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L A MUERTE DE J ULIÁN

In document Pin-Pan-Pun.-Alejandro-Rebolledo.pdf (página 130-138)

La pasión y el amor matan, pana. Por eso tengo que estar pilas.

La verdad es que la Claudia, la perra esa, estaba demasiado buena y era inteligente y tal, estudiaba Letras y todo, pero de allí a que el Julián se pegara un tiro por su culpa, no... No, pana, no.

Era un chamo burda de callado y depinga, burda de puro y buena nota, todos lo querían. Era hijo de un comunista y una hippy, burda de sesentosos, pero que estaban divorciados y tal. Julián vivía con su vieja en la tercera transversal y de chamo era mi mejor pana, lo conocía desde que teníamos ocho años o así. Patineteábamos juntos, nos fumamos el primer tabaquito juntos, no sé, lo quería que jode. De los cuatro, fue el que se tomó la nota punketa más en serio. En el 86, mientras nosotros

andábamos ya en una de controlarse un culito en un colegio de monjas, ir a una verbena o pavear en el CCCT, él estaba todo el día en una de «soy producto de la sociedad, soy una porquería» en el Burger King. No obstante, era penoso y le costaba levantarse los culos. Aunque era un tipo más bien bonito, pero con algo de acné en la cara.

Del grupo, fue el último en perder la virginidad. Lo hizo a los 16 con Teresa, una bicha fea de El Cafetal. Sí que lo chalequeamos el día que lo contó, pero no se lo tomó a mal. Nos compramos unas birras, nos emborrachamos y nos fuimos en el be-eme de Chicharra a ruletear.

En el año 91 conoció a Claudia en un bar burda de depinga que se llamaba El Molooko. Tenía 19 años, igual que yo, y aquello era otra nota, otra música, otra gente. Tocaban banditas, ponían Donna Summer, Doors y Sex Pistols, todo junto. Empezaban los 90, ¿entiendes?

Era un hueco, cabía poca gente, pero siempre entraban como 300 personas, vueltas locas, ¿sabes? Por la música y esos días que eran tan depinga.

Bailábamos, nos controlábamos perritas, un periquito también, pero todo hasta la una de la

madrugada porque el marico del alcalde había puesto una ley y tal. Pero eso nos engorilaba más a todos, no sólo a mis panitas.

Un día me resolví con la que atendía en la barra y todo, una catirita, coño, no recuerdo como se llamaba. Depinga, sí. ¿Dónde anda toda esa gente ahora? ¿Qué se hicieron? Qué bolas, a veces me siento como de 100 años.

Total, que un día vamos para la mierda esa y entre los culos que había esa noche estaba la Claudia. Con su pelo negro y en rulos, su pinta medio ñángara, bailando Keicí and de-no-sé-que-güevonada. Sola, bella. A mí también me gustó.

Julián se enamoró apenas la vio. No se le acercó ni nada, porque era burda de penoso, pero fue a donde los DJ, que eran panas de él, y les pidió, como conocían a todo el mundo allí, que se la presentaran.

Los tipos, qué va, no sabían quién era la jeva, pero para joder al pana la llamaron y le dijeron: «Él te quiere conocer» y tal, me cago de la risa.

El pobre de Julián se quedó todo timbrado, friqueado, allí mirándola, muerto de pena. Creo que a la jeva le conmovió esa actitud porque, ya lo dije, brother, el panita Julián era un ser puro y

transparente, ¿sabes? Unos ojos marrones grandotes, una cara medio redonda, una naricita, unas pequitas, no sé, a la jeva le gustó.

Luego pusieron salsa y Claudia sacó a bailar a Julián, que era más muerto que yo en eso del baile, pero el tipo le echó bolas, pana, y bailó como Oscar D’León.

Me perdí, no los vi más, me imagino que se resolvieron y que se fueron a uno de los hoteluchos que había por ahí. Esos detalles no los sé.

Desde ese día, Julián empezó a andar menos con nosotros. Se empepó, ¿sabes? Se empató de frente con la jeva y todo el día estaba oliéndole los peos a la puta esa. Ni el Caimán ni yo le caíamos bien, ¿entiendes? Las jevas son burda de coñodemadres, siempre te quieren separar de tus panas, hablan paja y tal, pero te digo, más importante que los amores con las jevas son los amores con los panas; los amigos de verdad son fieles e incondicionales y no andan por ahí preguntándote a dónde fuiste y por qué andas con el dañado de Luis. ¿Sabes lo que quiero decir?

Eso fue lo que no entendió Carlos, ¿ves? Por eso no tiene ni un pana y está solo, el mamahuevo ese. A los amigos se les respetan las jevas, pana, primera ley. Porque las jevas se van con cualquiera, sin importarles quién coño de madre sea tu papá, tu abuelo, tu hermano, tu tío. No les interesa el dolor que te puedan causar.

