Lanzarme, lanzarme al vacío con gusto y sin miedo. Si tenemos suerte, corazón, allí, por fin, estaremos.
6
Y
O«Domingo, 23 de noviembre».
Es domingo, 23 de noviembre; estoy aburrido. Los días pasan, lo veo en el espejo.
«La tarde está un poco nublada, pero no importa, desde aquí trataremos de aclararla... Saludos a todos aquellos que regresan de la playa. ¿Cómo estuvo ese surf?».
No me pagan, trabajo todo el día en este maldito hueco y, además, debo meterme en unas oficinas apestosas para tratar de cobrar unos putos cheques que jamás están a tiempo y que a todo el mundo en esta maldita ciudad le cuesta un hígado dar; lo peor no es eso, todos piensan que soy millonario y que tengo dinero para botar.
Llevo como dos meses escuchando el mismo disco: Viaje al centro de la Tierra de Rick Wakeman. Es lo único que puedo tolerar. Voy en el carro, caigo en un hueco, te mento la madre, y sigo mi camino. Te comes la luz roja, imbécil, orangután, y un día de estos, tranquilo, voy a pasar mi camioneta por encima de tu maldito carro y te voy a aplastar la cabeza como a un gusano.
No estoy de buen humor.
«Son las cuatro y cinco minutos de la tarde y mi compañero, Alfred II, no llega. Alfred, Alfred, una vez más, mereces un abucheo: Buuuu».
Vivo solo, okey, tengo mi carro y un puesto en el estacionamiento del edificio más caro de Altamira. Pero no importa, mis vecinos se dan la tarea de hacerme sentir en un bloque de Caricuao.
Hoy me despertaron a las siete y media de la mañana, un gordo en shores y con la nariz operada: «Hola, Mega», todo el mundo me llama Mega, como si fuera un perro o una comiquita del Canal Ocho, mi nombre es Juan, Juan Simancas y para el gordo marico ese, señor Simancas. O doctor Johnny.
«Buenas días, Mega, disculpa la molestia pero, ¿podrías mover tu camioneta un poquito para adelante? Es que anoche no había puesto en el estacionamiento y tuve que poner el carro frente al tuyo y más tarde el italiano del piso cuatro se paró delante de mí y ahora la señora del piso seis, la que tiene cuatro hijos, no puede sacar su Toyota. No iba a dejar mi Montero parada en la calle; no hubiera amanecido, ¿verdad?». Y además: una carcajada y un manotazo en la espalda. Lo voy a matar, algún día lo voy a matar.
Cada apartamento tiene un puesto, okey, sólo un puesto y cada propietario en esa porquería de edificio tiene, por lo menos, cuatro carros. No sé de quién es la culpa, si de los torpes arquitectos que hicieron la porquería de edificio ese o si de los estúpidos inquilinos que no paran de comprar carros de lujo para no saber dónde meterlos y estar paranoicos el día entero.
Afuera, los carros van afuera, no me importa. Que se los roben, que terminen en Colombia en las manos grasosas de un narco tuerto; se lo merecen. Mis malditos vecinos se lo merecen.
Y después hablan de la democracia y se quejan del país. No saben ni cómo ordenar un estúpido estacionamiento, no saben ni poner reglas ni respetarlas. Prefieren insultarse, tocar el timbre a las siete de la mañana y sentirse en Caricuao, aunque sus apartamentos cuesten 100 millones de
bolívares.
Ay, si gobierna Chávez.
No me interesa el pasado, no me gusta recordar, no hay nada atrás. «Tolerancia. La tolerancia. Ese el tema de hoy».
No hay nada atrás.
Días calurosos, edificios oscuros, noches tristes. No sé cómo terminé aquí. Pude dedicarme a vender seguros o carros usados; el futuro en esos días simplemente no existía. Me tiraba en el asiento trasero de un Ford Farlaine junto a cuatro bichitos más y me dejaba llevar, me dejaba llevar. Fumábamos marihuana en la Cota Mil y luego íbamos a visitar a la novia de no sé quién en El Llanito. Me rendía en las escaleras de una panadería y veía pasar la vida. Fumaba y oía los chistes de los demás.
