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K ENTUCKY F RANK C HICKEN

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Sonaba Santana en las cornetas y Frank recordó el beso que Nicole le había dado en el recital que el chicano realizó en Caracas en 1972. Ahora las circunstancias parecían tan diferentes.

Estaba frente al mostrador del KFC de Sabana Grande y pedía un jojoto y una Pepsi justo cuando el coro de Oye cómo va entró. Era budista, vegetariano, miserable, y hasta el coronel de los pollos lo miraba desde la pizarra con mala cara.

Tantas respiraciones para renacer, tanto equilibrio existencial no habían impedido que a los 43 años terminara solo y con el dinero justo para comprarse una mazorca y un refresco.

Se sentó con la bandeja en una mesa que tenía vista panorámica del bulevar y le dio vértigo imaginar las vueltas que daba el mundo. ¡Cómo había cambiado Caracas! ¿Dónde estaban las personas que alguna vez habían existido? ¿Sus amigos? ¿Sus novias? ¿Cómo había terminado el mundo así? Una pareja discutía en la mesa contigua. Eran más o menos de su edad, pero no podía evitar verlos mayores, ya que aún conservaba cierta psicología adolescente. Él estaba vestido con corbata gris y chaqueta de cuero marrón y contaba algo acaloradamente. Ella, muy maquillada, exhibía un conjunto asimétrico y ornamentado con pedrería sintética de colores. Cuando le tocó el turno de hablar, hizo un segundo de pausa, soltó un suspiro, parpadeó, y con voz temblorosa y los ojos vibrantes le dijo: «Te tengo que confesar algo».

—¿Qué? —contestó él, visiblemente alterado.

—No sé cómo explicarlo —inició ella, mientras le tomaba la mano y se mordía los labios—. He tratado de buscar una respuesta, de saber qué ocurre, pero no sé, me quedé sin palabras...

—Dilo de una vez, mujer, dilo.

—Desde hace seis meses salgo con otro hombre.

Él se derrumbó sobre su pollo frito y ella, llorando, se le quedó mirando con tanta culpa que, por instantes, inspiró más compasión que su esposo desengañado.

Qué deprimente era todo aquello, el mundo, las rupturas, el amor, las traiciones, el olor a pollo frito, la música de Santana, la gente que caminaba por el bulevar, el aire acondicionado, los pedazos de maíz alojados en los dientes, el aceite que le rodeaba la boca.

Por años, Frank había creído ciegamente en una suerte de correspondencia universal. Si se obraba bien, si se resistía el dolor, si se hacía un esfuerzo extra, si no les hacías a los demás lo que no quieres que te hagan a ti, si no se acumulaban karmas, si se era generoso, paciente, fiel, virtuoso, recto, si se escogía el lado de la luz y no el de las sombras, quizás sólo así, la vida correspondía y premiaba.

Pero no. Conocía unas cuantas personas que se habían comportado como verdaderas ratas y que ahora, además de dinero, tenían familias estables y cierto grado de felicidad. Sabía de individuos que habían traicionado, mentido y engañado y que, aun así, ostentaban una mirada segura y cristalina. Había visto personas cuyo único valor espiritual era el comercio y el poder y que, a pesar de ello, se sentían orgullosas de su aberrante moral.

No podía esperar más por una recompensa divina. Había que pagar el celular y la gasolina, quería una familia y ya había perdido una; era el momento perfecto de corregir. Si sólo Isabella no lo hubiera abandonado, pero qué carajo...

A

LMUERZO

Federico e Isabella tomaban su almuerzo en la mesa redonda de la cocina. Berta había preparado caraotas con tropezones de chorizo y jamón serrano, arroz blanco con ají y pollo, salsa de malta y Coca-Cola.

Al ver todo aquello, Isabella sintió una patada en el estómago. Tenía las entrañas resecas y deshidratadas. Apartó su plato de caraotas a un lado y vio a su esposo comer.

De la calle procedían ruidos de sirenas, ambulancias, policías, estruendosos frenazos de carros, cornetas de camiones, gritos de niños.

—¿Cómo te sientes, Federico? No has dicho ni una palabra —inició Isabella.

—Mal, Isabella, mal, ¿cómo crees? —respondió él, más agotado que otra cosa. Con un impulso que le sorprendió, le tomó la mano a su esposa, la apretó fuertemente y miró su cara.

A

VERIGUACIONES

El comisario Bermúdez condujo al sospechoso hasta el cuarto de interrogatorios. Le quitó las esposas y le ofreció un cigarrillo que el detenido aceptó, algo dudoso. Bermúdez sacó su yesquero del bolsillo y encendió el Astor Rojo.

Después de sonreírle, extendió la mano lo más que pudo y, llevándola primero hacia atrás, la estrelló sonoramente en la mejilla del sospechoso, haciendo que este soltara el cigarrillo de la boca.

