Mi conflicto con el partido nacionalsocialista de Danzig no iba camino de apaciguarse. Se me urgía a darle a la oposición un trato brutal, es decir, a violar de hecho la Constitución. Algunos atentados criminales contra la fracción polaca de la población hacían difícil una política de aproximación a Polonia. En lo económico, el partido se entregaba a los más alocados experimentos. Yo me encontraba absolutamente aislado en el Gobierno, por cuanto mis colegas consideraban más ventajoso para su carrera allanarse a los deseos del partido que comprometerse personalmente, habida cuenta de las dificultades reales. Las cosas fueron tan lejos, que, al margen de los Consejos oficiales de Gobierno, se celebraron sesiones secretas, de las que fui excluido y de las que salían enmendadas, e incluso anuladas decisiones gubernamentales. Aunque las dimensiones del Estado de Danzig fuesen minúsculas, se le planteaban, al fin y al cabo, los mismos problemas que debía el Reich alemán resolver bajo la dictadura nacionalsocialista. En toda Alemania reinaba la misma confusión que imperaba
en Danzig. Sin embargo, tanto en Danzig como en el Reich, existían, a poco que se hubiese querido, posibilidades de desembrollar esta confusión: bastaba dejar prevalecer poco a poco las fuerzas reales y vivas en todos los sectores importantes: en la economía, en la política y en la situación militar. A pesar de mi aislamiento. Intenté proseguir mi trabajo. Me incitaba a ello la situación diplomática de Danzig, ya muy grave.
No obstante, mis colegas del Gobierno y del partido seguían luchando contra mí como si yo fuera el único obstáculo a la asimilación de Danzig al Reich. Me censuraban y combatían ante Hess y también ante Hitler. Alegaban como pretexto que yo me alejaba del partido y que asumía una actitud hostil para con él, a tal extremo, que yo había perdido la confianza de la población. Hubo algunas tentativas de conciliación en presencia de Hess. Ofrecí mi dimisión y me declaré dispuesto a aceptar cualquier otro cargo, si el gauleiter Forster quería sucederme en la presidencia y asumir la entera responsabilidad del Gobierno. Declaré a Hess que esa responsabilidad no tardaría en obligar a Forster a inclinarse ante las realidades y adoptar la misma política que yo. Hess me contestó que Hitler jamás aceptaría mi retiro voluntario bajo ningún pretexto. Agregó que mi deber era entenderme con el partido. Pero Forster me dijo, con la brutal franqueza que caracteriza a esa clase de políticos bellacos, que no pensaba “ensuciar su porvenir”.
Finalmente el asunto fue sometido a Hitler. Lo consideró lo bastante importante como para convocar e interrogar a todos los senadores danzigueses. El único cargo serio que pudo escuchar fue, según me lo dijo más tarde mi sucesor, que yo creía realmente en la posibilidad de un acuerdo germano-polaco, en lugar de considerarlo como un simple recurso provisional. Como lo esperaba, no fui admitido en los interrogatorios, y tampoco se me dio jamás la posibilidad de defenderme contra esta o la otra acusación. Hitler vio con claridad las cosas y me citó a mí sólo. Era en febrero de 1934. quería que me justificase. Lo hice, trazando una amplia exposición de las condiciones peculiares de la política de Danzig y un paralelo entre el programa que me había fijado y las aspiraciones confusas del partido.
Pero Hitler comenzó por reprocharme que exigiera una especie de poder en blanco para tener libertad absoluta de gobernar a mi antojo. Si la política fuera cosa tan sencilla como para realizarse con sólo tener en cuenta las dificultades objetivas, sería algo demasiado fácil, y para ello bastarían los técnicos. “Desgraciadamente—añadió—había, ante todo, que contar con las debilidades humanas, con la malevolencia y la incomprensión. Inquina sistemática no la había en el partido.” ¿Acaso yo, por ventura, pretendía lo contrario? Cuantos en aquella época aceptaban una responsabilidad política en el nacionalsocialismo podían figurarse hasta qué punto resultaban privilegiados, en relación con los políticos de la República de Weimar, los cuales debieron arrostrar no solamente la incomprensión, sino la inquina y malevolencia de todos. Uno de los mayores beneficios del nacionalsocialismo era precisamente haber eliminado ese veneno que emponzoñaba la vida de la nación; la inquina rabiosa de los grupos políticos,
envidiosos unos de otros, que descuidaban el cumplimiento de toda obra positiva para consagrarse únicamente a su provecho particular.
