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Para estas referencias literarias retomo y desarrollo las indica-

F. Nietzsche, Frammentipostumi, 1888-89, op cit, pág 93.

39 Para estas referencias literarias retomo y desarrollo las indica-

ciones que efectúa D. Pick en Faces of degsneraUon, A European dísor-

der, C.184S-C.1918, Cambridge, 1989, págs. 155-75. En lo que respecta

al concepto de degeneración, véase también J. E. Chamberlm y S. L. Gilman (comps.), Degeneration. The dark side ofprogress, Nueva York, 1985.

provecho de la extraña inmunidad que me ofrecía mi posición».40 Pero muy pronto la criatura ajena esca- pa al control de su creador y recupera la posesión de su cuerpo. Ella es otro, pero generado por el yo y des- tinado a reingresar en este. Un «él»,41 un «animal»,42 un «bruto»,43 que, sin embargo, no es posible aislar porque forma un todo con el yo, con su cuerpo, su san- gre, su carne: «Este era el aspecto más tremendo de todo el asunto [. . .] que el horror insurgente fuera más cercano que una esposa, más íntimo que un ojo, anidado como estaba en él y enjaulado en su propia carne, donde lo oía murmurar y luchar por nacer; y que en algún momento de debilidad, o en la confianza del sueño, pudiese prevalecer sobre él y despojarlo de la vida».44 Controlado, retenido, domesticado por do- sis de antídoto cada vez mayores, el doble monstruoso —que es el propio sujeto visto a contraluz— prevalece finalmente sobre quien intenta domarlo y lo arrastra a su remolino. El degenerado no es otro que el propio médico, a la vez su sombra y su verdad última. El úni- co modo de detenerlo es darle muerte, matando con el mismo acto también a ese yo con el que desde siempre coincide.

En el segundo relato, el de Wilde, el yo y el otro acentúan su divergencia. El doble ya no está dentro del cuerpo del sujeto, como aún ocurría en Jekyll-Hy- de, sino que se objetiva en un retrato que a la vez re- fleja y traiciona al original. Aquel degenera en lugar de este, cada vez que este pervierte su propio compor- tamiento. El apartamiento de lo real —esto es, de la

4U K. L. Stevenson, The strange case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde

(1886), Harmondsworth, 1984 [traducción italiana: 11 dottor Jekyll a

Mr. Hyde, Milán, 1991, pág. 92].

^Ibid.,^. 102.

42Ibid.,-pág. 100.

4 3/&ití.,pág. 103.

alteración constitutiva del sujeto— está representado por el paño que envuelve la tela para esconderla de los ojos de todos. De este modo, la decadencia de la imagen pintada —la proyección del mal fuera de sí— mantendría alejada a la muerte, asegurando la in- mortalidad del sujeto. Pero tampoco en este caso el desdoblamiento se sostiene hasta sus últimas conse- cuencias. El mecanismo se rompe y la imagen recu- pera el rostro. La degeneración pintada es en realidad la suya: «En una pared de la habitación cerrada y so- litaria donde había transcurrido tantas horas de su juventud, él había colgado con sus manos el terrible retrato cuyos cambiantes rasgos le mostrábanla ver- dadera degeneración de su existencia».45 El golpe fi- nal que Dorian asesta a «la monstruosa alma vivien- te»4 6 inevitablemente impacta sobre él mismo, trans- formado a esa altura en el monstruo de la imagen. El es quien yace en el suelo «muerto, con un cuchillo cla- vado en el corazón».47 Dar muerte a la muerte —el sueño autoinmunitario del hombre— se revela una vez más como algo ilusorio: no puede sino revertir en la muerte del propio matador.

Con Dracula, la relación entre la realidad y su re- presentación mitológica se desplaza decididamente en favor de esta. Las fuerzas del bien parecen contra- ponerse frontalmente a las del mal, en un proyecto de inmunización definitiva respecto de la enfermedad. El demonio es proyectado fuera del cerebro que lo ha creado. Compendia en sí todas las características del degenerado: ya no es lo otro en el hombre, sino lo otro respecto del hombre. Lobo, murciélago y sanguijuela a la vez, es, sobre todo, principio de contaminación.

