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Cántabros y Germanos

Pese a sus deseos, no todo fue paz en tiempos de Augusto. Si bien la paz rendía frutos copiosos alrededor del Mediterráneo, las fronteras septentrionales daban quehacer a las legiones. Siendo aún triunviro, había debido sostener una tenaz lucha contra los cántabros españoles. Creyéndolos ya sometidos, el Senado declaró a la península ibérica provincia tributaria de Roma en 38 antes de Cristo, año a partir del cual la cristiandad peninsular fecharía sus acontecimientos durante siglos. La llamada era hispánica regiría en Cataluña hasta 1180, y en Castilla y Aragón hasta 1383, en que, respectivamente, fueron sustituidas por la era cristiana. Pero la guerra continuó aún después del año 38: cántabros, astures y galaicos, abroquelados en los riscos de sus abruptas montañas, hicieron un último y desesperado esfuerzo para sacudirse el yugo romano. Octavio en persona, ayudado por su general Agripa, acudió a la provincia tarraconense balcánica. Lograron dominar a los belicosos rebeldes tras una lucha terrible y prolongada (años 26 al 19 antes de Cristo); no obstante, según referencias del geógrafo Estrabón, esta sumisión tampoco fue definitiva; siempre quedaron enclaves que los romanos no consiguieron dominar.

Otras marcas del imperio también fueron teatro de numerosas guerras epilogadas con la conquista de importantes territorios: Alpes centrales y orientales, la actual Hungría y parte de la península balcánica. Al norte, las fronteras imperiales retrocedieron casi hasta el Danubio. La más importante campaña se entabló contra los germanos.

El historiador Tácito nos proporciona los informes más interesantes concernientes a estos pueblos. Su Germania se inspiró en las observaciones etnográficas de otros -César, Plinio el Viejo, escritos de Tito Livio que no conservamos- y en sus propias averiguaciones: testimonios oculares de comerciantes, soldados y funcionarios romanos, así como tradiciones de los mismos germanos.

Excelente funcionario, Tácito fue nombrado cónsul y terminó su carrera en 120 después de Cristo, como procónsul de Asia menor. Sus dotes de orador e historiador lo hicieron célebre. Sabía diseñar un personaje con justas palabras y evocar los acontecimientos con tanta vivacidad que quedan indelebles en la memoria del lector. Sin embargo, su estilo conciso es a veces oscuro y hay que descifrar sus textos como un oráculo.

En sus obras históricas, Tácito procura, ante todo, señalar las causas que determinan los acontecimientos. Escribe historia pragmática. Las dos grandes obras a que aludimos tratan, la primera, de la historia romana desde la muerte de Nerón (69) hasta la de Domiciano (96); la segunda, del periodo comprendido entre el 14, muerte de Augusto, y el 96. Por desgracia, sólo la mitad de los treinta libros de esta obra se han conservado.

Antes de entrar en la descripción de la Germania de Tácito, detengámonos un instante en un problema muy discutido: la procedencia de los germanos. Sin duda del tronco indoeuropeo. En efecto, la- filología y la arqueología muestran con evidencia que el primitivo territorio germánico abarcaba el comprendido entre el Elba y el Oder, y el sur de Escandinavia. Los germanos experimentaron allí durante milenios el influjo de factores geoclimáticos, desarrollando así características que los distinguen de los demás pueblos indoeuropeos: celtas, itálicos, griegos, eslavos, hurritas, medos, persas y arios de la India.

Germanos.

Antes del primer siglo anterior a Cristo, los pueblos mediterráneos habían tenido una idea muy vaga de los germanos. Sabían que el codiciado ámbar era originario de su país, pero aquí terminaban sus conocimientos. Además, circulaban fantásticas leyendas sobre los hiperbóreos, pueblo del Septentrión, descendiente acaso de marinos fenicios que habían ido a buscar entre los celtas de Europa occidental el ámbar originario del litoral báltico. Hacia el año 100 antes de Cristo, los romanos adquirieron ideas más concretas de los pueblos del norte: ideas que no olvidarían, pues los nórdicos comenzaron entonces a invadir países de superior cultura. Después de las campañas de César en las Galias, hubo de transcurrir medio siglo antes de que los germanos se pusieran "de actualidad" en el imperio.

