Nubes fucsias comenzaron a venir del norte. No sin dificultad atravesaron El Ávila y bajaron sobre el valle en una violenta danza que envolvió a la ciudad entera. Venían de Puerto Rico, impulsadas por una combinación de vientos y presiones atmosféricas que convergieron en el Caribe pero que, quizás, tuvieron su origen en algún lugar remoto, lejos de la tierra.
Aunque no tiene nombre exacto, algunos libros de meteorología se refieren a este fenómeno natural como Turu-Rú. Denominación tomada de antiguas leyendas indígenas de la Guajira Occidental que dan cuenta de una suerte de huracán que «construye en vez de destruir» —aunque la traducción exacta es «construye y destruye»— y que describe la extraña trayectoria de una tormenta que comprime los vientos y la presión atmosférica hasta paralizar en su centro todo movimiento alisio.
Pasó por Venezuela ya una vez en el siglo XX. Fue en las costas de Falcón, en el año 85, y sólo un grupo de surfistas adolescentes pudo apreciarlo en toda su magnitud. Estaban estos cinco chicos en una playa llamada Los Cocos, esperando olas sin mucha fortuna. Este punto no era demasiado bueno para correr olas, pero eso es lo que había en Chichiriviche para aquel entonces y poco podían hacer aquellos surfistas para convencer a sus padres de comprar una casa en Hawai. El mar era confuso. De todas maneras, estaban allí y oraban por olas en un rito surfista de golpear el mar y tararear canciones de Bob Marley.
De repente, del norte, justo allí donde termina la plantación de cocoteros y comienza el infinito, una mancha fucsia se pintó en el cielo. No eran unas nubes normales, como esas de colores que salen en los atardeceres de postal; éstas tenían vida. En una marcha veloz y constante, fueron ocupando la dimensión del horizonte. Subían, bajaban, chocaban y explotaban.
Los cinco surfistas quedaron atónitos, sin tiempo siquiera de remar hasta la orilla y salir corriendo de allí. Simplemente, permanecieron sentados sobres sus tablas a la espera de que aquel tornado los arrasara. Estaban muertos, aquel viento que parecía infernal se dirigía con voracidad hacia sus pequeñas cabezas.
No hubo sol, sólo un gris metálico en el universo. No hubo tiempo, ni espacio. Las nubes fucsias llegaron hasta ellos, arriba, a los lados, como si efectivamente se hundieran en un nuevo e inesperado océano. No hubo sonido, ni movimiento, el mar se paralizó, el viento cesó, las palmeras
interrumpieron su permanente abanicar. Estaban envueltos en una cápsula hermética que lo detenía todo. Sólo existía una sensación: el mundo jamás volvería a ser igual.
Poco a poco, las nubes fucsias se desplazaron hacia altamar, dejando a su paso una leve llovizna. De pronto, la tormenta ya estaba sobre Cayo Borracho y luego de nuevo en el infinito. No estaban
muertos. El mar permaneció quieto, pero, como trazadas por un pincel, enormes olas en perfectos sets comenzaron a precipitarse sobre playa Los Cocos. Era mejor que Hawai, izquierdas y derechas de cuatro metros en toboganes armónicos y gentiles. Surfearon hasta las ocho de la noche y luego fueron a celebrar; primero jugo de piña con ron y luego jugo de piña con aguardiente. Esa noche ninguno de ellos pudo dormir.
El jueves 20 de noviembre, a las nueve y media de la noche, regresaron a Venezuela. Después de atravesar El Ávila, las nubes fucsias se posaron sobre Caracas. Nadie las vio, estaban demasiado ocupados para mirar al cielo. Igual, el universo se paralizó, el tiempo y el espacio. La lluvia cesó con los vientos, los ríos volvieron a ser pequeños arroyos y una extraña calma sobrevino. De nuevo, el mundo no era igual.
O
RDENTranquilidad, una gran tranquilidad. Armonía, equilibrio, paz.
La miró y miró, con un ardor capaz de producir llagas y erupciones en las entrañas. La angustia y la desesperación se habían transformado en un canal, en una vía, una puerta para el encuentro y no había tiempo para volver, pensar o escapar.
No supo cómo reaccionar. Se dejó atraer, apuntó sus ojos también hacia él y descubrió un orificio por donde entrar. No había tiempo, ni espacio, sólo aquellos ojos negros, tan turbios y profundos como los secretos que guarda la existencia misma.
Obedeció, eso fue lo que hizo, a un impulso, a una fuerza que se originaba en algún lugar de su cuerpo o de la galaxia.
Después del infinito, Ana se lanzó sobre Luis, ¿o él sobre ella? No lo podía recordar.
De alguna forma, se habían encontrado en el medio de la sala envueltos por aquella manta de sombras producida por la lamparita de Popeye y su amarillenta luz.
