Durante algunos meses después de la muerte de mi padre dormí en su cama. Era peligroso dejar sola a mi madre. No sé quién tuvo la idea de convertirme a mí en custodio de su vida. Lloraba mucho y yo la escuchaba llorar. No la podía consolar porque era inconsolable. Pero cuando se levantaba y se dirigía a la ventana, de un salto me ponía junto a ella, la estrechaba entre mis brazos y no la soltaba. No hablábamos, estas escenas ocurrían sin palabras. La sujetaba con fuerza y si se hubiera tirado por la ventana lo hubiera tenido que hacer conmigo. No tenía valor para suicidarse y matarme a mí con ella. Notaba el desfallecimiento de su cuerpo cuando cedía la tensión y se volvía hacia mí, desistiendo desesperada. Estrechaba mi cabeza contra su cuerpo y sollozaba intensamente. Creía que ya me había dormido, y lloraba silenciosamente para no despertarme. Tan imbuida en su dolor estaba que no se había percatado de que yo velaba disimuladamente, y cuando se levantaba subrepticiamente y se dirigía a la ventana estaba segura de que yo dormía profundamente. Años después, cuando hablamos de estos momentos, me confesó su sorpresa cada vez que de un salto me colocaba junto a ella y la rodeaba con mis brazos. No podía evadírseme, no se lo permitía. Se dejaba custodiar, pero presentí que mi vigilancia la abrumaba. Ninguna noche lo intentó más de una vez. Tras esta agitación ambos caímos rendidos de sueño, en la cama. Gradualmente fue sintiendo un cierto respeto hacia mí y en muchas cosas empezó a tratarme como a una persona mayor.
Después de algunos meses nos trasladamos de nuestro domicilio de Burton Road, donde mi padre había fallecido, a la casa del hermano mayor de mi madre en Palatine Road. Era una casa llena de gente y el peor momento ya había pasado.
No obstante el tiempo transcurrido anteriormente en Burton Road no giró sólo en torno de dramáticas escenas nocturnas. El día transcurría apacible y tranquilo. Al anochecer mi madre y yo cenábamos en una pequeña mesa de juego, en el salón amarillo. La mesita había sido puesta expresamente para nosotros dos, en realidad no pertenecía al salón. Tomábamos un refrigerio frío hecho siempre de las mismas pequeñas exquisiteces: queso blanco de oveja, pepinos y olivas, igual que en Bulgaria. Yo tenía siete años y mi madre veintisiete. Manteníamos una conversación tranquila y grave; reinaba el silencio, no como en el dormitorio de los niños; mi madre decía: «Eres mi hijo grande», haciendo que me invadiera la responsabilidad que sentía por ella durante la noche. Todo el día anhelaba el momento de la cena. Me servía solo, poniendo poca cantidad en el plato, como ella, los movimientos eran pausados y medidos, pero si bien recuerdo perfectamente cómo movía mis dedos en estas ocasiones, no recuerdo de qué hablábamos, salvo una frase que se repetía con frecuencia: «Eres mi hijo grande». El resto lo he olvidado. Veo la débil sonrisa de mi madre, cómo se inclinaba sobre mí, los movimientos de sus labios cuando hablaba, no con su vehemencia habitual sino de manera comedida. Creo que durante aquellas cenas no percibí ningún dolor en ella,
tal vez mi prudente presencia había conseguido disolverlo. Una vez me contó algo sobre las olivas.
Anteriormente mi madre no había significado mucho para mí. Nunca la veía sola. Estábamos bajo la tutela de una institutriz y siempre jugábamos arriba, en el cuarto de los niños. Mis hermanos tenían cuatro y cinco años y medio menos que yo. George, el más pequeño, tenía su corralito. Nissim, el mediano, tenía fama de trasto. En cuanto se le dejaba solo ya estaba tramando alguna diablura. Dejaba abiertos los grifos del baño y el agua fluía por las escaleras hasta el piso de abajo antes de que nadie se apercibiese; o desenrollaba el papel higiénico hasta abarrotar el corredor. Siempre ideaba nuevas travesuras y como no había nada capaz de frenarlo se le dio el nombre de «the naugthy boy», el niño malo.
Yo era el único que iba a la escuela, a la de Miss Lancashire, en Barlowmore Road; de ello hablaré más adelante.
