II. Biopolitics in the mainstream, 1994; I Human nature and poli tics, 1995; IV Research in biopolitics, 1996; V Recent explorations bio
28 Cf., en este sentido, C Galli, «Sul valore político del concetto d
"natura"», en su volumen «Autorita» e «natura», Bolonia, 1988, págs.
57-94, y M. Cammelli, «II darwinismo e la teoría política: un problema aperto», en Filosofía Política, n° 3, 2000, págs. 489-518.
ral, la política queda atrapada en el cepo de la biología sin posibilidad de réplica. La historia humana no es más que la repetición, a veces deforme, pero nunca realmente disímil, de nuestra naturaleza. Es función de la ciencia —incluso, y en particular, política— im- pedir que se abra una brecha demasiado amplia entre la primera y la segunda: en última instancia, hacer de la naturaleza nuestra única historia. El enigma de la biopolitica parece resuelto, pero de una manera que presupone justamente lo que habría que investigar.
2. Política, naturaleza, historia
1. Desde cierto punto de vista, resulta comprensi- ble que Foucault nunca haya mencionado las diferen- tes interpretaciones de la biopolitica previas a su pro- pio análisis: el extraordinario relieve de este es fruto, precisamente, de su distancia respecto de aquellas. Eso no quiere decir que no haya un punto de contacto, si no con sus contenidos, al menos con la necesidad crítica de la cual estos surgieron, que es atribuible, en conjunto, a una general insatisfacción acerca del mo- do en que la modernidad construyó la relación entre política, naturaleza e historia. Sólo que, justamente en lo atinente a esta temática, la operación iniciada por Foucault a mediados de la década de 1970, por su complejidad y radicalidad, no admite comparación con las teorizaciones previas. A esos fines, no carece de importancia el hecho de que detrás de su específica perspectiva biopolitica, y dentro de ella, esté en pri- mer lugar la genealogía nietzscheana. Porque preci- samente de ella extrae esa capacidad oblicua de des- montaje y reelaboración conceptual que otorga a su trabajo la originalidad que todos reconocen. Cuando Foucault, volviendo a la pregunta kantiana acerca
del significado de la Ilustración, se remite al punto de vista de la actualidad, no alude meramente al dife- rente modo de ver las cosas que el pasado recibe del presente, sino a la brecha que el punto de vista del presente abre entre el pasado y su propia autointer- pretación. Desde este ángulo, el final de la época mo- derna —o al menos el bloqueo analítico de sus catego- rías que ya las primeras teorizaciones biopolíticas pusieron en evidencia— no es pensado por Foucault como un punto, o una línea, que interrumpa un itine- rario epocal, sino más bien como la desarticulación de su trayectoria, producida por un tipo distinto de mira- da. Si el presente no es aquello, o sólo aquello, que has- ta ahora suponíamos; si sus líneas rectoras empiezan a agruparse en torno a un epicentro semántico diferen- te; si en su interior surge algo inédito, o antiguo, que impugna su imagen academicista, esto significa que tampoco el pasado —del cual, pese a todo, deriva— es ya necesariamente el mismo. Que puede revelar una faz, un aspecto, un perfil, antes en sombras o acaso es- condido por un relato superpuesto, y a veces impues- to, no forzosamente falso en todos sus tramos, aun funcional para su lógica prevaleciente, pero que justa- mente por esto es parcial, si no incluso partidista.
Foucault identifica ese relato —que comprime o re- prime, si bien cada vez con mayor dificultad, todo ele- mento heterogéneo respecto de su propio lenguaje— en el discurso de la soberanía. Pese a las infinitas va- riaciones y metamorfosis a que se vio sometido du- rante la época moderna, por obra de quienes en cada caso lo utilizaron para sus propios fines, aquel siem- pre se basó en el mismo esquema simbólico: el de la existencia de dos entidades diferenciadas y separadas —el conjunto de los individuos y el poder— que en de- terminado momento traban relación entre sí confor- me a las modalidades definidas por un tercer elemen- to —la ley—. Cabe afirmar que todas las filosofías
modernas, a pesar de su heterogeneidad o aparente contradicción, se disponen dentro de este esquema triangular, acentuando ora uno, ora otro de sus polos. Ya propugnen el poder soberano absoluto, según el modelo hobbesiano, o bien, por el contrario, insistan en sus límites, en consonancia con la tradición liberal; ya sustraigan al monarca del respeto de las leyes que él mismo promulgó, o lo sometan a ellas; ya superpon- gan los principios de legalidad y de legitimidad, o los diferencien, todas estas concepciones comparten la misma ratio subyacente —ratw caracterizada por la preexistencia de los sujetos respecto del poder sobe- rano que ellos ponen en acción y, en consecuencia, por el derecho que de este modo mantienen en relación con él—. Aunque se pase por alto el alcance de ese de- recho —desde, como mínimo, el derecho de conservar la vida hasta, como máximo, el de participar en el go- bierno político—, es evidente el rol de contrapeso que se le asigna frente a la decisión soberana. El resulta- do es una suerte de relación inversamente proporcio- nal: a mayor cuota de derecho, menos poder, y vice- versa. Tbdo el debate filosófico-jurídico moderno se inscribe, con variantes marginales, dentro de esta al- ternativa topológica que ve la política y el derecho, el poder y la ley, la decisión y la norma, situados en los polos opuestos de una dialéctica cuyo objeto es la rela- ción entre subditos y soberano.29 El peso respectivo de unos u otro depende de la prevalencia asignada cada vez a uno de los términos. Cuando, al final de esta tra- dición, Hans Kelsen y Cari Schmitt, armados uno contra el otro, aboguen respectivamente por normati- vismo y decisionismo, no harán sino replicar el mismo