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DIVAGACIONES WAGNERIANAS, O PARSIFAL EN EL PODER

Hitler se negaba a admitir precursores. Únicamente exceptuaba a Richard Wagner.

Me preguntó un día si yo había estado en Bayreuth. Le dije que en mi juventud me gustaba apasionadamente la música, que había estado numerosas veces en Bayreuth y que además había hecho serios estudios musicales en Munich. Fui alumno de Thuille.

Hitler me respondió que se refería a otra cosa. También él conocía a Thuille y a los neorrománticos. Su música era decente, pero nada más. Ninguno de esos epígonos sabía que cosa era Wagner en realidad. Hitler no se refería exclusivamente a su genio musical, sino a toda la doctrina wagneriana de la cultura germánica; doctrina revolucionaria hasta en su menor detalle. ¿Sabía yo acaso que Wagner había atribuido en gran parte la decadencia de nuestra cultura a la alimentación carnívora? Si él—Hitler—se abstenía de comer carne, lo hacía, desde luego, fundándose en más amplias razones, pero en primer lugar por las que daba Wagner, que él estimaba como muy bien fundadas. Una buena parte de la decadencia alemana provenía de los vientres abultados, del estreñimiento

crónico, de la intoxicación de los humores, de la embriaguez. El se abstenía de carne, de alcohol y del inmundo tabaco, no sólo por razones higiénicas, sino también por convicción razonada. Desgraciadamente, el mundo no estaba en sazón para una purificación general. Wagner tuvo la revelación, fue quien anunció el destino trágico del hombre alemán. No era solamente un músico y un poeta. Era, sobre todo, la más grande figura de profeta que nunca poseyó el pueblo alemán. Hitler conoció desde muy joven, bien por casualidad o por predestinación, las doctrinas de Wagner. Con una exaltación casi morbosa, comprobó que todo cuanto había en la obra de aquel gran espíritu correspondía a ideas intuitivas dormidas, por así decirlo, en lo más profundo de su conciencia.

—El problema es el siguiente: ¿Cómo detener la decadencia racial? ¿Hace falta atenerse simplemente a las ideas de Gobineau? De ellas hemos sacado las consecuencias políticas: nunca más igualdad, nunca más democracia. Mas ¿debemos dejar a la multitud seguir su inclinación, o hace falta detenerla? ¿No será bueno crear una selección de verdaderos iniciados? ¿Una orden? ¿Una hermandad o cofradía de templarios para la custodia del Santo Grial, del augusto receptáculo donde se conserva la sangre pura?

Hitler, tras breve pausa, prosiguió:

—Por otra parte, es preciso comprender a Parsifal en un sentido bien distinto a la interpretación corriente, por ejemplo, a la que da ese pobre diablo de Wolzogen. Tras la fábula exterior, el baratillo de sacristía, la fantasmagoría seudocristiana del Viernes Santo, se trasluce algo más profundo y grande. No se glorifica la religión de la piedad, según el evangelio neocristiano de Schopenhauer; es el culto de la sangre noble y preciosa, de la pura y radiante joya, a cuyo alrededor se agrupa la cofradía de los paladines y de los sabios. El rey Amfortas sufre de un mal incurable: la corrupción de la sangre. Parsifal, el héroe ignorante y puro, debe escoger entre las voluptuosidades del jardín de Klingsor, que simboliza el desenfreno de la civilización corrompida, y el austero servicio de los caballeros que velan por la sangre pura, fuente mística de toda vida. Ese es precisamente nuestro drama. Estamos enfermos de esa peste de la sangre; estamos todos manchados por la contaminación de las razas. ¿Cuál es para nosotros la vía de nuestro rescate, de nuestra expiación? Advertid que la piedad a través de la cual se llega a la iniciación no tiene virtud más que para el que está corrompido o mancillado por la impureza de la sangre. Y no olvidéis tampoco que esa piedad no conoce más que un solo tratamiento: dejar morir al enfermo. La vida eterna que procura el Grial está reservada sólo a los hombres de sangre pura, a los hombres nobles. Conozco a fondo todos los pensamientos de Wagner. En diversas etapas de mi vida he vuelto siempre a él. Sólo una nueva aristocracia nos procurará el beneficio de una nueva cultura. Dejada a un lado toda la exornación poética del drama wagneriano, queda la enseñanza práctica de la obstinada lucha por la selección y la renovación. Vivimos en la época histórica de la separación de los villanos y de los nobles, en un cernido universal. Quien ve en la lucha el sentido verdadero de la vida asciende progresivamente hacia las cimas deseadas de la hidalguía. Quien busca el bienestar en el servilismo, el descanso y la seguridad, ése cae y se confunde, cualquiera que sea su nacimiento,

en la masa ajena a la historia, en la masa deleznable de los esclavos, que hay que dejar morir con sus reyes, como Amfortas.

Hitler tarareó el leit-motiv de Parsifal: “Esclarecido por la piedad, ignorante y puro...”

