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L A MUERTE DE MI VIEJO

In document Pin-Pan-Pun.-Alejandro-Rebolledo.pdf (página 191-200)

En el primer recuerdo que tengo de él, aparece sentado frente al televisor con un plato de sopa. Televisión en blanco y negro. El noticiero o algo así.

Cuando chamo, siempre que veía las noticias pensaba que había estallado la tercera guerra mundial. No sé por qué tenía esas paranoias. Siempre que veía un helicóptero o algo así pensaba que iban a bombardear Caracas: «Venezuela es un objetivo muy importante por el petróleo», era una deducción que le había oído decir a mi papá. Cuando en la universidad me explicaron lo de la Guerra Fría y tal, lo entendí, aunque un pelo tarde, porque ya se habían acabado el comunismo y esas mierdas.

¿El comunismo? Lo único que recuerdo es que Caimán una vez me dijo, de chamos también, que en el comunismo todo el mundo usaba los mismos zapatos. Él me mostró sus Adidas Vienna nuevecitos, señaló con asco mis zapatos, unos Didaven grises y gastados, y soltó cagado de la risa: «Si ganan los comunistas, todo el mundo tendría que usar el mismo par de Didaven por el resto de su vida». Odié al comunismo hasta que entré en la universidad y me leí dos páginas de un libro de Marx.

Incluso un día, cuando tenía siete años o algo así, el Chicharra, de rata, pilló que yo le tenía miedo a la guerra nuclear y me dijo: «Vamos a darle para El Ávila, Luis, al campamento de los chamos que se escaparon de su casa y viven solos».

¡Verga! Si me tripeé la idea. Un campamento de chamos que se escaparon de su casa y viven solos. Ya era una tripa vivir en Los Palos Grandes y poder ir al Ávila. Una tripa.

Subimos por Sabas Nieves y llegamos, efectivamente, a un campamento, pero no era de chamos que se habían fugado de su casa, sino de unos scouts rebeldes que tenían su propia organización y sus propias reglas. Nada de uniformes o patadas en el culo, ¿entiendes? Bueno, eso es lo que recuerdo. Tenía como ocho años.

El lugar donde los scouts rebeldes tenían su carpa y tal y sus peroles, era bien depinga, podías ver toda Caracas desde allí, yo la veía inmensa, monstruosa. Chicharra era pana de los scouts rebeldes y me pasó uno de los sánduches de mayonesa que habían preparado.

Um, um, rico, pensaba, mientras miraba la ciudad y de repente: «Guerra, guerra», empezaron a gritar los muy coñodemadres. «Guerra, guerra», y yo no entendía nada. «Mira las luces en La Carlota, Luis, mira cómo despegan y aterrizan los aviones. ¿Ves esa lucecita roja en aquel edificio? Eso significa emergencia, guerra nuclear».

Me cagué, lo juro que me cagué. Me quedé allí congelado, sin saber qué hacer. «Nos vamos a morir, se va a morir todo el mundo». Verga.

«¿Dónde trabaja tu papá?», me preguntó el maldito de Chicharra. «En Chacao», respondí. «Ay», dijo él. «Está atrapado en una cola y mira el humo que viene de allá». Sí había un humito, de una fábrica o algo así. «Ya bombardearon Chacao y el centro. Tu viejo está muerto, Luis».

Verga, pana, no sabría describir lo que sentí. El mundo no tenía sentido, había quedado indefenso sin mi padre. Creo que allí entendí por primera vez que quería a mi papá.

El coñodemadre de Chicharra, viendo que yo estaba desesperado y que lloraba como una niñita, me ofreció un cuchillo afiladísimo y me dijo: «Mátate, Luis, clávate el cuchillo, suicídate. Es la tercera guerra mundial». Y de pana que estuve a punto de hacerlo.

Menos mal que, a tiempo, el poco de ratas esas se empezaron a reír y me dijeron que todo había sido un chiste. No me arreché con ellos ni nada, al revés, fue un alivio, me sentí muy bien al saber que no había guerra nuclear y que mi papá seguía vivo. Igual, salí corriendo de allí directo a mi casa a ver si era verdad.

Mi papá estaba frente al televisor. Me le tiré todo sucio y lleno de polvo en las piernas y él me

abrazó con cariño: «¿Dónde estabas, carajito?». En el parque, papá, con Chicharra. «Mucho cuidado, pues».