Bueno, Carlos era el compinche de Julián, más que de Caimán y mío, y vivía en una casa en la segunda avenida. Ruleteaba y jodía con nosotros desde siempre, hasta que hizo lo que hizo. En eso, Julián y Claudia llevaban saliendo como un año.

El Carlos comenzó a caerle a la jeva de Julián en sus narices, a darle poemas, a aterrizar por su casa a medianoche, y el pobre de Julián se quedaba todo friqueado sin saber qué hacer, porque sabía lo que pasaba. Era un tipo sensible y estaba demasiado enamorado de Claudia, la perra esa.

Fue como en enero del 92 cuando María Aguacate hizo una fiesta en su casa para celebrar qué sé yo qué mierda. Todos estábamos felices, menos Julián. Era tan obvio que entre su jeva y el marico de Carlos había algo.

Tomábamos un roncito y oíamos una salsita —Arranca de aquí, piraña, mujer, que todo lo daña—, y yo trataba de controlarme a la gordita de la Aguacate que estaba pendiente.

De repente, Claudia y Carlos no están. Nadie sabe dónde coño se metieron y María quiere irse a dormir, que yo deje la ladilla y que nos vayamos todos para el coño. ¿Dónde están? Todo el mundo empezó a buscarlos. Julián con la cara gris, temblando porque sabía que nada bueno iba a encontrar. Las diez personas que estábamos en la casa de la Aguacate, después de revisar la casa de arriba a abajo, nos vamos para un jardincito que había atrás y qué bolas, los muy banderas estaban allí bajo un faro verde.

Ella, agachada, le mamaba el güevo, y él, con los ojos cerrados, gemía. El tipo estaba a punto de acabarle en su cara. Qué heavy. Julián salió corriendo y empujó a la jeva que, sorprendida, cayó al suelo, y luego le soltó una mano en la cara al marico de Carlos, que se le quedó mirando con una sonrisa cínica. Luego le dio un golpe con el puño cerrado en el pecho, burda de fuerte, y se le volvió a quedar mirando con indiferencia. Qué bolas, pana, era su amigo, su compinche de la infancia y tal, cómo le hace eso.

Se devolvió y le dije: «Tranquilo Julián, esa perra no vale la pena, vámonos», y le di la cola en mi Lada, que todavía lo tenía.

«Puta. Me juró que me amaba, que me quería. Cómo me hace esto», y tal, eso fue lo que dijo el pobre de Julián en el carro mientras le tiraba la cola. Deprimido, humillado, tu jeva allí mamándole el güevo a un güevón delante de tus panas. Pobre.

A la semana lo volví a ver. Se había rapado el pelo, tenía un suéter azul y unos Levi’s nuevos, estaba contento y nos contó al Caimán y a mí que había comprado un pasaje para Nueva York y que en marzo se iba a vivir para allá. Quería recorrer el mundo, ver a Red Hot Chilli Peppers en concierto,

tomarse un ácido en Londres, cogerse a una modelo en París, qué sé yo. A nosotros nos gustó verlo así, ya todo el mundo sabía que la perra de Claudia se había empatado con Carlos, y nos pareció que el tipo se lo tomaba bien. Qué va.

A las nueve de la noche del 3 de febrero, la noche que empezó el primer intento de golpe de Estado, se pegó un tiro. No lo pudimos ver, había toque de queda y tal, y la familia de Julián tuvo que

enterrarlo al día siguiente con un permiso especial. A veces me imagino la situación: Julián muerto en su casa y las explosiones afuera, en La Carlota, que se oían clarito en Los Palos Grandes, qué heavy, ¿no? Te imaginas a la vieja, pobre. Aunque el Julián se merecía eso, un día loco, un día sollado y destroyed para morir. Nadie se olvida de esa fecha.

El 2 de marzo, Caimán y yo nos fuimos al Cementerio del Este con un poco de birras, nos emborrachamos frente a su tumba y le brindamos una. Era el gran pana Julián.

M

AGIC

—¿Yo? —dijo con una voz suave y un tanto ronca. —Mi nombre es Yetzibell.

—¿Ah? Okey. —¿Cuál es el tuyo?

—¿Mi nombre? Alejandro.

—¿Alejandro qué? —pregunté aterrada. No podía ser.

—Alejandro Mendoza —dijo con miedo. Definitivamente, yo tenía que ser el centro de aquella historia o algo peor.

—Todo el mundo te anda buscando. ¿Qué haces aquí? —continué. —¿Yo? Nada, estoy aquí ¿Mi papá te mandó a buscarme, o qué?

