¿Es Hitler insensible al dolor ajeno? ¿Es cruel y vindicativo? Hoy me parece que la respuesta no es dudosa. Pero cabía formularse la pregunta hace algunos años, al menos para aquellos que tenían ocasión de escuchar las extrañas declaraciones de Hitler dentro del grupo íntimo y de observar sus cambios de humor. Toda conversación con él, por baladí que fuese, parecía testimoniar que ese hombre estaba poseído, sobre todo, por un odio inmenso. ¿Odio a qué, contra quién? No era fácil saberlo. Sufría crisis de furor, explosiones de odio a propósito de todo y de nada. Parecía necesitar de aquel odio. Luego, de pronto, pasaba de
un extremo al otro, de una explosión de furor a un torrente de entusiasmo sentimental.
En el mes de mayo de 1935 se celebraron nuevas elecciones en Danzig. El resultado del escrutinio fué favorable al nacionalsocialismo, más favorable incluso que en el resto del Reich, donde Hitler no tuvo más que el 44 por 100 de los votos.
“¡Magnífico, Forster!”, telegrafió Hitler al gauleiter de Danzig, en respuesta al 50 por 100 que aquél anunciara con acentos triunfales; y para manifestar su satisfacción, Hitler invitó a la delegación de Danzig a un café con pasteles en la Cancillería.
Fué la merienda tradicional de las familias alemanas. Hitler hacía los honores de la casa. Sosegado el espíritu, casi se mostraba amable. Algunas horas antes había esbozado, delante de Forster y de mí, las grandes líneas de su política en el Este. La nueva consigna era prescindir de manifestaciones y no representar más la comedia de los desfiles populares.
“El nacionalsocialismo—dijo Hitler—no es como los partidos de Weimar, que necesitan dar pruebas a cada instante de su patriotismo. Podíamos cumplir nuestra misión sin manifestaciones ni gestos espectaculares.” Era preferible recurrir a la simulación y a la astucia. Los objetivos alemanes no podían alcanzarse, evidentemente, en algunos días, ni tampoco en algunas semanas. Debíamos evitar todo cuanto pudiera despertar desconfianza en el extranjero. No había más que dos métodos: demostraciones imponentes, pero peligrosas, o bien el paciente trabajo de zapa. El segundo se imponía para Danzig. Hitler estaba pronto a firmar cualquier tratado que, en cierta medida, pudiera aliviar la situación de Alemania. Incluso estaba dispuesto a entenderse con Polonia. Y el cometido que se nos imponía a nosotros, los de Danzig, era el de facilitarle la tarea. La cuestión de Danzig no debía ser resuelta por nosotros, sino por él, sólo por él, el día que Alemania fuera fuerte y temida. Cuanto mejor acertáramos a proseguir la lucha sin ruido ni ostentación, tanto mejor para el interés alemán. No nos incumbía a nosotros el arreglo de la cuestión de Danzig o del “corredor”, sino al Reich; debíamos limitarnos en los años sucesivos a ser auxiliares modestos y prudentes de la política de Berlín, sirviendo cada uno a Danzig en la medida de sus medios, sin pretensiones políticas.
En términos muy parecidos, Hitler se dirigió primero a mí, luego a sus invitados de Danzig, en una corta alocución. Inmediatamente después mandó servir el café y los pasteles. Recobró el tono familiar y habló sin énfasis de sus proyectos respecto a Viena. Con la institución de una tasa especial de mil marcos para cuantos quisieran ir a Austria, Hitler acababa de iniciar su ofensiva contra la independencia de aquel país. Recordó que había impuesto esa tasa contra el dictamen del Ministerio de Relaciones Exteriores. Dejaba transparentar la alegría con que iniciaba esa lucha, que, en su espíritu, debía ser de corta duración. Pero en cada una de sus palabras sentíase desbordar el odio contra Austria. El odio y el desprecio hacia su patria de origen.
