Lo que Hitler meditaba ya en esa época no lo conocían sino los iniciados, a quienes confiaba sus planes y sus métodos. Pocos eran los privilegiados que tenían acceso a esas regiones secretas. Muchos jefes de partido, hasta de los más importantes, eran excluidos de ellas. Hitler, cuyo sentido político no cabía ponerlo en duda, dió una prueba particular de tenerlo al hablar de cada uno de sus proyectos con grupos distintos, cuidando de no revelar o dejar adivinar el plan de conjunto más que a un puñado de colaboradores seleccionados con el mayor rigor. Hitler sabía bien antes de conquistar el Poder que un gran número de sus adeptos tenían mentalidad de pequeños burgueses, que eran incapaces de todo arranque espiritual, y que retrocederían espantados al contacto de ideas nuevas que desbordaban las fronteras de un nacionalismo y de un socialismo “razonables”. Tropezaba, por otra parte, con la desconfianza de los “realistas” del partido, que lo consideraban un visionario y un peligroso soñador. Muy pocos eran capaces de comprender que serían las ideas “fantásticas” de Hitler las que le permitirían el éxito en la vía aventurera que escogió, y donde su progreso dió ya tan rotundo mentís a los pronósticos de todos los escépticos.
Pero mientras escalonaba sus proyectos, a cuál de ellos más fabuloso, Hitler tenía siempre a la vista el arma nueva que estaba forjando tozudamente en la sombra, pese a todas las resistencias de los “técnicos”. No quiero hablar aquí ni de los aviones ni de los tanques, sino de esa “arma psicológica” de la que Hitler hablaba ocasionalmente desde 1932, y que, desde esa época, era ya una concepción madura en su espíritu. A tal efecto, recuerdo una conversación que tuve, durante un almuerzo, con Hitler, en el curso del verano de 1933, es decir, cuando el Führer era todavía comunicativo. En esa fecha, los ministros extraños al partido se quejaban de que el nuevo canciller obstruía los Consejos de Gabinete con sus discursos demagógicos o sus exclamaciones proféticas. La plática que voy a referir versaba sobre el aprovechamiento de los disturbios internos de un país cualquiera en beneficio de Alemania.
En el seno del partido atraía por entonces la atención el problema ucraniano. Se pensaba acabar con Polonia en un lapso de tiempo mucho más próximo del que resultó posible. Rosenberg, el animador del movimiento, trataba desde la sombra de combinar medios de acción conforme a su temperamento de revolucionario ruso. En Danzig, la Escuela Politécnica era un foco de conspiradores ucranianos. Yo mismo, según deseo expresado por ciertos Círculos, había entrado en relaciones con el hijo de Skoropadski. El antiguo atamán vivía en un arrabal de Berlín, donde había organizado una especie de pequeña Corte. Estaba persuadido de que llegaría su hora. Esa conjura
germanoucraniana permitía, por otra parte, mantener relaciones útiles con ciertos medios de la aristocracia británica. El nacionalsocialismo no veía sino ventajas en la utilización de esos diversos concursos para sus fines particulares, pero nunca consideró a Skoropadski como factor político serio.
Hacia aquel tiempo Hanfstängel me expuso las ideas de su jefe en la medida en que él creía comprenderlas. Consideraba muy fácil provocar insurrecciones abiertas en la parte ucraniana de Polonia, es decir, en la Galitzia oriental, y asestar así un golpe fatal a la fuerza militar polaca. Conocía Polonia, por lo cual esta afirmación me pareció, cuando menos, arriesgada. Pero Hanfstängel y Baldur von Schirach parecían estar seguros de sus asuntos, e hicieron poco caso de mis objeciones.
Según su interpretación de la tesis hitleriana, había medio de obtener la descomposición interna de cualquier Estado en forma tal, que luego era posible vencerle sin esfuerzo. Siempre y en todas partes encuéntrase idóneos que aspiran a la independencia nacional, o al poder económico, o a la dominación política. El apetito insatisfecho y el orgullo humillado han sido eternos auxiliares de la acción revolucionaria, que permiten apuñalar al enemigo por la espalda. No había tampoco que olvidar a los capitanes de industria, para quienes la palabra lucro se escribe con letras mayúsculas. Escaso anda el patriotismo capaz de resistir a tales tentaciones. El único punto importante consistía en dorar la píldora y presentarla con habilidad. El más mediocre propagandista tenía a su alcance las frases patrióticas apropiadas para ese género de empresas, y no menos fácil resultaba dar con hombres felices de poder esgrimirlas para calmar los escrúpulos de su conciencia, admitido que la tuvieran. Demoler a un país cualquiera desde su interior no era más que cuestión de dinero y de organización.