—El partido es benévolo. El partido lo comprende todo. Se trata simplemente de explicarle lo que uno quiere hacer. Si no se sabe hacerle comprender lo que se emprende, una de dos: o bien los problemas no han sido expuestos con suficiente claridad y simplicidad, o bien no es el hombre necesario para resolverlos. Y si os alejáis del partido hasta tal punto que yo no comprenda vuestro lenguaje, en ningún caso tendréis razón. Por ello, no me canso de predicar que hay que hablar y hablar, celebrar reuniones, mantener un contacto permanente con la masa de camaradas del partido. Desde que se pierde ese contacto, aunque se tengan las mejores intenciones del mundo, es posible que ya no nos comprendan. No debemos nunca caer en el error de los diputados burgueses, extraños al pueblo que se reúnen una o dos veces, acaso más, en los quince días que preceden a las elecciones, y que en todo el resto del tiempo jamás se preocupan de sus electores. Puede que nuestros camaradas del partido no comprendan ciertas cosas porque les fueron ajenas hasta ahora. Mas nadie debe reprocharles de incomprensión. Es mi deber, como lo es de cada uno de nuestros colaboradores, explicar sin desmayo mis intenciones a los camaradas del partido hasta que las comprendan y hasta que me sigan voluntariamente. Que en esta batalla tenga usted que abandonar buena parte de sus ideas personales, que tenga que adaptar su entendimiento de las cosas, podrá ser una necesidad ineluctable. Lo que interesa en ese intercambio continuo de pensamientos es exclusivamente el fruto. El partido es juez inflexible. Sus pretensiones y sus ideas pueden ser todo lo justas que se quiera. Si el partido las rechaza, busque la falta en usted mismo, y no en otra parte.
Hitler hablaba con voz fuerte y decidida, pero sin ninguna hostilidad. Objeté con prudencia que jamás dejé de explicar y de intentar que comprendieran las medidas que yo estimaba necesarias. Pero tenía mis razones para pensar que en ciertos medios no había mucho empeño en esclarecer la opinión pública sobre las ventajas de esa política.
Hitler tomó la ofensiva. Tampoco él podía hacer cuanto juzgaba razonable. Estaba obligado a admitir la voluntad y el grado de comprensión de otras personas. Había adquirido ciertos compromisos y estaba decidido a conformarse con ellos. En primer lugar, debía darse cuenta de la dificultad de comprensión del viejo mariscal, cuya memoria y otras facultades flaqueaban, y el cual, con la obstinación propia de la edad, rechazaba muchos proyectos sin examinarlos siquiera. El mismo Hitler no tenía otro remedio que aguantar y adaptarse a esa obstrucción a toda su política. ¿Por ventura suponía yo que él era un dictador que hace o deja de hacer lo que quiere?
—No soy un dictador; nunca lo seré.
Incluso si algún día feliz pudiera aflojar los lazos que le trababan, no decidiría nada por su real gana. Una política de la real gana, en nuestros días, entraña demasiada responsabilidad para un solo hombre. “Yo tenía—dijo—una
idea falsa del significado de la palabra Führung, y cometía el error de confundir la función de jefe con la dictadura.”
—Del hecho que no votemos y no ejecutemos las decisiones de una mayoría no se sigue que nuestra política carezca de fiscalización. Se la somete constantemente a examen del partido y de todos los factores importantes que subsisten fuera de él.
¿Pretendía yo tener en Danzig más libertad que la que él mismo tenía en Berlín? Hitler se aplacó.
—Cualquier idiota—dijo con tono más sosegado—podía gobernar como dictador. Eso duraría lo que durase. Nunca mucho tiempo. Exigís plenos poderes. Queréis eliminar al partido. Pero ¿quién garantiza que es usted quien lleva razón? ¿Y dónde adquiriría yo mismo, si quisiera gobernar como usted, con entera independencia, la certidumbre de que llevo razón? Esa certeza sólo la adquiero en contraste continuo con la voluntad del partido. En lo que a mí concierne, con el partido. El partido es incorruptible y puede examinar cada uno de nuestros actos. Si estáis de acuerdo con el partido, entonces sé que vais por buen camino. No existen plenos poderes, ilimitados, y además no los quiero. El término mismo de “dictadura” es una engañifa. No existe dictadura en el sentido corriente de la palabra. El autócrata más omnipotente ha de adaptar su voluntad arbitraria a las condiciones reales del momento. Mirándolo bien, no hay en la política sino datos variables y una voluntad general de imponerles un orden. Si fuerais ministro de un Estado parlamentario, podríais, en ciertos momentos, gobernar con más absolutismo e independencia que lo que pueda hacer yo hoy, o podré hacer mañana.
Ser dictador es un estribillo sin traducción a la realidad. Mi manera de gobernar estriba en coger a cada paso en el partido la suma general de innumerables observaciones, juicios y ruegos de todas clases; trabajo ímprobo y sin fin. Mi deber consiste en estar en contradicción con mi partido. Si soy de parecer contrario al suyo, tengo que modificar mi manera de ver o la suya. Pero lo que usted pide nadie puede otorgárselo. Quiere usted operar en urna cerrada, en lugar de afrontar las fuerzas adversas, sin las cuales la vida no es siquiera concebible.