Y se abrazaron, como dos hermanos que se encuentran, como se abraza lo que se extraña y no lo que es nuevo y se desea. Calor, calor.
De la ventana provenían susurros de viento. Él la besó, o ella a él, no lo podría decir, y se produjo otro hueco en la eternidad.
Laudvan salió de la cocina con la taza de café en sus manos y los observó por un rato. No daba crédito a lo que veía. «Es un milagro», fue lo que se atrevió a decir.
4
M
EMORIASEstaba deslumbrada por Caracas en aquel entonces. Poco tiempo pasó para que me convirtiera en una caraqueña más y aspirara a irme a Nueva York, como efectivamente sucedió.
Me acababa de graduar de periodista en la Universidad del Zulia y conseguí trabajo en El Guardián, el diario más influyente de Venezuela. Era el sueño hecho realidad para una ilusa como yo. Poco menos que llegar a Hollywood o triunfar en Broadway.
Mi primera y última pasión periodística fue investigar el secuestro de la hija de Federico Mendoza, el dueño del periódico donde trabajaba.
Eran las seis y media de la tarde y cenaba con Federico Mendoza en un restaurante japonés de Las Mercedes. Tanto lujo y exotismo a mis 23 años me ofuscaban. Creo incluso que me sentía atraída por el señor Mendoza, un hombre mayor, más bien gris, que gustaba de seducir a las niñas de mi edad. No llegué a tener relaciones sexuales con él, sólo porque el periodismo se interpuso.
De repente, el teléfono celular de mi jefe sonó. Su cara cambió inmediatamente, su ceño se arrugó y su mirada se apartó definitivamente de mis piernas. Al rato, me informó lo que sucedía:
«Secuestraron a mi hija», y ordenó que me desplazara hasta el lugar de los acontecimientos, una FM juvenil muy de moda para ese entonces.
Llevaba apenas dos meses en la capital. Me costó encontrar la estación de radio. Quedaba cerca del restaurante, pero, para mí, el este de Caracas era tan inmenso y desconocido como la selva
Lacandona, así que me perdí.
De Cabimas, que era un pueblo petrolero, horrible y desolado, pero a la vez mi hogar, mi dulzura, mis cariños y recuerdos, me fui directo a Santa Rosalía, al apartamento de mi tía. Santa Rosalía queda cerca de La Candelaria, donde estaba El Guardián. El centro de la ciudad era para mí el universo.
Tuertos, mancos, cojos. Saqueos, protestas, violencia. Dominicanos, chinos, portugueses, árabes, españoles. Olores a yerba, a mostaza, a parrilla. Smog. Vendedores de plátanos fritos, ofertas de dos por uno. Robos, muerte, pistolas. Frustración, resentimiento, borracheras. LTD, Nova, Caprice.
Mendigos, locos, huelepegas. Santeros, evangélicos, hare krishnas. Ruidos, mucho ruido.
Ciertamente Caracas, más bien su centro, era, no sé si sigue siendo, la capital del caos y la miseria. El lugar más espantoso y, a la vez, mágico sobre la Tierra.
L
O RECONOZCODeseaba la galaxia y tenía la loca esperanza de ser mundialmente conocida antes de los 26. Aunque no lo conseguí, utilicé todo lo que estuvo a mi mano para ese fin, incluidos el culo gigante y el par de tetas hermosas que ostenté por esos años. Por lo menos me divertí.
Después de muchas vueltas, luego de atravesar cientos de restaurantes de hamburguesas, miles de heladerías y cafés con nombres en inglés, llegué a la radio. Una veintena de periodistas, antes que yo, intentaban entrar.
Además, el locutor de moda, Johnny Mega, era uno de los testigos del secuestro. Los periodistas se aglomeraban a su alrededor, las preguntas lo avasallaban, no podía responder. «¿Tienes una relación amorosa con Ana Patricia Mendoza?». «¿Sospechas de alguien?». «¿Cómo era el secuestrador?». Los periodistas son una raza horrible y estoy segura de que el problema no es genético. Gordos, despeinados, mal vestidos, torpes, eso es lo que enseñan las escuelas de Comunicación Social: a descuidar la apariencia.
¿Periodismo? Tenía una blusa lo suficientemente desabotonada como para que se vieran mis senos, y un pantalón de lycra que hacía ver mi trasero del tamaño de un autobús. Me paré sobre las enanas, sus grabadores, cámaras y escrúpulos socialistas, y por fin tuve al chico más afortunado del planeta frente a mí. Lo miré fijamente y no pregunté nada, sólo procuré que sus ojos apuntaran a la dirección correcta.