Emití mis dudas. Los Gobiernos amenazados no tardarían en desenmascarar a los autores de disturbios. Tales empresas debían, además, de costar sumas fabulosas, que Gran Bretaña podía tal vez permitirse incluirlas en el presupuesto de su “Intelligence Service”, pero que rebasaban las posibilidades de la Administración alemana. Me permití aún advertir a Hanfstängel que Alemania, en esa esfera, nunca dió pruebas de mucho tacto, y que durante la guerra mundial nuestro servicio de espionaje había dejado mucho que desear.
El fotógrafo personal de Hitler, Hofmann, el suegro de Baldur von Schirach, soltó una carcajada de desprecio, y me respondió con gesto de conmiseración que la era de la negligencia había terminado con la llegada de Hitler al Poder; que las sumas necesarias se encontrarían siempre, y que, aun cuando al ir de Este a Oeste iría subiendo de precio la empresa, sin embargo el éxito estaba garantizado. Hofmann lo aseguraba. En su opinión, incluso encontraríamos en cada país gente rica dispuesta a pagar su propia destrucción.
Contesté que nadie lograría convencerme de que tal empresa fuera posible en un país, por ejemplo, como Inglaterra. Hanfstängel respondió que yo no tenía la menor idea del campo de acción que representa la alta sociedad de Londres; que no apreciaba en su justo valor el orgullo de lady X, de la condesa Y o de
mistress Z, cada una de las cuales no aspiraba sino a ser recibida la primera por el Führer. A partir de ese instante, la distinguida pasaría en su clan por una privilegiada y su opinión sobre el movimiento nacionalsocialista haría ley. También me reprochó Hanfstängel que estimaba mal la falta de imaginación y la pobreza psicológica de los ingleses, a quienes afirmó sería difícil hacerles creer en la existencia efectiva de un complot contra su patria. Por otra parte, el orgullo británico lo impediría. Jamás admitirían que se pudiera ni siquiera intentar contra Inglaterra, contra su pueblo, el pueblo superior, lo que ellos únicamente tenían derecho a intentar contra los otros.
—Las democracias carecen de convicciones—declamó Hanfstängel—. Hablo de convicciones reales, de las que uno defiende con su vida. Es ésa una verdad fundamental descubierta por Hitler, y que le sirve de trampolín para los planes grandiosos que persigue con denuedo, y cuyo éxito, hasta ahora, le ha dado siempre razón. El miedo y el interés personal no dejarán nunca, en cualquier país, de conducir de fijo a la capitulación. En cada país surgirán todos los concursos necesarios para desencadenar el movimiento, y eso en todos los medios sociales e intelectuales. Una vez desencadenado, el movimiento se desarrolla solo, cualquiera que sea el terreno a conquistar. La falta de convicción acaba siempre en derrotismo, ya que toda resistencia aparece como inútil. Por otra parte, se puede obtener mucho utilizando, allí donde existe, el ardor de los fanáticos. En fin, los deportes, las pasiones religiosas, las manías y excentricidades de todo jaez, pueden servir igualmente para la descomposición del país que se trate. Se puede manejar todo ello para fabricar la opinión pública, de la que dependen enteramente las democracias, al fin y al cabo se convertirá en nuestro más poderoso auxiliar. Siempre seremos más hábiles en dirigir la opinión que los Gobiernos del país. En cuanto a los gastos, desde luego no será dinero malgastado. Vale la pena gastar millones si se ahorran cuerpos del ejército. Las democracias serán siempre impotentes contra tales ataques, por su misma estructura, ya que para protegerse de ellos fuerza les sería establecer ellas también un régimen autoritario. Los Estados totalitarios, por el contrario, son, por definición, impenetrables a la propaganda extranjera tal cual la concebimos. Resulta así, de la estructura misma de ambos regímenes, tamaña desigualdad entre las democracias y nosotros, que ese desequilibrio bastaría para compensar ampliamente, en caso de conflicto, una eventual inferioridad de nuestros armamentos.
