El Federico Nietzsche. ¿Qué es el bien? ¿Qué es el mal? La genealogía de la moral y tal, ese fue el único libro de mierda que me gustó leer en la universidad y no fue porque algún marico profesor lo mandara a leer, no; ellos lo único que mandan a leer es a Marx. Fue porque un pana, más bien medio ñángara y hippy y todo, me dijo que me lo iba a tripear. Y así fue.
¿Y si la vaina es al revés? Tripéatelo. ¿Y si lo que es bueno es malo? ¿Y si lo malo es bueno? ¿Y si Dios es más bien malo o, peor aún, es el padre de lo bueno y lo malo? ¿Y si un día nos podemos desprender de la culpa, brother, de esta maldita culpa y hacemos lo que nos dé la gana?
El punto es que, ¿a qué coño de madre le temo? ¿A la muerte, a la muerte? ¿Por eso no me atrevo a echarle bolas y pedir un rescate por esta jeva? ¿Es por eso? ¿Por esa mariquera? ¿O es por una vaina moral de haz el bien, obra correctamente y tal, que me persigue en el inconsciente? Si es así, bien güevón que soy.
De cualquier forma me espera la muerte, y obrar como un mariquito aterrado es demasiado deprimente. Sin Ana, la vida sosa y aburrida que me espera vale igual que una tumba en el Cementerio del Este.
Por qué no sueño y me dejo llevar, hago de mi vida lo que quiera sin importar lo que los demás puedan pensar. Está ese cielo azul, está Ana y está Hawai, Hawai, Hawai, Hawai, Hawai, Hawai, Hawai...
A
SURFEAR—Shoo-Be-Doo-Be-Doo-Da-Day.
Laudvan deslizó un poco los pies sobre el endeudado y resbaladizo cemento.
—Shoo-Be-Doo-Be-Doo-Da-Day... 200.000 dólares, brother, 200.000 dólares. ¿Te imaginas lo que podemos hacer con ese dinero? —dijo el rey Pitufo.
—Es lo que se gana la gente con un loto, ¿no? —respondió la rehén.
—Eso no es nada —murmuró Luis—. Un apartaco de cuatro habitaciones en Altamira, o tres y media Cherokees... Nada.
—Son tres pasaportes con nombres nuevos, tres pasajes a donde quieras en el mundo, ropa depinga, el alquiler de un apartaco... —sugirió Laudvan.
—Lo dudo, Laudvan, lo dudo.
—Pidamos más, entonces —dijo Ana.
—¿Cuánto más? No hay dinero suficiente para salir de este peo, cómo conseguirías pasaportes nuevos, la visa gringa, cómo saldrás del aeropuerto, cómo cruzarás la frontera y todo lo demás, güevón. ¿Me vas a decir que te metiste a mafioso y que tienes ahora burda de contactos y tal? —Tengo una idea —interrumpió Ana.
—Claro que sí se puede, Luis. ¿Qué te pasa, brother? ¿Vas a empezar de nuevo con tu malatripa? De bolas que tengo contactos, pana, de bolas que sí.
—No es malatripa, marico, es realismo...
—Pidamos más, pidamos 200 millones y yo me entrego. Sí, me entrego, nadie sabe quiénes son ustedes, ni lo sabrá. Luis, como tú querías, regreso a mi casa y luego nos encontramos y nos vamos a donde nos dé la gana. 200 millones. Eso sí es algo, ¿no?
—¿Te imaginas, Luis, 400.000 dólares? ¡400.000 dólares y sin peos con la ley! ¿Te imaginas lo que podemos hacer? —Laudvan ya estaba montado en el avión.
—Podemos ir a donde queramos, iniciar una nueva vida, olvidarnos de esto —completó Ana Patricia.
—Vamos a Italia —Laudvan sonreía por momentos y cantaba—. Shoo-Be-Doo-Be-Doo-Da-Day. O a París.
—Mejor el Tíbet o algo así —Ana puso sus pies sobre el sofá y, tal como lo hacía cuando tenía siete años, comenzó a saltar—. Sí, al Tíbet... Le digo a mi papá: «No puedo vivir aquí después del
secuestro, me tengo que ir». Y ¡ya! Estoy lista, nos vamos para Nueva York o para Milán, ¿qué importa? Abrimos una tienda, me meto a modelo, hacemos un grupo de rock, qué sé yo... Hay tantas cosas que podemos hacer. Sí, sí, sí.
Su secuestrador no respondía. Con el rostro disperso volvió a cavilar frente al televisor. —Me encanta, Ana, me encanta lo que dices. Me pone eufórico —confirmó Laudvan.
—Te amo, Luis, te amo... —gritaba Ana, mientras el mueble de los Ositos Cariñosos era destrozado por sus pies—. ¿Lo sabías? Te amo y estoy feliz.
Qué magnífica sensación experimentaba Ana Patricia Mendoza Goldberg.
