—Tu madre y yo tenemos algo que decirte. Alejandro, siéntate por favor —soltó Federico con esas caras serias que nunca le salían.
Alejandro maltripeó. Pensó que lo llevaban de vuelta a Cuba. Comenzó a gritar y a mover la cabeza, sabía que esas reacciones ahuyentaban a sus padres. Sin embargo, entendía de la misma manera que, tarde o temprano, si continuaba actuando como un demente, iba a terminar en un manicomio, así que reaccionó:
—Yo estoy bien, estoy bien, se los juro. Sólo me estoy adaptando, de verdad. Llamen al doctor Rojas en Cuba y les dirá eso, que paso por un momento de transición y que es lógico que al estar aquí
regrese a la droga. Pero es sólo momentáneo, mami, en serio.
—No, hijo, me duele mucho decirlo, pero esto ha sucedido varias veces y jamás has cambiado. Ahora no sólo te destruyes a ti; también a todos en esta casa y, de verdad, no podemos continuar así —dijo Isabella al tratar de no caerse por el barranco de su conciencia.
—Lo que queremos decirte, Alejandro, es que te vamos a dejar en paz, vamos a dejar que hagas tu vida, Quizás la soledad te haga reflexionar. Sobre todo quiero proteger a tu madre y a tu hermana de este sufrimiento; si no te has dado cuenta, ya no tienen vida...
—¿Me están botando? Lo sabía, lo sabía. Hoy vi que iba a morir, me vi a mí mismo flotando en el espacio, desnudo. Dios me lo dijo, ¿lo ven? Créanme, hablo con Él...
Alejandro corrió por las escaleras y se encerró en su cuarto. Se echó en la cama a llorar. Como un niño. Luego prendió la última piedrita que le quedaba junto al televisor.
P
ARANOIADel llanto pasó a la histeria. Las piedritas lo habían fundido y ahora el problema con sus padres había hecho explotar de nuevo la paranoia. Empezó a sentirse acorralado, solo y perseguido. Ellos lo odiaban y lo querían ver muerto. Era una trampa, una trampa para matarlo. Flotaba, otra vez, desnudo en el espacio.
Pero todo eso, pensaba Alejandro, era culpa de Ana Patricia. Ellos siempre la quisieron más, porque era bella e inteligente, sana y educada. Los caballos alados lo condujeron hasta la mente de Ana. Viajó al pasado. Allí estaba, horas antes, envenenando a su madre, en su cuarto, junto a Manuela, la perra esa, con una blusa azul y cara de ángel. Ana Patricia, demonio. Ella era la culpable. «Es malvada, diabólica, perversa. Jacinto, Erick, suamm, 155, 88, 1290. La voy a matar».
Ana estaba junto a Manuela, tirada en la cama king size con edredón de flores, boca arriba. Leía un libro sobre los efectos malignos de la globalización en Latinoamérica, cuya lectura había sugerido el padre Willem.
El cuarto de Ana Patricia era casi tan grande como el de sus padres. Tenía una terraza y todo. Una pequeña biblioteca y un escritorio de madera que perteneció al abuelo Kai. Equipo de sonido, televisión, computadora, peluches, flores y un baúl en el que guardaba sus recuerdos personales: basura de la infancia, la verdad.
Llovía. Ana Patricia quería estar sola y abstraerse tanto como pudiese de lo que sucedía afuera. Sabía que sus padres habían botado a Alejandro de la casa, pues fue su sugerencia. Oyó la discusión y también cómo su hermano se había encerrado en el cuarto tras un estruendoso portazo. Pero estaba harta, estaba harta de todo, no quería saber nada de ellos, de Isabella y sus llantos, de Federico y sus intentos esporádicos de ser buen padre, de la locura y drogadicción de Alejandro. Prefería estar con un librito, con el clima, Manuela, la luz de la lámpara, con el olor a madera vieja del escritorio del abuelo Kai y, sobre todo, con la esperanza de que algún día saldría de allí para jamás regresar.
B
UMPak. Isabella y Federico escucharon un ruido sospechoso en la parte superior de la casa. A trote subieron las escaleras y, al llegar, encontraron a su hijo en el cuarto de Ana, con el revólver de Federico apuntando al equipo de sonido.