Hitler desarrolló ese tema, sin abordar, ni mucho menos, las cuestiones concretísimas planteadas por mi situación en Danzig. Insistió sobre la teoría de las relaciones entre el jefe y el partido.
—¿Qué significa nuestro partido? ¿Por qué hemos eliminado los partidos múltiples y todo el sistema democrático parlamentario? ¿Es que pretendimos evitar el contacto con el pueblo? Si resolvimos arrojar por la borda las instituciones vetustas, fue precisamente porque no servían para mantenernos en fecundo contacto con el conjunto de la nación y porque no conducía más que al charlatanismo, tras el cual se ocultaba la estafa más cínica. Hemos eliminado los parásitos, enquistados en un espacio hueco entre el pueblo y sus jefes. El papel de
las masas, evidentemente, queda suprimido de consuno. Ya no existe el ganado electoral, al cual se le embriagaba con palabras a cada consulta. Ahora existe la comunidad del pueblo, cuya educación realizamos, la nación organizada y consciente de su destino: nuestro partido.
La voz “partido” no es satisfactoria. Yo diría mejor nuestro Orden, si esa palabra no encerrase un dejo romántico. La “Orden de la Joven Alemania” pierde su exacto sentido, pues induce a pensar en las Ordenes eclesiásticas. ¿Que cuál es el espíritu de nuestro partido? Tiene voz en el capítulo solamente quien asume sus deberes. Mas el que los asume, el que entra en nuestra Orden es porque ha sido juzgado digno de ella, y la elección se hace sin preferencias personales. Quienquiera que sea admitido tiene derecho a hablar y a ser oído. Estamos en contacto permanente con esa selección del pueblo. Le sometemos todos los asuntos. Cumplimos una tarea de educación política como ningún partido intentó jamás en el pasado. Nunca tomaré ninguna decisión importante sin haberme asegurado el acuerdo de mi partido. No se gobernar según mi real gana. Cuando ordeno, nunca es arbitrario. Cada vez que lo creo necesario busco el consentimiento. Vamos más allá que cualquier Parlamento del mundo, por el hecho de que sometemos a una consulta popular permanente. Únicamente así puede formarse la verdadera comunidad nacional. No dependo del hombre de la calle, sino que soy responsable ante mis camaradas del partido. Pueden las democracias parlamentarias cocinar a su antojo la opinión pública. Yo me someto y acepto responder ante mi juez incorruptible, ante mi partido.
Hitler discurseó algo más sobre la grandeza del movimiento nacionalsocialista. Lo que importaba era la actitud que adoptaría Alemania a los ojos del mundo. La disciplina era el cimiento, pero no la meta; un punto más del programa entre muchos. Reconozco que su discurso entusiasta me impresionó fuertemente. Con todo, no dejaba de pensar: ¡Qué extraña comedia! He ahí a un hombre que se excita y se envanece en una especie de idealismo de sus esfuerzos, cuando en realidad, obedece a móviles muy distintos. ¿Habría querido inducirme a error deliberadamente? ¿O tal vez creería en sus propias palabras? Me quedé con esta última hipótesis. Hitler estaba obligado, para zafarse de la perpetua mezquindad de su brega cotidiana con el partido, a crearse un mundo ficticio, a situarse en un plano superior, desde el que no podría ver las realidades. Se justificaba, se admiraba a sí mismo, cual creador de una nueva forma de democracia. Así entendí el verdadero sentido de su discurso. Era él quien realizaba en el mundo la obra de la democracia, disfrazada y viciada hasta entonces por el parlamentarismo.
Le pregunté si no creía que todo se aclararía con sólo reemplazar redondamente la Constitución de Weimar, todavía en vigor, por la nueva. En aquella situación, cualquier estadista responsable se debatía en un perenne conflicto de deberes. El antiguo sistema no tenía ningún valor jurídico, y el nuevo no había salido aún del período revolucionario. La arbitrariedad y el desorden nacían de la inestabilidad jurídica, y no de la instauración del nuevo régimen.
Hitler me atajó rápidamente. Si el nuevo régimen se inmovilizaba en una fórmula constitucional, entonces es cuando podría considerarse agotada su virtud revolucionaria. Había que conservar tanto tiempo como fuera posible su carácter revolucionario para evitar que se paralizara su fuerza creadora. Incurría yo en el error fundamental de todos esos abogados y charlatanes que creen posible crear la vida por medio de constituciones y Códigos. La actividad viviente de un pueblo se desenvuelve siempre al margen del rito constitucional; hicimos la experiencia con ese amasijo de doctrinarios de la Constitución de Weimar. Las Constituciones deben ser siempre las resultantes de los hechos históricos, mas no deben precederlos. Quien construye artificialmente viola las leyes de la vida. La enfermedad en el cuerpo de la nación, el desorden fisiológico, los trastornos del crecimiento, fluyen de ese error con lógica inevitable. Se guardaría muy bien de cambiar por nada del mundo el curso actual de las cosas. Era aún demasiado pronto para prever en qué dirección evolucionaría la nación alemana. Había que dejarla crecer y madurar.