—Te ama, güevón, te ama. ¿Puede haber algo más depinga en este mundo que la jeva más bella y sollada del universo te invite a construir una nueva vida? Ni una película, cabezadehuevo... —Vámonos, vámonos de esta porquería de ciudad —era Ana otra vez.
—Sí, vámonos para siempre —Laudvan. —Olvidarnos de todo —Ana.
—Y ser felices —Laudvan.
Tanta euforia producía, en el fondo, un sentimiento de temor en el vendedor de ropa y en la rehén. Pero era un temor como el que se siente al ir al aeropuerto, al llegar a la aduana de otro país o cuando se atraviesa una frontera.
—Llamamos a mi papá, lo llamas tú, Luis, y le dices con voz ronca y mala: «O nos da 100 millones o matamos a su hija. ¡Y nada de policías!». Y luego le pides que deje el dinero en algún lugar y yo regreso a la casa y listo —propuso Ana, mientras se paraba al lado de Laudvan para mirar mejor a su
secuestrador.
—No, llamadas no, Ana, llamadas no, porque pueden rastrear el teléfono —recordó Laudvan. —¿Y cómo, entonces? —preguntó Ana.
—No sé, no sé, no había pensado en eso —contestó Laudvan, un poco entristecido. —¿Una carta? —siguió Ana.
—Tampoco, pana, tampoco; tardaría como tres meses en llegar a tu casa. —No, no, tiene que haber una forma, tiene que haber...
—Sí, tiene que haber —confirmó Laudvan, llevándose una mano a la barbilla. La chica paró de brincar y se sentó en el sofá después de soltar un gran suspiro. —Yo sé cómo —dijo Luis, alzando la ceja izquierda.
—¿Sí? ¿Y cómo? —preguntaron Laudvan y Ana. —Con Caimán.
—¿Con quién?
—Con Caimán, pero tenemos que irnos, tenemos que salir de aquí para ir a su casa. ¿Le echan bola? A Los Palos Grandes. ¿Dónde más?
E
NCERRADARegresé a casa de mi tía, que no había llegado del hipódromo. Eran pasadas las tres y media y, además de triste y sombrío, el día era caluroso y húmedo. Yo estaba confundida y abatida.
Encontrar a Alejandro era peor que perderlo. Había impregnado mi cuerpo con un aroma extraño que me hacía percibir las cosas de otra forma, de una manera débil y frágil. Ya no me sentía poderosa y hasta temblaba.
Con respecto al secuestro, sí, había sido todo un descubrimiento dar con su paradero, pero no me servía de mucho, a menos que develara su ubicación e hiciera un escándalo de eso, cosa que no hubiera ayudado ni a la investigación, ni a él, ni a mí. Sobre el nombre que dio y su extraño comportamiento no sabía qué pensar; él estaba alterado, confundido, aterrado.
Más me interesaba hablar con Johnny Mega y presionarlo hasta que me revelara la conversación que tuvo con el Fiscal General. Pero el muy imbécil ahora ni llamaba ni contestaba el celular. ¿Dónde estaba? Ya comenzaba a intrigarme.
M
ALANDROSDe los rincones, de las esquinas, de las paredes y de los escritorios, surgen pilas gigantescas de documentos, montañas de plástico y máquinas de escribir inservibles. A medida que avanza, los
pasillos se le hacen más estrechos y las oficinas más encumbradas y pequeñas. Las luces comienzan a parpadear, los techos a desplomarse y las estaciones radiales de salsa erótica a sonar cada vez con mayor intensidad: «Si no te hubieras ido con él, serías mía, serías mía, serías mía».
El Bróder estaba, otra vez, en la sala de interrogatorios. Junto a él se apiñaban una docena de monitores de computadora, una nevera de los años sesenta, una jaula de loro con semillas resecas, trozos de madera, latas de Coca-Cola, monstruos de papel, una bicicleta para hacer ejercicio oxidada, tres pelotas de bowling, ficheros, un ancla de bronce, armarios, un escritorio y dos sillas con la goma espuma gris carcomida. Allí se sentó El Bróder.
El aire acondicionado enfriaba un poco, pero hacía demasiado ruido y asfixiaba con su olor a monóxido de carbono. De todas maneras, el jíbaro sudaba. Este era su segundo día en la policía y, aunque había pasado anteriormente largas temporadas detenido en estos mismos calabozos, ahora estaba aterrado. El comisario Bermúdez parecía tomarse el trabajo un poco más a pecho que los demás.
Los policías, «los malditos», como los llamaba El Bróder, le habían hecho de todo. Le habían
amenazado con violarse a su jeva delante de él, habían simulado que mataban a su mamá de un tiro en la cabeza, le habían puesto corriente en las bolas, pero nada, El Bróder jamás había delatado a nadie. Había mareado a los tombos, sí, les había dado falsos indicios, pistas posibles, pero jamás les había dado a los malditos ni un apellido ni una dirección. Parte de la buena reputación que se tiene en un barrio depende exclusivamente de eso, de si se echa paja o no. Y a la final, con los malditos, siempre las cosas se resolvían de la misma manera: con dinero.