Luego Bermúdez le pidió perdón, en apariencia muy arrepentido, y volvió a darle otra bofetada en el mismo lugar y con idéntica fuerza.

A pesar de la negrura de la piel del detenido, sus cachetes se tornaron rosa. Bermúdez y sus

compañeros habían irrumpido en su casa en la madrugada del sábado y lo detuvieron sin más. De él se sabía que decía pertenecer al Movimiento Bolivariano, que era jíbaro y que vivía en un barrio. Algo tenía que saber. Lo apodaban El Bróder y, aunque no se podía comprobar su vinculación con el secuestro de Ana Patricia Mendoza, su expediente criminal justificaba una detención.

Bermúdez practicaba una metodología de investigación relacionada con las casualidades y el azar. Por eso se había comprado, al principio también por azar, varios libros sobre la Teoría del Caos y con ellos se había convertido en el investigador más exitoso de la policía.

Era increíble la cantidad de veces que había resuelto un caso sólo con escoger a un individuo X, como quien juega bingo, e iniciar una proyección casuística a partir de él. Luego desarrollaba

atractrices, curvas de posibilidad y fractales que, por lo general, no eran más que la detención de los conocidos y familiares del individuo X y los conocidos y familiares de los conocidos y familiares del individuo X hasta que, bingo, daba con uno que directa o indirectamente estaba relacionado con el tema de investigación.

Caracas, además, se prestaba enormemente para este método, ya que, tarde o temprano, los hechos y las historias de sus pobladores estaban conectados. No había secreto que se pudiera ocultar, no había vida que no se hilara de alguna manera con otra. «El aleteo de una mariposa en Chacaíto puede

producir un tornado en Coche», parafraseaba Bermúdez, orgulloso.

El Bróder era ese individuo X. Un individuo X que, por lo demás, tenía más probabilidad que otros de saber sobre el caso. Sus atractrices con el mundo de la droga, de la subversión política, lo

El fiel aliado de Bermúdez, Rubén Changuerotti, entró en el cuarto de averiguaciones con una vela gruesa y encendida que colocó sobre la mesa.

—¿Sabes qué vamos hacer con esta vela, Bróder? —preguntó Bermúdez. —No —respondió aterrado El Bróder.

—Si no nos dices lo que sabes del secuestro, te la vamos a meter toda por el culo.

Los ojos del Bróder se convirtieron en dos esferas grandes y blancas y su cabeza comenzó a hacer pequeños círculos de negación.

—No sé nada, no tengo nada que ver...

Rubén sacó del escritorio un retrato hablado del secuestrador y se lo mostró al Bróder. —¿Conoces a alguien con esta pinta?

—No sé, no sé, agente, puede ser... Déjame ver.

—Alguien que te compre droguita, Bróder —dijo Bermúdez, mientras derramaba cera caliente sobre los hombros del detenido.

—Bueno —contestó El Bróder, temblando—, hay unos carajitos sifrinos que me compran marihuanita y que se parecen a éste, pero no sé cómo se llaman. Yo les digo los gringuitos. Está uno, el Gringuito Criseado, que se parece al chamo de la pintura...

—¿Ah, sí? ¿Y cuándo fue la última vez que viste a ese Gringuito Criseado? —No sé, hace como una semana.

—¿Y dónde vive? ¿Cuál es su verdadero nombre? —No lo sé, no lo sé, de verdad.

—Para mí que nos estás cayendo a cobas, Bróder, para mí que sabes más y que Chávez dio órdenes de que no se dijera nada, ¿no es así?

—No, no, no, el chamo este, el Gringuito Criseado, se parece burda al chamo de la pintura, además... Me... Me compró un hierro la última vez que lo vi y me dijo que estaba desesperado y que no tenía real.

—¿Así que tú vendes armas también? ¡Ay, papá, diez años de cana! Dinos cómo conseguir al tal Gringuito Criseado y sales de esto, Bróder...

—No lo sé, de verdad, no lo sé, tiene un pana que a veces va con él que yo le digo Gringuito Mayor, porque es el más dañado de todos. No sé, son burgueses, sifrinitos, yo no sé un coño de ese mundo, no sé cómo coño se llaman... Sólo les vendo droguita.

Le encadenaron las manos otra vez, le bajaron los pantalones, le introdujeron la vela por el ano y lo encerraron en el calabozo.

El comisario Bermúdez sabía que El Bróder decía la verdad, estaba satisfecho, tenía una pista. El Gringuito Criseado, el Gringuito Mayor, sifrinos, droguita. Allanamientos en Las Mercedes y La Castellana, como en los buenos tiempos. La Teoría del Caos jamás fallaba.

In document Pin-Pan-Pun.-Alejandro-Rebolledo.pdf (página 124-130)