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HITLER, TAL CUAL SE VE Y TAL CUAL ES

¿Está loco Hitler? Sin duda que cuantos han tenido la ocasión de tratarle se habrán hecho esa pregunta. Quien haya visto de frente a este hombre, con su mirada inestable, sin hondura ni calor; quien haya escudriñado esos ojos huidizos, de claridad fría, sin fondo, y luego haya advertido que cobraban una fijeza extraña, habrá experimentado, como yo, la inquietante sensación de hallarse en presencia de un ser anormal. Se le veía durante larguísimos ratos silencioso, sin mover siquiera las pestañas y mondándose los dientes con un gesto horriblemente vulgar. ¿Estaba atento? ¿Estaba ausente? Jamás, que yo sepa, ningún visitante ha mantenido un verdadero diálogo con él. O bien Hitler

escuchaba sin decir palabra, o bien hablaba sin escuchar, hasta que quedaba sin aliento. A menudo paseaba en la estancia como una fiera enjaulada. Jamás le dejaba a uno hablar. Interrumpía desde que oía las primeras palabras de su interlocutor y saltaba de un asunto a otro, incapaz de retener la afluencia de sus pensamientos y de concentrarse. No me corresponde a mí diagnosticar si Hitler, en el sentido clínico de la palabra, está más o menos cerca de la demencia. Mi experiencia personal, que concuerda con la de numerosas personas conocidas, es que me he enfrentado veinte veces con un maníaco desprovisto de todo dominio de sus emociones y cuyas crisis acababan en una decadencia completa de su personalidad. Sus gritos, sus vociferaciones, sus explosiones de furor recuerdan los pataleos de un niño mimado y rebelde. Es un espectáculo grotesco e ingrato, pero se debe llamar locura. Resulta, sin duda, inquietante ver a un hombre de cierta edad tamborileando en las paredes como un caballo retoza y piafa en su pesebre. ¿Síntomas morbosos o manifestaciones de un temperamento sin el freno de ninguna disciplina o pudor?

Lo que es más grave y acusa posible trastorno mental son los fenómenos de persecución y de desdoblamiento de la personalidad. Su insomnio no es otra cosa que la sobrexcitación de su sistema nervioso. Se despierta a menudo durante la noche y manda encender las luces. En estos últimos tiempos llamaba a varios jóvenes y les obligaba a compartir sus horas de espanto. En ciertos momentos esos estados morbosos adquirían un carácter de obsesión. Un familiar suyo me dijo que se despertaba de noche dando gritos convulsivos. Pedía socorro. Sentado al borde de la cama, quedaba como paralizado. Le invadía un pánico que lo ponía tembloroso, hasta el punto de sacudir la cama. Profería vociferaciones confusas e incomprensibles. Jadeaba como si se ahogara. La misma persona me contó una de esas crisis con algunos pormenores, que me negaría a creer de no porvenir de fuente tan fidedigna. Hitler estaba de pie en su cuarto, vacilante, mirando entorno con aire extraviado. “¡Es él, es él! ¡Ha venido aquí!”, gemía. Tenía los labios azules. El sudor le chorreaba en gruesas gotas. De pronto pronunció cifras sin ningún sentido; luego, palabras y frases incompletas. Era espantoso. Empleaba términos sumamente extraños, con estrafalaria ilación. Calló, aunque seguía moviendo los labios. Se le dieron fricciones y una bebida balsámica. De repente rugió: “¡Ahí, ahí, en el rincón! ¿Quién está ahí?” Pateaba y gritaba. Se le confortó diciéndole que nada ocurría de extraordinario, y se aplacó poco a poco. Luego durmió algunas horas por la mañana, y despertó normal y soportable.