—No, no. Trabajo para él, pero esto es casualidad, te lo aseguro. ¿Tu papá sabe que estás aquí? —¿Y por qué me ayudaste así? No entiendo. Trabajas en El Guardián, ¿no?

—Sí, sí, pero... ¿Cómo explicarte? Te vi el otro día en el restaurante chino y, bueno, no sé, me llamaste la atención, y cuando los policías te molestaban te vine a ayudar. ¿Te molesta?

—¿Mi papá sabe que estoy aquí?

—No, no por mí. Es casualidad, de verdad... ¿Has tenido noticias de tu hermana? —¿Mi hermana? No entiendo.

Alejandro no sabía absolutamente nada sobre el secuestro de Ana Patricia. Le informé y me impresionó que no se mostrara asombrado; ni siquiera un gesto de sorpresa, sólo parpadeó. —Me tengo que ir —me dijo, y no lo pude resistir; tenía, debía estar con él.

—Pero si ni siquiera son las 12...

—No sabes lo importante que es que yo hable contigo, de verdad, por favor... —¿Sí? No sé, no sé... ¿Por qué?

—Por favor —le tomé de la mano y se lo dije por última vez—. Por favor. —No sé... Tengo que hacer algo urgente.

—¿Nos vemos allí a las 12 y media? ¿A la una? —¿Ah? Este... Umm... Okey.

Tomé cuatro cervezas y temí que jamás llegara. Aquellos ojos azules se fueron difuminando hasta ser tan tristes como el color del día.

Como a eso de la una entró al restaurante un individuo de piel oscura, con el pelo largo y pintado de amarillo, que lucía una esvástica tatuada y marchita en la frente.

Se sentó en la barra y comenzó a hablar con uno de los mesoneros que atendía allí. Parecía un cliente habitual. Y también un buen reportaje: me imaginé las historias que podía ocultar un tipo como ese. Quizá Los Gallegos era la fachada de un movimiento nazi venezolano-gallego, quizá detrás de los chorizos y jamones serranos estaba un nuevo Hitler. Quizá...

Alejandro atravesó la puerta alzando el largo cuello y, buscándome con afán, torció su cabeza como una tortuga. Sus ojos pinchaban y su boca era un trazo dibujado por un niño.

Se sentó en la mesa bruscamente y pidió una cerveza con la voz reseca. Era otro. —Lo acabo de ver todo —sentenció de una manera tan segura que me abrumó. —¿Acabas de ver qué?

—No voy a comer, no tengo hambre, ¿okey? —qué raro estaba, qué diferente.

—Está bien, como quieras, yo tampoco tengo demasiada hambre, acabo de desayunar. —Sé lo que pasó con mi hermana. Lo acabo de ver.

—¿En la televisión?

—No, no, no entiendes... Es algo extraño, es un juego, es peligroso.

—¿Me podrías explicar cómo fue eso de los disparos en tu casa? —aposté. —Hay un nombre, ¿sabes? Tengo un nombre.

—¿Sí, de quién?

El mesonero le trajo la cerveza y mi ángel se la bebió de un tiro, ordenó otra y continuó. —Maté a la perra de mi hermana y me fui de la casa, eso fue lo que pasó aquella noche. —¿Por qué? —pregunté ansiosa.

—Porque ella, Ana, me odia —dijo al estirar el rostro. —¿Qué fue lo que viste entonces?

—Mi hermana, el destino, Dios, una encrucijada, comedia, revelación, desgracia, un nombre... Comencé a sospechar.

—¿Te pasa algo? —le dije, y puse una mano preocupada sobre la suya para tratar de calmarlo. El individuo con la esvástica tatuada en la frente volteó sobre sus hombros y nos miró fijamente, luego rió, dejó dinero en la barra y se marchó. Pasaron unos segundos en los que sólo escuchamos una canción de Luis Miguel que sonaba en el hilo musical. Mi ángel se mostró cada vez más ansioso e incómodo y después de un rato dijo:

—Lampituvirán —qué, me pregunté—. Escucha, me tengo que ir, pero el nombre... Toma, aquí tienes los 1.000 bolos de las birras, me siento un pelo mal, tengo un bajón... El nombre, el nombre que está en mi cabeza, el nombre que vuela es: El Tufo.

—¿El Tufo? —pregunté desconcertada—. Espera, no te vayas. Ya va, Alejandro... ¿Te puedo ayudar en algo? ¿Te sientes bien?

Me costó entenderlo en un principio. Me destrozó verlo partir, ya no me importaba el secuestro, mi ángel me había dejado tan intrigada. Pobre, estaba mal, necesitaba de mi ayuda, de mis caricias y de mi comprensión.

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