Ese doble juego en relación con Rusia, ¿representaba el pensamiento íntimo del Führer? Cuando me lo reveló, confieso que me quedé perplejo, pues no podía concebir en esa época que Hitler careciera de fines políticos claros y estuviese dispuesto a desautorizar todas las ideas por las cuales había luchado hasta entonces. Traté de persuadirme de que lo dicho sobre Rusia quizá no fuera sino una improvisación, un alarde destinado a impresionar y a fascinar al oyente. Sé que el Führer es un comediante, y que como tal habla siempre ante las candilejas. Tiene la virtud de saber apoderarse de las ideas ajenas para presentarlas como si fueran concepciones personales. Nada me sorprendería que hubiese dicho al visitante que me sucedió en su despacho exactamente lo contrario de lo que me había ofrecido como resultado de sus profundas meditaciones.
La política de Hitler no es otra cosa que oportunismo puro. Siempre está dispuesto a arrojar por la borda, con estupenda desenvoltura, lo que un instante antes afirmaba como principio intangible. Se ve aflorar de continuo a la superficie el pasado de Hitler, su pasado de agente político a sueldo, siempre guiado por el apetito personal, que hoy coquetea con los marxistas y mañana acepta la subvención de los monárquicos bávaros. Dos rasgos caracterizan su industria política: un duplicidad sin límites y una capacidad dialéctica que desarma al adversario y le hace olvidar a cada instante, con perfecta naturalidad, las promesas que acaba de hacer o las palabras que acaba de pronunciar. Esa maestría para lo versátil no supone tan siquiera el menor cálculo maquiavélico. La mayor parte de los nacionalsocialistas, Hitler a la cabeza, pierden literalmente la memoria cuado quieren olvidar lo que no tienen interés en recordar. Es como un fenómeno de histerismo. Me ha sucedido a menudo—y supongo que otros colaboradores de Hitler habrán hecho la misma experiencia—que si me refería a alguna de sus pláticas anteriores, me miraba sorprendido, cuando no declaraba secamente no haberme dicho jamás semejante cosa. Y lo creía a pies juntillas.
Es difícil representarse la desenvoltura de esos histriones que saltan a cada momento por encima de su propia sombra. Tal es el hombre de quien se decía que su política estaba hecha de principios inflexibles, y que desde su entrada en el escenario del mundo ha renegado de todo su pasado con un cinismo sin ejemplo, ocupado como estaba su espíritu en la sola idea de mantenerse en el Poder a cualquier precio.
En el curso de la entrevista que ya referí sobre su política extranjera dejó escapar una frase que merece especial atención. Hitler había evocado una vez más el peligro que representaba para el pueblo alemán la excesiva proporción de elementos eslavos. Esa impregnación acabaría inevitablemente por modificar el carácter racial.
—Tenemos ya demasiada sangre eslava en las venas. ¿No ha notado usted cuántas personas distinguidas de Alemania llevan nombres eslavos? Un especialista en la materia me aseguró que aún no hace cincuenta años la situación era distinta. Creo que su investigación recayó principalmente sobre la magistratura prusiana. Ese mismo experto me afirmó que un porcentaje relativamente importante de delitos o de crímenes eran imputables a individuos cuyos nombres tenían raíz eslava. ¿Qué conclusión saca usted de ello? Se podría creer que una minoría socialmente inferior llega poco a poco a constituirse en clase dirigente. Veo en eso un peligro terrible para el pueblo alemán. Está en camino de perder su originalidad nacional, mientras que un pueblo extranjero se apodera de su idioma. El pueblo, en conjunto, es siempre alemán. Pero vive en tierra germánica como en tierra extraña. El alemán cien por cien no es más que un extranjero tolerado en su propia nación. Es un resultado análogo al que casi han obtenido los judíos de modo distinto.
Hitler enmudeció. No le interrumpí.
—Lo menos—prosiguió—que podemos hacer es impedir que esa sangre siga infiltrándose en las venas de nuestro pueblo. Reconozco que el peligro no habrá disminuido cuando, de aquí a poco, ocupemos territorios en que la población eslava es mayoría. Es un elemento del que no podemos deshacernos rápidamente. Pensad en Austria, en Viena. ¿Qué queda de alemán allí?
“Por tanto, se nos impone el deber de despoblar, como tenemos el de cultivar metódicamente el aumento de la población alemana. Habrá que crear una técnica de despoblación. Me preguntaréis qué significa “despoblación”, y si tengo la intención de suprimir naciones enteras. Pues bien, sí; más o menos, es eso. La naturaleza es cruel; nosotros tenemos el derecho de serlo también. En el momento en que arroje al huracán de hierro y de fuego de la guerra futura a la flor del germanismo, sin que yo sienta pesar alguno por la preciosa sangre que correrá a raudales, ¿quién podrá impugnarme el derecho de aniquilar a millones de hombres de razas inferiores que se multiplican como insectos? Yo no ordenaré, no hace falta decirlo, su exterminio; pero impediré su crecimiento sistemático. ¿Cómo? Por ejemplo, separando durante algunos años a los hombres
de las mujeres. ¿Recuerda usted la caída de la curva de natalidad durante la guerra? ¿Por qué no hacer intencionalmente y por muchos años lo que fué la consecuencia de aquel conflicto? Existe más de un método para suprimir sistemáticamente a las naciones indeseables, sin dolor, y en todo caso, sin que corra la sangre.
Por otra parte—añadió—, se trata de una idea que no vacilaré en defender. Los franceses nos han reprochado bastante, después de la guerra, nuestra excesiva población. ‘Existen—decían los franceses—veinte millones de alemanes que sobran.’ Adoptamos ese supuesto. Nos declaramos partidarios de una economía dirigida de los movimientos demográficos. Acepto el problema como lo han planteado esos señores: hay que suprimir veinte millones de hombres; pero se avendrán, sin duda, a que los suprimamos, no en nuestra casa, sino en la ajena. Después de tantos siglos de hablar de la protección de los pobres y de los miserables, ha llegado el momento, quizá, de proteger a los fuertes, amenazados por los seres inferiores. A partir de ahora será una de las tareas esenciales de una política alemana a largo plazo la de frenar por todos los medios la proliferación de los eslavos. El instinto natural manda a cada ser viviente no sólo vencer a su enemigo, sino aniquilarlo. En tiempos pasados se reconocía al vencedor el derecho, aceptado como bueno, de exterminar tribus y poblaciones enteras. Daremos pruebas de nuestros sentimientos humanitarios al eliminar a nuestros enemigos progresivamente y sin efusión de sangre, lo que significa simplemente que otros sufrirán la suerte que nos esperaría a los alemanes si nos hubiéramos dejado vencer.”
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