Estremece pensar que sea un loco quien gobierna Alemania y haya precipitado al mundo en la guerra. Sin olvidar que el histerismo es contagioso. Se ha visto a veces a jóvenes normales perder poco a poco su personalidad y mudar el carácter al relacionarse con una mujer histérica. Así se explica que la historia del amo haya ganado a sus gauleiters, altos funcionarios, oficiales y, finalmente, al pueblo entero. ¿Y cómo explicar que tantos visitantes queden en éxtasis en cuanto ven a Hitler y vivan ya en adoración permanente a su genio dominador? No hablo de gente vulgar, sino de hombres cultos, ricos de experiencia y de sentido crítico. ¿Qué encantamiento sufrieron para no poder expresar sino con balbuceos lo que sintieron? Un autor dramático bien conocido, Max Halbe,

amigo íntimo de nuestro viejo poeta Gerhart Hauptmann, me refirió una entrevista de Hauptmann. El ilustre autor de Los tejedores, que, por cierto, no brilla por su modestia, esperaba, me supongo revivir el encuentro de Goethe con Napoleón. Aguardaba fervorosamente recoger una frase histórica. ¿Cuál sería de sus obras la que Hitler, artista él también, prefiriera, con la sutil penetración del genio? No sería, de seguro, Los tejedores, y sí, tal vez, Florián Geyer, drama nacional por excelencia. Gerhart Hauptmann fue introducido en presencia del Führer. Este le estrechó la mano y le miró a los ojos. Era la famosa mirada de la que habla todo el mundo, esa mirada que da escalofríos, y de la cual un jurista encumbrado y de edad madura me dijo un día que, habiéndola sufrido, no tenía ya más que un deseo: el de regresar a casa para recogerse y asimilar ese recuerdo único. Hitler estrechó otra vez la mano de Hauptmann. “Ahora—pensaban las personas presentes—van a oírse las palabras inmortales que entrarán en la Historia.” “Ahora”, pensaba Hauptmann en su íntimo. Y el Führer del Reich, por tercera vez, apretó la mano del gran poeta... y pasó al visitante siguiente. Lo cual no impidió que Gerhart Hauptmann dijera a sus amigos, un poco más tarde, que ese saludo constituía la culminación y la recompensa de toda su vida...

Ese hombre torpe y embarazado, que busca en vano sus palabras en cuanto no puede asumir el tono patético o ejercer la atracción malsana del gesto nocivo, parece un hombre vulgar. Entonces, ¿por qué impresiona así a sus visitantes? Forzoso es que pensemos en los médiums. Las más de las veces son seres vulgares e insignificantes. Repentinamente les llegan, como llovidos del cielo, dones que los elevan por encima del nivel común. Esos poderes son exteriores a su personalidad real. Afluyen de otro plano. El médium es un poseso. Libre de su demonio, no sale de la mediocridad. Así es, sin duda, como ciertas fuerzas penetran en Hitler, y cuando esto sucede, el personaje no es más que la envoltura momentánea. Lo trivial y lo extraordinario, he ahí la extraña dualidad perceptible en cuanto uno se pone en contacto con él. Es un ser digno de la fantasía de Dostoyevski. Tal es la impresión producida por la fusión de un desorden enfermizo y de una turbia potencia.

He oído confesar a menudo que se le temía, y que incluso un adulto no se le acercaba sin que le palpitase el corazón. Adquiría la sensación de que ese hombre iba a saltarle a la garganta para estrangularle, que le arrojaría un tintero a la cabeza o que parecía dispuesto a realizar algún otro gesto insensato. En todo lo que los “hechizados” cuentan de sus entrevistas con Hitler hay mucho de entusiasmo fingido, propio del hipócrita servil, y a menudo también de sugestión. La mayor parte de los visitantes pretenden haber tenido su momento sublime. Es la historia de Till el Travieso y de su imagen invisible, que todos aseguraban haber visto. Pero los mismos visitantes, que se negaban a declarar la verdad, terminaban por confesar, desalentados cuando se les acorralaba: “Sí, es cierto; no ha dicho gran cosa. No, no tiene aire de hombre eminente...; por lo menos, no me ha dado esa impresión.” Entonces, ¿de dónde procede la ilusión? ¿Del prestigio, del halo, del nimbo? El nimbo, sí; eso lo hace todo.

