la imaginaba sonriendo cuando dormía y cuando soñaba.

No hacía la menor diferencia entre hablar con mi madre o con nosotros, para ella era igual contestar la pregunta de un desconocido en la calle o saludar a un conocido; hasta la roñosita, que siempre estaba presente, lo pasaba bien con ella. Paula se detenía sin recelos ante ella y la decía una palabra amigable. A veces le ofrecía un caramelo y la pequeña se quedaba tan impresionada que no se atrevía a cogerlo. Entonces ella la animaba y se lo metía delicadamente en la boca.

No le entusiasmaba demasiado el Wurstelprater, lo encontraba vulgar; nunca lo dijo pero yo lo notaba cuando estábamos allí. Sacudía la cabeza un poco disgustada cuando oía alguna vulgaridad y me observaba de reojo por si yo había entendido algo. Yo hacía como que no había notado nada y ella volvía a sonreír. Tanto me había acostumbrado a su sonrisa que hubiera hecho cualquier cosa porque no la perdiera.

En el piso inferior de casa vivía el compositor Karl Goldmark, un hombre pequeño y delicado, de cabellos blancos cuidadosamente repartidos a ambos lados de su oscura cara. Solía pasear colgado del brazo de su hija, nunca iban muy lejos porque ya era muy viejo, pero lo hacían a diario, siempre a la misma hora. La ópera que lo había hecho famoso se titulaba La reina de Saba, y yo lo relacionaba con los árabes. Pensaba que provenía de esos lugares, era lo más exótico del lugar y por tanto lo más seductor. Nunca me topé con él en la escalera o saliendo de casa, sino sólo cuando volvía, del brazo de, su hija, de Prinzenallée, en donde habían paseado un poco ida y vuelta. Les saludaba respetuosamente y él inclinaba ligeramente la cabeza, ése era su estilo, casi imperceptible, de recibir el saludo. No recuerdo el aspecto de su hija, su cara no se me ha grabado en la memoria. Cuando un día no fue a hacer su paseo cotidiano oí que había caído enfermo. Después, hacia el atardecer, desde el cuarto de los niños oí un fuerte llanto que venía desde abajó y no cesaba. Paula, que no estaba segura de que yo hubiera oído algo, me miró indecisa y por fin dijo: «Herr Goldmark ha muerto. Estaba muy débil y ya no hubiera podido pasear más». El llanto subía a borbotones, y se me pegaba. Tenía que oírlo y me conmovía con el mismo ritmo, pero sin llegar a hacerme llorar, surgía como del suelo. Paula se mostró intranquila. «Ahora su hija no podrá acompañarle en su paseo. La pobre estará completamente desesperada.» Aun en estos momentos sonreía, tal vez para tranquilizarme; yo notaba que la historia le tocaba de cerca. Su padre estaba en el frente de Galizia, en Polonia, y hacía tiempo que no sabía nada de él.

El día del entierro la calle de Josef-Gall estaba negra de coches de plaza y de gente. Desde la ventana pudimos ver que abajo no podía quedar un punto libre, y sin embargo seguían llegando coches y personas que encontraban sitio.

«Así ocurre cuando muere una personalidad célebre», decía Paula, «le quieren brindar el último acompañamiento. Les gustaba mucho su música».

Yo me sentía excluido porque nunca había oído su música. Observaba la aglomeración abajo como un espectáculo. Probablemente también porque se veía la gente tan pequeña desde el segundo piso; se los veía comprimidos y algunos se sacaban el negro sombrero ante los otros, lo cual nos parecía extraño; pero Paula tuvo también para esto una explicación tranquilizadora: «Se alegran de hallar conocidos entre tanta gente y esto les da ánimos». El llanto de la hija me afectaba, y lo pude oír muchos días después del entierro, siempre al atardecer. Luego, cuando poco a poco se fue haciendo menos frecuente, y cesó por completo, llegó a faltarme como si hubiera perdido algo indispensable.

Poco tiempo después un hombre se arrojó desde la ventana del tercer piso de una casa cercana en la calle Josef-Gall. Cuando el servicio de auxilio vino a recogerle ya estaba muerto, y en el lugar de la caída quedó una gran mancha de sangre que tardó mucho en borrarse. Cuando pasábamos por allí, Paula, tomándome de la mano, me guiaba interponiéndose entre la mancha y yo. Le pregunté por qué había hecho aquello aquel hombre, pero no pudo explicármelo. Quise saber cuándo sería el funeral. No habría funeral. Vivía solo y no tenía allegados. Tal vez fuera ésta la causa por la que no había querido seguir viviendo.

Paula se daba cuenta de lo mucho que me preocupaba aquel suicidio, así es que, para hacerme pensar en otra cosa, preguntó a mi madre si podía llevarme en su próxima salida, el domingo, a Neuwaldegg. Tenía un amigo con el que fuimos en tranvía eléctrico, un joven silencioso que la miraba con admiración y que casi no dijo una palabra. Era tan silencioso que hubiera pasado desapercibido si Paula no nos hubiera hablado a los dos a la vez. Hablaba como esperando una respuesta nuestra. Yo le contestaba y el amigo asentía con la cabeza. Entonces nos adentramos en el bosque y él dijo algo que no pude entender: «Para la próxima semana, Fräulein Paula, ahora faltan sólo cinco días». Llegamos a un prado espléndido lleno de gente, era enorme, se hubiera dicho que había sitio para toda la gente del mundo, pero tuvimos que dar muchas vueltas hasta encontrar lugar. Allí había familias, compuestas de mujeres y niños principalmente, aquí y allá jóvenes parejas, pero sobre todo grupos que jugaban a algo que los tenía a todos en movimiento. Algunos se repantigaban al sol y también parecían felices, muchos reían; Paula estaba aquí en su casa, pertenecía a este lugar. Su amigo, que la adoraba, abrió ahora la boca, pronunció una palabra de admiración tras otra, tenía licencia pero no llevaba uniforme, tal vez no quería recordarle la guerra; dijo que pensaría más en ella cuando no estuvieran juntos. Se veían muchos menos hombres que mujeres en el prado y no vi a ninguno de uniforme, y si por fin no hubiera comprendido que el admirador de Paula tenía que volver al frente a la semana siguiente, me habría olvidado de que estábamos en guerra.

Este es mi último recuerdo de Paula, un prado cerca de Neuwaldegg con mucha gente al sol; en el camino de regreso a casa ya no la veo, como si se hubiese quedado en el prado para retener a su amigo. No sé por qué nos dejó, no sé por qué se fue de repente. Con tal de que no haya perdido la sonrisa, con tal de que haya regresado su admirador... Su padre ya no vivía cuando cogimos el tranvía.

In document Canetti, Elias - La Lengua Absuelta (página 93-95)