El 23 de diciembre Junius Brutus partió hacia Arosa junto con una larga carta de instrucciones sobre cómo mi madre tenía que leer la obra: primero, de un tirón, para lograr una idea global del conjunto; y después, una segunda vez, parte por parte, con un lápiz en la mano para poder tomar una actitud crítica sobre los detalles, y poder informarme seguidamente de ello. Fue un gran momento de tensión entre mi demanda y mi expectativa, y cuando ahora recuerdo lo deplorable que era la «obra», las escasas perspectivas que podía ofrecerme y, por otra parte la rapidez con que yo mismo me di cuenta de ello, tengo que atribuir a esta época el origen de la desconfianza que siempre me ha inspirado todo lo que escribí con aplomo y altanería.
La caída se produjo ya al día siguiente, antes de que la obra llegara a manos de mi madre. Tenía una cita con mi abuela y con la tía Ernestine, que seguían viviendo en Zurich y a quienes solía visitar una vez por semana. Después de aquella tormentosa escena nocturna en casa de Fräulein Vogler, en la que virtualmente me batí por la mano de mi madre y la gané, mi relación con ellas se había transformado. Comprendieron que no tenía ningún sentido el tratar de convencer a mi madre de que se volviera a casar, ella no haría nada que pudiera destruirme. Hasta llegó a haber una especie de simpatía entre la hermana mediana de mi madre y yo. Ella se dio cuenta de que yo no salía a los Arditti, que estaba decidido no a ganar dinero sino a abrazar una profesión con más «ideales».
Encontré sola a la abuela, que me recibió con una noticia importante: el tío Salomón había llegado de Manchester, la tía estaría de vuelta con él en seguida. Así que el ogro de mi niñez inglesa estaba en Zurich, el mismo a quien no veía hacía seis años y medio, desde que abandonamos Manchester. Entretanto, había habido Viena y la primera guerra mundial, terminada con las esperanzas cifradas en Wilson y sus Catorce Puntos y ahora, recientemente, la gran decepción: Versalles. Se había hablado mucho del tío, la admiración de mi madre por él no había menguado.
Pero su admiración estaba fundada exclusivamente en su éxito comercial y entre nosotros, desde entonces, habían ocurrido tantas cosas y tan importantes, habían emergido figuras tan grandes en nuestras veladas literarias y luego en el mundo real (figuras que yo seguía con pasión), que sentí como si el tío y su poder se encogieran ante mis ojos. Como siempre, yo le veía como un monstruo, la encarnación de todo lo abyecto, y su imagen se me había vuelto brutal y abominable, lo cual le cuadraba perfectamente; pero ya no le veía peligroso. No tenía que preocuparme, ya sabría sacarle ventaja. Cuando apareció la tía Ernestine diciendo que nos esperaba abajo para llevarnos a pasear, sentí algo como un gran júbilo; yo, un dramaturgo de catorce años —la obra ya estaba en el correo— quería enfrentarme y medirme con él.
No le reconocí; su aspecto era más distinguido de lo que yo esperaba; a primera vista su cara no era desagradable y, en todo caso, no era la de un ogro. Me sorprendió que aún hablara fluidamente alemán, después de tantos años de Inglaterra; entre nosotros se establecía una nueva lengua. Encontré casi magnánimo de su parte que no me obligara a hablar inglés. Hacía tiempo que no lo practicaba —y para la seria conversación que me esperaba, me sentía más seguro en alemán.
“¿Cuál es la mejor confitería de Zurich?», preguntó al instante, «ahí quiero llevaros». La tía mencionó a Sprüngli; era ahorrativa por naturaleza y no se atrevió a mencionar a Huguenin, considerada más elegante. Fuimos a pie hasta Sprüngli por Bahnhofstrasse; la tía se quedó un poco rezagada haciendo unos encargos; nosotros, como correspondía a los hombres, en seguida nos pusimos a hablar de política. Yo ataqué duramente a los aliados, especialmente a Inglaterra, el país de donde él venía; Versalles era injusto y contradecía todo lo que Wilson había prometido. Él me hacía una que otra observación sin perder la calma; me doy cuenta de que mi vehemencia le divertía, quería saber qué clase de persona era yo y me dejaba hablar. Pero a pesar de su parquedad, me di cuenta de que no quería dar su opinión sobre Wilson. Sobre Versalles dijo: «Están en juego factores económicos de los que todavía tú no entiendes nada», y añadió, «ningún país libra una guerra de cuatro años gratuitamente». Pero lo que realmente me tocó fue la pregunta: “¿Qué opinas de Brest-Litovsk? ¿Crees que si los alemanes hubieran vencido habrían actuado de otra manera? El vencedor es el vencedor». En ese momento por vez primera dirigió sus ojos hacia mí: eran azules y helados. Lo reconocí.