En casa jugaba en el cuarto de los niños, por lo general solo. En realidad jugaba poco pues me dedicaba a hablar con el empapelado. Los múltiples y oscuros círculos del empapelado me parecían personas. Me inventaba historias en las, que ellos intervenían, o yo se las contaba, o ellos mismos jugaban conmigo; nunca me cansaba de hablar con la gente del empapelado y podíamos conversar horas enteras. Cuando la institutriz se marchaba con mis dos hermanos me encantaba quedarme a solas con el empapelado. Prefería su compañía a la de cualquier otro, en todo caso mucho más que a la de mis dos hermanos pequeños que siempre armaban tontos alborotos, como las travesuras de Nissim. Cuando ellos estaban cerca yo sólo cuchicheaba con la gente del empapelado; si la institutriz estaba presente, me contaba mis historias a mí mismo, sin despegar los labios. Pero cuando abandonaban la habitación, aguardaba un momento y entonces me sentía a mis anchas, sin molestias. Pronto comenzaba el jaleo, que era grande pues intentaba persuadir a la gente del empapelado de que realizaran atrevidas hazañas, y si se resistían les descargaba todo el peso de mi desprecio. Los animaba, los insultaba; sentía cierto miedo de estar a solas con ellos, pero todo lo que me pasaba a mí se lo adjudicaba a ellos, de manera que eran ellos los cobardes. Pero también ellos tomaban parte en el juego y tenían sus propias intervenciones. Uno de los círculos situado en un lugar especialmente llamativo me hacía frente con su propia elocuencia y no era pequeña victoria la mía cuando conseguía convencerlo. Estaba embarcado en una discusión de esta envergadura cuando la institutriz, que inesperadamente había vuelto, oyó voces en el cuarto de los niños. Entró de improviso y me sorprendió; mi secreto había sido descubierto, y desde este momento les tuve que acompañar en los paseos. Se dijo que era poco saludable dejarme solo durante tanto tiempo. Enmudeció la maravillosa sonoridad del empapelado, pero me acostumbré, gracias a mi tenacidad, a construir mis historias en silencio, aun estando presentes mis dos hermanos.
Incluso podía jugar con ellos y al mismo tiempo tratar con el empapelado. Únicamente la institutriz, que se había tomado muy a pecho el quitarme esta manía, conseguía paralizarme; el empapelado enmudeció en su presencia.
Sin embargo, las mejores conversaciones de esta época las mantuve con mi padre. Por las mañanas, antes de irse al despacho, venía a vernos al cuarto de los niños; siempre tenía una frase acertada para cada uno de nosotros. Era inteligente y divertido y siempre se inventaba nuevas bromas. Hacía una corta aparición antes del desayuno, que tomaba con mi madre abajo, en el comedor, antes de leer el
periódico. Por las noches venía con regalos; siempre traía algo para cada uno y no hubo día en que no lo hiciera. Entonces se quedaba más tiempo y hacía acrobacias con nosotros. Su número favorito era sostenernos a los tres sobre su brazo extendido. Sujetaba fuertemente a los dos pequeños, pero yo tuve que aprender a sostenerme solo y aunque le amaba más que a nadie en el mundo, esta parte del ejercicio me angustiaba un poco.
Algunos meses después de haber empezado a ir a la escuela ocurrió algo tremendamente estimulante que determinó el resto de mi vida. Mi padre trajo a casa un libro para mí. Me condujo a una habitación trasera donde dormíamos los niños y se puso a hablarme del libro. Se trataba de The Arabian Nights, Las mil y una noches, en una edición para niños. En la cubierta creo que había un colorido dibujo de Aladino y la lámpara maravillosa. Me habló grave y apasionadamente de lo hermoso que era leer. En voz alta me leyó una historia: las otras serían tan bonitas como ésta. Yo sólo tendría que tratar de leerlas y por las noches explicarle a él lo que había leído. Cuando hubiera terminado este libro, me traería otro. No necesité que me lo dijera dos veces, y aunque sólo empezaba a aprender a leer en la escuela, me lancé inmediatamente sobre el maravilloso libro y tuve así algo que contarle cada noche. Él mantuvo su promesa, siempre había un libro nuevo y no tuve que interrumpir mi lectura ni un solo día.
Era una serie para niños y todos los tomos tenían el mismo formato cuadrado. Sólo se diferenciaban por el colorido dibujo de la cubierta. Las letras tenían el mismo tamaño en cada tomo y daba la impresión de estar leyendo siempre el mismo libro. Como serie no tenía igual. Puedo recordar todos los títulos: después de Las mil y una noches vinieron los Cuentos de Grimm, Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver, Cuentos de Shakespeare, Don Quijote, Dante, Guillermo Tell. Hoy día me pregunto cómo era posible adaptar a Dante para los niños. Cada tomo tenía muchos grabados en color pero a mí no me gustaban, las historias me resultaban mucho más hermosas. No sé si hoy podría reconocer aquellos grabados. Sería fácil decir que todo lo que después he sido estaba ya en aquellos libros que leía por amor a mi padre a los siete años de edad. De entre las figuras de las que más tarde nunca pude desembarazarme sólo faltaba Odiseo.
