A. Dal Lago, Milán, 1991, pág 208].
4 F Nietzsche, Genealogía della morale (Zur Genealogie der Moral),
Foucault realizará un siglo después. Si no existe un sujeto individual de voluntad y de conocimiento sus- traído y anterior a las formas de poder que lo estruc- turan; si lo que llamamos «paz» no es más que la re- presentación retórica de relaciones de fuerza que al- ternadamente surgen de nn con-Air-tn p^nn^nante; si reglas y leyes no son sino rituales destinados a ratifi- car el dominio de unos sobre otros, entonces, todo el arsenal de la filosofía política moderna inevitable- mente se revela como falso e ineficaz. Falso, o pura- mente apologético, en cuanto incapaz de reflejar las dinámicas efectivas que subyacen en sus figuras de superficie; e ineficaz, en cuanto choca cada vez más violentamente, como vimos en el capítulo anterior, contra sus propias contradicciones internas, hasta es- tallar. En rigor, más que las articulaciones catego- riales individuales, estalla la lógica misma de la me- diación a la que estas remiten, incapaces ya de rete- ner, y menos aún de potenciar, un contenido que de por sí escapa a cualquier control formal. Bien se sabe cuál es, para Nietzsche, ese contenido: se trata de ese bíos que le da a su anáfisis el carácter intensamente biopolítico al que ya aludimos. Toda la literatura so- bre Nietzsche enfatizó siempre el elemento vitabja vida como única representación posible del ser.5 Pero" loque tiene, evidente relevancia ontológica ha de in- terpretarse también en clave política. No en el senHdq_ de alguna forma que se superponga desde fuera a la materia de la vida —justamente esta pretensión, que la filosofía política moderna probó en todas sus posi- bles combinaciones, queda definitivamente despro- vista de fundamento—, sino como el carácter consti- tutivo de la vida misma: la vida es desde siempre polí- tica., si_por «política» se entiende no aquello a lo que^
5 Id., Frammenti postumi, 1885-87, en Opere, op. cit., vol. VIII, 1,
aspira la modernidad —vale decir, una mediación jf, nejHralizadora de carácter inmunitario—, sino\la mo-
dalidad originaria fo. que lo viviente es o en que el ser ** vive. Así —lejos de todas las filosofías eontempo- £ raneas de la vida propuestas más de una vez como » análogas a su posición— piensa Nietzsche la dimen-
Í
— s i ó n política del bíos: no en cuanto carácter, ley, desti-no de algo que vive con anterioridad, sino como elpo- 1 djir que desde el principio da forma a la vida en toda*j su extensión, constitución, intensidad. Que la vida \ —según la tan célebre formulación nietzscheana— " J sea vohmJbad-de_p.oder no significa que la vida necesi- 1 ta poder, ni que el poder captura, intencionaliza y de- sarrolla una vida puramente biológica, sino que la vi- da, no conoce modos de ser distintos__al_¿ej^a.conti- nua potenciación.
Para captar el rasgo característico de lo aludido por Nietzsche con la expresión «gran política», hay que contemplar este entramado indisolublede*vida y poden en el doble sentido de que el ser viviente como tal debe estar internamente potenciado, y el poder no es imaginable sino en términos de un organismo vi- viente. De aquí también el sentido más intrínseco —menos ligado a contingencias contextúales— del proyecto nietzscheano de constitución de un_«nuevo partido de la vida». Soslayemos los contenidos pres- criptivos, muy inojaisf antes, con los que pensó lle- narlo en cada caso; lo que ahora cuenta, en relación con nuestro eje principal de razonamiento, es lajarna
dra-eh'gfrgnr»ia.que esta referencia constituye respecto
de cualquier modo mediado, dialéctico, exterior, de entender la relación entrtfpolítica y vidat En este sen- tido se vuelve comprensible lo que él mismo dirá a propósito de Más allá del bien y del mal, y bien puede extenderse a toda su obra: ella «es, en esencia, una crítica de la modernidad, no excluidas las ciencias ----•^•modernas, las artes modernas, ni siqjmgra la política
moderna, con indicios de un tipo opuesto, lo-maoos_ moderno posible, un tipo noble, que dice sí».6 Sin to- mar en consideración la problemática identidad del («tipgk prefigurado por Nietzsche, no cabe duda acerca del objeto de su polémica: la modernidad como nega- ción formal, o forma negativa, de su propio contenido vital. Lo que para Nietzsche uaiücáisus categoríasló- gicas, estéticas, políticas, es, precisamente, la antino- mia constitutiva dé querer tomar a cargo, conservar, desarrollar, algo inmediato —que él llama"" «vida»— a través de una serie de m ad i a cj pn »« r,hj otí v ^ o n f o "
destinadas a contradecirla, en cuanto obligadas a negar su carácter deinmediatez. De aquí el rechazo no de tal o cual institución, sino da la institución en sí. separada, y por ende potancialmente destructora^de ese poder de la vida al que debe salvaguardar. En un parágrafo, titulado precisamente «Crítica de la mo- darnidfld», Nietzsche afirma que «nuestras institucio- nes ya no sirven de nada: sobre eso todos estamos de acuerdo. Pero esto no depende de ellas, sino de noso- tros. Desde que_perdimos todos los instintos, a partir de los cuales se desarrollan las instituciones, estamos perdiendo las instituciones en general, porque noso- tros no les servimos más».7 Genera este efecto autodi- solutivo la incapacidad de las instituciones modernas —desde el partido hasta el parlamento y el Estado— de atenerse directamente a la vida y, por consiguien- te, la tendencia a resbalar hacia el mismo vacío que esa separación provoca. Y esto tiene lugar con pres- cindencia de la posición política elegida: lo que cuen- ta, en negativo, es su no ser bio-política, la escisión que se abre entre ambos términos de la expresión, de una manera que arranca a la política su hfns v a la vi- da su carácter político r>TáfapnnrinT es decir, SU poder
constitutivo. /^r y«. s 5 « * * & , < 3
6 Id.,Ecce homo, en Opere, op. cit, vol. VI, 3, pág. 360. 7 Id., II crepuscolo degli idoli, op. cit., pág. 139.
3. De lo anterior, en el reverso afirmativo de esa