—Austria se ha judaizado. Viena ha dejado de ser una ciudad alemana. No se ven más que mestizos eslavos. El buen alemán allí no supone nada. Gobiernan los curas y los judíos. ¡Debemos aplastar esa podre!
Mientras hablaba hacía ademán para que nos sirviéramos. Los danzigueses, sentados a la mesa, lo escuchaban atónitos. Hitler afirmó que él se encargaría de salvar a la Austria corrompida:
—Austria necesita ser regenerada por el Reich. Ese Dollfuss, esos escritores vendidos, esos ambiciosos de trastienda, esos pigmeos que juegan al gran hombre de Estado y que no alcanzan a comprender que son los títeres de los ingleses y de los franceses, que gobiernan los hilos, por fin voy a exigirles rendición de cuentas. Bien sé que no podremos alcanzar inmediatamente el
Anschluss. Pero ¿por qué se niegan los austriacos a la política alemana?
Se encargaría, repitió una vez más, de barrer esa morralla:
—Que no nos vengan con cuentos. Austria no existe. Lo que así se llama no es más que un cadáver. Austria debe ser colonizada por el Reich, y urge hacerlo. Una generación más, y ese país estará perdido irremisiblemente para el germanismo; son gentes que ya olvidaron lo que significa la palabra alemán.
Había, pues, que emprender toda una obra de reeducación. Él la tomaba a su cargo. Guiaría a los austriacos con la bota y el látigo. Les haría sudar su vinillo de Grinzing, su desenfado y su ganduleo. Limpiaría Viena de musiquillas y confiterías. Les haría perder el gusto del ensueño y de la restauración de los Habsburgos y otras veleidades. Pero la labor más apremiante era la de deshacerse de los judíos. Tarea ardua, sin duda; pero la llevaría a cabo. Pronto veríamos a Austria nazificada.
Hitler nos revelaba de ese modo que ya tenía un plan preparado para el “putsch” en Austria. No ocultaba su deseo de descargar el golpe de fuerza, y se regocijaba ante la idea de una resistencia opuesta por el Gobierno de Dollfuss.
La pasión que ponía en sus palabras traducía su afán de una solución sangrienta, de efectuar un castigo, una especie de venganza. Quizá el deseo contenido de “marchar sobre Berlín”, tanto tiempo soñado y jamás realizado, era el que se expresaba en ese deseo apasionado por invadir su país natal. Un soplo abrasador, febril, llameante, parecía salir de su boca. La entrevista se consumió en monólogo. Hitler, una vez más, olvidaba a sus interlocutores y desfogaba en odio su tormenta interior.
Bruscamente penetraron unos rayos de sol por las ventanas del largo corredor de la Cancillería donde se daba la recepción. El canciller repartía saludos y órdenes. Abajo, en el patio, se oían las voces de los jefes de los piquetes de las S. S. durante el relevo.
—¡Arrastraré a ese Dollfuss ante los jueces!—vociferaba Hitler—. ¡Ese hombre tiene la osadía de resistir! ¿Se enteran ustedes de esto, señores? Esas gentes también me suplicarán de rodillas. Mas no me dejaré ablandar y los haré ejecutar por traidores.
Una animosidad personal, un resentimiento antiguo intenso se reflejaba en tales expresiones. Advertíase que quería vengarse de sus años de privación, de sus esperanzas fallidas, de su vida de pobreza y de humillación. Hubo un largo silencio. Hitler se acordaba de pronto de sus invitados, les instaba a comer y a beber, como la campesina cuando recibe a sus vecinas, algunos jóvenes de las S. S. traían bandejas llenas de pasteles y servían el café.
Hitler había aludido a los judíos de Viena. Abordó la cuestión judía. Dijo, riéndose, que los judíos representaban la mejor salvaguardia para Alemania. Eran la garantía de que los extranjeros dejarían al Reich proseguir tranquilamente su camino. Si las democracias se empeñaban en levantar el boicot, se resarciría en los judíos de todo el daño que el boicot causara a Alemania.
—Ya verán ustedes cómo entonces las gentes de afuera cesarán en su propaganda antialemana. Los judíos acabarán por ser los benefactores de Alemania.