Por eso tenía miedo El Bróder. Esta vez a los malditos no les interesaba el dinero, querían resolver el caso de verdad o, por lo menos, tener con qué aparentar que lo resolvían. Por cosas del destino, además, esta vez sí tenía algo que ver con la investigación, de una forma lejana y fortuita, pero tenía que ver. Conocía al Gringuito Criseado, si es que el secuestrador era el Gringuito Criseado, y le había vendido un arma. Intuía que esta vez tendría que echar paja, pero había dicho todo lo que sabía. Hubiera querido decir más para salvar su pellejo, pero no sabía qué.
—¿De dónde dices tú que son estos gringuitos? —comenzó Bermúdez. —Del Este, del Este, comisario, no sé.
—¿Del Este? Sí. ¿De Petare? ¿De Guarenas? ¡Dime! El Este es muy grande —soltó el comisario con una mezcla perfecta de ironía y autoridad.
—De la ciudad, pues, de donde Irene, no sé.
—¿De donde Irene? ¿De Altamira, de La Castellana o del Country? —y se detuvo en la
pronunciación de la palabreja—. Qué inteligente soy, Bróder, sabía que me ibas a decir eso y mira lo que tengo aquí: un librito con las joyitas más representativas de El Marqués, Chacao, Bello Monte, Los Ruices, La California Sur, Prados del Este, La Urbina, Los Palos Grandes, El Cafetal y Cumbres de Curumo, esa gente a la que tú llamas y que del Este; puro bichito y jibarito de segunda. Puse mi departamento a trabajar toda la tarde por tu culpa, Bróder, los puse a clasificar cada malandro según su zona de residencia. Así que vélos bien, tómate tu tiempo, y más vale que encuentres algo que me pueda interesar.
Había uno que se llamaba Beto, El Surfista, que era de Cumbres; otro al que apodaban Wilfredo, El Catire, y que era de El Cafetal. También estaban José, El Chino Veloz, de Los Ruices; Landro, El Asaltacunas de El Marqués; Tucuso, de La California; Repromán, de Bello Monte; y El Yupi, de Prados del Este. Ninguno se parecía a los gringuitos.
Pero tenían que aparecer. Y le tocó al Gringuito Mayor, 24 años más joven y con una melena larga, estrábico en una polaroid blanco y negro. Sí, El Bróder lo recordaba de esa forma; aún tenía fresco en su memoria el primer día en que el Gringuito Mayor le había comprado marihuanita, allá por el 72. El Bróder apenas se iniciaba en el oficio cuando, una mañana, vio a tres conejos, tres gringuitos con chivas y chaquetas de bluyín desteñidas, perdidos en el cerro. Ningún Gringuito sube al cerro si no es para predicar alguna religión o para comprar droguita. Andaban pagando, buscando que
cualquier malandro de verdad les robara hasta el alma; pero no, El Bróder era un tipo de buen corazón. Se acercó y de forma educada se puso a su disposición.
Casi un cuarto de siglo vendiéndole marihuanita al Gringuito Mayor. Habían compartido birras y tabacos, piedritas y sonrisas. Juntos habían visto crecer la ciudad. No podía echarle paja al Gringuito Mayor, no podía escoñetar la confianza y la amistad que se había creado entre ambos por un peo en el que ninguno de los dos tenía que ver. Si hubiese sido el Gringuito Criseado, quizás lo hubiera delatado, pero al Gringuito Mayor no, era como un hermano.
R
EGRESAE
LR
ATÓN«A Maiquetía fuimos a esperar al grandeliga venezolano con el récord de jonrones para un latinoamericano en la Gran Carpa.
«Ansiosos, los periodistas que lo aguardábamos en el aeropuerto, nos lanzamos hacia él apenas cruzó la puerta eléctrica de la aduana. Triunfante y sonriente, como suele ser, se detuvo con su maletín de los Yankees de Nueva York colgado de su inmenso hombro y esperamos a que hablara. «Entre tanta crisis económica, política, social y bancaria, necesitábamos del deportista, y quizá el hombre más exitoso de Venezuela, algunas palabras de aliento, un manotazo en la conciencia que nos despertara del letargo y nos diera nueva esperanza en el porvenir.
«Pero aquella masa de 1,90 metros de altura y voz ralentizada, sólo nos miró con vacuidad eufórica y, restregándonos de nuevo la idiosincrasia en la cara, masticó el ‘chévere, chévere’ como si fuese otra clase de pasaporte.
«Desinflados y agotados, los periodistas retomamos el camino a Caracas con el inútil ‘chévere’ grabado en los cassettes y en las cámaras, conscientes de que éramos nosotros los que teníamos que completar el discurso del pelotero y darle ese filón optimista e inteligente que tanta falta hace en nuestra alma colectiva.