Dos horas después estábamos solos en su apartamento. Nunca había visto nada así. No era tanto el lujo, sino el estilo de vida que llevaba el locutor. Simple pero caro. El mejor equipo de sonido, la mejor vista al Ávila, la cama más grande, la mayor colección de discos. Era vulgar y excitaba. Nadie con su edad vivía así en Caracas para aquel entonces. Ya era una hazaña tener menos de 26 años y haberse mudado lejos de los padres.
Había modificado su apartamento para que aquellos 250 metros fuesen un solo espacio. La cocina, el cuarto, la sala, el estudio y una terraza bellísima con balcón. Lo único que tenía puertas eran los baños, y luego, en el transcurso de la conversación, entendería por qué. Johnny había recorrido media Caracas en búsqueda de un apartamento que tuviera bidé; le obsesionaban los baños. Aquello tenía que ser mío.
Era un chico afortunado, pero tenía el alma envenenada; algo lo hacía estar incómodo con el mundo. Sus ojos estaban secos, me imaginé que se debía a la falta de buen sexo. Era una presa fácil, así que me dispuse a proporcionarle a Johnny el mejor polvo que mujer alguna le haya podido dar. Programé mis músculos para ello. Él tenía que ser mío.
Antes, descubrí que lo que Mega sabía del secuestro no era demasiado, pero, muchas veces, y creo que esta fue la primera lección de periodismo que aprendí, más importante es lo que desconocen los protagonistas que lo que conocen. Las dudas que se le generan al lector, y no las certezas, son las que venden periódicos.
Johnny no sabía qué hacía Ana Patricia Mendoza en La Sónica, primera vez que la veía en su vida. Sospechaba que era familiar de Federico Mendoza, pero nada más. Apenas la pudo detallar, a la distancia, y sólo cuando se alejaba en el carro con el secuestrador. Igual sucedía con el conductor del vehículo, el Mega no lo podía describir. Las vendedoras de una tienda de discos que queda al lado de La Sónica, el encargado de un kiosquito en la esquina y las clientes de un café en la calle París eran quienes aportaban la mayoría de los datos importantes para las primeras conclusiones del caso. El sujeto estuvo alrededor de una hora cerca de la estación de radio, indeciso, nervioso, dubitativo. Era evidente que le interesaba algo allí. ¿Johnny Mega? Quizá. Primero se acercó a la puerta de La Sónica e hizo ademán de querer entrar; así lo atestiguaron el guachimán y la secretaria de la radio. Posteriormente, se dirigió a la tienda de discos y permaneció allí aproximadamente 15 minutos, el tiempo suficiente como para que las vendedoras se hicieran una idea clara de él.
Individuo como de unos 25 años, estatura mediana, tez blanca, cejas pobladas, pelo negro, vestido con chaqueta de cuero, una reveladora franela del Comandante Chávez, pantalones de bluyín y botas montañeras.
Después se desplazó hasta el kiosquito y pidió un refresco. El dueño del local afirmó que el secuestrador parecía desesperado. Tomó la bebida con sabor a cola y luego se dirigió a un café, donde pasó otros 20 minutos.
Lo demás pasó de una forma rápida y confusa:
Un accidente ocurre en su camino de regreso a La Sónica —un niño, en circunstancias que nunca fueron explicadas, es atropellado por un auto— y aprovecha la distracción de los transeúntes para asaltar a Ana Patricia Mendoza, que, asustada, comienza a gritar y a tocar la corneta.
El guachimán apunta al individuo, la secretaria ve el asalto y le avisa a Johnny Mega. El secuestrador hace caso omiso de las advertencias y saca un revólver, empuja a la chica dentro del Mitsubishi rojo, se sube y arranca hacia la calle París. Inmediatamente después de este hecho, el locutor estableció contacto con El Guardián y confirmó sus sospechas con el equipo de redacción: Ana Patricia Mendoza Goldberg era, efectivamente, la hija de Federico Mendoza.
Una vez obtuve esta información, llamé al periódico y, en voz baja y emocionada, la transmití. Luego continué con mis tareas de araña.
Comenzó a hablar de lo solo que estaba, de su vida y pasiones, de su ex novia, de lo que sintió por mí apenas entré en el estudio. Distraída, me paraba de la mesa e iba a la terraza para ver El Ávila y dejar que Johnny se regocijara en mis nalgas. Al regresar extendía mi cuerpo hacia él con la
intención de que mis olores lo penetraran. Quería enervarlo, acorralarlo, que se sintiera león y que viera en mí a un cordero. Aunque en este caso era al revés.
Sirvió vodka con aguaquina.
Mega era un hombre atractivo. Tuve que contener mis impulsos para no atragantarme con él; creo que quería apropiarme de su alma y por eso no me precipité.
Llegó un momento en que creí que jamás se atrevería a dar el primer paso, que era un cobarde, y, para calmar mi vientre, me fui de la mesa en busca de una bocanada de aire. Recosté mi cuerpo contra la baranda del balcón, con mis nalgas frente a su cara, con mi cara sobre la ciudad, y le di la última oportunidad. Era en ese momento o nunca. Lo pensó 1.000 veces. Temió ser rechazado. Bebió su vodka de un trago, se armó de valor y fue hacia mí.