Entre los invitados resonó la carcajada. Claro es que un día u otro el idilio terminaría para los judíos. Naturalmente, cuando ya hubieran dado todo lo que podían dar. Pero Hitler seguiría teniendo su vida entre sus manos. ¡La preciosa vida de los judíos! La risa estalló de nuevo entre los presentes. El propio Hitler parecía jovial:
—Streicher me ha propuesto ponerlos delante de nuestras líneas de tiradores en la próxima guerra. Pretende que para nuestros soldados sería la mejor protección. Lo pensaré.
Ese nuevo desplante tuvo el don de desatar la alegría general. El Führer, entusiasmado por su propia malicia, expuso las medidas que pensaba adoptar para despojar, progresiva, pero despiadadamente, a los judíos y arrojarlos de Alemania:
—Todos esos proyectos se ejecutarán. No me dejaré desviar por nada. En 1938 tales proyectos empezaron a ser puestos, efectivamente, en ejecución. Sin duda todo había sido concertado y madurado muchos años antes. El pogromo nada tuvo que ver con un reflejo moribundo, después de la muerte de Von Rath.
En 1933, después del primer pogromo en Alemania, Hitler se había visto obligado a atenuar sus rigores contra los judíos; pero cuidó de no dejar que se adormeciera la rabia antisemita. Más adelante oí repetidas veces expresar a Hitler su opinión sobre los judíos. Volveré sobre ello oportunamente. No insisto sobre
ese tema por ahora, sino para subrayar la extraña impresión que me dejó la merienda en la Cancillería: una colación pacífica, dentro de una decoración sencilla; camaradas políticos venidos de todas partes; el canciller de la gran nación alemana recibiéndolos familiarmente, y en esa atmósfera íntima, la obsesión dominadora: ¡matanzas, sublevaciones, prisiones, persecuciones, expoliaciones! El contraste era grotesco entre el pequeño burgués, torpe y poco pulido, en medio de otros alemanes medios, y la ferocidad de las fantasías a las que se abandonaban como una ocupación natural. Hay que pensar que todos esos pequeños burgueses, al llegar al Poder, no son, ni mucho menos, esos buenos provincianos de exquisita placidez que, reunidos, enarcan las cejas y alardean para asombrarse mutuamente. Son fracasados de la sociedad normal que estallan de odio reprimido, de envidia y de celos. Se aprestan a saquear el mundo, se disfrazan con oropeles de la época pagana más bárbara, o con trajes de bandoleros del Renacimiento. Espectáculo grotesco es el que ofrece el jefe de la pandilla en medio de sus sicarios. Ni una palabra de entusiasmo, ni una exhortación moral, ni un pensamiento solícito para las cuitas posibles de sus huéspedes.
—¡Qué me importan a mí la ventura o desgracia de los otros!—exclamaba un día Hitler en mi presencia—. ¡Haced lo que queráis! ¡Espabilaos!
Un llamamiento a la violencia, al odio, a la venganza, a todas las pasiones primitivas y salvajes: tal era lo que predicaba el Führer a sus colaboradores y el único viático que sabía darles al devolverlos a su tarea.
XVI
“¡ENRIQUECEOS!”
Sin embargo, Hitler sabía muy bien que el hombre normal no puede vivir únicamente de odio y venganza. Mientras explotaba con frío método los más bajos instintos humanos tenía en cuenta las debilidades y codicias de sus partidarios.
—Esperad para casaros a que esté yo en el Poder—decía Hitler al principio del movimiento a sus colaboradores, los cuales, considerando sus cargos de gauleiter, de reichsleiter o cualquier otra posición de mando como prebendas seguras, expresaban su deseo de llevar una vida rumbosa y fácil.