Por aquel entonces, los germanos eran todavía hijos de la naturaleza y veneraban a sus dioses en el silencio susurrante de los bosques, como los celtas. Vivían en aldeas para protegerse mutuamente en caso de peligro, pero no practicaban todavía el comercio en forma regular. Los germanos, que habían superado las edades de la piedra y del bronce, pues conocían el hierro desde el siglo VII antes de Cristo, crearon en este tiempo su propia cultura; los útiles, armas, enseres y adornos que han llegado a nosotros demuestran desarrollada habilidad artística y gusto refinado.

Los arqueólogos han comprobado que Germania no era sólo un país de selvas vírgenes; y marismas, como hicieron creer los relatos de César, Plinio y Tácito; tenia también grandes extensiones de terreno cultivado, capaz de nutrir a una numerosa población.

Tácito y otros autores antiguos presentan a los germanos como buenos mozos, de cabellos rubios y ojos azules. La guerra los entusiasmaba, pero "no son capaces, como nosotros, de trabajar y soportar la fatiga, y a causa de su suelo y clima resisten tan mal sed y el calor como fácilmente el frío y el hambre".

Tácito insiste, sobre todo, en el vigor y pureza moral de los germanos, proponiéndolos como ejemplo a sus compatriotas que, en muchos aspectos, se burlaban de las virtudes de sus antepasados. Teñidos por sus preocupaciones tradicionalistas, los asertos de Tácito deben aceptarse críticamente. Entre otras cualidades, Tácito elogia "su ausencia de astucia y de engaño en época como la nuestra" y la pureza de sus costumbres.

"Poquísimos adulterios se cometen en nación tan numerosa; el castigo consiguiente se deja al marido, que corta el cabello a la culpable, la desnuda y, en presencia de sus parientes, la arroja de casa y la persigue a latigazos por todo el poblado. De hecho, no hay perdón para la prostituta: ni belleza ni edad ni riquezas le permitirán encontrar marido. Pues en este país nadie se ríe de los vicios, ni está de moda corromper y ceder a la corrupción. En algunos pueblos, aun más correctos, sólo se casan las vírgenes; con una sola nupcia se acaba la esperanza y el deseo de lograr marido."

Por el contrario, los germanos tenían la máxima consideración para la mujer honorable: "Los germanos creen incluso -dice Tácito- que hay en este sexo algo de divino y profético: por ello no desdeñan sus consejos y tienen muy en cuenta sus predicciones". Las mujeres seguían a sus maridos al combate para animarlos, les llevaban alimentos y curaban sus heridas. Además, asumían los trabajos agrícolas más pesados para que sus maridos pudiesen salir a prolongadas expediciones de caza.

Otro rasgo simpático de los germanos era su hospitalidad. "Cerrar la puerta a un hombre, sea quien fuere, es un sacrilegio; cada cual ofrece al extranjero su mesa, tan servida como le permite su fortuna."

Estos hijos de la naturaleza no concedían la menor importancia al oro o la plata, aunque la cosa era distinta en las tribus de las regiones próximas al imperio romano. Los germanos sentían, en general, debilidad por el vino y el hidromiel y al embriagarse promovían con frecuencia sangrientas reyertas. Su pasión por los dados los hacía capaces de perder en el juego todo lo que poseían, incluso su propia libertad.

Los germanos no aparecieron en la historia como un pueblo único, sino como un agregado de tribus dispersas. Al igual que otros pueblos indoeuropeos, los germanos conservaron mucho tiempo una organización política tribal. En tiempos de guerra, cada tribu formaba una unidad militar. De estos lazos tribales se derivaba la venganza, forma de justicia expeditiva que ni siglos de cristianismo medieval lograrían extirpar completamente.