El tipo había llegado aquí a los 14 años solo y sin un centavo, era vasco, o algo así, pero nunca recuerdo el nombre del pueblo donde nació. Él mismo nunca hablaba de eso, todos los cuentos los sé por mi vieja. Se sentía más venezolano que otra cosa y, de bolas, sólo vivió 14 años en España, nada.

Ni siquiera tenía acento.

Nunca entendí si se vino a Venezuela por una guerra, por la pobreza o por un poquito de las dos cosas. Lo cierto del caso es que llegó aquí pelando bolas y empezó a trabajar en el mercado de Quinta Crespo, yo no sé haciendo qué. Me imagino que vendía salchichón o queso como todos los portus y gallegos.

El tipo era culto y tal, leía que jode, y le interesaba la política, así que yo no sé cómo coño ahorró dinero y montó como a los 27 años una librería en Chacao. Vendía textos escolares, tijeras, papel de regalo, pega, carpetas y cuadernos. Una crema, porque en primaria nunca me faltó un lápiz.

Le fue relativamente bien y pim, pam, pum, decidió montar con un socio y tal una empresa de turismo en Barquisimeto. Me cago de la risa. ¿En Barquisimeto? Vino una crisis económica y el negocio de turismo quedó todo quebrado y endeudado, tanto que mi viejo tuvo que vender la librería. Sólo le quedó un apartamentico en Barquisimeto, que no conozco pero que al que ahora mi vieja quiere que nos vayamos. Ni siquiera he ido a esa ciudad. Debe estar llena de chivos y toda la gente, hasta las mujeres, debe tener bigote. Ni de vaina.

Después de la crisis económica y tal, el tipo se metió en una de importación. Importaba sartenes y ollas de China o algo así. Jamás viajó a China, no, las ollas le llegaban a Maiquetía y él las buscaba y las distribuía. Eso es todo, con eso pagábamos la renta del apartamento y comíamos.

Cuando empecé a malandrear, a fumar y a echar vaina con mis panitas, el tipo se enrolló de

inmediato. Me raspaban todas las materias en el liceo y a mí no me importaba y tal, llegaba tarde a la casa y todo lo clásico de una adolescencia, ¿no?

Él ya andaba amargado y enrollado por ser un distribuidor de ollas, haber perdido su librería y no tener suficiente dinero. Así que no todo fue mi culpa.

Sí, me odiaba, pana, o eso transmitía. Me decía que todo el esfuerzo que había hecho por construir una familia se había perdido con un hijo como yo, que era un malandro que no servía para nada y tal y que no tenía futuro. Y pasó lo que tenía que pasar. Me agarraron con marihuana en Chacaíto, nada, un tabaquito, los malditos tombos esos de buena nota y todo me dieron unos cuantos lepes y llamaron a mi casa.

Desde ese día, mi papá se limitó a decirme lo fundamental: «Levántate... Orden y disciplina... Pásame la salsa de tomate» y esas cosas.

Y la vaina siguió siempre mal hasta que un día se murió de un ataque al corazón y ya.

Yo no escogí fumar marihuana, ¿quién lo hace? Yo no escogí malandrear por ahí. Yo no escogí meterme las primeras líneas de coca. Igual que a él le tocó vivir la guerra, o la pobreza, el comunismo o lo que sea en España, a mí me tocó vivir en Caracas. Más nada.

C

HANGÓ

« Olodumare, Ashe», se repetía para sus adentros en el segundo piso del McDonald’s de La Castellana.

Para montar el paro, había recogido, con cuidado de que nadie lo viera, un refresco y unas papitas fritas abandonadas en una mesa y se había sentado en otra para simular que las comía como cualquier otro cliente.

Los comensales y los empleados de la cadena de comida rápida, sin embargo, no podían ocultar su incomodidad y lo miraban con suspicacia, por lo menos, mientras El Bróder se preguntaba si

aquellos ojos reparaban en su evidente expresión de susto o, más bien, en su ropa y el color de su piel.

Era la primera vez que entraba a un McDonalds’s. Siempre lo había querido hacer, lástima que no fuera la mejor de las circunstancias. En cuanto saliera de ésta, traería a sus hijos a comer, les pondría su mejor ropita, iba a pedir 40 hamburguesas y entonces iba a mirar a todo el mundo con orgullo y, al que no, con cara de asesino.

El hilo musical ponía algo de Enrique Iglesias y el aire acondicionado del local sólo admitía conservar los olores de las hamburguesas. Antes de que un empleado o un cliente llamara a la policía, El Bróder decidió escapar.

