Después de algunas semanas regresé de la casa de los Florentin a Burton Road, donde estaba mi madre. Por las noches dormía en la cama de mi padre, junto a la de ella, y velaba por su vida. Mientras oía su llanto débil, me mantenía despierto; cuando, después de haberse adormecido un poco, se volvía a despertar, me desvelaban sus sollozos. En esta época me acerqué mucho a ella, nuestra relación cambió y me convertí en un verdadero hijo mayor. Ella me llamaba y me
trataba como tal, yo tenía la sensación de que confiaba en mí, hablando conmigo como con ninguna otra persona y aunque sobre esto nunca me dijo nada, yo sentía su desesperación y el peligro que la envolvía. Yo acarreaba la responsabilidad de sus noches, era el peso que la retenía cuando no soportaba más su dolor y quería quitarse la vida. Es sorprendente que así me haya tocado vivir sucesivamente la experiencia de la muerte y en seguida la del miedo por una vida amenazada de muerte.
Durante el día estaba ocupada, tenía muchas cosas que hacer y aunque no estaba acostumbrada lo hacía todo. Por la noche teníamos nuestro pequeño ritual de la cena en el que nos tratábamos con una plácida y silenciosa cortesía. Yo seguía cada uno de sus movimientos, ella lo notaba y me explicaba cuidadosamente los pormenores de la cena. Antes, siempre la había visto como una persona impaciente, dominante, arrogante e impulsiva; el gesto que más recordaba era su manera de llamar con la campanilla a la institutriz para quitarse de encima a los niños. Siempre le había dejado entrever, por todos los medios, que prefería a mi padre y cuando me hacían la pregunta que sume a los niños en una atroz perplejidad: “¿A quién quieres más, al papá o a la mamá?», nunca trataba de escabullirme con un «a los dos», sino que impertérrito y sin titubear contestaba que a mi padre. Ahora sin embargo éramos el uno para el otro lo que quedaba de mi padre, recreábamos, sin saberlo, su papel, y era su ternura la que nos manifestábamos recíprocamente.
Durante estas horas aprendí a conocer el silencio en que concurren todas las fuerzas del alma. Necesitaba estas fuerzas entonces más que nunca en mi vida, pues las noches que seguían a estas cenas estaban repletas de peligros. Estaría muy satisfecho de mí mismo si pudiera mantenerme siempre tan bien como entonces.
Un mes después de nuestra desgracia hubo una reunión en mi casa para conmemorar la muerte de mi padre. Todos los parientes y amigos varones estaban de pie junto a la pared, en el comedor, con los sombreros puestos y sus devocionarios en las manos. Sentados en un sofá frente a la ventana, junto a la pared más estrecha, estaban el abuelo y la abuela Canetti, que habían venido de Bulgaria. Entonces yo no imaginaba lo culpable que se sentía el abuelo. Él había maldecido solemnemente a mi padre cuando éste le abandonó, a él y a Bulgaria; es poco frecuente que un judío creyente maldiga a su hijo, no existe ninguna maldición tan perniciosa ni tan temida. Mi padre no se había dejado arredrar por ella, y a poco más de un año de su llegada a Inglaterra estaba muerto. Escuché al abuelo sollozar ruidosamente en sus oraciones; no paraba de llorar, me estrechaba con todas sus fuerzas en cuanto me veía, no me soltaba y me inundaba de lágrimas. Pensé que estaba afligido por la pérdida, y mucho después supe que, más que dolor, lo que le invadía era una sensación de culpa: estaba convencido de que con su maldición había matado a mi padre. Las escenas de estas honras fúnebres me llenaron de horror, porque faltaba mi padre. Todo el tiempo esperé que se presentara de repente y rezara sus oraciones como los demás. Sabía muy bien que no se escondía, pero estuviera donde fuera, no lograba captar que no viniera ahora que los hombres estaban rezando el servicio fúnebre por él. Entre los asistentes estaba Mister Calderón, el hombre de los larguísimos bigotes, conocido por ello y porque siempre se reía. Yo esperaba lo peor de él. Cuando llegó se puso a hablar desenfadadamente con los hombres a su derecha y a su izquierda, y de repente
hizo lo que temía, se echó a reír. Furioso me dirigí a él y le pregunté: “¿De qué te ríes?». No se inmutó y me miró riendo. Le odié por ello, quería que se fuera y con gusto le hubiera pegado. Pero no hubiera alcanzado el rostro sonriente, era demasiado pequeño, me hubiera tenido que subir a una silla; así no le pegué. Cuando finalizó el acto y todos los hombres abandonaban la habitación, trató de acariciar mi cabeza, yo le retiré la mano y le di la espalda llorando de rabia.