En las tribus que no tenían rey, el poder político era ejercido por una asamblea popular, que se reunía en una plaza pública que servía también de mercado. Allí se decidían la paz, la guerra y otras cuestiones de interés colectivo. Si la tribu era gobernada por un rey, allí era elegido el monarca. Las decisiones eran tomadas por todo el pueblo, que "rechazaba una proposición por medio de murmullos y la aceptaba agitando las armas".

La guerra de Germania

La lucha entre romanos y germanos estalló en el reinado de Augusto. La suerte fue al principio muy favorable para los romanos: Roma penetró cada vez más en Germanía, consiguiendo mover la frontera boreal de su imperio hasta el Elba, frontera más fácil de defender, desde luego, que la larga línea formada por el Rin y el Danubio.

La dominación extranjera provocó la rebelión. Si los lusitanos tuvieron su Viriato y los galos su Vercingetórix, los germanos hallaron en su joven príncipe Herrmann (en latín, Arminius) el adalid capaz de enfrentarse con los romanos. Había servido en los ejércitos de Roma con distinción y llegado a ser familiar del procónsul romano Varo, prototipo del mediocre vacilante, tan lento en el pensamiento como en la acción. Augusto lo había enviado a Germania para convertirla en provincia romana; Varo se comportó como si el país ya lo hubiera sido siempre. Para administrar justicia a los germanos, no se basó en sus propias leyes, sino en el derecho romano, del que los ger- manos no tenían idea. Se hizo odioso por no escatimar nunca las sentencias de muerte,

que el derecho germánico sólo aplicaba a delitos gravísimos. Los germanos se rebelaron y los jefes de varias tribus, a las órdenes de Arminio, iniciaron las conjuraciones.

Varo, al frente del grueso de su ejército (30.000 hombres), penetró en las colinas y marismas del bosque de Teutoburgo, al oeste del río Weser, para domeñar a una tribu sublevada; allí un príncipe germano, suegro de Arminio -suegro a pesar suyo, diríamos, pues Arminio había raptado a su hija, a la que obligaban a casar con otro jefe de la tribu-, lo enteró de la conjuración fraguada.

Este informe debiera haber sacado a Varo de su cansina indiferencia. Al día siguiente ocurrió la catástrofe. Arminio abandonó de súbito el campamento de Varo, se puso al frente de sus hermanos de raza y sorprendió a los romanos. Varo, ante el pánico general, no pudo contener mucho tiempo las tropas. Perdiéronse la disciplina y el ardor combativo: el ejército, ya sin cohesión, entabló una batalla desesperada que duró dos o tres días. Los últimos encuentros se desarrollaron bajo una lluvia torrencial; un huracán de inaudita violencia derribaba los árboles sobre los combatientes. Las legiones romanas quedaron aniquiladas casi por completo.

Ocurría ello en 9 antes de Cristo. Varo, herido de gravedad, se suicidó. Augusto no perdía nunca la sangre fría, pero la derrota de Teutoburgo lo desesperó. Rasgóse los vestidos gritando enloquecido: Vare! Vare! redde mihi legiones! ("¡Varo!, ¡Varo!, ¡devuélveme mi legiones!"). Roma había perdido los territorios recién adquiridos por Druso, entre el Rin y el Elba. Augusto no hizo ningún esfuerzo por reconquistarlos. En lo sucesivo, el Rin y el Danubio volvieron a ser las fronteras imperiales. César había llevado el imperio hasta el Rin; Augusto lo fijó en el Danubio. El emperador se mostró también jefe avisado y prudente general al consolidar las fronteras adquiridas, re- nunciando a todo riesgo inútil. Augusto no puede ser tachado de belicista o imperialista. No retrocedía ante las guerras inevitables, pero no entabló ninguna superflua.

AUGUSTO