La calle estaba llena de camionetas Toyota, de jóvenes, de ruidos y de policías. No sabía si era impresión suya o realidad, pero también aquí todos lo miraban con asco o con temor. Caminar, caminar, caminar, siempre derechito, sin voltear. El mundo desde aquí parecía más brillante y agresivo. Hostil. El Ávila al norte, como siempre, le servía de punto de referencia. Al este, Petare, su hogar.

Saldría de ésta, claro que sí. Peores circunstancias había atravesado en su vida y allí estaba, completo y vivo. Ni unos sifrinitos con cara de culo, ni dos tombos locos, iban a impedir que regresara a su casa y abrazara a su esposa e hijos. Claro que no. Caminó con insistencia, siempre hacia el este.

Z40

Y

25

—Comisario —dijo Changuerotti cuando regresó al bar—, hay un operativo en Los Palos Grandes y todas las unidades se encuentran allí, parece que encontraron al secuestrador. Nos dicen que

olvidemos al detenido y que vayamos inmediatamente para el lugar de los acontecimientos «¡Coño de la madre!», se dijo a sí mismo Bermúdez, tanto por la fuga del detenido como por no

haber sido él quien resolviera el caso esta vez. Pero puso todo su esfuerzo en permanecer de una sola pieza y con una mirada estoica y arrogante.

I

NTERNET

Sin saber cómo, atravesaron el municipio Chacao hasta llegar a casa de Caimán.

Laudvan estacionó el carro debajo de un árbol frondoso y Luis pidió las llaves del Mitsubishi. Laudvan encogió los hombros y se las entregó.

—¿Qué vas a hacer? —Ana preguntó, nerviosa.

Luis no respondió y fue directo a la parte trasera del vehículo. Ella lo siguió y, finalmente, cuando el secuestrador abrió la maleta, los dos quedaron petrificados.

El olor que emanaba Manuela era más que pestilente. La sangre se había extendido sobre el forro y había dejado una mancha púrpura que ni el mejor detergente hubiera podido quitar.

La cabeza de la perra, con los ojos en blanco y la lengua tiesa, se asomaba fuera de la bolsa.

—¡Chama! ¿Tú estás loca? ¿Qué te pasa? —Laudvan acudió a la escena y puso expresión de asco—. Ayúdame ahí, vamos a sacar esta mierda de aquí —y extendió sus manos.

—¡No! —gritó Ana, mientras retiraba de un golpe las manos de Luis. —¡Chama, tú estás loca! ¿Cuál es el peo con este pedazo de mierda? —¿Qué piensas hacer con ella?

—Dejarla allí —y señaló un montón de basura que se arrimaba a un árbol—. ¿Qué más? —¿La vas a dejar allí, como si nada?

Laudvan se mostraba inquieto. No era suficiente que secuestraran a la hija de Federico Mendoza, no era suficiente que estuviesen cargados con armas y marihuana, no era suficiente que tuvieran un perro muerto en el carro; además había que gritar a todo pulmón en medio de Los Palos Grandes para que todas las viejas paranoicas y locas de la cuadra se asomaran y llamaran luego a la policía.

—Vamos a entrar, Luis, déjalo así —y trató de empujarlo—. Vamos...

—¡No, pana! ¿Por qué? Hay un perro muerto en la maleta del carro. Hay un perro muerto, hay que sacarlo de allí —dijo, resistiéndose.

—¡Vamos! —y Laudvan cerró la maleta y los empujó hasta la entrada de la casa de Caimán—. Y ya, cállate, güevón.

—Chama, ¿pero por qué tienes un perro muerto en la maleta del carro? —susurró esta vez. —¡No es tu problema!

—Pero, ¿cuál es el peo? Ana, ¿por qué eres tan histérica? No se te puede ni hablar. ¿Qué pasa con ese perro?

—Es una perra, coño.

En eso, una cabeza salió por una de las ventanas del pasillo que conducía al cuarto de Caimán. —¿Quién está allí?

Los tres se quedaron congelados en poses de breakdance y con unas sonrisas tan falsas en la boca que perfectamente pudieron haber sido penadas por la ley.

—Soy yo, señora Marta, Luis. ¿Está Caimán en la casa? —así, simplemente, como si viniera a traerle un libro de álgebra.

—¡Ah! Hola, Luis. ¿Cómo estás, mijo? ¿Cómo está tu mamá? ¿Bien? Pasa, pasa, Alonso está donde siempre... Ya sabes.

—Gracias —así como «y más tarde me traes una limonada».

La tía de Caimán regresó a sus quehaceres hogareños y el trío continuó su camino. Era el tipo de tarde que hacía que Luis amara Los Palos Grandes: había una luz especial, amarilla y cálida que brillaba en aquel corredor vegetal que conducía al cuarto de Caimán.

