Hitler nos despidió. Su ayuda de campo, Brückner, acababa de entrar. El tiempo urgía, pues debía presidir por la tarde la inauguración de una escuela de jefes nacionalsocialistas en un local que en otro tiempo perteneció a los socialdemócratas. La conversación interrumpida ese día proseguiría sobre el mismo tema en el otoño del mismo año. Hitler conoció las primeras quejas sobre las atrocidades cometidas en los campos de concentración. Recuerdo un caso
ocurrido en Stettin, donde en los talleres vacíos de las industrias Vulkan habíase dado trato feroz a gentes de buena condición. Algunos eran de origen judío. Los verdugos habían demostrado una crueldad bestial. El eco de ello llegó hasta Goering, que se vió en la obligación de ordenar una investigación, y, por lo menos en ese caso, no hubo más remedio que aplicar el castigo adecuado.
En esos tiempos se toleraban tales atrocidades alegando que no se debía olvidar que la revolución en Alemania se desarrollaba en condiciones excepcionales de suavidad y blandura, y que no había derecho a generalizar ciertos excesos aislados. En realidad, se trataba de cosa muy distinta. Las atrocidades perpetradas por las S. A. y por las S. S., con un refinamiento increíble de crueldad, contra adversarios políticos formaban parte de un plan político deliberadamente establecido. Los guardianes para el servicio de los campos de concentración se los escogían sistemáticamente en los bajos fondos y entre los criminales. Tuve ocasión de lograr varios informes ejemplares. Se introducía en las formaciones promilitares a grupos especiales de alcohólicos notorios, de apaches y de delincuentes reincidentes. Rasgo característico del régimen era esa selección del hampa para el cumplimiento de ciertos menesteres políticos.
Me hallaba presente el día en que se enteró el Führer de los incidentes ocurridos en Stettin y otras ciudades. Se impuso de dichos informes con una notable indiferencia. No sólo no se indignó, como hubiera podido suponerse, de los excesos, sino, por el contrario, se desató en insultos contra quienes parecían dar importancia a esas “historias ridículas”. También por vez primera , pero no la última, le oí vociferar y dar alaridos y le vi perder todo el dominio de sí mismo. Gritaba hasta enronquecer, pateaba y golpeaba con el puño sobre la mesa y contra los muros. Jadeaba como una mujer histérica y prorrumpía en exclamaciones entrecortadas:
—¡No me da la gana!... ¡Largo de aquí, traidores!
Sus cabellos estaban en desorden; la cara, contraída; los ojos, desorbitados, y la faz, carmesí. Temí que fuera a desplomarse víctima de un ataque.
Bruscamente, todos esos síntomas desaparecieron. Dió unos largos pasos, tosió para aclarar la voz, se alisó los cabellos, miró en torno con aire tímido y desconfiado y echó sobre nosotros una mirada escudriñadora, cual si tratara de indagar si algunos de nosotros se reía. Y, debo confesarlo, más que una reacción nerviosa, yo sentía que me cosquilleaban unas irreprimibles ganas de reírme.
—¡Todo eso es ridículo!—dijo, al fin, con voz ronca; pero recobró al punto la calma y añadió—: ¿Habéis notado cómo acuden los babiecas cuando dos granujas se pegan en la calle? La crueldad impone respeto. La crueldad y la brutalidad. El hombre de la calle no respeta más que la fuerza y la bestialidad. Las mujeres también; las mujeres y los niños. La gente experimenta la necesidad de sentir miedo; el temor alivia. Una reunión pública, pongamos por caso,
termina en riña; ¿no habéis observado que los que más severo castigo reciben son los primeros en solicitar su inscripción en el partido? ¿Y me venís a hablar de crueldad y os indignáis por habladurías de torturas? ¡Pero si es precisamente lo que quieren las masas!... Necesitan temblar.
Hitler se detuvo unos instantes; luego siguió con su tono habitual:
—Prohíbo que se tomen sanciones. Únicamente consiento que se castigue a una o dos personas, para apaciguar a esos brutos de “nacional alemanes”. Mas lo que no quiero es que transformen los campos de concentración en pensiones familiares. El terror es el arma política más poderosa, y no me privaré de ella so pretexto de que asuste a algunos burgueses imbéciles. Mi deber consiste en emplear todos los medios para endurecer al pueblo alemán y prepararlo para la guerra.
Hitler recorría su despacho con muestras de agitación.
—No será otra mi conducta en una guerra. La guerra moderada es la más cruel. Sembraré el terror por el empleo brusco de todos mis medios de destrucción. El éxito depende del choque brutal, que infunde terror y desmoraliza. ¿Por qué obrar de otro modo con mis enemigos políticos? Esas pretendidas atrocidades nos ahorrarán centenares de miles de procesos contra los malévolos y los descontentos. Lo mirarán dos veces antes de empeñarse contra nosotros, si saben lo que les espera en los campos de concentración.
Nadie osaba intervenir.
—No quiero oír hablar más de esas historias. A vosotros es a quienes toca velar porque no se instruyan expedientes sobre esos pretendidos “casos”. No quiero distraer la menor partícula de mi capacidad de trabajo en bagatelas tan ridículas. Y si hubiera entre ustedes algunos pusilánimes ofuscados por ello, que vayan a vivir a un convento. En mi partido no hay sitio para ellos.
XV