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F Nietzsche, Crepuscolo degli idoli, op cit., pág 132.

F. Nietzsche, Frammentipostumi, 1888-89, op cit, pág 93.

48 F Nietzsche, Crepuscolo degli idoli, op cit., pág 132.

nido en términos de degeneración o niMlismo_pasivo. ¿Cómo proceder con respecto a él? ¿Intentar detener- lo, lentificarlo, evitarlo, mediante dispositivos inmuni- tarios iguales y contrarios a aquellos que él mismo activa y son, en definitiva, responsables de la deca- dencia.en acto, o, por el corltrario, impulsar su consu- mación provocando su autodestrucción? ¿Levantar nuevas barreras protectoras, cada vez más densas, ante la difusión del contagio, o bien utilizarlo como medio de disolución del viejo equilibrio orgánico y, por ende, como oportunidad para una nueva configura- ción morfogenética? ¿Trazar líneas de separación aún más marcadas entre sectores, clases, razas, hasta el punto de condicionar el desarrollo biológico de unos a la reducción violenta de otros, o bien buscar precisa- mente en su diferencia la energía productiva de un crecimiento común?

En el parágrafo anterior conocimos los presupues- tos ideológicos y las consecuencias tanatopolíticas de una primera respuesta de Nietzsche a estas pregun- tas. Hay que señalar que en cierto punto, en oposición y superposición con el que acabamos de analizar, Nietzsche parece tomar otro camino, sin que^pueda establecerse la relación cronológica entre ambos. La idea subyacente es que acelerar aquello que_ deJgdos modos debe acontecer_.es el único medio de dejar el campo libre para nuevos poderes afirmativos. Cual- quier otra opción —restaurativa, resarcidora, resis- tencialista— no conduciría sino a una paralización peor que la situación de partida: «Existen aún hay partidos que aspiran a una meta: que todas las cosas caminen a la m^íñéTaa^ícarmreio. Pérolaadie es libre de ser cangrejo. No aporta ningún beneficio: es preci- so avanzar, quiero decir, adentrarse un paso tras otro en la "décadence" [...] Es posible obstaculizar este de- sarrollo y así encauzar, concentrar, tornar más vehe- mente e improvisa la degeneraciónjnjsjnaj_más no se

puede».49 El punto de vista implícito en estas expre-

siones —no ajeno a lo que será llamado «eterno retor- np»— es que, si una parábola declinante aumenta ca- da vez más su inclinación, terminará por hallar circu- larmente^&Upunto^ondejgomenzó, retornando hacia arriba. Sobre esta base, Nietzsche"comienza a de_^ns"- truir el mecanismo hiperinmunitario que él mismo dispuso contra losresuitados debihtá^óresde la in- munización moderna. A la'estra^'egia^é^bToqaeo y contención sobreviene la de movihzación y desenfre- no energético. La fuerza —incluso la fuerza reacti- va— es en sí imparable: sólo se la puede volver contra sí misma. De hecho, si se la conduce al exceso, toda negación está destinada a negarse a sí misma. Tras aniquilar todo lo que encuentra ante sí, sólo puede dar embates contra su propia negatividad y tornarse afirmación. Como bien argumenta Deleuze, en el ori- gen de este paso no hay una propensión enmascarada a la dialéctica, una suerte de hegehanismo invertido, sino-_3l-ie--nitiyo .egreso de entre sus engranajes: la afirmación no es el resultado sintético de una doble

negación, sino la liberación de las fuerzas rinsítiyas, ,

pr^^^o[He~la a^tgsugr^sjón de la negación misma, s ) Cuando el rechazo inmunitario —lo que Nietzsche « • llama «reacción»— se torna tan intenso que incide *fojjjla aun sobre los anticuerpos que lo suscitaron, el quie-

bre de la vieja forma llega a ser inevitable.

Naturalmente, esto puede parecer contrastante con lo afirmado acerca de la irreversibihdad de la de- generación; en parte lo es, perojólosi se pierdejalhilo de un razonamiento tan sutil o^jxaJmphca la posibili- dad de su propio inverso. Como cabe esperar de un autor contrario1 a toda confianza en la objetividad de

lo real, la cuestión no es de mérito sino de pjirspectiva. Quiero decir que la autodeconstrucción del pajajig-

ma irmiunítario, efectuada por Nietzsche a contrape- lo de su propia intención eugenésicajjio^gahaga^njm debiUtamiento del proyecto yjtalista, ni en el abando- no de la hipótesis degenerativa. Lo que se pone en tela de juicio no es la centralidad de la relación biopolítica entre salud y enfermedad, sino una concepción dife- rente de una y otra y, por consiguiente, de la relación entre ambas. En esta más compleja inflexión del pen- samiento nietzscheano, decae la barra de oposición que las separa a la manera de una distinción absolu- ta, metafísicamente presupuesta, entre bien y mal. En este sentido puede Nietzsche afirmar que «una sa- lud en sí no existe y todas las tentativas de definir se-

rñ^antñlc^sS^rTracasado miserablemente~T7TTl

Existen innumerabjes_sjlTjdes_del cuerpo [._^jsgrá necesario que nuestros médicos^pjerdanlanociónde una salud normal, junto con~lade unaTaieta normal y lade unjéurso normal de la emérmedad»?^ Ahora bien: si es imposible fijar en abstracto un canon de perfecta salud; si no es la norma lo que determina la salud, sino que la salud crea, de manera siempre plural y re- versible, sus propias normas; si cada unojde los hom- bres tiene una idea distinta de salud, se sigue inevlta- blemente que no es posible siquiera unadefinición ge- neraTcLé emermggad. Y esto no sólo en el sentido lógi- co~aé~~que, si no se sabe qué es la salud, no se puede perfilar un concepto estable de enfermedad, sino tam- bién en un sentido biológico: entre -salud y enferme- dad hay una relación más compleja qugjmajmera_ex- clusión. En definitiva, la enfermedad no es sólo lo con- trario de la salud, sino también su presupuesto, su medio, su senda. Algo de donde la salud proviene y que esta lleva aun dentro como un componente irre- nunciable. Nohay-saerdaderasalud que no pómpren- da—en el doble sentido de la expresión: conocer e in-