No era un cuarto en realidad, era una suerte de apartamento que la tía había edificado en el antiguo garaje después de la muerte de los abuelos y el accidente del sobrino. Tenía baño, teléfono y hasta una cocinita, aunque Caimán siempre comía en la casa principal.

Hasta Laudvan y Ana reconocieron que aquel pasillo vegetal y aquella luz tenían una puesta en escena única. Plácida, sobreprotectora y etérea. Fueron sólo segundos.

«!Ese Caimán!».

Y al rato se abrió la puerta.

Allí estaba Alonso. En su silla de ruedas, con la cabeza ligeramente torcida hacia un lado, con los ojos desorbitados y grandes que veían a ningún lugar. Su sonrisa cándida y sicopática, su cabello amarillento y olvidado, y su algo moreno tono de piel.

Ana sintió pánico; las caras y las situaciones iban de mal en peor. Estaba preparada, quizás, para ver a un paralítico, pero no a uno con un rostro tan raro. Laudvan ya conocía al personaje, así que se limitó a cruzar los brazos y ver el monstruoso edificio postmoderno que se erguía detrás del garaje. Luis lo abrazó y Caimán respondió de la misma forma, agregándole además un gesto casi infantil y conmovido a la boca. Estaba emocionado por la visita de su amigo y no podía esconderlo.

—¿Qué dice ese Caimán?

—¿Qué dice La Piña? —Tomó la silla de ruedas y la empujó al interior del apartamento que seguía siendo un garaje, a pesar de que tuviera cama, baño y cocina. Manchas de aceite de motor se

extendían por las paredes y el piso, no había ventanas, y el techo aprisionaba a los visitantes.

Un colchón a un lado, unas sillas plásticas, una mesa y una computadora. La pantalla mostraba líneas de texto de color que se movían apresuradamente como si tuviesen vida.

—Tengo una novia en Nicaragua —dijo Caimán, nunca se sabrá si por ironía o por entusiasmo, al ver que todas las miradas escrutaban el significado de las letras en el monitor.

—¡Esoooo! —soltó Luis, acariciando las descuidados greñas.

—La tengo allí hablando sola —y sacó de su garganta una risa ronca—. Ella me dice que es catira, flaca, de un metro con 80, y que su único defecto es que tiene las tetas muy grandes —volvió a reír —. Y yo le digo que mido uno con 90, que estoy papeado y que mi único defecto es que hago

demasiado ejercicio y ya los pantalones no me entran por los músculos que me salieron en el culo —. Sólo Luis mostró sus dientes para mantener el ánimo jocoso de Caimán.

—Claaaaro... La carajita es una aberrada, dice que vive en un convento de monjas y que en las noches se escapa para el cuarto de computación sólo para mamarme el huevo. Ellos en Nicaragua le dicen los huevos. «Para chuparte los huevos».

Ana sintió asco por aquel lugar, tan desprovisto de alma, tan sucio y descuidado, con un habitante tan miserable y triste, con tanto calor. Volvió a sentir angustia y quiso salir corriendo de allí.

Un vaso con hielo derretido brillaba junto al teclado. Caimán movió ágilmente su silla para alcanzarlo y sorberlo con un trago definitivo.

—¿Un roncito?

Sólo Luis aceptó. Ana y Laudvan se dispersaron por la habitación y poco caso le hicieron a la oferta del anfitrión.

Cuando se fueron a servir el ron, Caimán tomo por la cintura a Luis y depositó con cuidado una bolsita de plástico azul en su puño.

—Lo que quieras, Luis, sírvete lo que quieras... No te importa tomarte el ron así, puro, ¿verdad, Luis?

—Qué va.

—Si quieres, voy a buscar un pelo de hielo en casa de mi tía, ella siempre tiene en la nevera. —No, hombre, Caimán. ¡Te vas a poner con esas! Tranquilo.

—Bien.

Ana se sentó, obstinada, en una de las sillas de plástico y no hizo más que observar las manchas de grasa en el suelo y agradecerle a Dios por no tener una vida tan miserable como la de Caimán. Laudvan, por su parte, permanecía de pie junto a la computadora, con los brazos cruzados y las piernas abiertas.

Blanca-nieves: ¿Estás allí Príncipe-azul?

Blanca-nieves: Si no respondes voy a dejar este privade y me voy de nuevo al chat general. Blanca-nieves: ¿Príncipe-azul?

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