Comentaba con mi padre cada libro que leía. Tanto me emocionaba a veces que él tenía que tranquilizarme. Sin embargo nunca me dijo que los cuentos fueran mentira, como suelen decir los adultos; por ello le estoy muy agradecido, quizás siga creyéndolos verdad hasta el día de hoy. Podía diferenciar muy bien a Robinson Crusoe de Simbad el Marino, pero no se me ocurría pensar que una historia fuera menos importante que la otra. Evidentemente tuve pesadillas con el infierno de Dante. Cuando le oí decir a mi madre: «Jacques, no tendrías que darle estas cosas, es aún muy joven», temí que no me volviera a traer libros y aprendí a ocultar mis sueños. También creo —aunque no estoy completamente seguro— que mi madre estableció una relación entre mis frecuentes conversaciones con la gente del empapelado y la lectura de los libros. Fue la época en que menos me ha gustado mi madre. Fui lo suficientemente avispado como para olfatear el peligro y quizás no hubiera abandonado tan fácilmente mis conversaciones en voz alta con la gente del empapelado si los libros y los comentarios que de ellos hacía con mi padre no se hubieran vuelto lo más importante del mundo.
Sin embargo mi padre no se dejó impresionar y después de Dante probó con Guillermo Tell. Fue en esta ocasión que oí por vez primera la palabra «libertad». Me
dijo algo al respecto, que he olvidado. Pero añadió que la razón por la que habíamos venido a Inglaterra era porque aquí era libre. Yo sabía lo mucho que él amaba Inglaterra, mientras que el corazón de mi madre estaba en Viena. Se esforzaba mi padre en perfeccionar su inglés y una vez por semana una profesora le daba una hora de clase en casa. Notaba que hablaba el inglés de una manera diferente del alemán, que dominaba desde joven y que habitualmente hablaba con mi madre. A veces le escuchaba pronunciar frases sueltas y repetirlas. Las pronunciaba con lentitud, como algo muy bello, le producían placer y las decía una y otra vez. A nosotros, los niños, ahora nos hablaba siempre en inglés; el ladino, que hasta entonces había sido mi lengua, quedó relegado, sólo lo escuchaba de otras personas, especialmente los parientes de más edad.
Los comentarios sobre los libros que había leído sólo quería oírlos en inglés. Creo que esta apasionada lectura hizo que mis progresos fueran muy rápidos. Le gustaba que hiciera mis narraciones con fluidez. Pero lo que él decía tenía un peso especial pues lo pensaba cuidadosamente para no cometer ninguna falta, de manera que me hablaba como recitando. Tengo un recuerdo impresionante de estos momentos, era una persona completamente diferente de la que jugaba con nosotros en el cuarto de los niños, bromeando sin cesar.
El último libro que recibí personalmente de él trataba de Napoleón. Estaba escrito desde el punto de vista inglés y presentaba a Napoleón como el tirano malvado que quiso dominar a todos los países, especialmente a Inglaterra. Yo estaba leyendo este libro cuando murió mi padre. Desde entonces la aversión que sentí por este personaje se ha mantenido inconmovible. Ya había empezado a comentarle el libro pero no estaba muy adelantado. Me lo había dado inmediatamente después de Guillermo Tell, y tras la conversación sobre la libertad, este nuevo libro tenía para él cierto valor de experimento. En cuanto empecé a hablar sobre Napoleón con tanta excitación me dijo: «Espera, querido, todavía es pronto. Primero has de seguir leyendo porque lo que viene después es muy diferente». Sé con toda certeza que Napoleón todavía no había llegado a emperador. Quizás era una prueba, quizás quería ver si resistiría con igual firmeza la majestuosidad imperial. Terminé de leer el libro después de su muerte, y volví a leerlo incontables veces, como todos los libros que me dio. Hasta entonces había tenido pocos contactos con el poder. La primera idea que tuve del poder provenía de este libro, y nunca he podido oír el nombre de Napoleón sin relacionarlo con la repentina muerte de mi padre. De todas las víctimas de Napoleón, mi padre fue la más grande y la más terrible.
A veces los domingos me llevaba a mí solo de paseo. No lejos de casa corría el pequeño río Mersey. La orilla izquierda estaba bordeada por un muro rojizo; por la derecha serpenteaba un camino en medio de un frondoso prado de flores y alta hierba. Me había explicado que en inglés la palabra prado era meadow, y en cada uno de estos paseos me preguntaba por esta palabra. Encontraba especialmente hermoso este vocablo y me ha quedado como la más bella palabra de la lengua inglesa. Otra de sus palabras predilectas era island. Debió haber tenido para él un significado especial, ya que Inglaterra era una isla; tal vez él la sintiera como la isla de los bienaventurados. Para mi sorpresa siempre me lo volvía a decir, aunque hacía mucho que yo lo sabía. En nuestro último paseo por el prado del río me habló de forma muy diferente de la que yo estaba acostumbrado. Con gran insistencia me preguntó qué quería llegar a ser, y yo le respondí sin reflexionar: “¡Doctor!».