“Ocupad las posiciones”: tal fué la orden de Hitler en cuanto llegó al Poder. Acaparar cuanta sinecura fuera posible, tal fué la norma fundamental que imperó en todas partes. De arriba abajo de la nueva jerarquía hallaban eco las palabras del doctor Ley, el jefe del Frente del Trabajo, cuando se refería con bronca voz a la copla popular: “Coged las rosas antes de que se marchiten.” Y cada cual repetía jovialmente: “Gozad y enriqueceos.”
“No queremos aguafiestas”, se murmuraba en la antecámara de Hitler. “Que cada cual se cree su posición”: tal fué la orden de las primeras semanas y de los primeros meses que siguieron a la conquista del Poder.
—Con mi gente paso por encima de muchas cosas—decía a menudo Hitler en los almuerzos de la Cancillería—. Haced cuanto queráis, pero no os dejéis prender.
Era el mismo Hitler quien empujaba a sus amigos. No hará falta decir que no se lo hacían repetir dos veces, en esa época oí el “slogan” nuevo de la “corrupción dirigida”. En efecto, era evidente que no sólo se toleraba la corrupción, sino que se la estimulaba. Hasta hubo gente que creyó por ello en la muerte a corto plazo del nacionalsocialismo. Pero Hitler sabía que estaba obligado a arrojar a los hambrientos algunos huesos para que los royesen y satisfacer algo más que los instintos primarios. Tras los golpes duros, las posiciones tranquilas; a falta de una verdadera revolución, por lo menos las ventajas de una revolución; la vía libre para la rapiña.
Desde luego no es una novedad en el mundo que una revolución diga a sus hijos: “Enriqueceos.” Mas lo cierto es que los nazis se llenaban los bolsillos en forma tan escandalosa, que resultaba difícil seguir el ritmo del pillaje. Uno, dos, cuatro chalets, casas de campo, palacios, collares de perlas, tapices de Oriente, cuadros preciosos, muebles antiguos, docenas de automóviles, champaña, haciendas, granjas, fábricas...¿De dónde procedía el dinero? ¿Acaso todos ellos no eran hasta ayer pobres como ratas? ¿No tenían más deudas que un teniente de la Guardia? Pues ahora acumulaban tres, seis, doce empleos, y a pesar de ello nunca tenían bastante. Cargos de toda especie, asientos en los Consejos de Administración, dividendos, adelantos, gratificaciones... Todo el mundo se ponía a su disposición. Cada banca, cada gran empresa, quería tener su militante del partido como protector asalariado.
Mientras tanto, el Führer renunciaba a sus honorarios de canciller. Daba el buen ejemplo, aunque no necesitaba de nada. En una noche se convirtió en el editor más rico del mundo, cosido de millones; en el autor más leído, más obligatoriamente leído. Podía darse el lujo de censurar a Goering su gusto por la vida extravagante: filípicas de pura ficción, destinadas a calmar los escrúpulos de ciertas esferas.
—A Hitler le aflige mucho la conducta de Goering, pero muchísimo—me decía entonces Forster—. Debemos mantener con rigor nuestros compromisos: nada de salarios mensuales superiores a mil marcos.
Forster era el menos indicado para hablar así. A la sazón desempeñaba cinco cargos espléndidamente remunerados y sus ingresos representaban, por lo menos, doce veces los mil marcos en cuestión. Al cabo de algunos meses se encontró convertido en propietario de varios inmuebles en Danzig, donde dos años antes había llegado sin un céntimo.
En Berlín era lo mismo. Un ministro del nuevo Gobierno se hizo construir muebles por noventa mil marcos a expensas del Estado, según me lo comunicó, muy indignado, un funcionario del Ministerio de Hacienda. Goering mandó forrar el piso del baño de una de sus varias residencias con placas de oro macizo. Y Hitler daba orden a los recaudadores de finanzas, sin cuidarse de sus protestas, para que pagasen a todos los nuevos Statthalters sueldos insólitos, aun para los funcionarios de regímenes anteriores. La Hacienda pagaba todo. En cuanto al hombre de la calle, veía los edificios públicos cuajados sus alrededores de automóviles de lujo y murmuraba: “Los nuevos bonzos se han desbocado.”
