Era viernes y también era, además del segundo día de secuestro de Ana Patricia Mendoza, la antesala del fin de semana. Me sentía bien. Sabía que Johnny Mega me llamaría. Intuí de inmediato que aquel 21 de noviembre sería un día especial y que algo magnífico ocurriría. Quería estar bella e imponente. Me levanté a las seis de la mañana, me bañé y me vestí con lo primero que encontré, una falda hippy, un top negro que decía Calvin Klein en letras cursivas y unas plataformas blancas. No tenía
demasiada noción estética por esos días. Sin embargo, al verme en el espejo, por lo menos, reconocí que mi peinado era un desastre. Crespos negros y húmedos caían sobre mi cara en un desafortunado corte asimétrico. Lo único que pude hacer al respecto fue quitar el par de zarcillos largos que
llevaba a los lados y jurar por La Chinita que iría a la peluquería en la tarde.
Solía desayunarme en la panadería Madonna, que quedaba justo en la planta baja del edificio de mi tía. Tomaba religiosamente un café y un pastel de jamón y me quedaba largo rato observando a la gente. Me impresionaban los tipos raciales que se podían apreciar en esa esquina.
A las siete de la mañana llegaban los portugueses. Se iban y, a las siete y quince, aparecían los peruanos. Luego, y en mayor cantidad, los gallegos, después los italianos. En la panadería Madonna todas las comunidades de inmigrantes se reunían, bebían un café y se devolvían a algún rincón secreto que los ocultaba hasta la mañana siguiente.
La mañana del 21 de noviembre fue especial; la torre de Babel amaneció feliz. El mundo era tan liviano, tan perfecto y energizante que provocaba pararse en la mitad de la calle y gritar: «¡Estoy viva!».
Quizá sólo fue que, después de semanas enteras de torrenciales lluvias, por fin escampaba y había sol, un sol gentil y lejano que no calentaba demasiado pero que le daba a la realidad un color exacto, sin brillo ni sombras. El cielo estaba azul, casi transparente, y ninguna nube se entrometía en su camino. Sin esfuerzo se podían ver, desde Santa Rosalía, las flores que crecían en los árboles del Ávila, las cascadas que bajaban de sus cumbres y las guacamayas que lo sobrevolaban.
Estuve unos 15 minutos deleitada en eso, bebí mi café y marché hasta El Guardián remontando la cuesta de razas que se empinaba en el camino.
«Hola». «Buenos Días». «Qué tal». Todos saludaron. A pesar de que se trataba de una fecha por lo menos tensa, si no trágica, para la comunidad de El Guardián, a nadie le faltó una sonrisa en la boca.
Hasta mi jefe, Miguel Zacarías, director del cuerpo de Política y un tipo más bien parco, me saludó con una inusual felicitación por la información que había conseguido de Johnny Mega.
Me metí en mi PC del año 86 y redacté, por orden de Miguel, una noticia sobre un derrumbe en un barrio de nombre horrible que no me interesaba para nada. Tenía la cabeza en otro lugar, en el secuestro de Ana Patricia Mendoza. Era mi oportunidad, la ocasión perfecta para demostrar mis virtudes, para convertirme en la gran periodista, investigadora y escritora; pero el periódico no pensaba igual, había asignado el caso a otros reporteros más veteranos que, estaba segura, no iban a hacer más de lo que sabían: ir a la policía de vez en cuando para preguntar cómo iba la investigación y hacer uno que otro artículo de opinión sobre la inseguridad en Caracas. Yo quería resolver el caso. La redacción completa creía, como afirmaban ciertos políticos en la televisión, que era un secuestro perpetrado por la narcoguerrilla colombiana o por el Movimiento Bolivariano. Qué errados estaban. Para mí siempre estuvo claro que Johnny Mega tenía cierta relación con la presencia en la radio tanto de Ana Patricia como del secuestrador. Tarde o temprano tendrían que regresar a él. Después del dinero y el apartamento en Altamira, eso era lo que más me gustaba de Johnny.
La angustia y la incertidumbre se fueron apoderando de la redacción. No había señales de Ana
Patricia y los captores no daban indicios de querer establecer el diálogo, ni con los familiares ni con la policía. Los periodistas iban y venían, siempre con malas noticias, aunque en verdad no se sabía nada. El lindo día enrareció y como a eso de las once de la mañana sonó el teléfono.
—¿Cómo estás? —dijo Johnny Mega, nervioso—. Me quedé toda la noche pensando en ti. —Johnny, ¡por favor! —contesté—. Ya hablamos de eso anoche.
—Sólo quiero hablar contigo, estar en tu compañía. ¿Te puedo invitar a cenar? —No lo sé, estoy muy ocupada, Johnny.
—Conozco un restaurante vietnamita en El Hatillo. Podemos ir, y así te distraes un poco. —No.
—Por favor.
—¿A las ocho y media te parece bien? ¿En tu casa?
—Okey, pero recuerda lo que te dije: «No quiero una relación» —finalicé, más bien con alegría. Nunca había oído acerca de la comida vietnamita, sólo sobre Ho Chi Minh City, y eso en las clases del profesor Barbosa, en la Universidad del Zulia.
