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APOLOGÍA DEL CINISMO

Lo que más sorprende en lo que llamaré el exhibicionismo hitleriano de los primeros años es quizá el cinismo con que se hablaba de las taras del régimen en las esferas nazis. Citaré como ejemplo que dijo Hitler en la mesa a principios del verano de 1933. la conversación se inició por una observación que hizo Goebbels a propósito de la hoja humorística del partido “Die Bennessel” (la Ortiga”). Goebbels mostró algunas caricaturas que ridiculizaban cierto decreto dictado por el Gobierno del canciller Von Papen, que, en defensa de la moral pública, reglamentaba el traje de baño, Goebbels hizo algunas reflexiones venenosas sobre la moral antediluviana de los “reaccionarios”, y habló de la pudibundez pretendidamente teutona y de las campañas ridículas contra el cabello corto de las mujeres y el maquillaje. Ya era hora de acabar con lo puritanos, que confundían el nacionalsocialismo con un tribunal arbitrario, y el ímpetu combativo con el espíritu monjil de beatas.

—Desde aquí oigo todavía los estallidos de risa de nuestra S. A. si uno quisiera explicarles que se batieron para que las jóvenes alemanas sigan llevando luengas trenzas y no tengan derecho a fumar.

Hitler, que hasta entonces había escuchado con aire ceñudo, acaloróse bruscamente:

—Odio esa gazmoñería de tartufos. ¿Qué tiene que ver eso con nuestro combate? Son pretensiones de reaccionarios como Hugenberg, incapaces de

concebir una renovación nacional que no esté bajo el signo de la virtud y de la austeridad. Nuestra revolución nada tiene de común con las virtudes burguesas, nuestro triunfo es el de los elementos viriles de nuestra nación. Hace gala de la explosión de su fuerza, como presume también de riñones. ¿Por qué no? No seré yo quien estorbe el placer de mis gentes. Si les exijo lo máximo, que tengan también libertad para solazarse como les parezca, con absoluta despreocupación de toda moral mojigata. Mis hombres no son ángeles, ¡no faltaría más! Son lansquenetes. ¡Que vivan, pues como tales! No quiero que se los domestique. ¡Fuera camanduleros y santones! No me inmiscuyo en su vida privada, y, por lo mismo, no tolero que introduzcan su nariz en mi propia vida. El partido nada tiene que aprender en conferencias canonicales sobre el espíritu moral del germanismo y la supremacía de las fuerzas espirituales en la historia de nuestra nación. No nos interesan nada esas simplezas. No sé qué daría por ver a ese viejo cuadrúpedo de Hugenberg predicar su moral a las S. A. Necesito hombres fuertes, de esos que no bisbean rezos antes de dormirlo a uno. Y si a veces “afanan” joyas y relojes, que les haga buen provecho.

Oí, más tarde, muchas veces la exposición de esa bella doctrina por boca de los más modestos funcionarios del partido. La enseñanza de Hitler produjo rápidamente sus efectos. Hubimos de tolerar, en Danzig, miles de exacciones de los S. A., que eran sólo pecados veniales en comparación con las que ocurrían diariamente en el Reich. El camino que llevaba el régimen a su ruina estaba a la sazón pavimentado de las peores intenciones. Hacíase gala en los corrillos nazis de un cinismo tal, que la víspera hubiese parecido inconcebible. Tanto arriba como abajo, en todas las escalas del partido se alardeaba desaprensivamente de una voluntad de acaparar, de gozar, de resarcirse de las privaciones pasadas y, sobre todo, de acumular para el porvenir. No dejar nada para los demás, cuidarse de todo riesgo, mantenerse a la cabeza del pelotón, evitar a todo precio recaer en la muchedumbre anónima, en la masa de los desheredados. Las antecámaras desbordan de pretendientes, cazadores de empleos que expresaban sus exigencias con todo desparpajo: “Lo dijo el Führer—contestaban ladinamente-; los antiguos combatientes deben tener pan y empleo. Si no, ¿para qué hemos combatido?”

Alguien me pidió un día un cargo de consejero de Estado en Danzig. Lo que le interesaba no era tanto el sueldo o el empleo como el derecho a la pensión. Quería asegurarse para siempre. Dios sabe que tales pedigüeños no eran verdaderos combatientes.

Se trataba de pobres diablos que sudaban de miedo cuando pensaban en el porvenir. “No quiero recaer en la miseria—gritó otro un día arrebatadamente—. ¡Usted quizá pueda esperar; el fuego no le alcanza! ¡Antes que volver a esa situación de parado cometeré cualquier crimen. Quiero mantenerme en la superficie a cualquier precio, pues la ocasión no volverá a presentarse.”

Menesterosos aventureros engrosaban la “vieja guardia” de Hitler. Cada cual buscaba llenar sus alforjas invocando las promesas del Führer. Nadie, por encumbrado que fuese, podía estar cierto de que tal bonanza duraría siempre. Nadie confiaba en una era nacionalsocialista de mil años de duración. El

presidente de un gran Banco me confió un día con sinceridad que había expuesto el pellejo durante la guerra mundial, pero que no estaba dispuesto a arriesgar ahora lo más mínimo. Estaba dispuesto, sí, a aceptarlo todo para no comprometerse, pero no tenía el menor deseo de exponer el pellejo.

Era el comienzo de una carrera frenética tras el provecho. Las antiguas clases dirigentes querían mantenerse en el Poder. Dejada a un lado toda hombría y dignidad, se aferraban a sus posiciones y cumplían servilmente cuanto se les exigía para no perder su porción del queso. Las mujeres, más empecinadas que los hombres, los empujaban a doblegarse y ceder; no querían renunciar a sus hermosos coches y a las ricas residencias. Eran ellas las que minaban con sus reflexiones las conciencias de sus maridos, repitiéndoles que había que pensar en los niños y en su porvenir. La nueva clase de advenedizos nazis buscaba abrirse paso brutalmente y a cualquier precio. En ninguna época se conoció en Alemania tal mengua de la honestidad y del carácter. ¿Por qué no se compró a toda esa pandilla? Estaba en venta: los viejos y los jóvenes, la antigua clase dirigente como la nueva, junto o separadamente. Pertenecía, y pertenece aún, al mejor postor. Aquello hubiera costado menos que la guerra.

XVIII