—En el orden natural de las cosas—prosiguió—, las clases se superponen, pero no se mezclan. Volveremos a esa jerarquía en cuanto podamos suprimir las consecuencias del liberalismo. Es en plena Edad Media cuando comenzó la acción disolvente del liberalismo sobre las barreras rígidas que permitían la dominación de una aristocracia de sangre pura. Esa destrucción de los más subidos valores ha continuado sin descanso hasta nuestra gloriosa época, en que hemos visto a los elementos inferiores de las naciones europeas conquistar el Poder, mientras los selectos caían en la servidumbre y la dependencia.

—¿Quiere usted resucitar el feudalismo?—pregunté. Hitler meneó la cabeza:

—Renuncie de una vez a esas comparaciones ridículas. Supongo que no va a medir nuestra revolución con la escala de los siglos muertos y de las instituciones anacrónicas. Hay que tener bastante imaginación para representarse la grandeza de las cosas que llegan. Lo que debéis retener de cuanto os he dicho es que basta devolver a la sangre noble el lugar que le corresponde, para que los pueblos de raza recuperen también su lugar por encima de los otros. La prueba de que será así reside en el triunfo de nuestro movimiento y la restauración nuestro prestigio.

Le había oído decir que la época del nacionalsocialismo político había pasado. ¿Lo había entendido bien?

—La idea de nación ha quedado vacía de toda sustancia. Debí utilizarla al principio por razones de oportunismo histórico. Mas ya entonces sabía perfectamente que no podía tener más que un valor transitorio. Dejad la nación a los demócratas y a los liberales. Es un concepto que debemos permitir que se pudra. Lo sustituiremos por un principio más nuevo: el de raza. Únicamente los pueblos señalados por la Historia servirán los materiales para la construcción del orden futuro. Sería empresa fútil querer reformar y corregir las fronteras o las poblaciones. Ya no se tratará de competencia de naciones, sino de lucha de razas; tal es la idea que debemos inculcarnos.

A mis objeciones sobre la dificultad que acarreaba para Alemania ese concepto difundido en ideas corrientes, Hitler replicó:

—Naturalmente, yo sé tan bien como vuestros intelectuales y vuestras lumbreras que no hay razas, en el sentido científico de la palabra. Pero usted, agricultor y ganadero, se verá obligado a atenerse a la noción de la raza, sin la cual toda mejora sería imposible. Pues bien, yo, que soy un hombre político,

también necesito un concepto que me pernita disolver el orden establecido en el mundo y oponer a la Historia la destrucción de la Historia. ¿Comprende lo que quiero decir? Tengo que liberar al mundo de su pasado histórico. Las naciones son los materiales visibles de nuestra Historia. Tengo que modificar esas naciones, volverlas a modelar en un orden superior, si quiero liquidar el caos de un pasado histórico, que hoy es absurdo. Para cumplir esta tarea, la noción de raza es de inmensa utilidad. Subvierte las viejas ideas y ofrece posibilidades para nuevas combinaciones. Partiendo del principio de la nación, Francia llevó su gran revolución más allá de sus fronteras. Con la noción de la raza, el nacionalsocialismo llevará su revolución hacia un orden nuevo en el mundo.

Así es como antes la idea de nación tenía algo de revolucionario, en relación con los estados feudales puramente dinásticos e históricos, y así como introdujo el principio biológico del “pueblo”, así también nuestra revolución es una etapa nueva, o, mejor dicho, la etapa definitiva de una evolución que conduce a la supresión del historicismo y al reconocimiento de los valores puramente biológicos. Basándome en esto, propagaré por toda Europa y en el mundo entero el nuevo método de cría y selección preparado en Alemania por el nacionalsocialismo. El mismo proceso de destrucción y de transformación se desenvolverá en todas las naciones, por viejas y homogéneas que sean. La selección activa de las naciones, es decir, la selección combativa, el elemento nórdico, reconquistará la supremacía y proveerá de jefes a todos esos tenderos, pacifistas, puritanos y hombres de negocios que acaparan hoy el Poder. No habrá más Dios de los judíos para proteger las democracias contra nuestra revolución, que será el exacto paralelo de la gran Revolución francesa. Atravesaremos tiempos difíciles. Yo mismo haré surgir los obstáculos. Sólo sobrevivirá la raza más viril y empecinada. Y el mundo tendrá otra cara. Día llegará en que podremos sellar alianza con los nuevos amos de Inglaterra, de Francia y América. Pero antes deberán integrarse en nuestro sistema, para colaborar voluntariamente con nosotros en la transformación del mundo. En ese momento no quedará ya gran cosa, incluso en nuestra tierra alemana, de lo que todavía se llama nacionalismo. Lo que habrá será un acuerdo entre los hombres fuertes, de habla distinta, pero todos oriundos de un mismo tronco, todos miembros de la cofradía universal de los amos y de los señores.

XXXIX