A pesar de todo yo no me daba por vencido, y, persuadido que el instinto natural de resistencia, como asimismo el carácter de las naciones democráticas, resultaban considerablemente menospreciados por esas teorías, repliqué, a mi vez, que, aun admitiendo que los pueblos jóvenes y de poca raigambre, como los del Este, pudieran sucumbir a la propaganda revolucionaria, mucho dudaba que el sistema diera resultados favorables con grandes naciones de antigua cultura. Schirach deslizo hacia mí una mirada de sospecha, lo que no fué óbice para que yo observara aún que el valor del nuevo ejército parecía “a priori” bastante limitado, si no podía ser dirigido más que contra las democracias, pues, a mi entender, debíamos prever la posibilidad de entrar en conflicto con países que no
tuvieran el régimen democrático, y contra los cuales el arma en cuestión sería ineficaz.
—Nuestros enemigos son las democracias, con exclusión de todos los otros países—respondió Hanfstängel riéndose—. ¿Y sabe usted por qué son nuestros enemigos? Porque son más débiles. Siempre hay que escoger enemigos más débiles que uno mismo; en eso está todo el secreto del éxito.
La conversación finalizó con ese chascarrillo, que se me antojó bastante vulgar. Sólo más tarde caí en la cuenta de que ese dicho de Hanfstängel no era broma, sino la expresión literal de la táctica, tan sencilla como eficaz, de Hitler.
“SÍ, ¡SOMOS BÁRBAROS!”
Algunos días después del incendio del Reichstag, Hitler me pidió un informe sobre la situación de Danzig: debía convocarse a elecciones en el “Estado libre” al mismo tiempo que en todo el Reich. Me acompañaba el
gauleiter Forster en mi visita. Antes de penetrar en el despacho del canciller
tuvimos tiempo de cambiar algunas palabras con cierto número de bonzos del partido que hacían antecámara. Estaban allí Goering, Himmler, Frick y algunos
gauleiters de las provincias occidentales. Goering nos dió detalles sobre el
incendio del Reichstag. A la sazón, el secreto sobre las circunstancias del incendio se mantenía celosamente en todo el partido. Yo mismo suponía que el atentado era efectivamente obra del partido comunista o, cuando menos, de gente a sueldo del Komintern. La verdad me fué bruscamente revelada por las referencias que oí en esa antecámara: los incendiarios no eran otros que los dirigentes del partido nacionalsocialista. Hitler había estado al corriente del proyecto y lo había aprobado expresamente.
El cinismo con que se hablaba de esa maquinación en el reducido círculo de iniciados era algo que asustaba. Estallidos de risa satisfecha, bromas odiosas, fanfarronadas: tales eran las reacciones de los “conjurados”. Goering contaba con lujo de pormenores cómo sus “jovenzuelos” utilizaron un pasaje subterráneo para penetrar en el Reichstag, partiendo del Palacio de la Presidencia, y cómo todo hubo que hacerlo deprisa, y aun así por poco se dejan prender. Deploraba que “toda la barraca” no hubiese ardido completamente. En su precipitación, los bravos muchachos no pudieron terminar por completo su trabajo. Goering terminó su relato con esta exclamación, sobradamente expresiva: “¡No tengo conciencia! Mi conciencia se llama Adolf Hitler.”
Ya es extraordinario, cuando se medita sobre ello, que ese atentado insólito, cuyos autores responsables acabaron por ser conocidos del público, jamás haya sido enjuiciado con la severidad que merecía en los medios burgueses. Por el contrario, parecía que aplaudían el “audaz golpe”. Más extraordinario resulta todavía que el instigador del incendio—cuyo rostro evoca cada vez más la máscara de una vieja y agostada prostituta—haya encontrado el medio, no obstante la notoriedad de su crimen, de suscitar ciertas simpatías en el extranjero, y eso hasta época bien reciente. Es verdad que Goering mantuvo siempre una actitud opuesta a la de Hitler, y que en el círculo de sus amigos íntimos no tuvo empacho en expresar groseramente su opinión sobre el “loco afeminado”. Sin embargo, en las crisis decisivas su puesto estuvo siempre al lado del Führer. Ordenó el incendio del Reichstag intimidado por Hitler, y recabó la responsabilidad total, lo mismo que la de los asesinatos del 30 de junio de 1934, porque consideraba a Hitler demasiado timorato e indeciso para aceptarla. En eso reside toda la diferencia entre Hitler y Goering. Hitler se ve obligado de continuo a sustraerse al letargo y a la duda, y se entrega a una suerte de excitación terrible antes de la acción. En cambio, en Goering la inmortalidad totalitaria equivale a una segunda naturaleza.
