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E STO ES QUÍMICA

In document Pin-Pan-Pun.-Alejandro-Rebolledo.pdf (página 187-191)

Lo tiré sobre la cama, desabotoné su pantalón y se lo bajé con cuidado. Allí estaba su flácido miembro.

Lo besé con ternura. Igual, no reaccionó. Y no me importó. Lo deseaba, lo deseaba demasiado. Él parecía complacido o, por lo menos, sereno. La serenidad en él era una cosa extraña. Siempre lucía tan desesperado y atormentado que verlo así, con la cabeza apoyada sobre la almohada, con una ligera sonrisa y con los ojos cerrados, fue tan erótico como un pene de 30 centímetros. Pocos

hombres hubieran reaccionado como él ante una situación que lucía tan adversa; pocos lo hubieran tomado con tanta naturalidad. Lo amaba.

Al rato, ya fastidiado de mi lengua, se incorporó de nuevo y volvió a aspirar sus químicos de la lata. Una o dos bocanadas le bastaron esta vez.

No quise fumar.

Y mi ángel, de una forma abrupta, regresó a la normalidad.

—Tenemos que salir de aquí. Nos van a atrapar, algo va a pasar, tenemos que salir, alguien va a morir.

Intenté calmarlo como se calma a los enfermos que sufren de elevadas fiebres. Traté de acariciar su frente y dibujarle un mundo liviano y apacible, pero no hizo caso. Se levantó, vistió de nuevo sus pantalones y salió de la habitación disparado y sin darme tiempo siquiera de secarme la boca.

Una vez en la calle, el viento y el aire fresco nos hicieron bien. Se oían disparos a lo lejos y, por ser domingo, poca gente transitaba por el lugar. Caminamos sin dirección al menos por media hora, hasta que pasó lo que pasó.

Justo cuando retomábamos la Avenida Principal de Santa Rosalía vimos venir desde lo lejos un auto a gran velocidad y con las luces altas encendidas. Cuando pasó a nuestro lado frenó violentamente y fue allí que entendí que era una Cherokee azul y que adentro estaba Mega.

Se estacionó a un lado y bajó con energía, me tomó con fuerza del brazo y me haló hasta una esquina solitaria de la avenida.

—Un amigo. ¿Por qué?

—¿Por qué? Porque te he estado llamando todo el día y nunca estás.

—Qué mentiroso eres, Mega, qué mentiroso, estuve en la casa hasta hace una hora esperando tu llamada. Te busqué en el celular y siempre me salió tu maldito mensajito.

—Estaba en el programa de radio y no podía llamarte... ¿Quién es ese carajo? Fue lo que te pregunté. —Ya va, Mega, ya va, ¿qué te pasa? ¿Desde cuándo soy tu novia?

—Yetzibell—dijo, con mirada de perro—... No entendía nada.

—¿Pero por qué reaccionas así? ¿Qué te pasa? —finalmente mis palabras sonaron conmovidas. —No sé, no soporto nada, necesito un cambio... Tengo una propuesta de trabajo en Miami. ¡Vente conmigo!

En eso se acercó Alejandro.

—Tú eres Johnny Mega, ¿no? —Alejandro parecía más atolondrado de lo que en realidad era—. Sí, eres Johnny Mega... Yo te vi una vez en la bomba de gasolina de Las Mercedes, era día de los

enamorados y estabas disfrazado de cupido. Transmitías tu programa desde allí con una camioneta que estaba llena de globos con forma de corazón. Sí, me acuerdo...

—¿Quién es este idiota? —Alejandro —respondí.

—Mira, pana, no te conozco, no sé quién eres, así que evita decir una estupidez más. ¿Estamos? —y me llevó con él, unos metros todavía más abajo.

—¿Qué te pasa? —dije ya al punto de la histeria. Noté que su mano presionaba con fuerza mi bíceps izquierdo.

—Ya saben dónde está Ana Patricia Mendoza. Hay un operativo especial en Los Palos Grandes para rescatarla —soltó en voz baja.

—¿Qué?

—Ven conmigo, ningún periodista lo sabe, es tuya la primicia. ¿No es lo que querías? —Lo sabía, sabía que me ocultabas algo, Mega, lo sabía. ¿Por qué no me lo dijiste antes? —Te lo estoy diciendo ahora.

—Pero, ¿por qué?

—El día del secuestro, Yetzibell, llamó un tipo a la estación de radio diciendo qué él sabía quién era el secuestrador y que si le pagábamos algo revelaría la información. El Fiscal General me pidió que no le dijera nada a nadie.

—Pero esa llamada la pudo hacer cualquiera, Mega. ¿Cómo saben que fue el secuestrador? —la periodista que yo pretendía ser ya se había adueñado otra vez de mí.

—Por eso el silencio, Yetzibell. El Fiscal General le dio el nombre a la Disip y, ¿sabes lo que

averiguaron? Que el tipo había estado involucrado en un secuestro famoso en los setenta y que vendía droga en Los Palos Grandes. El propio sospechoso, ¿no?

—¿Y cómo saben que tiene a Ana Patricia? —No, no lo saben, lo sospechan.

—¿Y el tipo dio su verdadero nombre en la radio? No lo creo.

—No. «Yo soy El Tufo, alto malandro que todo lo sabe», fue lo que dijo. Pero El Tufo, en los registros de la Disip, aparece como uno de los secuestradores del niño Vegas. ¿Entiendes? —y se oyeron más disparos a lo lejos.

¿El Tufo, El Tufo? ¿Dónde había oído ese nombre antes? Cuando lo entendí, cuando finalmente me di cuenta, casi me desmayé. Volteé hacia la esquina en la que Alejandro nos esperaba y lo miré con asombro, con estupor, con miedo. El círculo se cerraba y la naturaleza macabra de la realidad subía el telón. Algo o alguien estaba jugando conmigo.

—¡Alejandro! —grité con furia— ¡Ven acá! Se acercó con parsimonia.

—Ese nombre que me dijiste, El Tufo, ¿de dónde lo sacaste? —Me vino a la cabeza, no sé.

—Y este bichito conoce al Tufo. ¡Ay, Yetzibell! ¡Ten cuidado con quien te juntas!

—Este bichito, Mega, como tú dices —ya estaba harta—, es Alejandro, el hijo de Federico Mendoza.

Se quedó allí, de pie, con cara de lerdo, junto al otro mongoloide al que amaba. Me fui a caminar bien lejos, tanto, que esperaba encontrar Cabimas al final de la calle. Tenía que salir de allí. No sólo era el maldito Tufo y las implicaciones metafísicas que ya empezaba a hilar mi mente. Era, sobre todo, ese par de imbéciles.

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