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LA CRÍA DEL SUPERHOMBRE

Un sacerdote católico y un rabino judío tienen la obligación de vaciar las aguas residuales en un campo de concentración. Hundido en la inmundicia hasta las rodillas, son interpelados groseramente por el S. S. de guardia:

—¡Invocad ahora a vuestro Dios! ¿Dónde está? El cura responde:

—No sabemos dónde está Dios. Mas el que lo busca lo encuentra. Y el rabino responde:

—Dios está en todas partes. Dios está aquí.

Mas, ¿dónde encontrar el dios que Hitler ha invocado tantas veces en sus discursos, y al que denomina Providencia o Todopoderoso? Su dios es la estatua del hombre, el hombre-dios, la cual se yergue, cual obra de arte, en los “burgs” de la Orden. Dios es el mismo Hitler.

Antes de entregarse Hitler en cuerpo y alma a la política exterior y a sus planes militares, expresó un día con pasión el deseo de poder construir y actuar como estadista y como legislador. Hervía su cerebro de planes gigantescos. Un día el mundo vería en él el más portentoso creador de todos los tiempos.

—Me queda poco tiempo para tan inmensa labor. ¡Demasiado poco tiempo!

Nos dijo entonces que apenas conocíamos, por así decirlo, nada de él; que sus camaradas más íntimos del partido no tenían idea alguna de los proyectos que forjaba en su cerebro, de los edificios grandiosos con que soñaba, de los cuales dejaría, al menos, sólidas fundaciones. Con frecuencia le atormentaba una inquietud nerviosa por no disponer de tiempo bastante para alcanzar su meta. Luego se perdía de nuevo en puerilidades técnicas. No le interesaban más que los motores y los nuevos inventos mecánicos. En aquellos momentos de agitación se tornaba insoportable para sus allegados.

Un tema sobre el que discurría constantemente era el que él llamaba el “recodo decisivo del mundo”, o la bisagra de los tiempos. Se preparaba una

subversión del planeta que nosotros, los no iniciados, no podíamos comprenderla en su amplitud. Hitler hablaba como un vidente. Se había construido una mística biológica o, si se quiere, una biología mística, que era como la fuente de sus inspiraciones. Se había fabricado también una terminología personal. “La falsa ruta del espíritu” era el abandono por el hombre de su vocación divina. Adquirir la “visión mágica” le parecía la finalidad de la evolución humana. Se consideraba en los aledaños de esa sabiduría mágica, origen de sus éxitos presentes y futuros. Un profesor de Munich de esa época había escrito, al lado de cierto número de obras científicas, algunos ensayos muy extraños sobre el mundo primitivo, formación de las leyendas, interpretación de los sueños en los pueblos de las primeras edades, sus conocimientos intuitivos y poder trascendente e influencia que habrían ejercido para modificar las leyes de la Naturaleza. Trataba aún, en aquel fárrago de cosas, del ojo del cíclope, del ojo frontal, que más tarde se atrofió para formar la glándula pineal. Tales ideas fascinaban a Hitler. Gustaba sumergirse en ellas, al menos por algunos días. No podía explicarse más que por la acción de fuerzas ocultas su destino maravilloso. Atribuía a esas fuerzas su vocación sobrehumana de anunciar a la Humanidad un evangelio nuevo.

La especie humana, decía, sufría desde su origen una prodigiosa experiencia cíclica. Atravesaba épocas de perfeccionamiento de un milenio a otro. El período solar del hombre tocaba a su fin; podía ya discernirse en las primeras muestras de superhombres la especie nueva, que terminaba con la Humanidad antigua. Así como, según la inmortal sabiduría de los viejos nórdicos, el mundo debía rejuvenecerse de continuo por el hundimiento de edades prescritas y el crepúsculo de los dioses, y así como los solsticios representaban en la vieja mitología el símbolo del ritmo vital, no en línea recta y continua, sino en espiral, así también la Humanidad progresaba de uno a otro grados por una serie de saltos y de retornos sobre sí misma.

¿Creía Hitler realmente en esa mistagogia? ¿No sería más bien uno de sus medios de propaganda, gracias a lo que ganaba en ciertos círculos consideración y adeptos? No se entregaba a tales vaticinios más que ante un corto número de personas, la mayoría mujeres. Sus rudos compañeros de lucha acogían con sarcasmo la revelación de sabiduría semejante. Cabe preguntarse, de todas maneras, cómo aquel revolucionario, aquel hombre de acción, podía complacerse en esas fantasmagorías. ¿Era ésa la “magia blanca” de la cual le hablara cierta mujer? Al fin y al cabo, Hitler es perfectamente capaz de combinar en su cerebro estrafalario las visiones más contradictorias. De una cosa no hay duda: y es que se tiene por un profeta, cuyo cometido supera en cien codos al de un hombre de Estado, creyéndose también muy en serio como el precursor de una nueva Humanidad.