Sentí sus manos firmes en mi cintura, después su boca tenaz en mi cuello; no me moví. Cerré los ojos y me convertí en pluma. Dejé que sus brazos me voltearan hacia él, que su boca se acercara a la mía y que su lengua abriera mis labios. Luego lo besé.
De un tiro desabrochó mi blusa, mordió mi sostén, y cuando mis tetas estuvieron afuera, se vio en su cara que no lo pudo creer. Grandes, redondas, alineadas hacia el cielo. Sólo cuando un hombre se excita con mis senos, es que les siento el peso. ¡Qué pesadas son! Las lamió y mordió en un intento vano por succionarles su miel y, enloquecido, remontó la cuesta de mi piel hasta encontrarse de nuevo con mi boca.
Bajó mis pantalones, lentamente, posándose donde le interesó. Olió mi pubis, extendió sus manos sobre mis muslos y los apretó con tanta fuerza que aún hoy guardo las marcas de su pasión.
Colocó mi culo frente a sus ojos, como para comprobar las dimensiones que anunciaba el tacto. Torcí un poco mi espalda hacia abajo y Johnny, alarmado, descubrió que en aquellas nalgas se escondía el universo mismo.
Lamió y lamió mis labios, dos horas, tres horas, no recuerdo, hasta que mi vientre se convirtió en mar y el pobre, allí perdido, estuvo a punto de naufragar.
Con calma lo desvestí, desabotoné su camisa y acaricié su pecho. Con cuidado y atención, le quité el pantalón. Tomé su pene, de tamaño más bien conservador, entre mis manos, suavemente, para dejarle sentir la diferencia de pieles y le di sólo un beso. Sus ojos se desorbitaron, su presión sanguínea bajó y, cuando lo vi indefenso sobre el suelo, arremetí contra sus orejas y cuello.
No resistió demasiado, de un golpe me incorporó sobre mi cadera, abrió mi entrepierna e introdujo su miembro hasta el fondo, sin dolor ni esfuerzo. Comenzó a meter y a sacar su pene de una manera tan violenta que no tardó mucho en perder las fuerzas.
Abrió los ojos, extasiado, miró mis senos y cintura, suspiró y con un doloroso gemido sacó su miembro y acabó.
Salíamos del reino animal para adentrarnos de nuevo en la civilización. Él volvió a ser el locutor y no el salvaje que había descargado sus instintos en mí. Y yo no fui más el deseo y la pasión. Me convertí de nuevo en la provinciana morena, con una cara medio fea, con un culote, unas tetotas, acento y una ropita allí, pasada de moda y algo marginal. Ya no quería ser así. No quería llamarme más Yetzibell Berba La Rosa, qué horrible, ni haber nacido en el estado Zulia, ni siquiera en
Venezuela; todo sonaba espantoso. Soñaba con ser sofisticada, vestirme con ropa cara, vivir en Los Palos Grandes, después en Nueva York, manejar un Mercedes y mirar con cara de asco.
No hablé. Tomé una actitud lacónica y nostálgica, arrepentida en apariencia. Regresé al balcón ya vestida y fumé un cigarrillo. Sabía que este tipo de actitudes despierta la sospecha en los hombres. Normalmente, son ellos los que actúan ariscos y recelosos, mientras que las chicas, más bien, esperamos atención. En este caso fue Johnny Mega quien se acercó preocupado y atento, y fui yo quien lo rechazó.
Sólo le dije: «Le temo al dolor, le temo al amor, no estoy preparada para una relación». En ellos resurge el espíritu de las cruzadas cuando te transformas en un imposible, en una meta, en una batalla; por eso hay que evitar la palabra relación o compromiso, hay que dar la primera estocada y
despreciarlos antes de que ellos lo hagan por ti.
«Yo no quiero una relación», respondió Johnny en un intento por sonar despreocupado. «Qué bueno que lo entiendas», sonreí. Hablamos de cualquier cosa, se vistió, hizo una llamada telefónica y me llevó a casa de mi tía en su Cherokee azul.
Antes de bajarme, me preguntó qué hacía al día siguiente. Sugirió que saliéramos a cenar. Le
expliqué que no podía porque tenía que trabajar. Luego quiso besarme en la boca y lo rechacé. «No». En sus ojos vi el temor; supe que ya el pobre sentía nostalgia por mi cuerpo. Así fue como conquisté a Johnny Mega. Y hoy, cuando recapitulo y trato de leer mi vida, me arrepiento. En aquellos días no había dolor, pero en tardes de invierno como esta, sí. Inevitablemente miro hacia atrás.