—Puedo esperar—afirmó Hitler—. Podrán mis sucesores después de mi muerte codificar cuanto quieran el ímpetu ascensional de la savia en nuestra nación. Ahora tengo otros quehaceres.
Hitler habló luego de la reforma del Reich. También sobre esto se le presionaba para suprimir los antiguos Estados federados de la vieja Alemania y establecer en su lugar las provincias, que servirían de base para la organización definitiva del Reich. Mas no se dejaría llevar la mano. En su calidad de artista, sabría con exactitud cuándo la idea estaba madura. Pero tal no era el caso. Había, primero, que anexionar algunos países, como Austria y Bohemia; apoderarse de los territorios polacos y franceses antes de poder plasmar, como en arcilla la gran figura de la nueva Alemania. Estábamos en los comienzos de un período indefinido de crecimiento orgánico, que supondría la fusión de las tradiciones antiguas y de las jóvenes fuerzas revolucionarias antes de adquirir posiciones nuevas de un espacio mayor. Únicamente entonces se podría pensar en expresar la ley de ese desarrollo dentro de una constitución definitiva. Hasta llegar a eso no se cansaría de recomendar paciencia a sus camaradas del partido.
Lo propio ocurría en la evolución del Derecho. Nada podía concretarse aún. Prueba de ello, la nueva vida, que penetraba ya en la vieja jurisprudencia. Lo que se llama Derecho objetivo, el realidad no existe.
—El Derecho es un procedimiento de mandar, trasladado al lenguaje jurídico.
También en este dominio Hitler no era un dictador, sino un arquitecto. Se consideraba como aquellos grandes constructores de catedrales que trabajaban de generación en generación en una obra inmensa; que la veían crecer según una ley interior, que era más importante que sus ideas personales, por geniales que fuesen.
—Es así como trabajo en la construcción de la nueva Alemania, no como los artistas egoístas de nuestra época, cuyo esfuerzo permanece estéril, porque es individual, sino como los piadosos constructores de las grandes iglesias de la Edad Media.
Hitler desbordaba de entusiasmo. Se había olvidado del objeto de nuestra entrevista: mi justificación.
—Necesito—dijo—diez años para mi trabajo de legislador. El tiempo apremia. No me queda por vivir el tiempo que necesito. Y ante todo, he de llevar a cabo nuestra guerra de liberación y echar los cimientos sobre los que, muerto yo, construirán otros. No veré el fin de mi obra.
Hitler se despidió amablemente. Se sentía turbado. El asunto que me interesaba personalmente quedaba aplazado. Al despedirme de él me dio aún un consejo:
—Quiero ponerle en guardia contra dos cosas: Primera, no acoquinarse ante los conservadores-nacionales. No darles más importancia que la que merecen. La época de esos fósiles pasó a la Historia. La era burguesa concluyó. Esas gentes son fantasmas. No se deje engañar por lo que llaman su experiencia. No entienden nada del mundo que llega ni de las leyes que lo rigen. Ninguna utilidad representan, ni para usted ni para mí. Mi segundo consejo es que usted desconfíe de eso que llama la Sociedad de las Naciones y de su representante en Danzig. Otro mundo que agoniza. Justiprecie las pretensiones de esa gente en lo que valen. Puro teatro, cuya irrealidad se aprecia tan pronto como, acabada la representación, sale uno a la calle. Deseche todo respeto por esas momias. Entonces comprenderá usted al partido y el partido lo comprenderá a usted.
XXXIV
“¡INFLACIÓN, NUNCA! ¡TARJETAS DE PAN, NUNCA!”
La realidad se parecía muy poco al cuadro trazado por Hitler. El partido no sentía ni benevolencia ni deseo de comprender. No ambicionaba cosa alguna fuera del Poder. Cada miembro quería desempeñar su papel y encumbrarse, costase lo que costase, hasta acercarse al sol. Cada cual tomaba una actitud arrogante: hacer valer su desenfado y su eficacia para obtener algún ascenso. Máximo celo y mínimo escrúpulo: tal era la receta para lograr favores y puestos. Quien se preocupaba por expresar objeciones sentaba plaza de molesto y se le relegaba al último plano. La actividad del partido se malograba por la feroz rivalidad de los extremistas más incompetentes. El conocimiento de los negocios, el respeto de la realidad, eran prejuicios burgueses. Peligroso resultaba preocuparse de la realidad, y zona era ésta en la que nadie se aventuraba a