«Serás lo que tú quieras», me dijo, con una ternura tan grande que ambos nos quedamos parados por un momento. «No tienes por qué ser comerciante, como el tío o como yo. Estudiarás y llegarás a ser lo que más te apetezca».
Siempre sentí que esta conversación encerraba su último deseo. Pero en aquel momento no sabía por qué se expresaba de manera tan inhabitual. En cuanto supe algo más sobre su vida comprendí que pensaba en sí mismo cuando me habló de esta manera. En Viena, durante su época escolar, había frecuentado con gran interés el Burgtheater y ser actor había sido su mayor deseo. Sonnenthal era su ídolo y, joven como era, le fue fácil acercarse a él y hablarle de su aspiración. Sonnenthal le desilusionó diciendo que era muy bajo para el escenario, un actor no podía ser tan bajo. Del abuelo, un comediante en todas y cada una de las manifestaciones de su vida, había heredado talento para las tablas, pero la sentencia de Sonnenthal fue terminante para él y le hizo enterrar sus sueños. Era una persona con sentido musical, tenía una buena voz y por encima de todo amaba su violín. El abuelo, que manejaba a sus hijos como un implacable patriarca, los metió rápidamente en el negocio, al frente de las sucursales que tenía en todas las grandes ciudades de Bulgaria; cada una de estas filiales estaba bajo la dirección de uno de sus hijos. Cuando se consideró que mi padre había desperdiciado demasiadas horas con su violín, le fue retirado e inmediatamente, en contra de su voluntad, entró en el negocio paterno. No le gustaba nada, nada le interesaba menos que prosperar. Pero era mucho más débil que el abuelo y terminó por adaptarse. Tenía veintinueve años cuando finalmente consiguió, con la ayuda de mi madre, escapar de Bulgaria y establecerse en Manchester. Entonces ya tenía una familia con tres hijos por los que velar, y continuó siendo comerciante. Ya era una gran victoria el haberse sustraído de la tiranía paterna y haber abandonado Bulgaria. Se había tenido que ir disgustado con su padre y portando su maldición, pero ahora se sentía libre en Inglaterra y estaba decidido a tratar a sus hijos de otra manera.
No creo que mi padre fuera una persona muy culta. La música y el teatro le importaban mucho más que la lectura. Había un piano abajo, en el comedor en donde cada sábado y domingo, cuando él no tenía que ir al despacho, mis padres solían hacer música. Él cantaba y mi madre le acompañaba al piano. Siempre eran lieder alemanes, preferentemente de Schubert y Loewe. Había un lied —se titulaba «Das Grab auf der Heide», «La tumba en la campiña», aunque no sé quién es su autor—que me fascinaba completamente. Cuando lo escuchaba desde arriba, abría la puerta del cuarto de los niños y, bajando sigilosamente la escalera, me colocaba detrás de la puerta del comedor. Todavía no entendía el alemán, pero la canción me parecía desgarradora. Un día fui descubierto y desde entonces se me permitió estar presente en el comedor durante el recital. Expresamente me iban a buscar al cuarto de arriba y ya no necesité bajar sigilosamente las escaleras para escuchar este lied en secreto. Me explicaron el significado de la canción, había oído hablar a menudo alemán en Bulgaria, y lo había repetido a solas para mí sin entenderlo. Pero ésta era la primera vez que me lo traducían: las primeras palabras en alemán que aprendí procedían del lied «Das Grab auf der Heide». La canción trataba de un desertor que ha sido apresado y tiene que ser fusilado por sus camaradas, que están frente a él. El desertor canta el motivo que le había impulsado a huir; creo que se trataba de una canción de su tierra, que había oído. Terminaba con las siguientes palabras: «Os dice adiós vuestro hermano, ¡aquí tenéis su pecho!». Sigue un disparo y rosas sobre la tumba en la campiña.
Yo aguardaba tembloroso este final, era una emoción que nunca disminuía. Siempre quería volver a escucharla y le insistía a mi padre, que me la cantaba dos o tres veces seguidas. Cada sábado, cuando volvía a casa y aun antes de que desempaquetara nuestros regalos, le preguntaba si cantaría «Grab auf der Heide». Contestaba con un «quizás» pero más bien estaba indeciso porque mi obsesión empezaba a inquietarle, yo no podía creer que el desertor muriera realmente, esperaba que se salvara, y después de haberla cantado varias veces sin que llegara