La tía Ernestine se nos unió en Sprüngli. Él, con su estilo arrogante, pidió chocolate y pastas para nosotros; pero no probó nada —las cosas estaban ante él como si no existieran. Nos dijo que estaba haciendo un viaje importante y que tenía poco tiempo, aunque en los próximos días no quería dejar de visitar a mi madre en Arosa. “¿De qué está enferma?», preguntó, contestándose él mismo de inmediato: «Yo jamás me enfermo. No tengo tiempo». Agregó que hacía tanto que no nos veía que ahora tenía que compensarlo. «No tenéis un hombre en la familia y eso no puede ser.» No sonó malintencionado pero sí algo apresurado. «¿ tú qué haces?», me dijo de repente, como si no hubiéramos hablado hasta entonces. El acento recayó en el «haces», lo que contaba era «hacer», para él lo demás era pura charlatanería. Presentí que las cosas se ponían serias y titubeé un poco. La tía me ayudó, tenía ojos de terciopelo y cuando hacía falta podía hablar aterciopeladamente.
“¿Sabes?», dijo, «quiere ir a la universidad».
«Eso no puede ser, será hombre de negocios.» Mezclando el alemán con el inglés, y contrayendo la palabra «negocios», se sentía más firme en su terreno. Entonces vino un largo sermón sobre la vocación familiar para los negocios. Todos habían sido hombres de negocios y él era el vivo ejemplo de lo lejos que se podía llegar en este campo. El único que había intentado otra cosa, su primo, el Dr. Arditti, pronto se había arrepentido. Un médico no gana nada y no es más que un recadero de gente rica. Tiene que correr de un lado para otro por cualquier nimiedad y encima los pacientes nunca tienen nada. «Como tu padre», dijo, «y ahora tu madre». Por esto el Dr. Arditti abandonó rápidamente su profesión y se hizo comerciante, como todos ellos. El muy necio había malgastado quince años de su vida en estudios y enfermedades de gentes que no le incumbían. Pero ahora había salido a flote, finalmente. Tal vez ahora se hiciera rico, después de quince años. “¡Pregúntaselo a él! ¡Te dirá lo mismo!» Siempre se me cruzaba este Dr. Arditti, la oveja negra de la familia. Lo despreciaba más allá de las palabras, el traidor de una verdadera profesión, y me cuidaría mucho de preguntarle nada, aunque viviera en Zurich.
La tía percibió lo que me estaba ocurriendo; tal vez le atemorizó también la brutalidad con que mencionó a mi padre, de manera tan desalmada. “¿Sabes?», dijo, “¡tiene tantas ganas de aprender!».
“¡Está bien! Una formación general, una escuela comercial, un aprendizaje en el negocio y ya puede incorporarse a él!» Tenía la vista fija ante él, en lo que él deseaba, no se dignó siquiera mirarme otra vez; pero se dirigió entonces a su hermana y llegó a sonreír al decirle, cómo si en realidad sólo le incumbiera a ella: «¿Sabes una cosa? Quiero reunir en el negocio a todos mis sobrinos. Nissim será un hombre de negocios, Georg también; cuando mi Frank sea mayor ¡harán negocios bajo su mando!».
¡Frank al mando! ¡Yo, hombre de negocios! Me hubiera abalanzado sobre él para pegarle. Me dominé y pedí permiso, aunque aún tenía tiempo. Salí a la calle, la cabeza me ardía, y con esa fiebre iracunda me lancé corriendo de vuelta a Tiefenbrunnen, como si los malditos negocios me pisaran los talones. El sentimiento que primero tomó cuerpo en mí fue el orgullo. «Frank al mando, yo un dependiente, yo, yo», y ahí seguía mi nombre. En aquel instante, como cada vez que me encontraba en peligro, me refugié en mi nombre. Lo utilizaba raramente y no me gustaba que me llamaran por él. Era mi reserva de fuerza, quizás cualquier otro nombre que fuera sólo mío hubiera funcionado, pero este nombre funcionaba aún más. Iba repitiéndome sin cesar mi frase de indignación. Al final sólo quedó el nombre. Cuando llegué a Yalta lo había repetido para mí cientos de veces, y extraje tanta fuerza de ello que nadie notó nada raro en mí.