45 O. Wilde, The picture of Donan Gray (1890), Harmondsworth,

1982 [traducción italiana: II ritratlo di Dorian Gray, Milán, 1982, págs. 182-3].

4 6/ 6 i d . , pág. 268. 4 7lfe¿d,pág. 269.

No sólo vive de la sangre ajena, sino que se reproduce multiplicándose en sus víctimas. Como en los futuros manuales de higiene racial, su máximo delito es bioló- gico: la transmisión de sangre infectada. Él ha traído la contaminación —Transilvania— a los hogares de Londres. Ha introducido lo otro en lo mismo y ha en- tregado lo mismo a lo otro. Es tal la adhesión a la teo- ría de la degeneración de su tiempo, que el texto no puede evitar citar a sus autores: «El Conde es un cri- minal y pertenece al tipo criminal. Así lo clasificarían Nordau y Lombroso».48 Como el degenerado, él no es un verdadero hombre, pero tiene rasgos humanos, No tiene imagen, sino que constantemente cambia de as- pecto. No es un tipo, sino un contratipo. Pertenece al mundo del «no»: ya no más vivo, es también y sobre to- do «no-muerto», rechazado por la vida y por la muer- te, arrojado hacia un abismo que no puede cerrarse. Es un ya-muerto, un muerto-a-medias, un muerto-vi- vo, como se definirá cincuenta años después a otros

«vampiros» portadores de brazaletes con una estrella amarilla. Darle muerte, con una estaca en el corazón y la cabeza separada del cuerpo, pone enjuego los ras- gos de la muerte salvffica que poco después se prodi- gará a manos llenas a millones de «degenerados». Po- ner fin al «hombre-que-era»,49 a esa «carne sin espíri- tu»,50 a la «Cosa inmunda»,51 significa liberar no sólo a quienes él amenaza, sino también a él mismo, resti- tuirlo por fin a esa muerte de la que proviene y que lleva en su interior sin poder alcanzarla: «Cuando se haga reposar a esta No-muerta como una verdadera muerta, el alma de la pobre muchacha que amamos será nuevamente libre [. ..] Razón por la cual, amigo

4 8 B. Stoker, Dracula ( 1 8 9 7 ) , Oxford, 1 9 8 3 [traducción italiana:

Dracula, Milán, 1988, pág. 3 9 6 ] . •| 9Jóidj Pág. 2 8 4 .

5 0/¿HCZ., pág. 2 5 5 .

mío, será una mano bendita para ella la que asestará el golpe que la liberará».52

3. Eugenesia

1. Traducir en realidades tales alucinaciones lite- rarias será tarea de ese movimiento eugenésico que, como un fuego purificador, ardió durante los primeros años del siglo XX en todo el mundo occidental (resisti- do sólo por la Iglesia católica y por el lyssenkismo so- viético).53 Con respecto a la teoría de la degeneración —a sus pliegues y aiitinomias internas—, dicho movi- miento marca simultáneamente un resultado posible y una tajante reducción de complejidad. En aparien- cia, no hace más que derivar las conclusiones necesa- rias: si los pueblos civilizados están expuestos a un destino de progresiva degeneración, el único modo de salvarlos es invertir el rumbo del proceso, arrancar la «generación» al mal que la corrompe para restituirla al horizonte del bien, de lo sano, de lo perfecto. La sus- titución del prefijo negativo «de» por el positivo «eu» expresa de la manera más inmediata esta intención reconstructiva. Pero lo sencillo de este paso no se con- dice con una doble dislocación. En primer lugar, del plano descriptivo —al que la semántica degenerativa se mantenía fiel— al plano prescriptivo: lo concebido como un hecho, o un proceso, se vuelve, con la eugene- sia, un proyecto, mi programa de intervención; en se- gundo lugar, como consecuencia de lo anterior, del ámbito de la naturaleza al del artificio: mientras la

MZ & « ¿ , p á g . 256.

53 Para una detallada (y sintonizada) reseña de las instituciones y

de las prácticas eugenésicas de las primeras décadas del siglo XX, cf. M.-T. Nisot, La question eugénique dans les divers pays, 2 vols., Bruse- las, 1927-29.