Admiraba a los que, a pesar de que se estaban quedando calvos, fumaban y aún se sentaban en las escaleras de la panadería con sus chistes. No había futuro, cómo podía haberlo.
A tirarse de nuevo hasta las ñángaras de monte en el Farlaine 500, a subir y bajar esas calles de edificios grises con nombres de tribus indígenas o santos portugueses. Yo vivía en el Tapaquire, en la torre C, apartamento 23 D.
No sé cómo llegué aquí, ni me interesa saberlo. No hay nada atrás. No existe nada, excepto hoy. «Vivimos en una época de tolerancia, eso caracteriza a los años noventa. Diferentes estilos y corrientes conviven en una década que será recordada por su amplitud».
¿Qué hago yo aquí?
«Una muestra de ello es el rock. De Guns’n’Roses a Nirvana, de Aerosmith a Pearl Jam. De Red Hot Chilli Peppers a Smashing Pumpkins. La diferencia entre la llamada música comercial y la
‘underground’ parece haberse borrado y, en su lugar, surgen nuevos términos para describir...». Duro, fuerte, seguro, triunfador. Ese soy yo. Un trabajo de años. Me lavé el cerebro yo solo. Allí, parado en la panadería, lo único que oyes es: «Fracasa, renuncia, no puedes». Te montas en el Farlaine y dejas que a tu alma se la lleven la pasividad y la indiferencia.
«Yei-Vi-Ci y sus nuevos equipos ultrasonic, sólo para los que pueden, presentan el programa de hoy. Alfred, Alfred II, ¿dónde estás?».
Perdedores, perdedores, este es un país de perdedores. Soy un elegido, a nadie se le permite soñar y yo pude. Todos se repiten a sí mismos: «Soy gordo, soy feo, soy estúpido». Y lo son. Yo digo: «Soy un elegido, soy poderoso, soy triunfador». Y lo soy. Tengo tres programas de radio, salgo en
televisión, tengo un apartamento en Altamira, soy famoso, poderoso, sexy. Hoy, hoy. Gano cuatro millones al mes.
«Mano Negra, uf qué bueno, sííííííí, es el tema que da inicio a nuestro programa: ‘Bala Perdida’. ‘Bala perdida’, ‘Bala perdida’. La tolerancia... Ya regresamos, ¿okey? No se muevan de aquí. La Sónica, la emisora radicalllll para ti».
No voy a llamar a Yetzibell, ya no me gusta, es marginal, es una zorra, es maracucha, no es la mujer para mí. Merezco algo mejor. Una niña con educación, que hable tres idiomas, que sea virgen. No necesita ni una explicación.
7
H
ABITACIÓN17
A eso de las siete de la noche, inevitablemente, fui víctima de un ataque de angustia. No soportaba la televisión. Ver a Steven Segal y a Bruce Willis me daba náuseas.
Abrí la puerta de la nave espacial y el vómito casi se me escapa de la boca. Estuve a punto de dar el salto, de quedarme en el vacío, de morir y amanecer hinchada en el espacio.
Alejandro: quería protegerlo, cuidarlo o, por lo menos, estar a su lado. Mega: no llamaba.
A eso de las siete y media, mi tía entró feliz por la puerta. Había ganado 22.000 bolívares con su caballo Erick, pero se molestó conmigo porque yo no había hecho nada de cenar y ella venía con hambre. Me reprochó que ella siempre hiciera el desayuno, el almuerzo y la cena, y que yo no contribuyera en nada con la casa. Tenía razón.
Le di un beso y le rogué que me perdonara. Igual, ya no podía estar en ese apartamento, no toleraba la ansiedad, no iba a esperar más la llamada de Mega, Mega.
Alejandro. Alejandro.