Cuando se dirigía a mí expresaba esa idea en términos un poco más racionales y concretos:

—La creación no ha terminado, a lo menos en lo que concierne al hombre. Desde el punto de vista biológico, el hombre llega claramente a una fase de su metamorfosis. Ya se está esbozando una nueva variedad de hombre, en el sentido

científico y natural de una mutación. La antigua especie humana ha entrado en el período de la decadencia y de la supervivencia. Toda la fuerza creadora se concentrará en la nueva especie. Las dos variedades evolucionarán rápidamente, para dirigirse en sentido opuesto. La una desaparecerá, mientras la otra se desarrollará, superando con mucho al hombre actual. De buena gana yo daría a esas dos variedades los nombres de hombre—dios—y de animal—masa—.

Le respondí que eso me recordaba mucho al superhombre de Nietzsche; pero que hasta entonces sólo había comprendido esa evolución en el sentido espiritual.

—Sí; el hombre es un ser que debe superarse. Convengo en que Nietzsche lo presintió a su manera. Hasta puede decirse que entrevió al superhombre como una nueva variedad biológica. Pero en él todo está aún confuso. El hombre ocupa el lugar de Dios; tal es la verdad escueta. El hombre es el dios en evolución, y debe tender siempre a superar sus propios límites. Desde que se detiene y pone límites a su acción, degenera y cae por debajo del nivel humano, acercándose a la animalidad. Un mundo de dioses y de bestias: he ahí lo que tenemos ante nosotros. Y en cuanto comprendemos esto, ¡qué claridad se hace! Siempre es el mismo problema el que tengo que resolver, bien se trate de la política cotidiana, o bien me esfuerce en someter el cuerpo social a un orden nuevo. Todo cuanto se inmoviliza, se para, tiende a permanecer estable. Todo lo que se aferra al pasado desmaya y perece. En cambio, cuantos escuchan la voz primitiva de la Humanidad y se consagran al movimiento eterno son los portadores de antorchas, las vanguardias de una nueva Humanidad. ¿Comprendéis ahora el sentido profundo de nuestro movimiento nacionalsocialista? ¿Cabe imaginarse algo más grandioso y más amplio? Quien no entiende el nacionalsocialismo más que como movimiento político sabe muy poca cosa. El nacionalsocialismo es más que una religión: es la voluntad de crear al superhombre.

Le dije que comprendía, al fin, el sentido profundo de su socialismo, como un anticipo de la separación entre los nuevos amos y los hombres del rebaño.

—Eso mismo—exclamó Hitler—. La política es, literalmente, la forma práctica del destino. ¿No cree que puede acelerarse por medios políticos ese proceso de selección?

Le contesté que me parecía imposible realizar el cultivo biológico del superhombre. Pero que si se trataba de una mera selección, nosotros, los ganaderos, no hacíamos otra cosa. Cuando estábamos satisfechos de una variedad animal, la protegíamos contra la decadencia por una selección metódica; activábamos el proceso natural, o, para hablar con lenguaje científico, tratábamos de multiplicar las variedades positivas. A eso es a lo que llamábamos criar, y yo comprendía muy bien que cierta organización política de la Humanidad podría facilitar un proceso de selección semejante.

—Exactamente—afirmó Hitler, alborozado—. Habéis expresado muy bien mi pensamiento. En la hora en que vivimos, toda la política que carece de base

biológica o finalidades biológicas es política ciega. Sólo el nacionalsocialismo conoce los trabajos que son necesarios. Mi política no es una política nacional, en el sentido corriente de la palabra. Establece sus escalas de valores y sus finalidades en un cuadro mucho más amplio. Abraza todo el conocimiento humano de las leyes de la Naturaleza y de la vida.

—¿Podéis hacer algo más que ayudar a la Naturaleza, abreviar el camino que ha de recorrer? Es menester que la Naturaleza os dé ella misma la variedad nueva. Hasta ahora, el ganadero no ha logrado, sino muy rara vez, mutaciones, es decir, crear él mismo caracteres nuevos.

El hombre nuevo vive en medio de nosotros. ¡Está aquí!—gritó Hitler en tono triunfante—. ¿No os basta eso? Os voy a decir un secreto: yo he visto al hombre nuevo. Es intrépido y cruel. ¡Y tuve miedo!

Al pronunciar esas extrañas palabras, Hitler temblaba con un ardor extático. Cruzó por mi mente un pasaje de nuestro poeta Stefan George con la visión de Maximin. Hitler, ¿habría tenido también esa visión?

XLI