—¿Qué pasa, qué pasa en esta casa? Dios, Dios, Dios. ¿Cómo es posible, Federico, que Alejandro tenga tu revólver? ¿No lo guardas con cuidado?
—No lo sé, Isabella, no sé cómo lo consiguió. Estaba guardado en mi closet, detrás de los zapatos y... ¡Alejandro!
—Cállense, paren ya de pelear, no ven que me va a matar. Agárrenlo, controlen a este loco... Por favor, hagan algo —imploró Ana Patricia.
—¡Hijo, suelta el arma! —ordenó Federico con un grito poco autoritario.
Bum: los circuitos del equipo de sonido volaron hasta la terraza. Bum: al televisor se le abrió un hueco en la pantalla. Bum: la computadora.
Ahora Alejandro apuntaba a la cabeza de Manuela. La perrita se arrinconó con la cola entre las piernas bajo los escombros de la tele. Sabía que iba a morir.
No lo pensó dos veces, dispararle a Manuela era como matar a su hermana, sabía el sufrimiento que le iba a causar, sabía que con eso vengaría la mezquindad de su hermana.
Bum. Manuela ahora era puré. El disparo se hundió justo en el abdomen, tras un sonido seco y
espumoso que estuvo acompañado de un leve aullido, leve, sí, como si sólo se hubiera tratado de una patada o algo así. La perra estaba tan vieja e hinchada que la bala había actuado como una aguja sobre un globo, pluf, y se desinfló. Por un lado las costillas, por otro los riñones, y más allá el pulmón.
Alejandro arrojó el arma sobre la cama y se dirigió a la puerta donde sus padres permanecían con mirada de estupor.
—Me voy, dame 70.000 bolos en efectivo y cuanto puedas en un cheque —dijo Alejandro, ya rumbo a su habitación.
4:12
AM—No tengo 70.000 bolívares en efectivo, sólo 30.000, y el cheque te lo hago por un millón —susurró Federico con asco, rabia y temor.
—¿Ah? Okey —respondió Alejandro, mientras sacaba del closet algunos bluyines y camisas de rayas horizontales.
Una vez hubo recogido sus pertenencias, el cheque y el efectivo, Alejandro salió disparado a Santa Rosalía en su Toyota gris.
A
DIÓS, M
ANUELAAlguien tenía que recoger los restos de Manuela y a todos les daba asco. Isabella le tocó la puerta a Berta, la despertó y ordenó que subiera con trapo, escoba y bolsas de basura. Berta obedeció de mala gana.
Para Ana Patricia era un conflicto mayor ¿Qué hacer con los restos de Manuela? ¿Enterrarlos? Claro, ¿pero dónde? ¿En el patio de la casa? No, qué tétrico ¿Qué hacer entonces? ¿Qué hacer, qué hacer? Qué situación más engorrosa.
—Mamá, dame la bolsa donde está Manuela, que me voy a enterrarla... ¡Sola! Voy sola.
—Mi vida, déjame acompañarte, estás alterada, ¿a dónde vas a ir? No entiendo, quédate tranquila en tu casa, ya veremos mañana qué hacemos con Manuela.
—No, mamá, no sabes lo que esto significa para mí, déjame en paz, necesito salir, necesito respirar, no aguanto más.
—Pero, ¿a dónde, Ana? ¿A dónde vas a ir?
—No lo sé. Lo único seguro es que luego seré yo la que va a matar a Alejandro. Lo denuncio a la policía por intento de homicidio. Algo le tengo que hacer, de verdad, me las va a pagar.
Eran ya casi las cinco de la mañana. Manuela estaba envuelta en dos bolsas de plástico negro tamaño extra large. Ana tomó a su querida mascota y la metió en la maleta del carro, con cuidado de no
derramar ninguna víscera.
No pensaba. En un reflejo tomó la autopista como si fuera a la universidad. Cuando fue consciente de nuevo, ya estaba más allá de los límites permitidos para una chica del Este: había pasado Antímano y, para el próximo retorno, tenía que atravesar Caricuao.
«¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Miedo? ¿Qué es lo que sientes? Ganas de irme de aquí y jamás volver, ganas de ser otra persona, ganas de tener otra familia, ganas de estar sola, ganas de ser una comiquita, de ser una Sailor Moon y no existir. ¿Ahora qué vas a hacer sin Manuela? ¿Qué vas a hacer con tu vida? ¿Seguir estudiando esa porquería de carrera? ¿Sacar notas mediocres hasta conseguir un título que no te va a servir para nada? ¿Vivir en esa casa maldita sin poder respirar? ¿Matar a Alejandro?
B
IENVENIDOTambién por instinto, Alejandro se dirigió a Santa Rosalía. Estacionó frente al edificio de su jíbaro y caminó hasta toparse con el hotel El Sordo —«Sólo para caballeros»—. Alquiló una habitación y se echó en la mugrienta cama, víctima de convulsiones y terribles remordimientos. El único consuelo que tenía era que estaba cerca de João y que, apenas se hicieran las nueve de la mañana, iría a comprar más crack. Faltaban tres horas.
El hotel El Sordo era una casa antigua rodeada por dos bloques obreros de algo más de 20 metros de altura. Por eso las habitaciones no necesitaban persianas, allí siempre era de noche. De todas
maneras, las habitaciones tenían sus ventanitas y los huéspedes podían ver el sótano y los primeros pisos de sus vecinos.
Mantenía permanentemente un olor húmedo y una temperatura más bien fresca, aunque en los días de agosto podía llegar a los 32 grados centígrados. La manta de la cama era gruesa y peluda; picaba si Alejandro se movía demasiado. Con los ojos en lo que suponía era el techo, pues no había más que oscuridad, se mantuvo pensando, pensando, pensando.
Era un monstruo, eso lo reconocía, pero más le atormentaban las contradicciones de su alma: hablar con Dios a través de una droga tan destructiva como el crack, obrar de una forma tan malvada guiado por las revelaciones de un ser que suponía justo y benévolo... Nada de eso era fácil de asimilar. «Estoy loco, estoy loco», se repetía una y otra vez. Ese Dios podía ser muy bien el diablo o, mucho peor, Dios era un ser caótico y burlón, que no reconocía las fronteras entre el bien y el mal, que jugaba con su vida al permitirle ver y oír una realidad que les era negada a otros.
Lo cierto del caso es que, con drogas o sin ellas, Alejandro era un ser conflictivo. Hermético e introspectivo casi al punto del autismo, su vida social siempre fue un asco. No sabía comunicarse y, mucho menos, asimilar el mundo exterior.
Las terapias curativas en Cuba sólo fueron el final de una larga cadena de tratamientos y sesiones psiquiátricas que desde niño lo único que hicieron fue recalcar su condición de enfermo y diferente. Considerado poco menos que un idiota en la escuela, sólo hizo amistad con otros desadaptados, como José Vargas, que era, al contrario que él, demasiado extrovertido, tanto que nadie lo soportaba. Igual, los dos eran autodestructivos y se cayeron bien. José fue el de la idea de las drogas.
Allí estaba ese cuerpo de 1,80 metros y dos intentos de suicidio, tirado en la cama del hotel El Sordo con las dos pupilas azules encendidas en un vano intento por iluminar el universo. Con su bluyín roído y su camisa de rayas horizontales, con sus zapatos deportivos sin marca y con esa aura inocente
que sólo los ángeles deben emanar.
Algo en el polvo de las sábanas, algo en la humedad de la habitación, algo en esa oscuridad acalló los pensamientos de Alejandro. Poco a poco sus ojos se fueron cerrando y la tortura se desvaneció. A la dos y cinco de la tarde despertó. Tenía hambre y poco quería recordar de la noche anterior. Le dieron ganas de orinar, se paró y no encontró baño o algo parecido en el cuarto, así que salió. Lo primero que le vino a la mente fue la Vecindad del Chavo. ¿Cuántas veces vio El Chavo del Ocho? «Fue sin querer queriendo», «Tenía que ser el Chavo del Ocho».
Estaba en una suerte de patio interior, y aunque el cartel de la entrada decía «Sólo para caballeros», la gente allí se parecía a doña Florinda. La sorpresa fue igual del lado contrario: se hizo un silencio abismal y las doñas lo vieron caminar indeciso hacia ellas. Alejandro se acercó a una que, con guardacamisas y rollos en la cabeza, lavaba ropa en un tobo plástico azul. Le preguntó dónde quedaba el baño.