Mas, en realidad, ese “hechizado” cuando llega a descubrirse en flagrante delito de autosugestión, ¿va realmente al fondo de las cosas? Tuve a menudo

ocasión de escudriñarme a mí mismo, con toda frialdad, y confieso que en presencia de Hitler me he sentido bajo la acción de un influjo del que me ha costado desprenderme. Es, pese a todo, un tipo de hombre muy singular. De nada sirve el considerarlo como un pelele del cual uno puede burlarse a la vez que se burla uno de sí mismo. Nos ceñiremos más a la verdad si pensamos en el magnetismo del médico célebre, del gran charlatán. Nuestra época se inclina ante el charlatanismo. Mas no es eso todo; y todavía menos justo sería evocar a los potentados romanos y a los “divinos Césares”. Hitler nada tiene de un César, nada de romano, nada de la majestad que confiere el imperio incorporado a la persona divina del emperador. No; Hitler es cosa muy distinta. No resuenan en él las solemnes trompetas romanas de las legiones sino tantanes de las tribus negras. Ritos y encantamientos asiáticos o africanos; ésos son los verdaderos ingredientes de su magia. Danzas frenéticas hasta el desmayo. Es la irrupción del mundo primitivo en el Occidente. He ahí, creo, la nota justa.

Guardémonos a todo precio de exaltar a ese hombre, de eternizarlo, de convertirlo en mito. De todas maneras, ocupará aún mucho tiempo la imaginación de su pueblo, y no sólo de su pueblo. Hitler está persuadido de que su influencia más profunda se sentirá después de su muerte. Y a pesar de todas las precauciones que se tomen, no es imposible que el maleficio reviva, como ese demonio de las Mil y una noches, que, prisionero dentro de un frasco y libertado por azar, surge súbitamente y adquiere cuerpo de gigante. Es deseable y necesario que nuestra época aprenda a conocer a ese hombre en su vulgaridad y en su verdadero genio, tal cual es, y no solamente tal cual se nos presenta él mismo; descubrimiento poco agradable, pero, lo repito, indispensable. Helo aquí, pintado al natural:

Hitler es exigente. Es consentido, veleidoso y no gusta del trabajo ordenado. Puede decirse incluso que es incapaz de todo verdadero trabajo. Tiene ideas, impulsos, que necesita realizar febrilmente, inmediatamente. Se desembaraza de ellas como de una necesidad física. No conoce el esfuerzo prolongado sostenido. Para emplear su propio lenguaje, todo en él es sacudida y convulsión. Nada es natural, comenzando por su amor por los niños y los animales, que sólo es una pose. Ha conservado toda su vida sus hábitos de bohemio. Se levanta tarde; puede estarse días enteros soñoliento y sin hacer nada. Toda lectura continuada le repugna. Abre un libro y lo tira al cabo de algunas páginas. A pesar de lo cual, se formó una biblioteca importante: le gustan los libros, las hermosas ediciones y las ricas encuadernaciones. En su casa de Munich he visto habitaciones enteras guarnecidas de estantes con libros. La hermana de Hess, que es un artista, se los encuaderna. Lo que más lee son historias de cow-boys y novelas policíacas; pero en el cajón de su mesa de noche hay también revistas ilustradas pornográficas.

Lo que tiene de más simpático es su gusto por los paseos solitarios. Se embriaga con el olor de los bosques, en las altas montañas. Sus paseos son su culto y sus preces. Contempla las nubes y presta oídos a las gotas que lloran los pinos. Oye voces.

Así lo encontré yo en cierta ocasión. Entonces no reconoce a nadie; quiere estar solo y huye sistemáticamente de sus semejantes.

