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D ETRÁS DEL C APRICE C LASSIC

In document Pin-Pan-Pun.-Alejandro-Rebolledo.pdf (página 182-187)

—¿Que use botas vaqueras? —repitió Luis en medio de una sonrisa— Me cago de la risa. Qué buena está esa, Laudvan.

—Yo no lo entiendo. ¿Por qué no se puede confiar en alguien que use botas vaqueras?

—Porque no, así de simple y fácil. No se puede y ya —Laudvan tanteó, también con una sonrisa, la aprobación de su compinche—. Si no lo entiendes ahora, no lo entenderás jamás.

El secuestrador de Los Palos Grandes y el vendedor de ropa para jevitas de Plaza Las Américas comenzaron lentamente un diálogo de risas que evolucionó hasta terminar en un ataque histérico de carcajadas.

Ana, aturdida, se mantuvo en silencio y examinó a sus captores con dosis de asombro y malhumor. —¿De qué se ríen? ¿Ah? ¡Explíquenme! No entiendo dónde está el chiste... ¿Se están burlando de mí? —soltó, ya con carácter.

—No, no, no —repitieron los secuestradores, entregados a su propia incapacidad para detener las burbujeantes carcajadas.

—¿Se están burlando de mí? —No, no, no.

Ana se separó de Luis y decidió tomar la puerta derecha del Mitsubishi como su nuevo amante. Enfurecida, sintetizó el odio y la confusión que envenenaban su cabeza y los dejó caer sobre su lengua.

—A ustedes les gustan los chistes ácidos, ¿no? Yo les tengo uno bien bueno —dijo, sin encontrar respuesta en sus secuestradores—. Hay un perro muerto en la maleta del carro.

Luis y Laudvan fruncieron el ceño, aunque sin parar de reír, y se telegrafiaron a través del retrovisor una sospecha: «Esta jeva se volvió loca».

—¡Hay un perro muerto en la maleta del carro, coño! —gritó finalmente Ana—¿De dónde creen que viene ese olor?

Ahora sí que no hubo más risas.

—¿Cómo que hay un perro muerto en la maleta del carro? —preguntó Luis, alarmado. —Se llama Manuela. Se llamaba...

C

IELO

Amaranta le hizo una señal con el índice desde el tercer peldaño de la escalera de caracol y Frank, obediente, puso sus pesadas botas sobre el mármol enmohecido de la mansión.

Llegaron a una pequeña habitación que se escondía detrás de una hermosa barra de madera y

Amaranta en la oscuridad depositó, más bien con cariño, un papelito blanco estampado con la figura de un vaquero verde en la boca de Frank.

—Me debes 7.000 bolos.

—No tengo... Me lo hubieras dicho antes.

—No importa, me los pagas otro día. ¿Cuál es tu nombre? —Frank.

—El mío es Amaranta. —¿Y tu ácido, Amaranta?

—Me lo tomé hace como una hora... Creo que ya me está haciendo efecto —cuando lo dijo, sus ojos chispearon.

Era hermosa, y de confirmarlo se ocupó Frank. Aunque pequeña, como de un metro y 65 centímetros, tenía unas piernas largas que, en sincronía con el resto del cuerpo, le daban un aire de mujer

espigada. Parecía no importarle nada y disfrutar cada momento de la vida con intensidad.

Poco a poco, los discjockeys comenzaron a subirle el volumen a sus mezclas y los invitados, sin darse cuenta, se encontraron en el salón principal de la casa agitando sus cabezas en el mismo lugar donde también, cuatro décadas atrás, habían bailado las reinas de carnaval.

Amaranta se unió al grupo de 20 personas que ya movían sus cuerpos junto a los altavoces. No había demasiada luz y a Frank le costaba ver con claridad a su nueva amiga, pero podía descifrar que sus movimientos eran lentos, que juntaba sus manos frente al pecho, que luego contraía su torso al ritmo de los fuertes impulsos de la música y que dejaba siempre los pies en el mismo lugar.

Pensó en ella. Era tan joven y hermosa que le dio la lúgubre impresión de que no viviría por mucho tiempo. No la imaginaba diferente de lo que era; no podía, o no quería, verla de otra manera. Con placer la vio acostada en un ataúd y comprendió que el ácido lisérgico ya le había llegado a la cabeza. Una tremenda corriente eléctrica navegó por sus vértebras y se estrelló contra su cerebelo. Sonrió e incluso le provocó unirse al grupo de bailarines que ya alzaban las manos y rayaban el granito de la casa. En vez de hacerlo, recostó su espalda contra la pared del salón y los observó infinitamente.

—¿Qué haces allí como un gafo? —preguntó Maya a la media hora. —Veo cómo baila Amaranta.

—¿Amaranta? ¿Tú también te metiste un ácido? —la exclamación vino acompañada de un fuerte tirón — ¡Ven!

Lo guió hasta el observatorio que quedaba en la azotea de la mansión. Rieron, hablaron y, luego, Frank intentó darle un beso a Maya.

Ella respondió con incomodidad y algo de frialdad. El hombre de las botas, entonces, llevó las manos a los senos de su guía.

—¿Tú no sabes que lo que menos provoca cuando estás en ácido es que te toquen? —advirtió Maya — Por lo menos a mí me pasa, y estoy tan drogada que no sé si me gustas, no sé si en otro momento... Ahora no. ¡Ven! —dijo.

Esta vez lo llevó hasta el jardín trasero de la casa. Allí había poca gente y pudieron recostarse y ver el cielo.

—Qué alegría tan rara, ¿no? —¿Qué?

—Yo no tengo nada que celebrar y de repente me tomo un papelito de estos, y mírame, estoy feliz. Es falso, miserable.

—Yo no sé si sea falso o no, pero yo la estoy pasando bien, muy bien —argumentó Maya, entre risotadas orgullosas.

—¿Qué? ¡Vente! Vamos a bailar para que se te pase esa mala nota. ¡Ven! —No, no. Yo me quedo aquí. No tengo ninguna mala nota.

—Frank, disfruta tu nota y ya. Qué complicado eres. ¡Ven! Vamos a bailar —y, al decirlo, se levantó y comenzó a mover su cadera al ritmo del techno que se oía a lo lejos.

—No.

Maya finalmente lo abandonó y Frank se sintió más cómodo allí, sobre la grama húmeda del jardín, sin ninguna compañía más que la de su radioactiva conciencia.

La verdad es que, aunque sus palabras fuesen agrias, no dejaba de sentirse bien. Su mente construía caminos inimaginados para entender el mundo, un mundo por lo demás triste y gris que, a pesar de todo, le regalaba un momento de lucidez y cierta calma.

Sus pensamientos se perdían con las estrellas e incluso, por segundos, creyó haber divisado una nueva constelación.

—¿Qué pasó, ratica? —oyó la voz de Amaranta y le pareció una alucinación. Al abrir los ojos la encontró sentada a su lado, y su cara despejada y blanca fue como el viento fresco en las noches de calor.

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