Era la noche del 24, y en Yalta se festejaba la noche de Navidad. Desde hacía semanas no se hablaba de otra cosa. Los preparativos se hacían en secreto; como me decía Trudi, era el mayor acontecimiento del año. Ella, que combatía vehementemente la hipocresía, me prometió que sería bellísimo. En casa siempre habíamos intercambiado regalos, pero eso era todo. Mi madre no era religiosa ni hacía distinciones entre las varias religiones. Una representación de Nathan el Sabio, Lessing, en el Burgtheater, había definido para siempre su postura ante estos asuntos. Pero el recuerdo de la tradición familiar, y quizás también su
dignidad natural, le impedían aceptar totalmente la Navidad. Así, se limitó al pequeño compromiso de los regalos.
Yalta estaba recubierta de adornos; la sala, el lugar más frecuentado, por lo general fría y sombría, relucía esta noche con colores cálidos y olía a pino. La celebración dio comienzo justo detrás, en un lugar mucho más pequeño, el «recibidor». Allí estaba el piano, para los conciertos de la casa. Encima, colgaba de la pared un cuadro que, dadas las pequeñas proporciones de la habitación, siempre me parecía gigantesco: era el Bosque sagrado de Böcklin. Al principio creí que era un original y lo contemplaba respetuosamente como el primer cuadro «verdadero» que me había tocado ver en una casa privada. Pero un día Fräulein Mina me reveló que lo había pintado ella, que era una copia, de su propia mano. Se remontaba a su primera época, antes de dedicarse a sus flores, y era tan fiel que cualquiera que no lo supiera lo tomaba por un original. Ahora, Fräulein Mina, sentada delante de su obra, nos acompañaba en las canciones navideñas. No era la mejor pianista de la casa, por cierto, pero el sentimiento que ponía en las canciones era contagioso. Nos apiñábamos en la habitación, que no era muy espaciosa, y cantábamos a grito pelado. Después de «Noche de paz, noche santa» y «Oh, Tú dichoso, oh, Tú bienaventurado» cualquiera podía proponer la canción que le gustara y que creyera apropiada. Llevaba mucho tiempo satisfacer todos los pedidos, y yo gozaba especialmente con que durara tanto y que nadie tuviera prisa. Nadie hubiera dicho que esperábamos regalos, los propios y los que uno había preparado para los demás. Pero entonces, ya con más premura, se formaba la procesión en fila india hasta la habitación posterior de la casa. El más pequeño, un niño vienés de vacaciones, iba delante; le seguía yo, que en aquellas semanas era el segundo: y después, por orden de edad, todos los demás hasta el último. Finalmente nos colocábamos ante la gran mesa, cada regalo estaba bellamente empaquetado, y como prima cada uno recibía un par de versos satíricos míos: nunca desaprovechaba la ocasión de ponerme a rimar. Allí me encontré con la estatuilla de un tuareg sobre un alto camello en pleno movimiento, y debajo la dedicatoria: «Al viajero africano», acompañada de todos los nombres. También los libros que me regalaron se ajustaban a mi ideal de un futuro mejor: La vida esquimal de Nansen, Zurich antiguo, con imágenes de viejos tiempos, y Sisto y Sesto, con bocetos de viajes por Umbría. Era una combinación de muchas cosas que me interesaban y me ocupaban en aquella época, y mi tío, que ni idea tenía de esto y cuyas palabras heladas y odiosas todavía había oído resonar entre los villancicos, quedó finalmente desterrado y acallado.
Después de la cena festiva siguió la música hasta bien entrada la noche. Había una antigua pensionista, cantante, de visita; Herr Gampfer, cellista de la orquesta municipal, que vivía con su mujer en una casa contigua a la nuestra; y como acompañantes se destacaban nuestras pianistas Trudi y una holandesa. Era tan hermoso que soñé con una venganza. Ataba a mi tío a una silla y lo obligaba a estarse sentado y escuchar. En los tiempos de Manchester, él no soportaba la música. No lo aguantaba mucho rato, trataba de levantarse, pero yo le había atado tan bien a la silla que no podía escapar. Al final, olvidándose de que era un gentleman, salía a brincos de la casa, con la silla atada a sus espaldas, haciendo el ridículo ante todas las chicas, Herr Gampfer y las señoras. Hubiera deseado que mi madre lo viese así, y me propuse escribírselo todo al día siguiente.