Es un prisionero de hábitos tiránicos y de manías. No puede dormirse si su cama no está hecha de cierta manera y si su manta no recae en el pliegue. Este es un cuidado reservado a servidores de toda confianza. Nadie más comparte ese menester. ¿Complejo freudiano o miedo a los atentados? En cierta época Hitler recibió no sé qué informe acerca de un veneno misterioso, de un “polvo blanco” que, expandido sobre la almohada y aspirado durante su sueño, debía corroer los pulmones del Führer y provocar su muerte entre atroces sufrimientos.

Hitler no es valiente por naturaleza, como Goering, sino más bien temeroso. Su actitud no es la de los hombres intrépidos, que provocan y desafían al destino. Cuando se expone a un riesgo, las medidas de seguridad son extraordinarias; pero no se expone más que en apariencia. Es un ser timorato, que hace violentos esfuerzos para manifestar coraje y porte varonil. Entonces sobrepasa toda medida y da pruebas de una brutalidad sin nombre. Para afrontar el más pequeño riesgo se sumerge en una especie de embriaguez. Desconoce la sangre fría.

Siempre necesita una elevación de temperatura para la menor decisión, para la acción más sencilla; exige también cierta preparación escénica y ponerse a cierto diapasón. Una vez que sale de esa fiebre y de esa zozobra, gemirá durante semanas enteras por la ingratitud de las gentes o se quejará de su mala suerte. En el curso de nuestras entrevistas gustaba de representar el papel de mártir y anonadarse en la contemplación de su próxima muerte. “Todo—decía— sería inútil y no serviría para nada.” No conoce más que una sola piedad: la que siente por sí mismo.

Sus explosiones de “voluntad indomable” resultan por eso más extrañas aún. Cuando esto ocurre no conoce fatiga ni hambre. Vive de una energía morbosa, que le permite realizar cosas lindantes con el prodigio. Hasta su palabra se vuelve frenética. Lo que más le falta es equilibrio. La edad misma no parece traerle serenidad. Por eso sus más ambiciosas construcciones no alcanzarán nunca verdadera grandeza.

Cruel, vindicativo y sentimental. Quería a sus canarios y lloraba si se le moría alguno. Pero martirizaba hasta la muerte, con refinamientos de crueldad, a hombres de los cuales quería vengarse. Es capaz de absorber enormes cantidades de golosinas y de crema batida; pero el tormento de otros procura a sus instintos un goce casi erótico. La figura de la Historia romana que más admira es la de Sila, el hombre de las proscripciones y de las ejecuciones en masa. Me recomendó un día, para mis horas de ocio, una mala novela sobre Sila. Lo que hay de más abominable en él es el relente de una sexualidad atormentada y anormal, que exhala como un hedor. Recuerdo una frase de Forster, el amigo íntimo de Hitler. “Bubi” Forster, el niño terrible entre los gauleiters: “¡Ah, si supiera Hitler cuán agradable es tener entre los brazos a una joven en flor!” Y añadió: “¡Pobre Hitler!” Me guardé de preguntarle nada.

Hitler tiene en un cuartito de su casa algunos cuadros que no son para mostrarlos a todo el mundo. Le gusta la pintura al desnudo. Esos cuadros no están hechos para inspirar emociones artísticas. ¿Quizá haya querido tan sólo imitar al gran Federico, llevando, como él, una máscara de desenfreno para mejor burlar al mundo, haciendo creer en preocupaciones de carácter personal, mientras sus tropas preparan su entrada en Praga? Así hacía Federico cuando sus granaderos se disponía a invadir Sajonia.

Federico de Prusia es el héroe preferido de Hitler. Siente afinidades con él. Le hace el gran honor de reconocerlo como maestro. En realidad, desea contemplarse en una gran figura. Está tan lleno de sí mismo, que en el momento de exaltar a su modelo se identifica con él. Está uno a punto de creer que se halla convencido de su propia grandeza. Pero no es así, y lo prueba su desbordamiento de gratitud ante el menor halago y la más baja adulación. Esto explica la necesidad que siente de rodearse de turiferarios, pródigos en superlativos y en incienso.

XLIV