Ya no me importaban ni el secuestro ni mi futuro. Le robé a mi tía 2.000 bolívares de la cartera y salí corriendo a la calle.
Las estrellas caían como rocas sobre mi cabeza. Caminé como pude, entre caras diabólicas y llamaradas de fuego, hacia el hotel El Sordo. De alguna forma llegué a la recepción y pregunté por Alejandro: «Habitación 17».
Habitación 17.
Abrió la puerta, alto y encorvado como era, y me miró sorprendido. Estaba sin camisa y su torso se descubría por fin: más flaco y lampiño de lo que esperaba. Su pecho estaba ligeramente hundido y su piel algo curtida.
Asustado, hizo un ademán para que entrara rápido a la habitación al tiempo que cerraba la puerta de un golpe. Era oscura, muy oscura, y caliente. Las sábanas se revolvían como serpientes sobre la cama y un olor a químico, a plástico quemado, permanecía en el lugar.
Se sentó en la cama, y tomó de la pequeña mesa de noche que tenía a su lado una lata de aluminio a la que le prendió fuego con un yesquero.
Se fumó su lata con bocanadas de nadador. Me senté a su lado y le observé, más bien con serenidad. Creía, de hecho, que mi ángel se estaba drogando con latas aplastadas de Light Cola; lo que hacía era algo que simplemente no podía entender. Pero, en fin, el mundo era tan absurdo y yo tan ignorante... Me pasó la lata, no lo pude evitar; la sostuve con las manos frente a mi boca y, luego, cuando mi ángel la bañó de fuego, aspiré.
Era un fuego helado.
Todo hizo crack, crack: ahora sé que fue crack.
Inmediatamente, la habitación se fracturó en 1.000 pedazos. Mi corazón comenzó a latir tan fuerte y rápido como si efectivamente un duende con cinco cabezas y un cuchillo en sus garras me persiguiera por las paredes del cuarto. Estaba mareada y me faltaba oxígeno.
Mis sentidos se habían adormecido también, y, de pronto, me vi convertida en un puñado de nervios, cínico e irritable. Mis dedos sudaban, mis neuronas se contradecían. Odié estar allí, lo odié a él, me pareció tan grotesca la vida, esa habitación, el mundo, el universo... No soportaba siquiera el tacto con mi propia piel.
—Tranquila, no te va a pasar nada —dijo él.
Y colocó sus largas manos sobre mis rodillas. Y oí el canto lejano y dulce de una mujer, un largo jadeo que se extendió unos segundos: «Aaa eeé, Aaa eeé».
Lo abracé. Con todas mis fuerzas. Me tiré sobre sus piernas y lo oí omitir un largo murmullo que, poco a poco, se convirtió en prosa.
«Enil, cuyo mandato es amplio, cuya palabra es sagrada»;
«El Señor cuya opinión es inmutable, quien por siempre decreta destinos»; «Cuyo elevado ojo surca las tierras»;
«Cuya elevada luz inspecciona el corazón de todas las tierras»;
«Enil, recostado a sus anchas en el blanco estrato, en el alto estrato»; «Que perfecciona los decretos del poder, del señorío y el principado»;
«Los dioses de la Tierra se inclinan temerosos ante Él. Los dioses del cielo se humillan ante Él». Y no lo cuestioné.
Hizo una larga pausa y revolvió mi pelo. Ya no había enanos ni monstruos en el cuarto, las sombras habían desaparecido y aquella oscuridad se había transformado en un profundo y plácido mar en el que sus palabras flotaban, arrastradas por una suave brisa.
«Enil, dueño del llanto, de la risa y de toda Mesopotamia. Enil, cuyo reinado ha inventado varios mundos y hombres, Enil, quien ha destruido y creado la historia. Enil, cuya pupila es el universo mismo».
Me adormecí en su regazo y nadé hasta Mesopotamia con el arrullo engorilado de sus mantras. «Enil, la madre del amor».
«Enil, el padre del odio». Vergación.