El abuelo me explicó que siendo yo el primogénito, tenía que rezar el kaddish, la plegaria fúnebre por mi padre. Cada año, el día en que se conmemorase su muerte, tendría que recitar el kaddish. Si no lo hiciera, mi padre se sentiría abandonado, como sin hijos. La falta más grande que podía cometer un judío era no rezar el kaddish por su padre. Esto me lo explicó entre sollozos y gemidos y así estuvo durante los días que duró su estadía. Mi madre le besó la mano, como era costumbre entre nosotros, y respetuosamente le llamó «Señor padre». Sin embargo no lo mencionó nunca durante nuestras reticentes charlas de la tarde y yo sentía claramente que hubiera sido impropio preguntarle por él. La incesante aflicción del abuelo me impresionaba profundamente. Pero yo había vivido el terrible desgarrón de mi madre, y todavía asistía, noche tras noche, a su llanto. Temía por ella, a él sólo lo observaba. Hablaba con todos lamentando su desgracia. También se lamentaba por nosotros y nos llamaba «huérfanos». Pero sonaba como si se avergonzase de que sus nietos fueran huérfanos y yo me resistía ante este sentimiento de vergüenza. Yo no era ningún huérfano, tenía a mi madre y ella ya me había confiado el cuidado de mis hermanos menores.
No permanecimos mucho tiempo en Burton Road. Ya aquel mismo invierno nos mudamos a Palatine Road, a casa de su hermano. Allí las habitaciones eran más grandes y más numerosas y también había más gente. Miss Bray, la institutriz y la criada Edith vinieron con nosotros. Por un par de meses se duplicó la servidumbre, allí todo era doble. Venían muchas visitas. No volví a cenar con mi madre ni tampoco dormí más con ella por las noches. Tal vez se sintiera mejor, tal vez consideraron que sería más prudente no confiarla a mi exclusiva custodia. Trataban de entretenerla, venían amigos a casa o la invitaban a ella. Había decidido trasladarse con nosotros a Viena; se vendió la casa de Burton Road y hubo muchos preparativos que hacer para el traslado. Su hábil hermano, al que tenía en gran estima, era su consejero. De estos encuentros me tuvieron alejado. Volví a la escuela con Miss Lancashire, que no me trató en absoluto como a un huérfano. Dejaba traslucir un cierto respeto, una vez hasta llegó a decirme que ahora yo tendría que ser el hombre de la casa y que esto era lo mejor que a uno podía ocurrirle.
En la casa de Palatine Road volví a dormir en el cuarto de los niños. Era mucho más grande que el anterior, el del empapelado viviente. No lo echaba de menos, había perdido todo interés bajo la impresión de los últimos acontecimientos. Allí volvía a estar con mis hermanos y con la institutriz; Edith, que tenía poco que hacer, también se quedaba casi siempre con nosotros. La habitación era demasiado grande, como si faltara algo, parecía vacía quizás porque hubiera debido contener más gente. Miss Bray, oriunda de Gales, formó con nosotros una pequeña congregación. Cantábamos himnos religiosos. Edith también participaba; un período completamente nuevo empezó para nosotros y en cuanto nos reuníamos todos en el cuarto de los niños nos poníamos a cantar. Miss Bray nos acostumbró rápidamente a ello; cuando cantaba era otra persona, completamente diferente, ya
no era ni flaca ni mordaz; desbordaba entusiasmo y sabía comunicárnoslo. Cantábamos con todas nuestras fuerzas, y también George, que tenía dos años, berreaba con nosotros. Había una canción en especial de la que nunca nos cansábamos. Trataba de la Jerusalén celestial. Miss Bray nos había convencido de que nuestro padre estaba ahora en la Jerusalén celestial y que si cantábamos bien esta canción él reconocería nuestras voces y ello le alegraría. Recuerdo un verso maravilloso: «Jerusalem Jerusalem, hark how the angels sing!» y al llegar a este verso creía ver allí mismo a mi padre, y entonces con tanto ardor cantaba que pensaba que iba a estallar. Sin embargo Miss Bray tenía reparos, decía que tal vez podríamos molestar a la gente de casa y para que nadie nos interrumpiera cerraba la puerta con llave. En muchas de estas canciones aparecía el Señor Jesús, ella nos contó su historia, yo quería saber más acerca de él, nunca tenía bastante ni podía comprender que los judíos le hubieran crucificado. Sobre Judas lo tuve todo claro en seguida, llevaba larguísimos bigotes y reía en lugar de avergonzarse de su maldad.