Tuve que entrevistar a un grupo de damnificados por las lluvias que se acercó al periódico a eso de las dos de la tarde. Terminé la nota, la entregué y fui al baño para verme en el espejo. De nuevo no me gustó lo que encontré. Apresuré mi partida del periódico para llegar a tiempo a una peluquería que quedaba dos cuadras arriba de la casa de mi tía y que no sabía qué tal era, pero que se llamaba Travoltina.
A las cinco y media estuve de nuevo en Santa Rosalía. Mis vecinos salían a la calle a esa hora, se metían en los pequeños abastos, iban a la panadería a comprar su Pepsi de un litro y su canilla. Entré a la Travoltina, miré las paredes forradas con páginas de revistas que exhibían cortes de diez años atrás y me ordenaron que esperara. Al cabo de un rato, me senté en una de esas sillas rojas que estaban frente al espejo. Me tocó una estilista llamada Carolina que tenía el rostro torcido y la
mirada perdida. La pobre padecía una suerte de parálisis en la cara y, aunque, por lo tanto, le costaba gesticular, era más bien parlanchina. Comentó el secuestro de Ana Patricia, me preguntó sobre mi vida, o eso creí, y sugirió, sin que le entendiera una palabra, un peinado que era «muy bonito», o por lo menos eso intuí. Asentí con la cabeza y deposité mi vida en sus manos.
Mientras hacía su trabajo, me distraje con la conversación que las otras clientes y peluqueras sostenían en torno a la inmortalidad.
—Mami, esta mañana me paré en el medio de la calle y cuando miré al cielo estaba tan transparente y claro que creí ver a Dios allá arriba montado —argumentó una joven morena con largos crespos amarillos, entregada a la manicura—. Mami, ¿cómo algo tan hermoso como esto se va a acabar aquí? —Mamita, entiende. Lo que te quiero decir es que no hay nada que nos garantice que haya algo
después —contestó una mujer algo mayor, mientras su estilista la hundía en la ponchera para lavarle el cabello—. El cielo está en la tierra, y el infierno también.
—En el templo nos dicen que el fin del mundo está cerca —refutó una de las estilistas desde su esquina—. La Comunidad Económica Europea, las Spice Girls, la computadora y las tarjetas de crédito son los Jinetes del Apocalipsis. ¿Cómo no van a creer que existe Dios y que hay vida después
de la vida? ¡Mamita, hay que orar por la salvación eterna!
—¿Qué es eso de la qué-sé-yo europea? —volvió a intervenir la chica de los crespos amarillos. —Es cuando España se apodera del mundo, conquista otra vez América y se enfrenta en una guerra nuclear contra Estados Unidos —explicó la estilista evangélica.
—Guair fyuertem no, sí, flaquitis, masmamert —concluyó mi peluquera.
Caracas, en esos días, estaba llena de profetas. En cualquier esquina se anunciaba el fin del mundo. Lectores de caracoles, de tabaco, de cartas, manos y pies, evangélicos, hare krishnas, budistas, creyentes de extraterrestres y judíos coincidían en apuntar que Venezuela era el centro de una
corriente negativa que multiplicaba la mala suerte. Esa era la única teoría posible para explicar que un país rico se encontrara en una situación tan desafortunada.
En un principio se creyó que la infelicidad de la población y la fatalidad económica se debían a la mala gerencia y a la corrupción derivada del oficio político, pero, después, pocos fueron los que no se sumaron a la teología del desastre.
Yo, de cualquier forma, vivía mis mejores años y, a pesar de la ansiedad, el mundo me parecía fascinante. Aquel flirteo entre la gloria y la penumbra, entre la magia y la zozobra, entre la infelicidad y la armonía, producía una tremenda energía vital en mi estómago.
Algo parecido, aunque un tanto más eléctrico, fue lo que sentí cuando mi peluquera dijo «jum, da, ajá» y, con un gesto de manos, ordenó que me viera en el espejo.
No era yo. Me costó asimilar lo que había en el espejo. Era una mujer morena con el pelo corto, en pequeños crespos y pintado de fuerte rojo. Por un segundo dudé, pero luego, cuando me vi por tercera vez, lo entendí. Era otra y hasta más atractiva. Mi rostro se veía exótico, mi pelo anunciaba modernidad y peligro. Sólo faltaba mudarme a casa de Johnny y cambiarme de nombre.
Le di las gracias a Carolina, le dejé una generosa propina de 1.000 bolívares y me despedí sonriente. En la calle otra vez, me sentí liviana, poderosa y rozagante. Miré directo a los ojos a todo aquel que se me cruzó en el camino, como para humillarle. Caminé segura, con la cabeza en alto y los pies en el aire.
Eran ya casi las ocho e imaginaba la ropa que luciría en el restaurante. Moderna, muy moderna. Una minifalda azul, una camisa naranja y unas plataformas rojas. No, más bien, unos Levi’s azules, una franela verde manzana y unas botas negras, rectifiqué de nuevo. Consecutivamente me creí nazi, guerrillera, militante.
Llegué al apartamento. «Mija, en el horno tienes comida», saludaba mi tía, siempre desde su cama y con la tele encendida. «Bendición, tía», y entré a mi cuarto a hurtadillas. Me vestí como lo había planeado y, sin hacer demasiado escándalo, telefoneé a Johnny para avisar que ya podía pasar por mí. «Bendición, tía, regreso tarde», y bajé a esperarle.