Ese clamor no inquietaba a Hitler lo más mínimo. Seguía diciendo con toda crudeza su manera de pensar. No debe creerse un instante que se contentaba con tolerar tales acciones o que las ignoraba. Un día estaba presente en una “conferencia” de los Führers en la antigua Cámara de los señores de Prusia. Hitler desarrolló el programa de su próxima acción política. Su exposición aquella vez careció de interés. Pero después de la sesión habló desembozadamente en una reunión más íntima. Con su voz desagradable y gutural, recogió los reproches que se le hacían de perseguir injustamente a los antiguos dirigentes y a sus cómplices acusados de cohecho, cuando sus propios partidarios se llenaban los bolsillos.
—Respondí a los imbéciles que se permitían tal lenguaje que me indicaran el medio de poder dar a mis camaradas del partido las justas indemnizaciones que reclamaban legítimamente después de sostener durante largos años la más agotadora lucha. Les pregunté si acaso hubieran preferido que entregara la calle a mis S. A. Lo podía hacer aún. Si lo conceptuaban mejor, tiempo había de ofrecer al pueblo alemán un verdadero baño de sangre por algunas semanas. Si me opuse a las matanzas callejeras, fué precisamente en atención a cretinos de su especie y su comodidad burguesa. Pero no había más que hablar. Se callaron, pues, y volvieron a engullirse sus reproches ridículos.
Hitler se rió ruidosamente:
—Es inútil meterles miedo a esa gente de tiempo en tiempo y ponerles la carne de gallina. En cuanto a mis camaradas del partido, disponen de un crédito sobre mí, al fin y al cabo, lucharon no sólo por salir de la miseria nacional, sino también de su miseria personal. Resultaría grotesco no decirlo con claridad. Mi deber de buen camarada está en velar porque cada cual disfrute de ingresos decentes. De sobra se lo merecen esos viejos luchadores. Y si contribuimos a la grandeza de Alemania, tenemos derecho a acordarnos un poco de nosotros mismos. No tenemos por qué hacer caso de los conceptos burgueses de honor y reputación. Ténganselo por sabido dichos señores, que hacemos a la luz del día y con plena conciencia lo que ellos hacían secretamente y con remordimiento.
—¿Pensarían acaso todos esos burgueses que íbamos a sacarles del pantano para que luego nos devolvieran a nuestras casas con las manos vacías? ¡Demasiado cómodo, señores!
—¿Cómo afianzar nuestro poder si no echo mano de todos los empleos? Pueden darse por contentos de que no hicimos con ellos lo que en Rusia, donde los habrían fusilado hace mucho tiempo.
Tal era la “corrupción deliberada y dirigida”. Pero la idea recóndita de Hitler era que nada ata tan fuertemente a las gentes como los crímenes cometidos en común. Supe más tarde que a los miembros sospechosos del partido se les iniciaba exigiéndoles que cometieran, en interés del partido, actos que caían bajo la sanción de la ley. Así ganaban consideración. Se obtenía idéntico resultado, pero de modo más agradable, invitándoles al pillaje, que esperaban desde tanto tiempo. La solidaridad de la élite del partido no era otra coda que complicidad. Uno sostenía al otro. Nadie era su propio dueño. He ahí el sentido de los fines esotéricos de la voz de mando: “¡Enriqueceos!”
Todo eso sin contar con que desde esa época, y mucho antes de ciertas revelaciones recientes, ya corrían rumores perfectamente fundados sobre las precauciones adoptadas por ciertos dirigentes del partido. Muchos de ellos pasaban dinero al extranjero para constituirse una fuerte reserva que les permitiera hacer frente a cualquier eventualidad. Junto con el dinero había las más de las veces, en la caja fuerte de algún notario, legajos de documentos abrumadores, cuya publicidad hubiera significado un golpe terrible para muchas personalidades características del nacionalsocialismo. Esos legajos estaban expresamente guardados como una protección de los depositarios contra la hostilidad de otros jefes del partido o la intervención de las autoridades. Se ve,