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Biopoder y biopotencia

A. Dal Lago, Milán, 1991, pág 208].

3. Biopoder y biopotencia

1. Gran política

1. No deja de ser significativo que el capítulo ante- rior se cierre con la mención de Nietzsche, el autor que registra más que ningún otro el agotamiento de las categorías políticas modernas y la consiguiente apertura de un nuevo horizonte de sentido. Ya había- mos hecho referencia a él cuando bosquejamos una breve genealogía del paradigma inmunitario. Pero esa referencia no basta para destacar la relevancia estratégica de su perspectiva en el marco general de este trabajo. Nietzsche no sólo lleva el léxico inmuni- tario a su plena madurez. smo qna adamas RS fil pri- mero enevidenciar su poder negativo, la deiisiajiihi- lista que lo impulsa en sentido autoaisojutivo. Lo di- cho no significa que sea capaz de rehuirla7*de sus- traerse por completo a su sombra creciente: veremos que, cuando menos en lo atinente a un vector no se- cundario de su perspectiva, terminará por reprodu- cirla potenciada. Sin embargo, ello no cancela lajusij f za deconstrnr.tiva que su obra ejerce en otros momen-

tos con relación a la inmunización moderna, hasta prefigurar los lineamientos de un lenguaje concep- tual distinto.

Los motivos por los cuales, pese a sus pretendidas filiaciones, este nunca ha sido elaborado, ni siquiera plenamente descifrado, son muchos; entre ellos, no reviste menor importancia el carácter enigmático que fue cobrando crecientemente la escritura nietzschea-

- i na. Con todo, tengo la impresión de que esas razones

remiten, en conjunto a la malograda o errónea indivi- dualización de su lógica interna o, tal vez mejor, de su tonalidad básica, cuyo efectivo alcance tan sólo en nuestros días, a partir del escenario categorial plan- teado por Foucault, comienza a ser perceptible. No aludo tanto, o tan sólo, a las dos ponencias específicas que Foucault dedicó a Nietzsche —aunque en espe- cial la segunda, centrada en eLmétodo-geaealágico, nos lleva directo a la cuestión—, sino, precisamente, a la órbita biopolítica dentro de la cual se fue colocando en determinado momento el análisis foucaultiano. Porque ella constituye el exacto punto de gravitación, o el eje paradigmático, a partir del cual la entera obra nietzscheana, con todos sus virajes y sus fracturas in- ternas, comienza a revelar un núcleo semántico com- pletamente inaprensible en los esquemas interpreta- tivos en que anteriormente se lo había encuadrado. De no ser así, de no haber pasado inadvertida una trama decisiva de su tejido conceptual, ¿cómo hubiera sido posible que se leyera a Nietzsche —incluso antes que «desde la derecha» o «desde la izquierda»— en términos no sólo heterogéneos, sino contrastantes en- tre sí: cnmofoto politicus para unos y como radical- mente impolítico para otros? Sin llegar a los intérpre- tes más recientes, basta con comparar la tesis de L5- — \vith —para quien la «perspectiva política no está en

Ins m a r i n a s la.filosofía de Nietzsche, sino en su centro»—1 con la de TfotaillFt —qnip/n afirma que «el movimiento mismo del pensamiento de Nietzsche im- plica una derrota de los diversos fundamentos posi- bles de la política actual»-—2 para percibir el impasse

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1 K. LíSwith, Der et^ropaiscfte Nihilismus (1939), Stuttgart, 1983

[traducción italiana:1// nichilismo europeo, al cuidado de C. Galli,

Roma-Barí, 1999, pág. 49].

2 G. Bataille, «Nietzsche et les fascistes», en Acéphale, n° 2, 1937

[traducción italiana: «Nietzsche e i fascisti», en La congiura sacra, al

del cual la literatura sobre Nietzsche parece no haber encontrado modo de liberarse. Tal vez ello se deba a que ambas lecturas en confrontación y contienda, la «hiperpolítica» y la «impolítica», arriban a conclusiones especulares dentro de una noción de «política» a la cual el discurso de Nietzsche es explícitamente ajeno, en favor de un léxico conceptual distinto que actualmen- te bien podemos definir como «biopolítico».

El ensayo de Foucault, «Nietzsche. la généalogie. l'histoire»,3 abre una perspectiva de particular rehe- ve. En él se tematiza fundamentalmente la opacidad del origen: la brecha que lo separa de sí mismo o, me- jor, de aquelloque en él se presupone como perfecta- mente adecuado a su íntima esencia. Queda así en en- tredicho no sólo la linealidad de una historia destina- da a demostrar, la conformidad de origen y fin —la finalklad dal origen y la originariedad del ñn—, sino también todo el entramado catppnpal dal qna dapan- de esa concepción. Toda la polémica que Nietzsche en- tabla con una, historia incapaz de anfrantaraa con su propio estrato no histórico—es decir, incapaz de ex- tender a sí misma la historización integral que pre- tende aplicar a lo otro de sí— apunta contra la pre- sunción de universalidad de figuras conceptuales sur- gidas conforme a necesidades específicas a las que permanecen ligadas en cuanto a su lógica y su desarro- llo. Cuando Nietzsche reconoce en al orjgpn da las co- sas, no la identidad, la unidad, la pureza de una esen- cia incontaminada, sino la laceración, la f?ñTrtipljcí- dad, la alteración de algo que nunca se corresponde con lo que declara ser: cuando, detrás de la sucesión ordenada d£jyas^a£onteeimiea*os y la red de significa- dos que parecen darles organización, vislumbra el tu- multo de los cuerpos y la proliferación de los errores,

3 M. Foucault, «Nietzsche, la généalogie, l'histoire», en Dits et écrits, op. cit., vol. II [traducción italiana: «Nietzsche, la genealogía, la sto-

las usurpaciones de sentido y el YfíTt,iga4e4ajdolen- cia; cuando, en suma, encuentra disociación y conflic- to en el corazón de la aparente conciliación, él pone os- tensiblemente entre signos de interrogación todaTa forma ordenadora que durante siglos se dio la socie- dad europea. Más precisamente, pone en cuestión la. reiterada confusión entre causa v efecto, función y va- lor, realidad y apariencia. Ésto vale para las catego- rías jurídico-políticas modernas consideradas indivi- dualmente: la de igualdad, a cuya impugnación apun- ta prácticamente por entero el corpus njetzacheano: la de libertad, destituida de su pretendida absolutez y reconducida a la aporía constitutiva que la convierte en su propio opuesto; el derecho mismo, reconocido en su faz originaria de desnuda imposición. Pero vale también, especialmente, para todo el dispositivo que constituye a la vez el trasfondo analítico y el marco normativo de dichas categorías: ese relato autolegiia¿ mador según el cual las formas del poder político pa-

recen ser resultado intencional de la voluntad combi- nada de sujetos individuales unidos por un pacto fun- . dacional. Cuando Nietzsche identifica el Estado —es

decir, la más elaborada construcción jurídica y políti- ca de la época moderna— con «una horda cualquiera de animales de presa, una raza de eonquistadoregjjr de señores que, organizada para la guerra y con fuer- za para organizar, clava sin vacilar sus terribles ga- rras en una,población tal vez ftnormemp.ntp. superior

en número, pero aún informe, aún errabunda»2j3Íen

puede considerar «liquidada esa ficción que lo hacía comenzar con un ''contrato"».4

2. Ya estas primeras consideraciones ponen en evi- dencia un enlace con la propuesta hermenéutica que