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EL MITO NÓRDICO

Uno de los hechos más desconcertantes en la historia de los últimos años es que la gente se haya negado tanto tiempo, lo mismo dentro que fuera de Alemania, a reconocer la importancia del nacionalsocialismo y a tomar en serio la amenaza que significaba. Tal incomprensión puede ser explicada por razones diversas. Hay una, por lo menos, sobre la cual quiero llamar la atención. No se ha hecho con suficiente claridad la discriminación entre lo que, en el nacionalismo, no era más que exhibición de feria o atractivo para las multitudes y las intenciones reales de sus paladines.

Fué menester mucho tiempo, incluso para los que se llamaban iniciados, por lo menos para aquellos que no se contaban entre los semidioses del partido, antes que se vislumbrara la realidad que se ocultaba tras la bambalina. Existía, por ejemplo, una Sociedad Nórdica, con sede en la vieja ciudad hanseática de Lübeck. Esa Sociedad tenía por misión fomentar las relaciones culturales y personales entre Alemania y los países escandinavos. El nacionalsocialismo, después de echar la zarpa sobre esa sociedad, la puso “en línea”, como a muchas otras, y utilizó luego el buen nombre de la Asociación para proporcionarse simpatías y relaciones útiles en Escandinavia. De una organización de cultura intelectual, sumamente respetable, si bien impregnada de romanticismo nórdico, se hizo progresivamente una oficina de propaganda pérfida y de espionaje, con desconocimiento y a espaldas de los asociados, tanto en el Reich como en los países escandinavos.

Conforme a antiguas tradiciones hanseáticas, se había instalado una sección de la Sociedad Nórdica en Danzig, y se me pidió que aceptara la presidencia. En la primavera de 1934 celebróse una asamblea general en Lübeck. Asistían Rosenberg y el ministro de Instrucción Pública, Rust. Arengas oficiales, conferencias, inauguración de una casa para escritores destinada a los huéspedes nórdicos, un discurso ampuloso pronunciado por un cierto Blunck. Presidente de la Asociación de Escritores del Reich; un concierto de órgano, dado de noche, en la antigua iglesia de Santa María. Todo se iba desarrollando de manera burguesa, apacible y fastidiosa.

El gran industrial Thyssen, que asistía conmigo a la reunión, se quejaba del tiempo perdido en atender tal oleaje de palabras huecas. El ministro del Reich Werner Daitz peroró, en un discurso interminable, sobre “La economía europea

de los grandes espacios”. Luego le tocó el turno al viejo obrero agrícola Hildebradt, ascendido a gauleiter local, quien pronunció una alocución tan presuntuosa como confusa. La verdadera civilización humana, aseguraba, nació en los pueblos escandinavos de las orillas del Báltico, y no en las naciones mediterráneas. ¡El Mediterráneo y el Báltico! Uno era la cuna de la decadencia y del veneno semita; el otro, del heroísmo y del espíritu ario.

Y ese galimatías fluía sin tregua. Según su origen y su educación, los asistentes se sentían, o bien asqueados, o bien transportados por ingenuo entusiasmo. Algunos representantes de las viejas familias senatoriales, en otro tiempo influyentes, figuraban en el primer grupo. Mas, en el conjunto, raros eran entre nosotros los que comprendían que se estaba representando una burda comedia. Los oropeles inocentes de la mitología nórdica servían para cubrir una empresa ominosa y temible.

He aquí cuál era la verdad desnuda: Hitler me había dicho, en el curso de la conversación transcrita más arriba, que en la guerra futura no quedarían naciones neutrales; agregó que los Estados escandinavos, como asimismo Holanda y Bélgica, deberían ser incorporados al Reich. Si la guerra estallaba, uno de sus primeros actos sería la invasión de Suecia, pues no podía abandonar los países escandinavos a la influencia de los rusos o de los ingleses. Yo le hice observar que una ocupación militar de la gran península, donde no existía red de carreteras, exigiría efectivos relativamente importantes. Respondióme Hitler que no pensaba ocupar todo el país, sino simplemente los puertos principales, los centros económicos y, sobre todo, las minas de hierro.

—Será un empeño atrevido, pero interesante, y tal como no hubo semejante en al historia de la Humanidad. Bajo la protección de la flota de guerra y con la participación en masa de la aviación, desencadenaré simultáneamente toda una serie de ataques bruscos. En ninguna parte estarán preparados los suecos para oponer una defensa eficaz. Incluso si llegara a fracasar alguno de eso golpes, alcanzaríamos la mayoría de los objetivos, y ya no los soltaríamos más.

Como mostrara mi estupefacción por lo que oía, añadió que, para estar seguro del éxito político, era menester disponer en Suecia de una apretada red de cómplices y de simpatizantes. En efecto, no podían esos ataques bruscos ser el preludio de una anexión duradera de los países escandinavos al sistema federativo de la Gran Alemania si los elementos ganados a nuestra causa no derribaban el régimen existente y exigían la adhesión de Suecia al Gran Reich. Los suecos no se moverían. No quieren guerra, como no la quisieron en 1905 cuando la separación de Noruega.

—Les facilitaré esa decisión por todos los medios, en particular declarándoles que en modo alguno ambiciono una conquista, sino simplemente una colaboración conforme con la naturaleza de las cosas, y que sería deseada abiertamente por la propia Suecia, si dejaba de aferrarse a la neutralidad, es decir, al suicidio, por temor a los rusos y a los ingleses. Diré que vengo a ayudarles

para permitir a los elementos de buena voluntad que bajo mi protección decidan libremente el futuro de su país.

Confieso que incluso esta vez no vi en las palabras de Hitler más que una paradoja más o menos divertida. Convencido estoy ahora de que debí tomarlas en serio. En todos los países no es ni la sangre puramente aria ni el mito del heroísmo de los Wikings los que llevan a Hitler a profesar tanto interés por los países escandinavos. Lo que interesa son las minas de hierro. Y el señor Blunck, presidente de los Escritores del Reich, lo mismo que sus amigos suecos, no son sino los actores benévolos de una farsa trágica, de la que nunca comprendieron el cabal sentido.

XXIV