Miss Bray debió de escoger, sin ninguna malicia, las horas para llevar a cabo su actividad misionera. Nadie nos molestaba y cuando habíamos terminado de escuchar atentamente la historia sobre el Señor Jesús, podíamos cantar de nuevo «Jerusalem», cosa que siempre le pedíamos. Todo era tan maravilloso que nunca contamos una palabra del asunto a nadie. Mantuvimos el secreto durante algún tiempo, debió de durar bastantes semanas pues tanto me acostumbré que hasta en la escuela pensaba en ello. No había nada que me ilusionara tanto, ni siquiera la lectura era tan importante; mi madre se había vuelto de nuevo una extraña para mí, hablando siempre con el tío-Napoleón; y yo, como venganza por la admiración que mostraba cuando hablaba de él, también le ocultaba el secreto de mis horas con Jesús.
Un día golpearon repentinamente a la puerta. Mi madre había llegado inesperadamente a casa y había escuchado desde fuera. Sonaba tan hermoso, contó ella después, que se quedó escuchando; le sorprendió mucho oír que hubiera otra gente en el cuarto de los niños, ya que no podía tratarse de nosotros. Por fin se decidió a averiguar quién cantaba «Jerusalem» y trató de abrir la puerta. Al hallarla cerrada empezó a pensar mal de quienes estaban en nuestro cuarto y empujó y llamó con más fuerza. Miss Bray, que dirigía la canción con las manos, no se dejó interrumpir, y continuamos cantándola hasta el final. Entonces abrió tranquilamente la puerta y se enfrentó a «Madame». Le explicó lo beneficioso que era el cantar para los niños y si «Madame» no había notado lo felices que se nos veía en los últimos tiempos. Habíamos dejado atrás, por fin, el doloroso acontecimiento, y ahora sabíamos dónde reencontrar a nuestro padre; ella se sentía tan inspirada por estas horas con nosotros que trató de defenderlas ante mi madre, con valentía y soltura. Le habló de Jesús y le dijo que también había muerto por nosotros. Completamente de su parte, me inmiscuí en la conversación; mi madre montó en cólera y le preguntó amenazante a Miss Bray si acaso no sabía que éramos judíos y que cómo podía haber tenido el atrevimiento de seducir a sus hijos a espaldas suyas. Estaba especialmente furiosa con Edith, a quien apreciaba y quien le ayudaba a diario en su toilette, hablaba mucho con ella, incluso de su sweetheart y pese a todo, le había ocultado premeditadamente lo que nos traíamos en esas horas. La despidió en el acto. Miss Bay también fue despedida, ambas lloraban, nosotros llorábamos y finalmente también lloró mi madre, pero de rabia.
Sin embargo Miss Bray se quedó; George, el menor, le tenía mucho apego, y se había planeado llevarla a Viena, precisamente por esta razón. Pero tuvo que prometer no volver a cantar nunca más canciones religiosas con nosotros, ni mencionar al Señor Jesús. Edith sería despedida en cualquier caso debido a nuestra inmediata partida; no se retiró su despido y mi madre no la perdonó jamás, pues su orgullo no podía tolerar la decepción de una persona que apreciaba.
Conmigo, no obstante, saboreó por vez primera algo que iba a caracterizar para siempre nuestras relaciones. Me llevó con ella al cuarto de los niños, y una vez solos me preguntó, en el tono de nuestras olvidadas conversaciones vespertinas, por qué la había engañado durante tanto tiempo: «No quería decir nada», contesté impasible.
«Pero ¿por qué no? ¿por qué no? Tú eres mi hijo mayor. Yo me he confiado a ti.»
«Tampoco tú me dices nada», dije impertérrito. «Tú hablas con el tío Salomón y a mí no me dices nada.»
«Pero él es mi hermano mayor. Yo me debo hacer aconsejar por él.» “¿Por qué no te haces aconsejar por mí?»
«Hay cosas que todavía no comprendes, ya las comprenderás más adelante.» Era como si hubiera mantenido una conversación con el aire. Yo tenía celos de su hermano porque su hermano no me gustaba. Si me hubiera gustado no habría tenidos celos de él. Pero era un hombre que «pasaba sobre cadáveres», como Napoleón, un hombre que hizo la guerra, un asesino.
Cuando hoy me pongo a pensar, me parece posible que la propia Miss Bray se sintiera enardecida por el entusiasmo que ponía yo en aquella canción. Tuvimos un lugar propio y secreto en la casa del tío rico, en el «Palacio del ogro», como se llamaba para mí, un lugar del que nadie supo nada. Seguramente mi más profundo deseo fue el de mantener apartada de este lugar a mi madre, en venganza por haberse entregado al ogro. Cada palabra de elogio que ella le dirigía yo la tomaba como signo inequívoco de su rendición. En todo caso, ahora se trataba de ser en la vida algo completamente opuesto a lo que era él; y sólo cuando nos fuimos y abandonamos por fin su casa, volví a ganar a mi madre para mí y a vigilar su fidelidad con los ojos incorruptibles de un niño.