Entramos en el despacho del Hitler. La entrevista fué breve. El Führer comenzó interrogándonos sobre la situación en Danzig y luego nos habló de su posición difícil en el Gabinete. Pero no tomaba en trágico, ni mucho menos esas dificultades. Se vanagloriaba con singular soberbia de romper todas las trabas y ligámenes con que se pretendía estorbarle. De paso, reprochó a Forster no haber sabido poner a Danzig a ritmo con el Reich. Declaró que había que afirmar, ante todo, la unidad del partido, y que lo demás vendría por sí solo; lo esencial era obrar sin ningún escrúpulo y seguir adelante.
—Me aconsejaron que no aceptase el cargo de canciller del Reich en las condiciones fijadas por el Viejo (el mariscal Von Hindenburg), como si yo tuviese tiempo de esperar que el Niño Jesús me lo ofreciese en Navidad.
La habitación en que el Führer concedía sus audiencias era un despacho de reducidas dimensiones. Saltó de su sillón y dió vueltas como un oso en la jaula:
—Yo sé lo que hice. ¡Os he abierto la puerta! Ahora toca al partido instalarse en la plaza para la victoria total.
—Se trata—dijo—de transformar la posición política del nacionalsocialismo, cuya fuerza es tan sólo aparente, en una posición inexpugnable. La reacción se imagina que me ha echado la soga al cuello. Me prepararán todas las trampas que puedan. Sé que me quieren vencer por cansancio. Mas no les daremos tiempo de pasar a la acción. Nuestra suerte es que actuamos con más rapidez que ellos. Eso lo podemos hacer porque carecemos de escrúpulos. Mi conciencia no es la de un pequeño burgués. Exijo que apretemos los codos y formemos un bloque compacto. He contraído compromisos muy duros. Los mantendré mientras se me obligue a ello.
Hitler nos habló luego del incendio del Reichstag. Nos preguntó si lo habíamos visto, y como le respondiéramos que no:
—Id, pues, a verlo—exclamó—, pues es el fanal que alumbra una era nueva de la historia mundial.
Añadió aún que el incendio le daba ocasión para arremeter contra la oposición.
—He sumido en la turbación y el espanto a Hugenberg y sus maricas— calificaba de este modo a los ministros burgueses nacionales del primer Gabinete de Hitler—; sospechan, desde luego, que soy yo el que he organizado la cosa. Me tienen por el mismo diablo en persona. Y está muy bien que piensen así.
Hitler ridiculizó los discursos concienzudos y pedantes de sus compañeros de Gobierno. Les respondía en los términos más duros para espantarlos aún más. No cabía de gozo en la piel al verlos indignados contra él y creerse superiores:
—Me toman por un bruto. Por un bárbaro.
—Pues bien, sí—prosiguió Hitler—, somos unos bárbaros, y queremos serlo. Es un título de honor. Nosotros rejuveneceremos al mundo. El mundo actual toca a su fin. Nuestra sola obligación es saquearlo.
Habló con verborrea de la necesidad histórica de lanzar sobre las civilizaciones agonizantes las hordas bárbaras a fin de brotar de ese pantano maloliente y de esa podredumbre una vida nueva. Explicó en qué forma entendía debían ser tratados los comunistas y socialistas:
—Se imaginaron que iba a ser ceremonioso con ellos y que me contentaría con arengarlos. No, no; no estamos para humanitarismos. No voy tampoco a emprender investigaciones interminables para indagar dónde están los hombres de buena voluntad, los inocentes y los justos. Debemos librarnos de todo sentimentalismo y hacernos duros. Si algún día debo declarar la guerra, ¿acaso podré perder tiempo o enternecerme sobre la suerte de los diez millones de jóvenes que mandaré a la muerte?
Hitler, indignado, protestaba:
—¿Puede, acaso, exigirse en serio que yo sea el único que arree con los comunistas declaradamente criminales? Allá los burgueses, si quieren tranquilizar su conciencia por un procedimiento regular. Para mí no hay más que un derecho: el derecho vital de la nación.
La entrevista no acababa. Hitler se perdía en consideraciones prolijas sobre la incapacidad política de los partidos burgueses y socialistas.
—No cabe opción—concluyó por fin—. Me veo obligado a cumplir actos que desbordan el cuadro de la legalidad. No quiero, pues, que se mida con los cánones de la moralidad burguesa. Ese incendio del Reichstag me proporciona los medios de obrar, y obraré. El terrorismo—dijo—se justifica por la necesidad de machacar el espíritu de los burgueses, despertando en ellos el temor de los atentados comunistas, a la vez que se les hace sentir el puño del amo. El mundo —declaró—no puede ser gobernado más que por la explotación del miedo.
XIV